Literatura Narrativa Selecta

Sinfonía de Nueva York

Nueva York

13 de junio de 2015

Hay ya una importante tradición en la literatura hispánica acerca de Nueva York, a la que quisiera contribuir muy modestamente.

Se dice que la inaugura Federico García Lorca con su libro póstumo Poeta en Nueva York, de 1930; y se dice bien, pues los ensayos anteriores como los de José Martí – el Hombre Sincero – o el canto inaugural de Rubén Darío a la metrópolis por excelencia del siglo XX, tenían todos una alegría y ufanidad que Lorca va a abolir para siempre de nuestra tradición, convirtiendo el topo neoyorkino en un laberinto agónico y crepuscular del que no escapará ya nadie. Los siguientes intentos de relieve, como los de José Hierro en su Cuaderno de Nueva York o el pobre candidato García Montero, nunca superarán ya la melancolía ni el momento supremo del ocaso sobre los rascacielos.

Pero tengo la impresión que ese designio negativo de lo hispánico sobre Manhattan es una pobreza y una limitación cuando menos del lenguaje. Al poeta hispánico le asusta Nueva York; y es que al poeta hispánico le ha faltado siempre saber algo de inglés, algunas horas de televisión y cierto cosmopolitismo, o solo lo tuvo en otras eras.

Sospecho que al poeta español le asusta más la incomprensión del idioma de los yankees que los desafíos a las leyes newtonianas de los rascacielos.

Yo que podría estar horas viendo jugar béisbol he llegado a Nueva York como tuvieron que llegar ellos de excitados y cuando era muy tarde mi taxi me dejó en un viejo hotel sobreviviente del siglo XIX en Broadway. En medio del fulgor de los gigantescos leones de neón en Times Square, de los gigantescos edificios de los héroes Marvel, de los gigantescos caballos de la policía metropolitana, sobreexcitado cuando debía descansar.

Preví, en mis preparativos, que ese never ending life me aturdiría y me haría sentir pena, alguna clase de pena por las muchedumbres, por mí mismo, por nuestra condición – he aquí el maldito influjo lorquiano – , sentir alguna clase de pena que no iba a sentir ni un minuto de los que pasé en Nueva York, Metro arriba, Metro abajo.

Se me ha contagiado, sin embargo, la felicidad de las muchachas que entraban y salían en oleadas de los almacenes Macy o de la cadena Century 21; el de las chicas bohemias del Lower East Side, felices con un simple Martini; y el de las mujeres negras con las pestañas postizas más largas del mundo.

Yo no llego como los poetas hispánicos a olvidarme de un amor a Nueva York, a justificar mi culpa con versos retorcidos de contradicciones, ni para teñir la alegría, la juventud eterna y el frenesí patentes en Manhattan con una sombría conciencia de español atormentado.

Nueva YorkHe llegado a Nueva York como los tenores, por la puerta profesional de Broadway, para celebrar la vida, la alegría de vivir, aunque solo sea por un día, just for one day.

Pocos momentos tan alegres como tuve saliendo del divertido musical a las avenidas donde cientos de ventanas encendidas sonreían.

Mi primo del pueblo cuando vino a Madrid por primera vez se quedó anonadado paseando por la Gran Vía madrileña, lo más americano de Madrid. Iba aturdido, al borde del colapso, al elevar la vista a los edificios más enormes que había visto.

¿No es García Lorca nuestro primo del pueblo? ¿Y Jorge Guillén? ¿José Hierro?¿Juan Ramón Jiménez? ¿No son un puñado de palurdos incapaces de dejarse llevar por la alegría?

Yo, claro, como ellos tuve miedo de ir a Nueva York. A perderme como ellos en un callejón o en el estadio, en los barrios imposibles, en los parques donde acechan el robo y el asesinato.

A mí, como a Lorca, los negros me parecían los únicos que no habían perdido el alma. Los únicos que podían mirar. Pero creo que las muchedumbres no están heridas. Las muchedumbres se gustan a sí mismas y esta gente es buena, demasiado buena: les gusta hacer cola frente a cualquier pase. Se diría que lo celebran. Es el momento de charlar, de olerse, de mirarse, etc.

El taxista libanés, el conserje argelino, los prestamistas de Boston y los inefables chinos, todos concuerdan en hacerlo lo mejor posible, no ser tanto alguien, como algo. Hacer lo mejor posible su trabajo, estar a la altura y sonreír. Todos ellos al llegar a Nueva York han adquirido la obligación de sonreír, to be spirited en sociedad, clave de la joven sociedad americana. Y la educación es la base de su hegemonía mundial. Pacer y estudiar en los campus, cueste lo que cueste para ser los mejores en cada especialidad.

