Narrativa

Entrevista con Horacio Castellanos Moya

Horacio Castellanos Moya

Con su literatura seca y cortante, violenta, que nubla la vista del lector por su crudeza implacable, por la fragilidad con la que columpian sus personajes y sus historias entre la muerte y el abismo, el escritor salvadoreño Horacio Castellanos Moya se ha convertido en una de las grandes voces de la literatura contemporánea. Nacido en Tegucigalpa, Honduras, en 1957, con tan sólo cuatro años se trasladó a vivir a El Salvador, el país en el que creció y en el que, cuando estalló la guerra, apresó a su literatura hasta convertirlo en un tema recurrente, casi obsesivo. 

El autor de obras como La sirvienta y el luchador o El asco participó en Casa de América de Madrid en unas jornadas para analizar la importancia de su obra en la literatura. Porque con más de una docena de novelas, varias antologías de cuentos y ensayos de diverso tema se ha convertido en una voz indiscutible de una época y, a su pesar, en el gran novelista de la posguerra en Centroamérica. En entrevista con Babab.com, Castellanos Moya nos descubre su vocación irremediable al pesimismo, pero también su profunda convicción de que la literatura sirve al menos como un “gesto de rebelión individual”.  

En esta semana que le dedican en la Casa de América al análisis de su obra, ¿le ha servido a usted para reflexionar sobre su propia trayectoria?

Efectivamente, me ha servido para preguntarme cómo terminé yo aquí, qué he ido haciendo todos estos años. Y ha sido muy interesante la reflexión. Desde que comencé a escribir hasta ahora me mantiene el mismo impulso; que es  el impulso de la necesidad de expresarme, de la necesidad de reafirmarme… Y eso sigue ahí. Pues yo comencé a escribir literatura en una época y en un lugar en el que eso no tenía el mayor sentido. El Salvador de los setenta era un país sumido en una tiranía militar y prácticamente ser escritor era asociado a ser subversivo o terrorista. Los libros se tenían que empaquetar con papel periódico para que se no viera de qué eran. Entonces a mi me ha sostenido esa necesidad de expresarme y no preocuparme demasiado ni por la difusión ni por eso que llaman el éxito. De hecho escribí muchos años sin que mi obra fuera conocida, en ediciones siempre muy pequeñas y marginales

¿Ha cambiado algo su visión de la literatura o de la función de un escritor en todos estos años?

Eso va cambiando en la medida en que uno va cumpliendo años. Es verdad que cuando uno comienza siempre idealiza, pero de una forma que no tiene nada que ver con la forma en la que se idealizaría en esta época. En mi época se idealizaba a través de la idea de que la literatura podría ayudar a cambiar a la sociedad. Que la literatura permitía expresar un repudio y un rechazo tremendo a todas las formas de opresión en todos los niveles. Ahí había un ideal. Y no era la formula de éxito anglosajona que ahora impera en el mundo. Para nosotros el logro, la aspiración, era hacer una obra que pudiera conmover, sacudir, ante lo que a uno le causaba repulsión. Y eso sigue funcionando en mi porque la literatura es un gesto de rebelión individual. Es un gesto de una rebelión que se expresa por la palabra escrita y que encuentra una forma literaria artística a través del cuento, la novela, el ensayo o el aforismo, pero que debe tener esos componentes: rebelión como un cuestionamiento permanente sobre la forma en que me relaciono con el mundo. 

Esa idea de escribir la obra que sacudiera a la sociedad y precipitara su transformación, suena un tanto optimista en un escritor como usted, que se caracteriza más bien por su hondo pesimismo…

Nunca fui muy optimista y es verdad que la gente que me conoce me dice que poca gente es tan pesimista como yo. Pero es verdad que esa es una idea optimista y se manejó mucho en la década de los setenta, cuando estaba al final de la adolescencia, pero muy pronto entendí que eso no funciona así. De hecho cuando escribí mis primeros cuentos y La diáspora entendí que la idea de crearle una utilidad social a la literatura para un cambio político es un absurdo. Porque incluso nosotros, que como generación estuvimos inmersos en una guerra civil, nunca creímos que el mundo se debería dividir dentro de la literatura entre buenos y malos. Eso existe en la política y tiene que ver con los intereses que se defienden. La literatura tiene que ver con la complejidad interna del ser humano. Así que muy pronto esa idea embrionaria de la literatura la descarté. 

La mayoría de sus libros giran en torno a la posguerra en El Salvador, en Centroamérica, como si ese escenario le hubiera dejado marcado definitivamente…

Hay algunos que no, otros, como Tirana memoria o Desmoronamiento, son de antes de la guerra. Pero todos los otros sí son de la posguerra. Creo que porque ha sido dura en lo que respecta a la pérdida de las ilusiones, porque durante la guerra y al final de la guerra había ilusión, pero de pronto, pasados unos años en democracia, la ilusión se comenzó a desmoronar porque se comenzaba a ver que no había mucha diferencia. Y eso provocó mucha desilusión. Además de los otros conflictos que emergen, como la proliferación de las pandillas, la corrupción política y en fin un sinfín de situaciones que alimentan la desazón. 

¿No ve usted elementos para el optimismo en esa Centroamérica doliente y trágica?

Elementos para el optimismo hay, pero eso no significa que yo crea en ellos. Por ejemplo, el hecho de que en El Salvador se haya derrotado la estructura bipartidaria y haya emergido una tercera fuerza ha generado mucho optimismo e ilusión. Pero yo guardo mis reservas porque necesitaría ver propuestas que me permitieran creer que sí habrá un esfuerzo por acabar con las dos plagas del país, que son la violencia y la pobreza. Y que producen la tercera plaga que es la emigración masiva. El éxodo. 

¿Uno de los momentos más duros de su vida como escritor fue cuando publicó El asco, en 1997, y tuvo que salir de su país por las amenazas de muerte?

Yo creo que ese fue el episodio más conflictivo, sobre todo por la naturaleza de la obra y por cómo la gente leyó la obra. No la leyó como una obra de ficción sino como mis opiniones. No vio el juego metaliterario que había en eso. Pero es difícil también cuando es un país que viene saliendo de una guerra y donde los niveles de lectura y de educación son tan deficitarios. Ese fue el momento más difícil. Aunque hubo otros momentos, como cuando me fui en los ochenta, primero a Honduras, después a Costa Rica y finalmente a México. En esa época mataron a alguna gente muy cercana a mi, fue el año del terror, cuando mataron a monseñor Romero, las grandes masacres en las ciudades., etcétera…

En su última novela, usted habla drama de Centroamérica pero la mirada de emigrantes que viven confusos y atribulados en Estados Unidos…

Sí, creo que es algo natural: uno de cada cuatro salvadoreños vive en Estados Unidos, así que es lógico que los personajes se trasladaran ahí. Todo mundo se quiere ir. Y si lo deportan que enseguida intentan regresar. Es la tercera plaga. El éxodo. El drama de nuestro tiempo.                                    


Texto © Armando G. Tejeda,  2019
Fotografía © Casa de América
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