Arte Pintura

Los viajes de Arnold Blanch

Arnold Blanch

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1. Rumbo modernista.

La obra de Arnold Blanch (1896–1968) se sobrepone poco a poco a las circunstancias que la preterían de su valor intrínseco. Desde el primer momento el insufrible plomazo del realismo social la hunde. Alguna parte de aquella, menos mal, salva cierta mística en deuda más bien con la ternura actualizada del pulso. Luego el candor del estilo en un pueblo aún obsesionado por la percepción precisa tampoco la favorece. Pero aquí también la síntesis así propuesta entronca en un modernismo que se empecina suyo, y a la merced del cual su inclusión cuando menos antológica en la historia del arte contemporáneo estadounidense ya no debe quedar en falta.

 

Fields and Hills - Arnold Blanch

Arnold Blanch
Fields and Hills, 1962.
Óleo sobre lino, 38 1/8” x 48 1/8”

 

Arnold Blanch nace de una familia acomodada que decae en el entonces minúsculo poblado de Mantorville, Minnesota. Su ámbito inicial de influjo en la plástica le adviene en la intimidad del hogar, por vía de su madre. Estudia en Minneapolis, y después de la guerra, en la ciudad de Nueva York. En 1923 se une para siempre a la colonia de creadores anidada en los campos neoyorquinos de Woodstock. Viaja poco. Pese a su itinerancia como gremial y docente, prefiere desde entonces el viaje enfrascado con sus “propias inseguridades” en la soledad del taller.

 

Seated Girl - Arnold Blanch

Arnold Blanch
Seated Girl, 1931.
Óleo sobre lienzo, 42 ½” x 30 ¼”

 

2. El paisaje usoniano

Estados Unidos también se retrae como nunca después de la Gran Guerra. Restringe la cuota de inmigrantes incluso de la Europa del Este y del Sur. La envanecida nación norteamericana, de industria e infraestructura voraz, concentra su dominio sobre el hemisferio atlántico. “¡América sabe cómo aplastar tanto como sabe expandirse!”, advierte desde antes Walt Whitman. Con todo, la rueda motriz de la autoctonía patria aún engrana a tuercas sueltas.

Frank Lloyd Wright reacuña a la sazón el neologismo Usonia debido a la imprecisión literal que supone referirse al país de marras sólo por el apelativo de América. Lo usoniano adjetiva lo propio del carácter estadounidense. Anhela crear en todos los órdenes una abundosa autosuficiencia oriunda. En tanto, ¡vade retro a quienes ya no pueden llegar a ser “americanos verdaderos”, morralla viciada por el radicalismo de Europa, rémora del progreso y la estabilidad, artífices de la abstracción inane!

Abstract Landscape - Arnold Blanch

Arnold Blanch
Abstract Landscape (sin fecha).
Óleo sobre lienzo, 34” x 36”

 

Blanch acude no obstante al abstracto y de tal suerte nimba el paisaje con un misterio inducido a instancias de la introspección doméstica. A sus alumnos les pide que lo asuman como credo a través del cual la naturaleza inmediata del objeto y de sí encarna en lo inefable. Un óleo pleinairista suyo como el que titula Florida River (c. 1955) reitera otro de los preceptos macros que orientan su modernismo: los viajes fuera del bastidor jamás han de animar cambios en él. Sólo lo cambian los viajes emprendidos dentro del marco de sus pinturas.

 

Florida River - Arnold Blanch

Arnold Blanch
Florida River, c. 1955.
Óleo sobre lienzo, 30 7/8” x 40”

 

3. Profanidad velada

Residuos de una fuerza mayor pesan todavía sobre la obra que cada año logra exponer Blanch con éxito más o menos digno. Se mantiene en pie aun cuando la llamada mística de su pincel acusa un “añiñamiento” del cual se infiere por miedo una profanidad vedada. El descriptor cliché respecto a este modo suyo de “honrar la vida” (child-like, o peor, childish, repiten todavía hoy los críticos) la aproxima al peor de los pecados en un pueblo diligente por excelencia, pero filisteo a quemarropa en su encierre puritano y utilitarista. Blanch debe convivir con devotos literales para quienes la gracia es engañosa y vana la hermosura (Proverbios 31:30). Con insistencia aún más atroz, la desobediencia infantil no ha de tolerarse (Proverbios 13:24, 20:30, 23:13–14, Éxodo 21:15, Levítico 20:9, Deuteronomio 21:18–21, San Marcos 7:9–13, San Mateo 15:4–7), y el modernismo, por lo demás, cae en desgracia concertada por ser el “resumen de todas las herejías”, según el decreto del Santo Oficio de 1907.

