Literatura Narrativa

“Gente bastante extraña”: cuando la prosa madridista se hace intrahistórica

gentebastanteextrana

spacerDra Maguette Dieng
Profesora de Lengua y Literatura españolas en el Departamento de Lenguas Románicas
de La Facultad de Ciencias y Tecnologías de la Educación y la Información
Universidad Cheikh Anta Diop de Dakar –Senegal

 

Gente bastante extraña: cuando la prosa madridista se hace intrahistórica / when the prose madridista becomes intrahistorical.

Resumen: La obra literaria surge, a veces, como reflejo o readaptación de la visión que tiene su autor de la sociedad y de las contradicciones del mundo en el que le ha tocado vivir. Este presente artículo se propone destacar la imagen del hombre de color  que el autor madrileño Juan Madrid plasma en Gente bastante extraña. El relato conducido desde los márgenes desmonta cualquier teoría discriminante y promueve la única realidad que existe: el ser humano.

Palabras claves: novela intrahistórica, novela de viaje, negro, humanidad, caracterización.

Abstract: Sometimes, the literary work emerges reflecting the vision that the author has of the society and the contradictions of the world in which he lives. This present article aims to highlight the image of the black that Juan Madrid plasma in his novel Gente bastante extraña. The stories led from the margins disassemble any discriminatory theory and promote the only reality that exists: the human being.

Key words:  Intrahistorical novel, novel books, black, humanity characterization.

 

Introducción

Juan Madrid surgió como escritor de novela policíaca en la colección «Círculo del crimen» de la Editorial Sedemay, quedando finalista del premio convocado en 1980 por esta colección. Esta fecha representó el inicio de su producción literaria con la publicación de su primera novela,  un beso de amigo, en la que apareció por primera vez su personaje mítico,  Toni Romano, inspirado en Pepe el Romano de La casa de Bernarda Alba de Federico García Lorca. Hoy en día, como un teleobjetivo centrado en la sociedad, la pluma del autor madrileño nos ha regalado más de 50 libros traducidos a dieciséis lenguas. Un éxito en ventas debido a los dotes narrativos del escritor cuya última publicación Los hombres mojados no temen la lluvia ha sido consagrada ganadora del XIV Premio Unicaja de Novela Fernando Quiñones, por su «[…] trama bien organizada que capta la atención del lector, con personajes verosímiles y de actualidad que inciden en la corrupción de nuestro tiempo»1. En efecto, las historias madridistas sólo son un pretexto para desvelar la verdad,  mostrar cómo está camuflada la realidad. Un docere/delectare que sustenta toda la poética del autor: «Utilizó de la novela policial nada más que los convencionalismos,  no me interesa quién mató a quién, utilizó sólo la apariencia, desmonto la novela policial clásica y la reconstruyo.  Pienso a veces que lo que estoy haciendo es una reflexión constante sobre el mal: de dónde surge el mal,  por qué somos capaces de hacer daño» .

Sus múltiples viajes a través del mundo darán bases a unas ficciones – La ruta de Washington Irving,  Los senderos del tigre, El último tranvía cuyas tramas se despliegan lejos de los ambientes peninsulares que solían albergar las andanzas de sus «seres de papel». Tal cambio de escenario y de temática se precisa en la novela objeto de este presente artículo: Gente bastante extraña cuya revisitación obedece a dos razones fundamentales. En primer lugar, a pesar de que lleve ya 12 (doce) años  en los catálogos de los editoriales,  sigue siendo muy poco estudiado por la crítica y los círculos literarios especializados. En segundo lugar, las manifestaciones de racismo la intolerancia que hoy en día  notamos en la mayoría de los países occidentales y árabes nos empujan a nosotros –ciudadanos de la «República de las Letras»- a dar una respuesta a cuantos adoptan tales comportamientos, a los que –desde lo alto de su complejo de superioridad- creen que tienen el supremo derecho a decidir si tal o cual forma parte de la «familia humana». En nuestra opinión, esta  novela de Madrid –de ser más conocida y enseñada en todos los anfiteatros, en todas las clases del mundo- puede tener más logros que cualquier ley o decisión política tendiendo a superar las discriminaciones raciales. ¿No decía el autor francés Montaigne que el aprender a  «vivir bien» era uno de los máximos objetivos que se pretendía alcanzar con la lectura de los libros?

