Literatura Poesía

Escrito sobre mojado

paseo de la identidad-luis begue

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Hay palabras en la literatura y en la vida contemporánea que se han cargado de sentidos propios y ajenos. Algunas con mejor o peor suerte, se vuelven íconos publicitarios, talismanes teóricos o muletillas insignificantes. “Paseo” desde Baudelaire y Benjamin difícilmente pueda ser una palabra ingenua en ciertos ambientes, pero fuera de esos ambientes, el shopping y el turismo han ido resignificando la palabra. Un paseo, hoy en día, puede ser tanto una búsqueda de identidades como todo lo contrario. De estas mutaciones y paradojas se llena el nuevo libro del poeta español Luis Bagué Quílez.

El autor se dio a conocer como poeta en 2002 con “Telón de sombras” publicado por Hiperión. Le siguieron “El rencor de la luz” (Col. Melibea, 2006), “Un jardín olvidado” (Hiperión, 2007), “Página en construcción” (Visor, 2011). También como crítico ha estado al cuidado de antologías tales como la de nuestro poeta Ricardo E. Molinari, o bien ha publicado estudios de investigaciones tales como “Poesía en pie de paz. Modos del compromiso hacia el tercer milenio” (Pre-Textos, 2006). Y no hace sino unos meses, editó en colaboración con el también poeta Alberto Santamaría, “Malos tiempos para la épica. Última poesía española (2001-2012)”.

“Paseo de la identidad” es, como dijimos, su último libro y con él ganó el premio Emilio Alarcos 2013, que ganaron también -y en la mayoría de las ocasiones- jóvenes poetas españoles nacidos alrededor o después de los ´70, por ejemplo, Fernando Valverde, Rodrigo Manzuco o Josep M. Rodríguez.

No dejo pasar este detalle porque parece relevante que el jurado destacara que en el libro de Luis Bagué se nota “la calidad literaria de una poesía joven, que mezcla la reflexión intelectual y la intensidad sentimental, y que trabaja con un vocabulario adaptado a la realidad contemporánea”. Este argumento valorativo cobra mayor relevancia si se considera que el jurado fue presidido nada  menos que por Luis García Montero. Como sabemos, el panorama español de fin de siglo estuvo hegemonizado por la “poesía de la experiencia” que representó una estética “de línea clara” o figurativa.  Si bien hubo otras posiciones estéticas, entre las que sobresalieron los poetas de la diferencia (Antonio Ortega, Olvido García Valdés, Miguel Casado, Ildefonso Rodríguez y Concha García), ninguna logró empañar el centralismo  de poetas como Luis García Montero que fue más de una vez un éxito de ventas rarísimo en el género, además de lograr un destacado protagonismo en la política.

El libro de Luis Bagué, entre las nuevas voces que se empiezan a consolidar, parece asumir una síntesis que es, al mismo tiempo,  tránsito de paradigma entre generaciones y épocas. Apuesta a revitalizar la reflexión poética y cierto culturalismo. Y mantiene, aunque en inestable equilibrio, la dimensión de la poesía de la experiencia, convirtiéndola en críticas permutaciones del lenguaje frente a la realidad.

La lectura de poesía nos invita a detenernos y a desvíarnos. Son breves pausas, aclaraciones necesarias e inexcusables divagaciones. Voy a intentar sólo algunas, como por ejemplo, la cuestión del título.

El verdadero “Paseo de la Identidad” al que hace referencia, existe como tal  incluído en los recorridos turísticos a Cataratas del Iguazú. Se encuentra en la plaza principal del Puerto de Iguazú y ahí, el turista se enfrenta con seis murales esgrafiados. Intentan de alguna manera voluntariosa reivindicar una identidad. En uno de los murales, por ejemplo, el turista debería imaginar la impronta de una conocida leyenda guaraní: la de Naipí y Tarobá que da origen a las portentontosas Cataratas. En otro, la cruz, los rostros aborígenes y una calavera quieren protestar contra la conquista y colonización americana. El turismo necesita de estos tópicos. Uno mismo los ha padecido más de una vez, con alguna sosobra y alguna culpa.

El español Luis Bagué ha pasado por ese típico lugar y además eligió concientemente usarlo como el título de su reciente libro de poemas, el otro “Paseo de la identidad”. El poeta y el crítico vieron y oyeron algo menos real pero más contundente.

Es un libro que, en el contexto lírico de los últimos años, sorprende. “Paseo de la Identidad”  hace un multiple ejercicio de intertextualidad y construye un itinerario verbal a través de los viajes  que es también símbolo remozado de ese museo líquido y ubicuo de la cultura posmoderna.

Dice : “El éxito es más dulce si compartes/ su sabor en Starbucks”. Y al decirlo desde la máscara del consumidor plantea al mismo tiempo una paradoja: la identidad basada en la identificación y en la asimilación cultural por parte del mercado en su avance global.