En el fondo, la hostilidad de la que se queja Blanch teme cualquier contaminación foránea a extremos hoy risibles. Steven Pinker, en The Blank Slate: The Modern Denial of Human Nature (2002) descubre en la filología anglosajona más respetable de principios del siglo XX un desdén por las naciones que se infantilizan al erigirse en lenguas cuya estructura silábica combina sólo una consonante con una vocal. De acuerdo con este prejuicio, las consonantes conglomeradas en las sílabas del idioma inglés denotan una masculinidad adulta inalcanzable en los países del contorno meridional.

Por extensión sobran en Usonia motivos para cuestionar la adultez de los países nórdicos al otro lado del globo. Sara Pankenier Weld, en Voiceless Vanguard: The Infantilist Aesthetic of the Russian Avant-Garde (2014), deslinda el grado rebosante con que el vanguardismo ruso, por ejemplo, se impregna a conciencia de la estética infantil hasta timonear el curso del arte contemporáneo y su plétora de nuevos ismos en general. (La neurociencia en manos del profesor V.S. Ramachandran, entre otros, hoy llega a sostener que el llamado arte infantilizado apura una etapa superior del pensamiento óptico.)

 

The Entertainers - Arnold Blanch

Arnold Blanch
The Entertainers (sin fecha)
Óleo sobre lienzo, 24” x 34”

Los enfants terribles abolen por entonces fronteras entre los géneros. Desde el primer momento la pintura y la música hacen muy buenas migas. Del sincromismo (1912) surge en rigor el abstracto estadounidense. Dura poco, pero retumba al otro lado del mar. El apego de Blanch al suelo naif contraria la recepción que opta en cambio por disneyficar el sentimiento y su complacencia vacua. Suele no fechar sus trabajos. Revive el viaje de Peter Pan, esta vez liberado del parque bíblico que lo amaina mientras crece y madura hacia el interior profundo de su ser.

4. Viajar en azul

El azul signa en todas partes el auge del modernismo y su desencanto con la promesa positivista. Mediante el ensueño cerúleo se viaja alto sobre el insomnio en que el alma sucumbe. Víctor Hugo viaja y se exilia con sus pinceles en la isla de Guernsey, y concluye con la mirada tendida hacia Francia que el arte c’est l’azur. Al manicomio sitiado por la agitación fabril viaja el pintor y grabador británico Julián Trevelyan, quien debido a la placidez celeste que le exalta entonces la mezcalina, titula sus memorias Los días de índigo (1957). Picasso viaja a París poco después del año del desastre en España, y empieza a pintar en azul.

En los Estados Unidos, de azul luce en la noche la tristeza y su tentación delirante y fatal por redimir al soñador del asedio pragmático. Blanch viaja a trazo impúber en la gama homeopática de los azules. El “gran viaje”, recalca él, de cuyo comienzo panfletario retiene la melancolía clarividente. El viaje sereno a través del cual se reflexiona en medio del desorden irreflexivo.

Durante sus últimos años retorna con mayor ahínco a la modalidad de la “escena americana”. Su horizonte playero deserta la locura citadina. En el óleo Figures by the Sea acalora el entorno de los elementos aislados. Zarpa el velero con el faro encendido. La sugestión simbólica, preindustrial, asordinada, dicta la estilización.

 

Figures by the Sea - Arnold Blanch

Arnold Blanch
Figures by the Sea (sin fecha)
Guache sobre panel de madera, 12” x 17”

Último minuto de una vida sin desenfrenos novelables: El pintor a quien todavía le achacan un “humanismo de izquierda” invendible viaja en autobús hacia la ciudad de Nueva York. Se desploma antes de llegar. Tampoco llega a instituirse a tiempo en la élite del consumo suntuoso el lirismo casero de sus abstracciones. Lo más importante de su obra se cumple en el viaje, no en la llegada. Desde el aislamiento del hogar que deviene templo y taller donde cura sus incertidumbres, Blanch deja tras de sí sus viajes sin destino, abiertos, pueriles, que hoy encauzan más de lo que descarrían, y unen mucho más de lo que alejan.

 


Texto © Egberto Almenas 2014
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