Víctor Gaviria: siete poemas

Víctor Gaviria

Siete poemas de Víctor Gaviria como homenaje al homenaje que se le está ofreciendo en el XXIII Festival Internacional de Poesía de Bogotá.

PARÁBOLA DE LOS DOS HERMANOS

Había una vez dos hermanos que negociaban
con ganado robado, vaya a saber sus razones.
Descontento de cuentas, el menor se peleó
con su hermano mayor,
y contrató unos hombres para que lo mataran.
Un niño, como siempre, fue testigo del crimen,
y los hombres fueron descubiertos.
El hermano menor huyó de su casa,
los asesinos de su hermano huyeron también, rastreando su pista,
hasta hallarlo en otra vereda cercana, tan mísera
y tan próspera como la anterior.
Pidieron plata por su silencio,
él les envió dinero en un sobre. La lengua
les picaba y les daba vuelta en la boca
por decir el hecho escandaloso,
entonces el hermano menor contrató a otros hombres
para que mataran a los primeros hombres.
Los asesinos fueron a su vez asesinados,
sorprendidos por los segundos hombres cuando menos
lo esperaban.
El hermano menor descansó aliviado,
pero los segundos asesinos eran todavía más pobres
y más despiadados,
y pidieron dinero por su doble silencio.
Entonces el hermano buscó entre la gente
a otros hombres peores,
habló de paso con ellos,
pero los segundos hombres desconfiaron a tiempo
y lo mataron frente a su casa,
la que era apenas su casa transitoria,
y fue hallado su cuerpo entre el rastrojo,
frío y tieso como un palo.
Los segundos hombres se dispersaron en el acto
y se disolvieron entre la gente.
Los terceros hombres son cualquiera, nosotros,
los justos,
todavía más pobres y más despiadados.

A USTEDES PENSAMIENTOS, agradezco
que no me hayan traicionado,
y que se hayan escondido tan hondo
detrás de mi cara,
que yo haya estado con tanta gente
en las fiestas y en la reuniones de trabajo,
y ustedes hayan permanecido silenciosos,
sin hacer huír a nadie de mí,
y no hayan hecho ruido involuntario como
lo hacen algunos vasos o sillas que se caen
de extraña inquietud…
A ustedes, pensamientos, agradezco
haber esperado tanto tiempo en la última pieza honda
de mi vida,
sobre todo porque han hecho que me algunos me amen
por escucharlos sin decirles nada,
por estar ahí como una compañía
que tanto necesitan las cosas,
por estar ahí en las largas noches
en que no éramos nadie,
y el viento nos barría…

HE OIDO LA NOTICIA de que la carretera
hacia el pueblo de mi padre, Liborina, será
asfaltada en el próximo año:
fue para mí como si se me borraran de golpe
todas las letras y todas las palabras
que mi padre me dicta
a través del polvo blanco que levantan los autos
al pasar,
como si nunca más mi padre me volviera a escribir
sus cartas del pasado,
en las páginas que sólo yo entiendo,
en donde dan altas voces de alegría y secreto
las clavellinas y los pastos del verano,
en donde yo duermo y muero muchos días antes
de morir…

RETRATO 1999

Estos son el padre y sus dos
hijos: un retrato de familia que parece
una rama sobre una mesa de noche.
El niño de tres años va todo el día de un piso
a otro, subiendo y bajando las escaleras,
con un libro de cuentos en los brazos,
sin nada que hacer, ignorante de juegos,
pegado como a una tablilla
de salvación… Mi hija de seis años con su
monedera de cachirí, regalo de una fiesta,
en donde guarda sus monedas de cobre
que parecen el cielo que cambia de ánimo
a lo largo del día: luz dorada de la moneda
valiosa de mil pesos, pálida luz de la monedilla
que no suma nada para el Tesoro…
Monedas y libros,
cuentos con láminas donde vivir y dinero
que se busca como si fuera el verdadero amor,
fotos del padre que da vueltas por la casa
sin estar quieto para el retrato:

EL HOMBRE DE HIERRO

Cuando el circo ya ha levantado su carpa y se ha ido lejos,
como a año y medio de distancia,
los niños de pueblo siguen pensando en el Hombre de Hierro.

