Literatura Narrativa Selecta

Sonata de Benidorm

Benidorm desde el mar 01 JMM

En abril de 1938, las tropas de Franco comandadas por el general Varela llegaron al Mediterráneo cambiando el curso de la Historia española para siempre. Allí los vimos bañarse victoriosos.

Pan y vino faltaron en Levante desde entonces y quedaron sus gigantes, sus peñones y sus sierras marítimas despobladas. El mar de los teatros dejó de serlo durante décadas y en ese tiempo los pescadores se convirtieron en enterradores del Mediterráneo.

Pero en España, cada promontorio es un milagro y en este modesto de Benidorm que separa sus dos hermosas playas y se adentra en el mar como un bajel hicieron castillo en torno a la iglesia de San Jaime, atemorizados desde entonces por la mayoría sarracena de las poblaciones que lo rodeaban. Un gigante sigue a otro gigante y con un dedo ha pasado páginas de Historia hasta el boom turístico de los años sesenta, los deportes náuticos y los rascacielos erigidos al pie del mar.

Acabamos de venir de Nueva York impresionados por la altura y por lo lúdico. Lo estrictamente lúdico de los neones, y examinamos hoy estos de Benidorm, la ciudad española de mayor densidad de rascacielos.

Benidorm - César Cortijo

¿Qué es un rascacielos? En un sentido, es un gigante de ojos múltiples; en otro, un aprovechamiento del suelo, del poco espacio.

El rascacielos más alto de Benidorm se llama Intempo. Doscientos metros de altura. Recién terminado con sus remates dorados, no está habitado todavía aunque casi todos los apartamentos están vendidos a los nuevos ricos rusos, última oleada del turismo del que vivimos fundamentalmente. El edificio son dos torres unidas en la altura por un cono. Tiene forma de “M” como una repetición del mar. Como una repetición de los peñones. Y nos quiere hablar del tiempo, no del espacio. De un tiempo mítico cuando la tierra la poblaban los gigantes también.

La geografía no importa, solo es un mapa, un dibujo, una coartada. Importa el tiempo que dota a las ilustraciones de movimiento, las convierte en diagrama. Ortega defendiendo a don Quijote en su Meditación, reprochaba a los lectores que se hubieran reído de la gran imaginación del manchego. Confundía molinos con gigantes, ¿pero es que alguien ha visto alguna vez algún gigante? ¿Quién inventó los gigantes? ¿Estaban ahí antes que los superhéroes?

Estos nuestros de Benidorm parecen haber sido construidos cada mañana por las brumas. Son moles que se levantan como fábricas turísticas. Amanece Benidorm envuelta en brumas que se sujetan en la sierra Helada y en el Puig Campana. Mil quinientos metros al pie del mar. Allí vivían los gigantes. Por eso estos rascacielos no tocan el cielo, ya lo tocan antes los peñones. Los rascacielos de Benidorm son pequeños gigantes, son grandes criados, hijos menores de una leyenda. Y los miramos despertarse y están solos; y parecen chimeneas de fábricas de entretenimiento. La fábrica del ocio que allí duerme en múltiples apartamentos y en hoteles.

En el Festival de la Canción de Benidorm de 1973, se alzó con el trofeo, según la retórica fascista del NO-DO, Emilio José. La canción benidormí lleva por título “Soledad”, dirige la orquesta, el maestro Calzadilla o Cagontó: la autarquía. En paralelo, en otro cine de verano, se desarrolla el certamen de Miss España, también en blanco y negro. Suena esta canción de simple rasgueo de guitarra que un barbudo canta a una alegoría de la soledad. No es alegre pero es “original”. Es “natural”. “Sincera”. Como España, no necesita a nadie, está sola.

Los rascacielos de Benidorm también son soledad en las tumultuosas playas, en las concurridas fiestas nocturnas del barrio Guiri.

Benidorm - César Cortijo

Cada uno tiene un nombre envuelto en brumas envuelto en sol. Don Pancho. Lugano. Gran Bali. Intempo. Mediodía. Monika Holidays. Singularizados con sus neones que no queman como aquellos brutales de los mitos. Cada uno es una bestia que nos lleva a los turistas en brazos y nos deja en las playas como a una princesa muerta, nuestra soledad española.

Yo tengo muchos años y me baño en el mar. Desde niño no había vuelto a Benidorm. Me avergonzaba. Me avergonzaban el turismo chabacano, las borracheras del inglés, como los nuevos ricos que trajo Putin, los más horteras que lo han comprado todo.

De niño vine en un coche con mis padres y de él nos bajamos para ver lo moderno amarillo en el ladrillo tudelano, en los adornos geométricos de las balconadas. La discoteca Penélope con la mujer de larga melena de su logotipo no era libertad, era también soledad. Como el agua clara de la infancia, “como la amapola que llega”. Yo los amaba aunque fueran palurdos del interior en sus pequeños afanes de verano. Y las altas torres miraban al mar, ridículas pero dignas, con furia de ladrillo, con débiles tejidos sintéticos y no iban a poder aguantar las embestidas del mar asombrado. Pero si uno se concentra y mira al mar fijamente hacia la isla, y se adentra en el agua volviendo al presente también encuentra en él repeticiones, soledad.

Vuelve a sonar la excavadora de nuestro modelo de vida, picando cimientos en la roca dura alicantina, apenas protestas sobre el incesante batir de las olas. El mar es la Historia y puede con todo. Con los rascacielos de Benidorm, con las excavadoras que los rusos reactivan, con la vida nocturna de los ingleses, con las duras prácticas sexuales de las carreteras de la costa, con los verdaderos gigantes que la soledad inventa en esta condición de esclavos, para los veraneantes envejecidos como yo.


Texto y fotografías © César Cortijo 2016
Todos los derechos reservados.

Fotografía destacada © Josemanuel @ Wikimedia Commons.  Licencia Creative Commons Compartir igual


 

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