Literatura Narrativa

Tánger y las mil y una vidas de Juanita

Tánger

Uno de los placeres (y misterios) de la literatura consiste en propiciar encuentros con personas que hasta entonces no existían para nosotros. O que quizás existieron alguna vez, pero dejaron de hacerlo en un determinado momento, y a las que un buen libro les otorga una nueva vida, dándoles la oportunidad de volver a hacerse presentes. La reedición hace un par de años de la gran novela tangerina de Ángel Vazquez, La vida perra de Juanita Narboni, ofrece uno de estos encuentros singulares, en este caso con una mujer, Juanita, pobre y amargada, puritana y borracha, que vivió siempre guardando las apariencias, presa del qué dirán. Una antiheroína ridícula, que escupe todo lo que nunca se permitió pronunciar en un monólogo políglota y sin límites, polifonía de la ciudad y a la vez testimonio de una decadencia: la de esa España que una vez existió en la otra orilla del Mediterráneo, que fue como el envés (o la sombra) de la primera; un paisaje olvidado que las palabras de Juanita nos vuelve a traer a la memoria.

Llevo tiempo siguiendo las huellas de otra Juana, de año en año, de viaje en viaje, en archivos esparcidos por el norte de África, entre el Mediterráneo e o Atlántico, el este y el oeste. En el intento de reconstruir sus pasos exploro también una reescritura improbable, siempre fragmentaria y dubitativa, que nunca abandonará totalmente el territorio de la ficción; con el paso de las décadas, su historia se pierde cada vez más en ese espacio nebuloso entre lo real y lo imaginario. Quedan solo un puñado de datos, digamos objetivos: Juana nació en Melilla en 1880, cuando esta era todavía un puesto militar rodeado de territorio enemigo, y, como su homónima tangerina, estuvo desde niña predestinada a moverse entre lindes, a cruzar fronteras y atisbar nuevos territorios: si la Narboni era hija de un inglés gibraltareño y una malagueña, la madre de esta otra Juana era también de Málaga y su padre gallego. Vivió de niña en Andalucía y Murcia, siguiendo los destinos del padre carabinero, y con doce o trece años regresó a Melilla: el padre quería buscarse la vida en aquel lugar que parecía llenarse de oportunidades. Como la primera Juanita, también esta tenía una hermana más alegre y espabilada, Pepita, que un día de 1900, cuando la familia se encontraba al borde de la miseria, se marchó, no a Casablanca con un militar valenciano (como Elena, la hermana de la Juana tangerina), sino precisamente a Tánger, acompañada de un novio cordobés del que estaba embarazada y con el que, por lo visto, nunca se llegó a casar.  

Tánger no era entonces la gran ciudad en la que luego se convertiría, pero comparada con Melilla, aún un pequeño pueblo cercado por murallas, podía considerarse una verdadera urbe. Desde el barco que la llevó hasta allí, se le aparecería a Pepita coma una enorme mancha blanca recostada en el Atlántico, con sus edificios superpuestos, amontonados unos sobre otros en la colina, formando una geografía confusa; si la medina era un laberinto caótico, Tánger comenzaba a extenderse fuera de sus límites también sin ningún orden: el barrio español surgía internándose en las viejas callejuelas, mezclándose con ellas en un movimiento orgánico, en una transición sin rupturas. 

Multitud que se mezcla, se empuja, se abre camino, rozándose, sin miedo al contacto físico ni al contagio. Sin miedo a la suciedad o a la vida. En Tánger, ciudad entre dos mares, todo parece fluir en un caos que, con todo, mantiene un equilibrio. Palabras que se entrelazan, gritos, confusión de voces. Lengua de la calle, que fluye sin obstáculos, perdiéndose en mil vericuetos o en curvas imposibles: la prosa laberíntica de Juan Goytisolo, que brota con el deambular errático por la medina, mimetizándose con el espacio: voz que en Tánger se convirte en expatriada. Lengua híbrida de Ángel Vázquez, en la que resuenan las múltiples hablas de la ciudad, esa identidad indefinida y ese desarraigo que es también el de Vázquez, un tangerino maltratado por su padre, tímido e inseguro, políglota, íntimo amigo de Jane Bowles, homosexual que no pudo serlo, que, tras malvivir en Casablanca, murió pobre y alcoholizado en una pensión madrileña.

Como otros muchos, Pepita caminó por las calles de Tánger, la ciudad entre dos continentes, punto de encuentro entre el Mediterráneo y el Atlántico, que fueron su puerta de entrada a otro mundo. De Tánger Pepita se fue a Cuba con su hija (llamada también Juana) y sin su novio cordobés, reivindicando quizás el derecho a construir su propio camino, y nunca más volvió a pisar suelo africano.