El Hombre de Hierro es payaso también,
porque a veces hay dueños de circo que no quieren saber nada
del Hombre de Hierro,
nada de aquel hombre
a quien las piedras no aplastan, ni los vidrios molidos hieren,
ni los golpes en el estómago derriban.
Lo único que quita el sueño al Hombre de Hierro
son las piedras que después del espectáculo quedan
abandonadas en los potreros,
como piedras cualquiera.
Los niños del pueblo las buscan y las cargan como él,
pero las piedras resbalan de sus brazos y les hieren los pies.
A veces el Hombre de Hierro se demora escondiéndolas,
rogando a los niños para que no lo imiten;
pero los niños son sordos como piedras
porque ellos también son acosados y tristes como el Hombre de
Hierro,
porque ellos también, como él,
quisieran vencer el dolor para siempre.

YO QUE SOY UN HOMBRE FRÁGIL

Yo que soy un hombre frágil de niño
tuve años buenos
me sentaba en el quicio de la casa y veía pasar la gente
con una fuerza terrible veía pasar la gente
y me enamoraba de las ventanas encendidas en los
edificios cercanos
Había sitio para todos
Nada era mejor que otra cosa Esa es la infancia
que como un hombre religioso cada uno debe
esforzarse por traer
Como un sastre que es mago y poeta a la vez
cada cual debe pulir ese traje que se llama paraíso

MI HERMANA REGRESA DE CHICAGO

Responde desde el fondo de la pista
los saludos que le hacemos inclinados en la baranda,
y su peinado alto a la antigua,
como un signo de extraña lealtad,
se tuerce a uno y otro lado con un temblor de arbusto.
En el carro pregunta por cada uno de nosotros
mientras ve los últimos caballos en las mangas
reverdecidas
y habla con mi padre y mi made en voz baja
como si se disculpara,
como una inquietud de persiana que el viento hace temblar.
Se pasea por casa riendo de pronto, una risa
de soprano un tanto embriagada,
y busca una chaqueta que ha perdido
hace muy poco en una silla de la sala.
La vimos colocar sobre la cama
las mercancías que pagarán su viaje de regreso.
Mi madre se ha emocionado en el umbral de la puerta,
las camas gemelas cubiertas de regalos ajenos
le han parecido a mi madre una extravagante mariposa
de buena suerte.
“¿De dónde vendrán a medirse la ropa de mi hermana,
que ávidas vecinas
después de diez años vendrán a comprarle sus mercancías?”,
canta con el viento la pequeña pagoda china
desde el balcón oscurecido.
Pero mi hermana cuando duerme
o se calla como un árbol de follaje animoso
a quien el viento no visita,
o se distrae en el carro transparente como una niña
que acaba de llorar,
hace sentir la virtud de no estar,
la virtud de aún no haber llegado.
Mi madre llama a sus amigas para que la paseen,
por turnos vienen a sacarla cada noche
insegura como una jovencita en la escalera,
las manos sonámbulas al cruzar la calle
por el esmalte de las uñas todavía fresco.
Viaja sola y centellea en el asiento de atrás,
el viento de la calle trae un olor de antiguos novios
ya rancios.
Al regreso nadie le saca detalles,”muy queridos”, dice,
como si hubiese permanecido en pie toda la noche
frente a un auto varado.
A la media noche da el visto bueno a sus hijos,
y los deja dormir a sobresaltos
ardidos como un saludable alcohol.
“Tardas mucho en acostarte”, le reprocha mi madre
al verla escribir una carta para su esposo.
Está blanca como la carne de un pez,
abandonada como un libro de láminas.
Se adormece, va de la mano de una amiga
buscando un baile que no encuentran,
tienen 15 años,
“estoy mejor entre la nieve”, dice.

 


Texto, Copyright © 2015 Víctor Gaviria.
Todos los derechos reservados.
Disponible bajo la licencia CC BY 2.0 vía Wikimedia Commons.

 

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