Ensayo Literatura

Detenido eco del azar

Rafael Fauquie

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El instante posee un eco: el de la palabra que lo enuncia; y si la palabra es el eco del azar, la escritura es el azar detenido, el orden enfrentado al azar o el orden decantándose en medio del azar. La escritura detiene la palabra pronunciada. Es voz perpetuada en letra; inscripción, trazo, dibujo verbal de los instantes. En la página, los itinerarios verbales rehacen los itinerarios humanos. El orden de la escritura convierte la impredecibilidad de lo exterior en predecible unidad. La argumentación escrita sobre la página en blanco propende a corregir la alucinante dispersión universal. En medio del silencio o de la confusión del cosmos, la escritura detiene la voz humana en trazos oscuros sobre la plana blancura de la página.

La escritura transforma o deforma, amplifica o reduce las dimensiones reales de las cosas. Ella copia, adorna, metamorfosea. Mimética, cosmética, la escritura es, generalmente, reductora. La realidad suele ser mucho más amplia que la palabra que la circunscribe dentro del limitado espacio de una página.

La escritura es sucesión, continuidad del tiempo revelado en palabras que construyen espacios que son relatos. La escritura refleja la temporalidad de los procesos reflexivos y creadores del ser humano. Toda escritura es sucesión de voces y de imágenes. Toda escritura posee una cadencia: lenta o rápida, pausada o brusca.

La escritura metaforiza el afán humano de permanencia, insinúa la inmortalidad posible del recuerdo. El ser humano presiente que sobrevivirá mientras puedan leerse sus palabras. Viejísima ilusión del hombre: que las palabras sean eternas y que ellas lo eternicen; que fijen sus ideas, sus sentimientos o sus creaciones; que, por ellas, sus huellas permanezcan aún después de su muerte, que ésta no signifique su desvanecimiento absoluto. En el epílogo a sus Odas, Horacio escribe la que tal vez sea la más exacta referencia a la eternidad de la escritura: “He erigido un monumento más perenne que el bronce y más alto que el regio pináculo de las pirámides. Jamás moriré del todo”.

Poder de la escritura: por muchísimo tiempo, ella fue un privilegio al alcance de muy pocos; prerrogativa de sacerdotes, mandarines, reyes… Escritura, pues, como distinción y, también, como liberación: saber escribir era una forma de poder. En numerosas sociedades esclavistas la norma era que los esclavos no aprendiesen a leer ni a escribir. Mantenerlos lejos de la escritura resultaba la forma más eficaz de dominarlos. En su libro El discurso de la abundancia1, Julio Ortega relata cómo Guamán Poma de Ayala recomendaba a los indios el aprendizaje del idioma español y, sobre todo de su escritura, como la única forma de enfrentar los nuevos tiempos de la colonización castellana. Comenta, también, Ortega una anécdota del tiempo de la colonia narrada por el Inca Garcilaso de la Vega, acerca de dos indios a quienes el capataz encargó llevar unos melones para el amo. En una carta, el capataz le contaba a éste como le estaba haciendo llegar la fruta con los mensajeros. Éstos, que jamás habían probado un melón, tuvieron curiosidad por conocer su sabor, pero no se atrevían a hacerlo. Temían que la carta que llevaban los acusase. No sabían leer o escribir, pero muy bien sabían que escribir y leer era un privilegio de los amos, parte de su poder. Al final, decidieron comerse los melones, pero para que la carta no los denunciase, resolvieron esconderla tras una roca mientras comían. Cuando llegaron a su destino, le entregaron la carta al patrón, quien precisamente por ella, supo que faltaban los melones. Los indios fueron castigados y, así, más que nunca, se convencieron del poder sobrenatural de la escritura. La carta los había denunciado. Había sabido de su acción. Había sido mucho más poderosa que sus propios ardides para escapar a su tutela. La conclusión que entresaca el Inca Garcilaso es elocuente: en la escritura, en el símbolo del poder del amo, encarnaba la fuerza por medio de la cual los españoles vencedores podrían dominar a los indios vencidos; para éstos, era fundamental apropiarse de la escritura de los vencedores. Sólo así les sería posible la supervivencia. Una vez que la escritura pasó a pertenecer también a los vencidos, concluye el inca Garcilaso, comenzó la nueva historia de América, su realidad mestiza. Nacimiento de un tiempo diferente simbolizado en una escritura compartida por todos y comprensible para todos: punto de partida de una cultura y una convivencia nuevas.