¿Es una doble moral sonreír continuamente cuando uno se siente sólo? ¿O es profesionalidad?

Tiene la soledad norteamericana, y su crisol de Manhattan, la fortaleza de sonreír en público. No parece por eso una soledad derrumbada, dimisionaria.

Es lógico ver a Federico triste a la puerta de la Columbia University, mientras que se compadece de las amigas que lo han perdido todo jugando a la bolsa de Wall Street en 1929; lo mismo que es ingrato ver al viejo poeta social, uno de los comprometidos, José Hierro, perseguir en su vejez a un amor fantasmal por todo el East End, mientras escribe versos retorcidos por la culpa.

Yo llegué al viejo hotel de cinco plantas atravesando los pasillos silenciosos de moqueta. Quedó en un instante atrás la cacofonía alarmante de taxis, limusinas y sirenas de ambulancia, de policía y de bomberos. Todo el ruido a la vez, toda la noche, quedó atrás al cerrar mi puerta de la habitación 5156, pensé que no habría forma de dormir contagiado de la loca euforia del mundo; supuse que ningún pájaro me iba a despertar por la mañana. Todo lo apagué y todo lo cerré y con mi antifaz habitual me dispuse para dormir boca arriba sin atar.

Me daba vueltas la que pensé una absurda decoración de la habitación. Dos bodegones casi idénticos de Morandi. Dos jarras de hojalata y una botella de vidrio verde sobre una tabla humilde, y esos colores malvas, marrones y verdes que perfila la luz plena sobre los volúmenes.

Que el dueño del hotel decorara así un hotel de actores, me hizo suponer que en la era de la reproducción mecánica del arte, aprisa y corriendo había colgado estas estampas un tanto kitsch o directamente chabacanas.

Hasta el tercer día no caí en la cuenta de qué me estaban contando estas imágenes armónicas y perfectas de Morandi. Alguien se me había adelantado para darme la pista de la ciudad de los rascacielos. Volúmenes armónicos.

Morandi¿Qué es el volumen? Es todo cuanto aponemos en nuestra modesta humanidad a un cielo sin nadie. Tanto en un modesto bodegón de Italia, como en la isla atlántica que pueblan todas las razas de la tierra.

Interpretar así la ciudad me proporcionó enseguida una idea de armonía y de logro que ya no me iba a abandonar en los días de Nueva York. Ya no se me vendrían encima las moles de doscientos, trescientos, cuatrocientos metros. Todo era un juego humano sin dios, pero confiado en sus fuerzas.

Hasta los locos que hablan solos a centenares en cada esquina entre la 5ª avenida y la 8ª, hasta los asesinados como John Lennon en el umbral del parque, todos parecían, a la luz de esta revelación multiplicada de Morandi, haber elegido su destino , profesionalmente hablando, y eso es libertad.

La que se respira a cada paso y transmite a nuestra existencia un fair play y una aceptación bajo cualquier circunstancia. Todo el mundo es así rápido y perfecto.

Que los edificios no permitan ver los cielos, que los hayan abolido, es un logro americano, porque no son un laberinto. Son un canto humano. Todas las edificaciones dialogan entre sí perfectamente, las casas bajo de 1800 y los últimos rascacielos de cristal. Todos están ahí jugando la misma partida. Rotas las cadenas naturales, que eran la verdadera condena.

Cada palmo de ciudad escucha a la otra y la gente bullanguera parece inmersa en ese diálogo.

Cae la luz en los patios y en las esquinas mansas por la altura. Una altura propia no inducida. Así fue en el siglo XX y en mis días. Y no sabemos si podrá seguir siéndolo después de las seis mil muertes de 2001.

Desde la independencia americana en el siglo XVIII y el ataque de Pearl Harbour, nunca, hasta 2001, el suelo americano ha sido atacado por nadie. Y eso bastó para su apogeo. No sabemos si la luz de Morandi extrapolada a todo Nueva York es cosa del pasado o está ya teñida de abismo como la zona cero.

Allí precisamente se levanta una edificación española, la de Calatrava, que desentona de esta idea armónica de Morandi. Es otro español quien parece no querer entender las claves de la alegría. La luz en la geometría dialogando.

Se trata de un edifico escultural con una forma que recuerda un águila. Una estilización de la fuerza, del poderío, más que de la armonía que ha producido la libertad.

No está acabada, será el memorial de las torres gemelas abatidas. Es una obra polémica y esperamos muy sinceramente que nunca llegue a terminarse porque sería la claudicación ante un tiempo y un espacio horrendos.


Texto y fotografías © César Cortijo 2016
Todos los derechos reservados.


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