El “paseo” si bien tiene, como es lógico suponer, una geografía itinerada en que se ven múltiples paisajes de la Argentina y América, es también un paseo representativo de otros mapas con grandes referencias literarias como la ironía lúdica de Ángel González o, entre otros, la del compromiso social de K. Rexroth. Es un mapa plegado en que aparecen también mensajes virtuales, postales de viaje, personajes. Y se establece un diálogo complejo entre sus pliegues y dobleces con los lenguajes e idiomas diversos, abiertos entre la experiencia óptica y verbal.  Son itinerarios en que se respiran planteos finiseculares en torno a la percepción de la realidad y a la autenticidad de las imágenes.

Pongo como ejemplo, los dos poemas que componen “Teoría del retrato”. Ahí se juega no sólo con las voces y lenguajes del texto -¿quién habla y a quién le habla?- sino también con las expectativas del hiperrealismo y esa fascinación que despiertan los “ordinary folks doing ordinary things” de Bill Owens. Es un diálogo reflexivo que se deja oir, en voz baja, al pasar por la pintura fotorrealista de Bechtle (“Olympia 1977”), por el realismo narrativo de Berni (“Narrativas argentinas”)  o por la retrospectiva del cine abiertamente planteada en “Tríptico Lumière”.

Hay un paseo en su sentido permutacional. Un paseo adentro de un ómnibus verbal compuesto de iconografías mediáticas y de simbologías de la posmodernidad. Las permutaciones itinerantes alcanzan, a través del gran museo del mundo, a deslizar la identidad de su lugar central.  Desplazado, dislocado y mutable el principio de identidad  busca su contradicción para confirmarse a sí mismo. “Algo nos une:/ la gravedad del mundo en carne viva” dice al comienzo del poema “Umbilical”, que entre paréntesis subtitula con el famoso cuadro del pintor realista Gustave Courbet, “L´Origine du monde”.  Y termina con estos versos: “Algo nos diferencia./ Mi forma de perder tiempo mirándote/ el aspecto verbal de tu desnudo.” Este poema se complementa con el siguiente, “De par en par” donde después de permutar en varias traducciones el sentido informático de “windows”, finaliza resignificando y rehaciendo el objeto: “Cierro la eternidad con vistas al vacío/ Me asomo a mi interior”.

Siempre al escribir un nuevo libro de poemas hay un desafío que afrontar. Sea cual fuere la tendencia poética, la escritura requiere de tácticas y estrategias con las que podamos decantar la experiencia y descubrir ese sentido por el cual hemos sacrificado parte de nuestros días y esfuerzos. Aún cuando sepamos ya que el sentido no resiste sin disolverse en gestualidad y representación, no es sin alguna (pre)meditación que se pueda afrontar la impresionante mutación comunicativa de nuestra época.

El lenguaje más que cualquier otra materialidad deja ver la enajenación y el desplazamiento de lo real, por lo que se puede afirmar: “No hay más de lo que ves. / Ni rastro / de ironía, ni sombra / de argumento” (Olympia 1977). Tampoco es cierto esto que se dice. No deja de haber ironía. No deja de haber algo más que lo que se ve. Es una paradoja propia del aforismo barroco. Un vestigio muy propio de ese revés de la ilusión del capitalismo postindustrial, donde los objetos y los motivos poéticos son artificio de lo abyecto y lo vaciado de sentido: paisajes urbanos, escenas banales y artículos de consumo, fragmentos de la vida cotidiana de los 70 en los Estados Unidos, postales turísticas, etc.

De esta manera, el paseo y la identidad se unen para hablar calladamente de otra cosa. El lector es sorprendido en su buena fe, porque Bagué Quilez no busca ese tipo de lectura tradicional. Ni el viaje que servía iniciáticamente para descubrir una identidad dada,  ni el paseo del flâneur que no perdía de vista su individualidad en medio de los grandes cambios modernos.

La unión de paseo e identidad le concede rasgos intercambiables a las dos palabras. Plantea una paradoja del “ahora” y de la íntima historia personal. Todo el libro es un intento fragmentado de una pregunta que nadie sabe responder, porque ya nadie sabe hacerla.

“Paseo de la identidad” termina significativamente con dos poemas, separados en una subsección llamada “Lenguas Modernas”, que está dentro de la última de las tres partes en que ha sido construido el libro. ¿Cómo no suponer que hay alguna intención? El primer poema se llama “Traducción simultánea” y el último “Lost in Translation”.   Los dos son brevísimos. Uno dice: “Las palabras que nos salvan la vida/ son las mismas que pueden condenarnos a muerte”. El otro reformula una frase hecha: “No volveré a escribir sobre mojado”, confirmando de alguna manera, la arriesgada apuesta experimental que se ha jugado.

En ambos está presente lo permutacional: esa fragilidad con que vida y muerte dependen del lenguaje, la traducción en la que nos perdemos.

Paseo de la identidad - portada
Luis Bagué Quilez 

Paseo de la identidad
Visor, Madrid,  2014


Texto © Osvaldo Picardo, 2014
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