La escritura es obra de la mano del hombre. Escribir pertenece al dominio de lo táctil más que al de lo oral. La escritura se acerca más a la mano que, como en el caso de la voz, a la cara o a la boca. En la escritura hay comunicación entre una mente que dicta y una mano que escribe; continuidad entre la idea y la palabra: esfuerzo de la mano y la mente íntimamente unidas. Viejo ideal de la escritura: que nuestra mano alcance a ser tan rápida como nuestro pensamiento, que logre copiar a la velocidad que piensa la mente que le dicta.

La escritura se acopla a la personalidad de quien escribe. La grafología es la rama de la psicología que considera la letra como una muestra del carácter del escritor. Escritura grande o chica, apretada o suelta, rápida o lenta, pesada o ligera, ascendente o descendente… Signos todos de aquél quien se expresa a través de su escritura.

Barthes ha comentado que, a lo largo de la historia de la humanidad se produjeron significativas transformaciones culturales asociadas con cambios en la escritura. En el siglo XII, a finales de la Edad Media, fue la difusión de una escritura gótica que se difundió por toda Europa, y que buscaba reducir y optimizar espacios dentro de la superficie de cada vez más costosos pergaminos. Al Renacimiento correspondió el pasaje del manuscrito al libro; y hoy, concluye Barthes “se busca y se elabora una nueva escritura: la de las imágenes y los sonidos”. En estas ideas, escritas en un artículo de comienzos de la década de los setenta2, Barthes pareció prever nuestro presente de computadoras, vídeo lectura, y enciclopedias de disco compacto. Nuestros días parecen desdeñar la escritura; y, en su lugar, preferir la comodidad del signo y de la imagen virtual, rápidamente comprensibles, llamativamente perceptibles.

Poder de la escritura: por siglos, la Iglesia Católica colocó en el índice de los libros prohibidos todos aquellos textos eventualmente perjudiciales para el mantenimiento de la ortodoxia. La escritura, palabra permanente, palabra definitiva, es el gran apoyo de las ortodoxias; y la herejía, igualmente volcada en escritura, una de sus principales amenazas. Modernas formas de iglesia como son los sistemas políticos, especialmente los totalitarios, suelen vigilar muy celosamente la circulación de libros subversivos. El orden establecido se asienta en la norma escrita conocida por todos, y toda escritura que postule la alteración de ese orden acatado puede resultar demoledoramente eficaz.

Escribir es mitad inspiración y mitad oficio. Implica, ante todo, disciplina; escoger cada palabra: su ubicación, su tonalidad, su ritmo; que todas las palabras juntas vivan en la oportunidad de sus argumentos y de sus imágenes. Disciplina necesaria, también, para escoger el silencio y los énfasis; qué decir, qué callar: precisión de la escritura. Lo que escribimos es tachado y retachado una y mil veces. Escribir es, en realidad, reescribir. Es un lento y paciente palimpsesto que supone sustituciones y reconstrucciones interminables. Blanchot llama a los escritores “insomnes diurnos”. Insomnio, vigilia: términos semejantes para expresar el estado del escritor que precede a la lucidez del descubrimiento literario. Pero, de alguna manera también, la lucidez se prepara, se aprende. Cito a Blanchot: “el pensamiento parece ser inmediato … y, sin embargo, está relacionado con el estudio, hay que levantarse temprano para pensar … hay que desvelarse más: velar más allá de la vigilia”.

