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Bitácora espacial: la lectura hoy día en el Planeta Tierra

Libro y taza
Yohana Recio comienza con este texto la serie Bitácoras espaciales en la que nos hablará de diferentes cuestiones relacionadas con la vida de nuestra sociedad terrestre vistas desde la lejanía de su nave espacial.

Actualizando las noticias desde el espacio, viendo las cosas con distancia y desde una nave absolutamente imperfecta al habla la Capitana Yohana Recio.

Normalmente llego muy tarde a los sitios porque no estoy muy segura de donde queda el tiempo y el espacio en la dimensión que transito pero una cosa sí que tengo clara, mientras que llego o no llego mi libro y mi té, de toda la vida. Más la lectura que el té, la verdad. El té en el espacio es una movida por el tema del cambio en las ondas gravitacionales y tal. Pero el libro… el libro no falla.

Hace un ratito, que lo mismo en la Tierra podría haber sido el mes pasado, se me ha encendido una luz amarilla en el panel de mandos que me ha recordado a nuestro sol cuando cruza el firmamento en el hemisferio Norte, a eso de las seis de la tarde, horario de invierno. Rápidamente me transportó a algunas tardes a finales de otoño donde el césped aún crujía con los vigorosos ecos del verano pasado, el aire, confuso, se llenaba de olor a castañas y gritos de chiquillos calle abajo, jugando. El huerto a rebosar de calabazas que terminan en la cazuela de la tita. Las mandarinas que se caen de las copas y que las recoge papá, están fuertes como el veneno y son casi tan pequeñas como los nísperos de la primavera vecina. Yo estoy leyendo bajo el sol terrestre, mi madre también lee. Hay un silencio lleno de todas esas cosas y yo no me doy cuenta de que se hace de noche hasta que los pelillos del cogote se me erizan bajo el rocío, no tan amable, del otoño. Cierro mi libro, entonces me percato de que ya solo me quedan unos pocos capítulos y me pongo triste. No solo he estado yo en un castillo buscando un tesoro perdido de una civilización pasada, mientras que el fantasma de la tía abuela Catherine nos seguía por cada esquina, advirtiéndonos de un secreto mortal para aquel quien encontrara ese tesoro, sino que mi madre me acompañaba. Ella, mientras tanto, había estado resolviendo un crimen en Wisconsin (EEUU, hemisferio Norte) que al final el asesino no era quien pensaban pero se lo han pasado pipa resolviendolo. Y toda esta movida nos la contábamos a la vez que la sopa de calabaza entraba por el gañote, el gato negro maullaba en la ventana a la luna oscura y las mandarinas nos miraban ávidas desde un rincón, chillonas. 

ーCapitana, por favor, ¿puede revisar ya los niveles de basura espacial de las compuertas inferiores del ala Este? Si no ejecuta la tarea en la cuenta atrás me veré obligada a parar la nave y la trayectoria se verá interrumpida…

La voz de Caroline, mi nave, me sacó de aquel recuerdo. Y sí, bueno, fui a revisar la dichosa basura espacial que no era más que un esqueleto de un satélite. ¡Qué quejicas son las naves, Dios mío!

Sonreí y volví a mi libro. En él había una señora que sugería que le pagáramos a los niños por leer (Adichie, Chimamanda. Siglo XXI. Activista feminista afroamericana, hemisferio Sur. Amable). Me parece una idea genuina, la verdad. Y es que por allí abajo la gente no lee mucho. Que si no hay demasiado tiempo, o que es más fácil ver una cosa llamada Netflix, o incluso, he llegado a oír que «no son mucho de leer». ¿Que no son mucho de leer? Pero, ¿entonces cómo piensan estas criaturas?… O algo incluso peor, ¿cómo construyen los recuerdos?

Tengo entendido que la Tierra (Sistema Solar, Vía Láctea) no es precisamente un lugar demasiado acogedor políticamente hablando. Todavía algunas razas se perciben y tratan como diferentes, sigue habiendo problemas de género e incluso hay atentados graves contra su propio planeta. Cosas que se solucionarían en gran medida si viajamos al interior.

Y es que bien es sabido que leer es el camino más rápido hacia el universo interior. Podéis ver Netflix o mirar la pantalla de vuestro móvil durante horas con el Instagram abierto, dándole a like a todo. Digamos que todo esto es eso que hacéis cada día… ¿Cómo se llama? ¡ah, sí! Correr en modo automático. ¿A dónde queréis llegar? Pues la paradoja es la respuesta: al final todos queremos llegar al universo interior. Tener momentos felices como el que me disparó esa luz amarilla el otro día. Porque no sé si lo sabéis pero leer estimula la imaginación de los niños, les hace imaginar mundos geniales, los descubre como personas, les desbloquea habilidades, gustos y preferencias. Les hace volar y soñar, les da motivación y alas para su futuro. Les crea una identidad propia consolidada y formada por un pensamiento individualista construído a partir de un millar de palabras que alguien dijo alguna vez, historia terrestre atrás. Aprenden, les hace valientes. Viajeros.

Y nada, que no dejamos que los niños se aburran y chillen calle abajo, lean con sus madres, tías, abuelos o padres, charlen de sus miedos en la escuela y luego, al terminar de cenar, que se coman un par de mandarinas chillonas, se monten en su  cohete espacial y recorran sus primeros años luz en el espacio. 

¿Porqué privamos a los chiquillos de este paraíso? Quizás porque no lo conocemos, ¿no? Bueno, yo quiero lanzar un comunicado desde este lugar del espacio. Quizás se pierda porque esto es inmenso y hay pocos viajeros que puedan alcanzar esta onda. Allá voy: dadle herramientas a los niños.

Es costoso y fíjate que tienes que parar de correr en esa carrera de adulto y adulta responsable, pero no olvidéis lo importante: viajad juntos al espacio, leeros un cuento juntos sin son muy peques, disfrutad de videojuegos con historias apasionantes basadas en clásicos, id al parque, al teatro, a los museos y ved películas juntos. Mientras coméis mandarinas chillonas en la cena podéis comentarlas y unir vuestros espacios en uno solo. Ya veréis que ahí se cocinan las mentes y los corazones en una sopa de amor galáctico.

Y luego, cuando seáis mayores y viajeis en vuestra nave imperfecta, se os encenderá una luz amarilla en el cuadro de mandos y recordaréis lo que compartisteis una tarde de otoño.


Texto © Yohana Recio
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