Homenaje a Luis Miguel Madrid

EL CIELO DE LOS POETAS

Luismi y Alejandro en el Festival La Palabra Reflejada, Tenerife

Ocurrió hace casi diez años, cuando una doble equivocación propició que ambos fuéramos invitados al Festival de Poesía de Bogotá. Una mañana coincidimos en un taxi camino del aeropuerto, para participar en un programa paralelo que tendría lugar en Valledupar, en el Caribe colombiano. Yo padecía una de las atroces resacas habituales en estas citas, y cuando supe que tendría que compartir el asiento de atrás, con un poeta español para más inri, deseé con todas mis fuerzas que no me diera conversación, por lo que primero me hice el dormido y, finalmente, caí rendido de veras. Más tarde, cuando nos hicimos amigos, Luismi me confesó que él se encontraba exactamente igual, y que al verme allí sentado había pensado exactamente lo mismo. Y dormimos todo el camino, cabeza con cabeza. 

Pasamos los diez años siguientes recordando aquellos días colombianos como dos enamorados recuerdan el día en que se conocieron, repasando con fruición los detalles y añadiéndoles algunas fabulaciones. El avión que nos llevó a Valledupar, junto con el cubano Víctor Rodríguez Núñez, el argentino Esteban Moore y el genial guatemalteco Humberto Ak’abal; la rueda de prensa que nos tenían preparada a nuestra llegada, con corrillos de micrófonos en cámaras, como suelen tener los políticos y los futbolistas. Los carteles de tamaño considerable que anunciaban nuestro evento, nuestros modestos poemas impresos en un formato no menos desmesurado. El teatro que acogería nuestro recital, de muy notable aforo, y las mecedoras tipo Mamá Grande que nos pusieron en el escenario para balancearnos mientras leíamos nuestros poemas ante un público absorto, respetuoso en extremo. 

Luego entendimos que nuestra presencia allí no era sino en calidad de teloneros de un grupo de vallenatos, la música típica de la zona, e incluso algunas señoras nos sacaron a bailar llegado el momento, trance del que salimos del modo más digno que nos permitieron nuestras magras energías y flexibilidades. Pero lo mejor fue sin duda el paseo que nos regalamos después de la cena. A pesar de que los periódicos de la mañana avisaban de que estábamos en territorio de gente torva y de gatillo o machete fácil, lo cierto es que nunca nos hemos sentido mejor acogidos.

“¡Poetas! Vengan a honrarnos con su presencia, abriremos unas botellas a su salud y brindaremos por la belleza”, gritaba un mesero desde la puerta de su cantina. Quién es el guapo que se niega a una invitación así. Allí que fuimos todos, corrió el ron y el aguardiente, una guitarra cayó en las manos de Ak’abal y nos regaló un repertorio de versiones de Currucucucú Paloma como quien ejecuta las variaciones Goldberg, mientras éramos asaeteados con todo tipo de curiosidades por parte de la parroquia: ¿Cómo viven los poetas? ¿Les pasa todo lo que cuentan, o lo inventan? ¿Es verdad que son capaces de enamorar solo con sus palabras? 

Nos ganamos todos los tragos respondiendo a esas y otras cuestiones, y una vez formuladas las recíprocas gratitudes, llegó la hora de despedirse. No habíamos dado cinco pasos por la plaza, cuando otro mesero salió al paso a grandes voces: “¡Poetas! Tengan la bondad de regalarnos su compañía, abriremos unas botellas a su salud y brindaremos por el arte y la alegría”. Así toda la noche, con más ron, más risas, más versiones de Currucucucú Paloma, hasta quedar solos Luismi, Humberto y un servidor. 

Decía nuestro anfitrión, Rafael del Castillo, que Humberto, indio de bronce, melena plateada, impecable y colorida vestimenta maya-kiché, cojera bien disimulada y verbo genial, se apellidaba Ak’abal porque no descansaba “hasta akabal con todo”. Y no le faltaba razón, porque en materia de alcoholes era un dedicado y resistente perito. Ya de recogida, los tres muy estragados, insistió Humberto en que nos tomáramos la última en la discoteca del hotel, que parecía el único sitio abierto en varios kilómetros a la redonda. De nada sirvió nuestra tibia resistencia, y allí nos vimos, codo en barra y curva praxiteliana, viendo de nuevo llenos nuestros vasos mientras contemplábamos, como indigentes ante el escaparate de una pastelería, las evoluciones de cuatro chicas que bailaban en la pista solitaria. 

Cuatro diosas que, a una hora determinada, recogieron sus abrigos y caminaron hacia la salida espiadas por nuestras pupilas beodas. De pronto, una reparó en nosotros y puso una expresión que en justicia debía ser de espanto, pero que resultó de sorpresa y júbilo: “¡Son los poetas! ¡Nuestros poetas!” Y se nos abalanzaron con grandes abrazos, mientras nos explicaban que había sido el cumpleaños de una de ellas y habían decidido celebrarlo yendo a un recital poético y luego a bailar, como es costumbre también entre las adolescentes españolas. E insistieron en invitarnos al último chupito, que aceptamos con euforia y resignación.                

Yo no sé si hay un cielo para los poetas, pero no me cabe duda de que debe parecerse mucho a Valledupar. Un lugar en el que gente como Luismi y también como Humberto, divertidos, frescos, inteligentes, cariñosos, la antítesis de los vates redichos y engreídos, tengan barra libre de calor y de reconocimiento; donde los teatros se llenen para oír sus versos y las muchachas más bellas los citen en sus celebraciones. Allí quiero imaginar a mis amigos, no puedo pensarlos en otro lugar. En ese paraíso en el que, en cualquier momento, una guitarra vuelva a asomar y todos cantemos a coro aquello de que las piedras no saben de amores.


Texto © Alejandro Luque
Fotografía © Eva Contreras
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