Poder de la escritura: en Los cuatro libros clásicos dice Confucio que nadie, ni siquiera el Emperador, tenía el derecho a modificarla. La escritura era el tiempo y la realidad humanas en ella y por ella expresados. La escritura es más firme y definitiva que la oralidad. Es más fácil equivocarse en la improvisación de una respuesta verbal, rápida y contingente, que en la escritura de una idea a la que hemos abordado por días, meses o años. También la escritura es más riesgosa: los errores dichos en alta voz desaparecen, se olvidan pronto. El error escrito permanece por siempre.

Entre la palabra escrita y el momento que la desencadenó, media la reflexión o la fantasía del escritor. La voz acompaña a la acción. Es o puede ser simultánea al instante que la genera. La escritura es siempre posterior a la circunstancia que la hizo nacer y se asocia con lo perdurable. La escritura trasciende y se proyecta, definitiva y en hilvanado signo, sobre la perennidad del tiempo de los hombres.

Mitificación de la escritura; de alguna manera, nuestra cultura consagra sus connotaciones de creatividad, libertad y autonomía. Como dije en un libro que escribí hace algunos años3: “Nuestro tiempo ha sacralizado la imagen del intimismo, convirtiendo la escena del poeta en el acto de escribir en uno de los últimos reductos del individualismo y de los cerrados espacios del hombre de nuestros días”.

Mitificación, por ejemplo, de la imagen del diario que, constantemente, suponemos en las manos de todo escritor; o del cuaderno de apuntes sobre el que sospechamos que, inagotablemente, vuelca sus impresiones y garrapatea todas las voces que le llaman la atención; o de la grabadora sobre la que dicta ideas, intuiciones o reflexiones. Mitificación, también, de las manías u obsesiones con que los escritores ritualizan el acto de escribir. Algunos necesitan, por ejemplo, sentir el particular efecto de la plumilla deslizándose suavemente sobre una hoja de papel (la más adecuada, esto es, la de mejor textura). Y disfrutan de la incomparable sensación de sujetar fuertemente entre los dedos esa estilográfica, generalmente de una marca determinada, que impregna con trazos de tinta negra y brillante la hoja de compacto tramado.

Los utensilios de escritura han sido variadísimos a lo largo de la historia. Los ha habido de todo tipo: buriles, punzones, pinceles, plumas. Han existido, también, las superficies más disímiles: tablas de piedra, láminas de arcilla, planchas de metal, caparazones de animales, papiro, pergamino, tela, papel… El ser humano ha ido colocando sus trazos verbales sobre todas las superficies imaginables. Cualquier cosa le ha servido para escribir. Sus instrumentos han ido evolucionando con él, haciéndose cada vez más funcionales y rápidos. Hoy día es el turno de la computadora. Ésta posibilita una escritura, por sobre todo pulcra y veloz. Gracias a ella, las palabras logran ser escritas casi a la velocidad con que son pensadas (Se cumple, así, ese viejo ideal que parecía imposible: la mano igualando en rapidez a la mente). Las computadoras han revolucionado el acto de escribir. Permiten corregir interminablemente sobre pantallas convertidas en réplicas de la tradicional hoja de papel. La pantalla del computador hace de las palabras signos virtuales que nos iluminan desde el brillo del monitor que nos refleja. Poder de la escritura: escribir el mundo, testimoniarlo. La escritura define y fija eso que los hombres observan por vez primera. Ella siempre ha acompañado el testimonio evocador de los descubrimientos. La viejísima literatura del viaje, por ejemplo, es la escritura acompañante de las miradas humanas sorprendidas, maravilladas u horrorizadas. Lo que se contempla por primera vez está destinado a convertirse en letra escrita: referencia que otros leerán, imágenes que todos podrán reconocer gracias al dibujo de los descubridores. Es larga y amplia la genealogía de la literatura de viajes: desde los antiguos griegos, pasando por las crónicas de los conquistadores de América y, en general, las muy numerosas novelas de viajes y aventuras de los siglos XIX y XX. Ahora, a finales de nuestro siglo, la palabra testimonial del descubrimiento pareciera ceder paso a la palabra testimonial de la denuncia. En un mundo reducido y, sobre todo, en un mundo vulnerable cada vez más despojado de espacios por descubrir y más poseedor de lugares por proteger, la escritura testimonial propende a describir, más que la sorpresa, la preocupación. Una escritura ecológica pareciera estarse convirtiendo en la nueva palabra de testimonio ante un planeta agotado en el que las descripciones de lo novedoso ceden paso a las descripciones de lo preservable.

