Literatura Poesía

Sonata 960

Este poema nace de la fascinación que me produjo la Sonata 960 de Schubert. Quiero creer que es mejor leerlo con la música, quizá no. Eso sí, yo lo escribí mientras la escuchaba.

¿Quién puede encontrar el porqué
en los remolinos de la mañana?

El laberinto es nuestro y la bestia habla francés.
La maquinación perfecta que aparece con la primera naranja del día.

Paseo extravagante entre tulipanes. Los colores entran en mí.

¿Soy quien era o ya soy otro? Me desplomo cual hoja que mece el viento.

La alucinación me devuelve a la realidad.
El juego obliga a morderse la lengua antes de hablar,
como los dedos de un pianista ciego
que cree ser observado por un hermano siamés muerto al nacer.

«Llevo esa carga pegada a mí.»
Sabe bien lo que dice y solo Schubert le consuela…
Quizá por haber sido más desgraciado que él lo toca sin cesar.
Llora pero lo ama, no puede parar.

«Schubert me destroza el alma. ¡Qué bueno era el cabrón!»

Ríe, impulsivamente.
Ríe y se cae de la silla.
Ríe en el suelo sin saber que Schubert vive en él,
todavía es temprano para comprender,
semejante cuestión vendrá después,
más adelante; con las primeras nieves.

Ahora, se calza unas botas oscuras
de cordones desgastados
y suelas empapadas.
La dolorosa satisfacción
de amar algo más que a ti mismo.

Y comienza a caminar.
La ciudad se recoge y él camina,
algunas farolas le fascinan,
«¿el humo es amarillo?»
la sombra de un gato,
la cornisa del edificio donde siempre quiso vivir,
la chocolatería de su niñez,
la luz de un ascensor,
la estatua llena de palomos muertos,
el jardín mal cuidado,
el café de la esquina,
la catedral antigua que quitaron,
el nuevo trampantojo que adorna el barrio
y la fuente de los niños.

Caminar de vuelta al hogar:
Caminar como elogio,
caminar como dormido,
caminar como sumido en una constante insatisfacción.

El deseo que no se hace realidad.
(La carne es honesta. Dijo Keats)
La realidad se desploma de pronto,
ante el último movimiento,
la sonata es invernal en el minuto veinticinco.
Despacio repite el gesto de despedida,
¿es un adiós? Quizá un «hasta luego».

¿Qué mejor manera de desaparecer?
Quitarse de pronto lo que uno más quiere,
lo que uno más ha amado.
Las manos chorreando corretean sobre el piano.
La pasión como nunca antes la sintiera,
la casa huele, de repente, a limpio.

En el último movimiento (allegro ma non troppo)
recuerda los pastelitos de riñón que preparaba su mamá.

«Qué guapa era mi madre. Coño, eso sí era una madre.»

No se desploma como cuando reía sin cesar sino que cae como la primera
nevada, lentamente sobre las teclas del piano haciendo fusas y semifusas
antes de sonreír por última vez.
Y entonces un último pensamiento le devuelve ese gesto por el que fue tan
querido en la infancia: Los pómulos se expanden, la barbilla se levanta
ligeramente y la nariz se ensancha mientras sus ojos se entornan sutilmente y
los dientes rozan el labio ligeramente.
De repente, es feliz y piensa:
«Qué buenos eran los pastelitos de riñón que preparaba mi madre.»


Texto © Mateo Franco. Madrid, 1 de diciembre de 2018.
Fotografía © Sergio Lardiez
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