Desasosiegos

La educación equivocada

La educación equivocada

Un comentario de Óscar Jara al texto del profesor Agustín de la Herrán Gascón, de la Universidad Autónoma de Madrid, titulado “¿Y si nuestra educación estuviese radicalmente equivocada?”

 

Existe consenso de que la educación debería ser la utopía que se concrete en nuestro tiempo y, sin embargo, esta afirmación que es más antigua que nueva, sigue lejos de realizarse. Para el profesor Agustín de la Herrán Gascón de la Universidad Autónoma de Madrid, esta situación se da porque ni la educación ni la formación se comprenden. Se favorece una educación superficial, cuando la educación es despertar, más allá o más acá de capas periféricas que capean lo esencial por intereses circunstanciales. Es despertar a la vida posible y, normalmente, no despertamos del todo. Vivimos en un duermevela, porque no se educa para la complejidad de la conciencia, que es el órgano de la visión del ser. Por eso la pedagogía, la didáctica, la educación y la formación están atascadas, y no pueden remontar el vuelo. Para que cumplan su función es necesario reformularlas en una pedagogía radical e inclusiva.

¿El ser humano sabe o el ser humano ignora?

El problema se localiza en el conjunto de experiencias creencias y valores que forman la visión del mundo que tiene la persona. La ciencia considera que el ser humano actual es el Homo sapiens sapiens. Es decir, el Homo que sabe que sabe. Según Agustín de la Herrán, esa cualidad a priori positiva incluye el mayor de los problemas. Este Homo sabe que sabe, pero no parece ser consciente de que, por encima de ello, es un ser ignorante. Que sea ignorante no es grave en absoluto. Lo que sí lo es, es que ignore este hecho fundamental. Si uno de los fines de la existencia humana es el conocimiento, como afirma, entre otros, Marc Augé, la ignorancia consciente es parte de la búsqueda del conocimiento. Y en la vida cotidiana y profesional pocas veces se reconoce honesta, auténtica e íntimamente que algo o que mucho se ignora. Normalmente la ignorancia se disimula, se disfraza, se mimetiza.

Algunos seres humanos como Confucio, Sócrates, Newton o Edison pusieron de manifiesto la relevancia de la ignorancia, por lo que, literalmente y en sentido estricto, cada uno de ellos fue más Homo sapiens ignorans que Homo sapiens sapiens.

El Homo sapiens ignorans lo reconoce y desarrolla un comportamiento congruente. Esto es difícil para una persona que viva en conciencia egocéntrica, sea niño o catedrático de universidad, y más difícil para este último, por causa de un ego que ha ido creciendo.

La humildad es la antesala del conocimiento y de la investigación. Si solo se parte del saber que se cree tener, comenzaremos cualquier comunicación con los demás como una taza llena. Si no se vacía, nadie podrá incorporar nada diferente a lo que ya tiene. A este hábito podría calificarse como anticonocimiento. El Homo sapiens ignorans es el Homo de la taza que se vacía. Basa su vida en la duda, en la apertura y en la pérdida. Permite fluir, promueve el movimiento y el cambio, y lo hace primero en sí mismo.

Las capas de la cebolla

Para conseguirlo hay que mirar al interior. Lo exterior y lo existencial nos cubren como las hojas de una cebolla. No importa que a alguna capa denominemos ‘interior’. Si es capa, es exterioridad. Para el profesor De la Herrán, lo interior es la identidad profunda, ajena a la circunstancia, el ser esencial.

El interés educativo predominante es el superficial y esta metodología es parcialmente inútil, respecto a lo interior. No se realizan ni se favorecen, conexiones directas o experimentales ‘exterior-interior’. Hay suplantaciones entre uno y otro, casi siempre interesadas. Hay invenciones, ficciones, multitud de procesos creativos desgajados del autoconocimiento, pero no conexiones orientadas a la experiencia, a la transformación esencial o a potenciar una situación consciente, comprendida como una ‘estado de conciencia’ accesible mediante formación (Herrán, 2006).

Interiorizarse a través de la razón a lo que somos, es aproximarse eficazmente, si y solo si por ‘razón’ se recurre a una acepción rica y compleja que incluya afectos, sentimientos, emociones, conocimientos, socialización, espiritualidad. El factor constituyente más importante de la formación es la conciencia.

¿Se ve o no se ve?

Teilhard de Chardin ya señalaba que la vida consiste en ver. Un sentido clave de la práctica educativa es la formación, que en gran medida es visión, la educación es para la visión, para la conciencia. El problema, según apunta Agustín de la Herrán, es que vemos muy poco, y la educación recibida no nos ha enseñado a verlo bien. Al revés: la tendencia ha sido a convencernos de que lo poco que vemos es la ‘totalidad’, con lo que se genera un error. Como vivimos en el exterior de nosotros mismos, lo que vemos es lo que se extiende ante nuestra vista.

Como consecuencia de ello, la percepción que tenemos de la educación y la enseñanza es perimétrica. Su centro de gravedad se sitúa en los alumnos, la práctica, la reflexión sobre la práctica, los recursos, la mejora de la enseñanza, en los efectos y en sus resultados y lo que los acompañan. Entonces De la Herrán concluye, desde su enfoque radical e inclusivo de la formación, que es cierto que todo ello es educación, pero la educación no es eso.

La mirada normal, en efecto, se centra en la parte emergida del iceberg, no en todo el iceberg. El horizonte interior no forma parte de la figura ni del fondo. Simplemente, no se ve, no se es consciente de ello. Y es por eso que todos los sistemas educativos aspiran a educar, pero ninguno lo hace plenamente, porque falta comprensión o conciencia sobre lo que es educar.

Los personajes y las personas.

El niño nace conectado con la humanidad y el autoconocimiento. Las adquisiciones posteriores van interfiriendo la conciencia de esa identidad, que se va superficializando y agrietando. Lo existencial termina por sustituir a lo esencial, y el ser acaba por identificarse con su personaje, con lo que se aleja de sí mismo.

Y los sistemas educativos ahondan en el problema porque dependen de los sesgos de sus sociedades, de sus sistemas sociales y de su cultura, que suelen ser fragmentarios y estar influidos ideológica, política, científica, religiosa, sexista, geográficamente, etc. que condicionan y adoctrinan más que educan. Este tipo de educación máximo tiene sentido para el sistema social concreto, pero no para el autoconocimiento y la educación plena.

La educación tiene que ver con el crecimiento y la evolución personal y colectiva, y no sólo con el progreso o el desarrollo. Ese crecimiento transcurre del ego a la conciencia (Herrán, 1997, 1998), es decir, de la inmadurez a la plenitud interior. El conocimiento y el pensamiento no son las únicas bases ni el centro de la educación. Son una parte que sirven para escalar la montaña de la vida. El autoconocimiento y la conciencia plena en cambio no sirven para ir a ningún lado. Sirven para ser.

Leer el ensayo completo del profesor Agustín de la Herrán Gascón en:

https://www.uam.es/personal_pdi/fprofesorado/agustind/textos/educacionequivocada.pdf

 


Texto, Copyright © 2018 Òscar Jara. Todos los derechos reservados.
Fotografía: Cole Keister on Unsplash


 

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