Nadie es constantemente, escritor. En general, tampoco se escribe siempre de una misma manera. Escribir, como todos los actos humanos, suele ser algo variable, circunstancialmente cambiante; distintos textos imponen diferentes tipos de escritura; cada objetivo establece un decir. Comenta Barthes: “tengo tres escrituras, según que escriba textos o tome notas o haga la correspondencia … mi deseo no responde a un código que me han enseñado o que me he impuesto, sino a la imagen que supongo del lector: neutra en el caso de las notas; personalizada en el caso de la correspondencia; eidética en el caso de un texto”.

Sin embargo, hay casos en que los escritores parecieran proponerse escribir, en toda circunstancia, de la misma manera; identificarse siempre en torno a un modo de decir y a una palabra que sea reflejo de lo que son y de lo que quieren expresar, casi como un ideal de presencia.

Compañeros de la escritura son la imaginación y la pasión estética. Por la primera, el escritor vuelca cuanto pasa por su mente: inventa mundos, construye universos, define atmósferas. La pasión estética lo sostendrá en su larguísima tarea de perfeccionista minuciosamente entregado a la hechura de frases y palabras, siempre en busca de una expresión final que llegue a satisfacerlo.

En la escritura, lo literario y lo no literario se diferencian tajantemente. El sentido de la rápida comunicabilidad o el de la urgente comprensión de una instrucción cualquiera, no se relacionan para nada con nociones como las de belleza, trascendencia, perfección, envergadura o estilo. La escritura cotidiana en cualquier espacio que no sea el literario, muy poco o nada tiene que ver con una escritura convertida en finalidad ella misma; superficie donde forma y fondo, lo que se dice y la forma de decirlo, resultan igualmente importantes.

Poder de la escritura: código de imágenes reconocibles y lenguajes compartidos. No existe obra literaria totalmente nueva. Todas nacen a partir de preexistentes repertorios. El libro de hoy se apoya en los libros de ayer. Y aprendemos siempre de los libros. Leyendo lo que el ser humano escribe entendemos mejor al ser humano. La literatura es, por sobre todo, visualización que los hombres poseen de sí mismos, un reflejo de la manera como una sociedad se contempla a sí misma en una época determinada. Borges ha ahondado en el tema de los libros llamados “clásicos”: textos que, escritos por un autor en un momento determinado, trascienden a ese individuo que los escribió y a la época en que nacieron; libros en cuya lectura los seres humanos, a lo largo de las edades, han distinguido verdades innegables y palabras definitivas. Suele haber algo de incontroversial e irrefutable en esos libros que todos los hombres suelen ponerse de acuerdo para citar. En palabras de Borges: “Clásico… es un libro que las generaciones de los hombres, urgidos por diversas razones, leen con previo fervor y con una misteriosa lealtad”.

El más remoto antecedente de la escritura fue la pintura. Antes de escribir, el hombre dibujó. Igual a lo que sin embargo sucede individualmente en cada ser humano, cuando el niño antes que aprender a escribir vuelca su imaginación y su decir en dibujos. Por la pintura, a través de ella, el ser humano primitivo inició la ritualización de su contacto con el mundo. En la ilustración de sus acciones y sus creencias, de sus anhelos y sus miedos, comenzó el más remoto antecedente de la palabra escrita. Dibujos de escenas de cacerías, representaciones de animales, confusos diseños de vagas deidades fueron el primer itinerario de la escritura humana.

Ha comentado Borges que algunos de los seres que más influencia ejercieron en la historia de la humanidad, jamás escribieron palabra alguna. No lo hicieron, por ejemplo, ni Sócrates ni Cristo. Borges recuerda que las únicas palabras que, según los Evangelios, Cristo escribió fueron unos breves trazos grabados sobre tierra e inmediatamente borrados. En su escrito “Del culto a los libros”, Borges se detiene en una idea: la sacralización de la palabra escrita no ha sido un fenómeno constante en la historia de los hombres. “Para los antiguos –dice- la palabra escrita no era otra cosa que un sucedáneo de la palabra oral”. Platón, recuerda Borges, declaró alguna vez que el hábito de los libros hacía descuidar a la gente el sentido de la memoria y los volvía demasiado perezosos y dependientes de los símbolos.

