Música

El milagro de la música. «La música en 1853», de Hugh Macdonald

A mi querido amigo Roberto Villers

Sin música,
la vida sería un error.


Nietzsche

Siempre he manifestado un particular gusto por el género biográfico, de ahí mi predilección por grandes escritores como Plutarco, Suetonio, Romain Rolland y Stefan Zweig, declarados biógrafos. Entre mis narradores y libros preferidos tengo al francés Stendhal y su peculiar libro sobre el gran músico italiano Rossini (La vida de Rossini), o al alemán Thomas Mann y sus sentidos retratos de Freud y Nietzsche, y más a medio caballo entre la historia y la literatura, a la belga Marguerite Yourcenar y sus maravillosas Memorias de Adriano (que leí por primera vez en la impecable traducción de Julio Cortázar), o al mismo Gabriel García Márquez y su no menos estrujante El general en su laberinto (los últimos días en la vida del libertador Simón Bolívar), o a mi admirado y entrañable Fernando Vallejo y sus más estrictas biografías literarias en torno a los poetas también colombianos José Asunción Silva y Porfirio Barba-Jacob. En realidad, la lista de grandes escritores atraídos por la historia, o por la biografía, o por la novela-histórica o la historia novelada, es amplia y diversa, y sus acercamientos suelen ser más vívidos y emotivos, más humanos que los esgrimidos por la propia historia preocupada más por la objetividad y el tono impersonal. 

Sabiendo de mi pasión por la música, por la ópera, mi querido amigo Armando González Tejeda, formidable corresponsal de La Jornada en España desde hace ya muchos años, me hizo saber de un nuevo libro de la excelente editorial Acantilado, Música en 1853. La biografía de un año, del inglés Hugh Macdonald, que ha resultado ser un auténtico descubrimiento. Él mismo atraído por lo hecho por ya citadas grandes figuras como Stendhal, Rolland y Zweig, declarados apasionados de la música, famosos diletantes del arte de Euterpe, ha escrito sólidos ensayos sobre disímiles músicos de su predilección como Beethoven, Berlioz y Scriabin, y su más reciente libro tiene la novedad de ser no la biografía total de un personaje, o de una escuela, o de una generación, sino de un año clave de inflexión en la historia de la llamada música clásica, de concierto o académica: 1853. 

Lo que su propio autor ha denominado “biografía horizontal”, porque no se trata de agotar o cubrir la existencia toda de un músico sino de varios implicados en un momento específico, poco más de la mitad del citado 1853, ese momento resultó crucial en la historia de la música porque coincidieron, entre otros acontecimientos definitorios, que Brahms conociera y entablara relación, a sus escasos veinte años, con sólidos ascendentes como Berlioz, Liszt y Schumann; o que el mismo Berlioz y Wagner iniciaran la composición de dos complejos operísticos fundamentales como Los troyanos y El anillo del nibelungo, respectivamente; o que el ya mencionado Schumann empezara a manifestar las crisis más agudas de su trágico final y dejara de componer. Un musicólogo dotado y muy serio, de sólida formación, Macdonald se propuso reconstruir la vida cotidiana de sus protagonistas ––y sus encuentros y desencuentros––, a partir de serias biografías anteriores por separado y de la correspondencia existente entre ellos y con otros personajes colaterales que igual influyeron, en mayor o menor medida, en el transitar tanto existencial como artístico de quienes encabezaron la actividad musical de mediados del siglo XIX.

Hay un hecho de progreso industrial que resultó determinante en el proceso mismo de evolución de la música, como muy bien lo hace notar y contextualiza Macdonald, y ése fue la construcción de las primeras grandes rutas ferroviarias que aligeraron los traslados y giras de los músicos y la propia comunicación epistolar entre los involucrados por todo el territorio europeo, además de una explosión igualmente provechosa y renovadora de publicaciones especializadas donde estos mismos grandes personajes tomaron parte como comentaristas y críticos especializados. Si la vida se aceleró con este notable avance, los músicos podían moverse con mayor facilidad y cubrir en menos tiempo largas distancias entre los distintos puntos de sus giras, que igual crecieron en cantidad de países, ciudades, teatros y compañías, a par de su fama. Así, la internacionalización de la escena musical, gracias a una intensa correspondencia y a la rápida expansión de la red ferroviaria que se extendía de Londres y París a Leipzig y Zúrich, entre otras urbes de importante tradición musical, posibilitaría que se gestaran las innovaciones características en el quehacer euterpeano de las siguientes décadas. 

Narrada con gracia y conocimiento de causa, con oficio y sabiduría, Hugh Macdonald consigue con Música en 1853. La biografía de un año, una vívida crónica, tan rigurosa como vibrante, del momento decisivo que marcó el epílogo del romanticismo en pleno, representado por figuras tan representativas como Schumann, Liszt y Berlioz, y la llegada de la poderosa impronta musical de personajes tan disímiles y a la vez complementarios como Wagner y su antítesis de reminiscencias clásicas y a la vez de componentes tan modernos como Brahms. El mismo autor define, en sus prolegómenos, su justificada intención de “biografía horizontal”, para explicar y contextualizar el sentido neurálgico de su apasionante e innovador libro, al narrar la vida y el trabajo de una serie de compositores en uno de los años más fructíferos de un siglo XIX por demás revolucionario en múltiples ámbitos. Así construye un extendido corpus de imbricados vasos comunicantes, en el que sobre todo importantes ciudades de Alemania, Francia, Italia, Rusia e Inglaterra marcarían el destino de la vida artística de Occidente. 


Texto © Mario Saavedra
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