¿Y su hermana? En 1900 su rastro se desvanece: tal vez se fue a Tánger con Pepita, tal vez estuvo en Málaga, o quizás nunca llegó a abandonar Melilla. En cualquier caso, a principios de 1905 se encuentra en esta ciudad: allí está registrada su boda con Vicente, un valenciano que había llegado de adolescente al norte de África con sus padres y hermanos, una de tantas familias campesinas que cruzaron el Mediterráneo en busca de otra vida. El matrimonio no debió de ser demasiado feliz y duró poco: unos años después, Vicente moría de un tiro en la frente, poco después de construir la única casa que le perteneció, el hogar soñado en tierra africana. 

Como Tánger, Melilla crecía en aquellos años. Era la época en la que se atravesaban las murallas y la ciudad se extendía en calles rectilíneas, trazadas con compás y cartabón por ingenieros militares: Melilla, que antes de ciudad fue presidio y base militar, nunca perdió, a pesar de los hermosos edificios modernistas, su forma de cárcel. Con su espacio segmentado, compartimentación del territorio que separa razas y clases sociais, aparecía como la representación de la frontera, preludio (y refutación) del muro. Y así, si Melilla acabó por ser la cuna del llamado movimento nacional, Tánger quedó como la antítesis del patrioterismo, «tierra de todos y de nadie», dijo Ángel Vázquez, ciudad a la que todo el mundo llega y en la que todos son estranjeros.

Tánger puede ser la antítesis de Melilla, pero es también su espejo, y así, la primera vez que fui a Tánger, entre el Zoco Chico y el mercado, reconocí enseguida la ciudad: como ese sitio del que una proviene, pero que era desconocido hasta ese momento; un lugar oculto y reprimido en la conciencia, la memoria celular de cuatro generaciones nacidas y criadas en el norte de África, fruto de una escisión: extranjeras en su tierra, apátridas en cualquier lugar del mundo. 

Como la Narboni, también la Juanita melillense era amante de las revistas de moda, de las buenas maneras y de la gente fina y elegante. Reminiscencia quizás de un Tánger imaginado, como también la convicción de ser diferente a sus otros vecinos del barrio del Tesorillo, de casas bajas estilo andaluz y gentes trabajadoras. Allí, en la casa que le dejó Vicente, a Juana le gustaba contar las viejas historias familiares, monólogos que eran recreación de un pasado irreal, girando sobre su propio eje, enredándose cada vez más. Historias que muestran el frágil carácter de la verdad, o, más bien, que la vida no deja de ser un cuento. Allí, en la humedad del verano, bajo el terror de la ciudad cercada por la presencia de un enemigo real o ficticio, el nombre de Tánger resonaría quizás como la evocación de un tiempo anterior, en el que los límites eran más difusos y las diferencias más casuales. En el tiempo mítico de la memoria familiar, esa época atemporal anterior al recuerdo, Tánger surgía de vez en cuando como un espacio desdibujado e irreal que era origen de toda clase de prodigios y maravillas: la goma de mascar, que entonces solo se conocía por las películas americanas; la muñeca francesa de porcelana articulada, con el tamaño de una niña de verdad y rizos perfectos, que el abuelo trajo de uno de sus viajes. Cafés suntuosos en los que se escuchaba hablar en mil lenguas, hoteles enormes, grandes avenidas. Tánger siguió siendo siempre un sueño: el de aquel que roza algo que nunca podrá poseer; un lugar que solo existe en la fantasía («Nada es auténtico en esta ciudad, nada es auténtico»). Un escenario erigido en espacio literario: Paul y Jane Bowles, Jean Genet y la generación beat, autores de un retrato y relato de la ciudad que es territorio mítico de la ficción, la obra de gentes ociosas en busca de sexo barato y aventuras exóticas. Así lo describió (y criticó) Mohamed Chukri con su escritura cortante y dura, como la tierra seca de Rif; el Chukri que de niño emprendió también el camino hacia el oeste desde Beni Chicar, a las puertas de Melilla; el mismo Chukri que denunció en sus novelas las estructuras e imágenes que confinan a las mujeres y les roban el espacio y las palabras. A las palabras de Juanita, esa antiheroína tan alejada del glamour de las fiestas literarias, les dio voz Ángel Vázquez cuando ya vivía lejos de su ciudad, lleno de nostalgia por su hogar perdido para siempre, por una vida ya desvanecida que se volvía otra vez real en las páginas de un libro. Y así, presto también yo ahora mi voz a esta otra Juana, que pasó su vida en el norte de África, pero nunca llegó a ser protagonista de una novela.


Texto © Almudena Otero
Fotografía © Kamal Bilal en Unsplash