Sentido estético de la escritura; escritura como obra de arte, dibujo de formas cubriendo espacios que deben ser adornados. Escritura como ornamento: se recuerda siempre, por ejemplo, la escritura china, donde las palabras escritas son, ante todo, formas bellas, plenitud armoniosa dibujada sobre una tela que las recibe. Hoy, un nuevo tipo de arte asociado a la escritura parece caracterizar nuestro tiempo: los graffiti, alucinante variedad de signos volcados y revolcándose sobre cualquier pared de cualquier ciudad. Escritura espontánea de gritos dibujados ante los ojos de todos y en todos los lugares. Los graffiti son una nueva forma de arte que juega con lo ingenioso y lo oportuno; nueva estética de anónimo decir, arte de lo inmediato y lo circunstancial, también de lo efímero. Como la escritura misma, los graffiti son pintados y repintados, escritos y reescritos. En ellos, imágenes y palabras se encuentran, coinciden, divergen, se complementan, se anulan… Arte de saturaciones y  confusiones, los graffiti son escritura de lo colectivo urbano y de la estridencia y desasosiego de nuestros días. Nada más caótico que una pared atiborrada de graffiti. En ella ningún espacio permanece vacío. Todo en su superficie es caos, abarrotamiento y exceso. Los graffiti son formas chillonas alusivas a la confusión, al desbordamiento, a la falsa abundancia, al incoherente despilfarro. Son equivalentes al grito de una escritura que no permite entender o que se niega a decir. Garabatos más que palabras, chafarriñones más que imágenes, los graffiti ocupan, llenan, manchan; en suma: vociferan por el muy momentáneo placer de hacerlo.

En su trabajo, Seis propuestas para el próximo milenio4, Italo Calvino contempla la experiencia del tiempo occidental a través de ciertos libros donde emblematizan centrales itinerarios de los hombres. En libros como La Metamorfosis de Ovidio, La Divina Comedia, El Quijote, Hamlet o Robinson Crusoe, Calvino evoca signos representativos del tiempo humano. Signos como “levedad”, “rapidez”, “exactitud”, “visibilidad” “multiplicidad”… Levedad y ligereza, dice, aluden a comportamientos humanos ideales tanto para escribir como para sobrevivir; rapidez necesaria para razonar y actuar, en la palabra que escribimos y en la existencia que construimos. La visibilidad permite al hombre distinguir el tiempo que lo rodea desde la imaginación y desde lo imaginario. Y, por último, el signo que Calvino señala como el más afín a nuestros días: la multiplicidad. Multiplicidad que es muchas cosas: pluralidad, dispersión, variabilidad, bullicio. Para Calvino, la escritura contemporánea es multiplicante porque nunca termina, porque lo que tiene que comunicar es perpetuo, y porque siempre puede añadirse algo a lo decible. La multiplicidad definiría un mundo como el nuestro, donde, según la imagen empleada por Walter Benjamin, todo implica un diálogo entre lenguajes, una correspondencia de sintaxis. La escritura de nuestros días, sería, como los espacios que la entornan, multiplicante. Hoy, dice Calvino “el mundo se dilata hasta resultar inasible”. Y, al final, concluye con esta exacta idea: “Ha dejado de ser concebible una totalidad que no sea potencial, conjetural, múltiple”.

Precisamente, ese signo de lo conjetural y lo múltiple pareciera caracterizar cierta escritura que Maurice Blanchot ha calificado como “escritura del desastre”5. El desastre, dice Blanchot, implica la “soberanía de lo accidental”; o sea: el azar llevado a su máxima expresión, la anulación de las previsiones y la desaparición de las referencias. Más que realidad objetiva, el desastre podría entenderse como un ritmo que nos rodea. “Todo es ritmo”, dijo Hölderlin. El ritmo es la imagen viva del universo, una encarnación de eso que alguna vez Octavio Paz llamó la “legalidad cósmica”. El ritmo de nuestro presente es el de la abundancia de todo: de imágenes y voces, de gestos y rostros, de productos y desechos, de rapidez y desasosiego. Ritmo identificado con una escritura de tientos y estridencias, de simultaneidades y confusiones, de superposiciones y retazos. O sea: el desastre representado por medio de una escritura que lo refleja y lo revela; escritura “desastrosa” ella misma: desastre de escritura. Para la escritura parodizadora del desastre, todo es nombrable. “Cuando todo está dicho -dice Blanchot- lo que queda por decir es el desastre, ruina de habla, desfallecimiento por la escritura, rumor que murmura”. La escritura del desastre está, de muchos modos, emparentada a la ya señalada peculiaridad expresiva de los graffiti. Escritores que llenan con signos confusos cuartillas y más cuartillas, escritores que vuelcan sobre la pantalla de sus computadores palabras que son silencio virtual. Su escritura alude a lo mismo: estridencia, confusión; algo profundamente análogo a eso que los graffiti son. Como si existiese alguna forma de correspondencia entre escritura individual y graffiti colectivo.

Los signos de la escritura del desastre se totalizan y una sintaxis caótica pareciera invadir las superficies de cierta estética contemporánea. En la plástica es la imposición de lo no figurativo, la desaparición de las formas identificables; en el cine, el desvanecimiento de los personajes y la confusa simultaneidad de las anécdotas; en la música, el atonalismo, la desaparición de la melodía… Por doquier, el desastre impone su signo convertido en representación de muchas cosas: la cosificación de los valores y los sentimientos, la desarmonía de las relaciones, el desasosiego de los movimientos, la virtualidad de los días, la irrealidad de los acontecimientos. Pero sobre todo, tal vez el desastre aluda a incertidumbre. La incertidumbre es la más cercana pariente del desastre.

El desastre, dice en algún momento Blanchot, es el “pensamiento de lo exterior”. ¿Lo exterior es desastre, opuesto, acaso, a la posible armonía o la coherencia de lo interior? ¿Si el mundo es desastre, si lo circundante es desastre, acaso nuestra interioridad, nuestra conciencia pudiera permitirnos el racionalizarlo? ¿Y el silencio sería, acaso, una forma de respuesta, una consecuencia lógica a la percepción del desastre exterior? Para la convicción del desastre, la escritura pareciera haber perdido importancia. Dice Blanchot: “escribir, obviamente, no tiene importancia, escribir no importa. A partir de eso se decide la relación con la escritura”. Las palabras de Blanchot nos remiten a una suerte de finalización de la escritura, fin del acto de escribir como algo permanente. Convirtiendo la palabra escrita en mudo garabato, los escritores apuestan a su desvanecimiento, a su no perennidad. ¿Corolario? La desconfianza ante la escritura es la antítesis de cuanto ha supuesto siempre la relación de los seres humanos con ella. En resumidas cuentas: si la escritura en la cual volcamos nuestras experiencias, nuestras memorias y nuestras fantasías no importa, entonces tampoco tienen importancia ni las experiencias ni las memorias ni las fantasías humanas. Quizá, a fin de cuentas, a esto se reduce todo: ya nada importa. En nuestros días la peor amenaza que aguarda a las convicciones humanas es, precisamente, la de que nada pareciera tener importancia, la de que todo ha comenzado a perderla, incluso la escritura.

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1. Caracas, Monteávila editores, 1992

2. “Variaciones sobre la escritura”, en: La escritura y la etimología del mundo, Buenos Aires, ed. Sudamericana, 1989

3La voz en el espejo, Caracas, ed. Alfadil e Instituto de Altos Estudios de América Latina, 1993

4. Madrid, ed. Siruela, 1990

5. Ver M. Blanchot: La escritura del desastre


Texto, Copyright © 2014 Rafael Fauquié
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