La estructura del trabajo está basada en torno a tres puntos esenciales. Para conferir pautas adecuadas a nuestra reflexión, haremos en primer término una reseña de Gente bastante extraña, una obra heteróclita, cuyos personajes emprenden el antiguo recorrido del comercio triangular: Europa-África-América. En segundo término, nos adentraremos en la prosa madridista; buscaremos deslindar los principales elementos de la arquitectura ficcional del autor madrileño, los rasgos que la enmarcan dentro de una categoría literaria bien definida: la narrativa intrahistórica. Por último, profundizaremos nuestro análisis gracias al estudio de unos de los personajes de la obra que revisaremos a continuación.

1. La res fictae madridista

Los teóricos clásicos sintieron muy temprano la necesidad de definir el sentido de aquellas producciones orales y/o escritas del espíritu humano que se designan hoy con el término de Literatura.  El furor platónico quedó puesto en tela de juicio por la tesis de «la irrefrenable tendencia humana a elaborar o dar forma a los productos de la imaginación […]» desarrollada por la Poética del Estagirita. De hecho, a  juicio de Aristóteles, la mimesis (imitación/ representación de lo real) es el único signo distintivo de lo poético cuyas formas a veces vienen plasmadas en otras disciplinas como la Historia. La línea divisoria queda muy nítida: « El historiador y el poeta no difieren entre sí por el hecho de que uno escribe en prosa y otro en verso: pues podrían versificarse las obras de Heródoto y no por ello serían menos historia de lo que son. La diferencia radica en el hecho de que uno narra lo que ha ocurrido y el otro lo que podía haber ocurrido.».

Sobre la verosimilitud aristotélica, por la cual lo imposible pero verosímil es preferible a lo posible no convincente, Paul Ricoeur deslinda las implicaciones que conlleva tal concepto. La actividad literaria se parecerá mucho a la de un mero copista: « Si, en efecto, lo verosímil no es más que la analogía de lo verdadero, ¿qué es, entonces, la ficción bajo el régimen de esta analogía sino la habilidad de un hacer-creer, merced al cual el artificio es tomado como un testimonio auténtico sobre la realidad y sobre la vida? El arte de la ficción se manifiesta entonces como arte de la ilusión.».

Según Lubomir Doležel, tal concepción del hecho literario se fundamenta en la siguiente función mimética: «El particular ficcional P/f/ representa al particular real P/r/». Las dificultades de la crítica mimética desarrollada por Auerbach (para relacionar cada personaje, hecho o escena  ficticia con su correlato real) llevarán a cierta reformulación de dicha función.  El texto literario,  respecto de sus relaciones con la facticidad,  no pretende representar individualidades o entidades bien definidas. Su empresa resulta más trascendental: remite a condiciones económicas, sociales y/o históricas, tipos psicológicos, grupos sociales. Lo particular se vuelve universal: «El particular ficcional P/f/ representa al universal real U/r». Doležel, en una perspectiva alejada del exclusivismo de la crítica mimética,  prefiere hablar de mundos posibles, múltiples, que circundan al real. Éste, por no ser ya el único que existe, no puede servir de punto de referencia obligatoria a cualquier construcción literaria.

El concepto de verosimilitud, como un ave fénix, reaparecerá en la tesis del profesor Tomás Albadalejo Mayordomo.  Postulando la existencia de un mundo objetivo y de otros alternativos, remarca los distintos vínculos que se pueden establecer entre ellos. Su tipología de los modelos de mundo (serie de reglas que rigen la estructura de los conjuntos referenciales) abarca  -tanto como explica- el proceso de construcción de los distintos géneros de texto. Albadalejo establece básicamente tres tipos de mundo: el verdadero, el  ficcional verosímil y el ficcional inverosímil. El modelo I, constituido por reglas o instrucciones del mundo real, coincide con cuanto se pueda comprobar empíricamente. Pertenecen a este mundo, los textos históricos, geográficos, periodísticos, informativos.  El modelo II consta de instrucciones que -por las leyes de verosimilitud- no son sino semejantes a la realidad efectiva. Sus productos pertenecen, desde luego, a la ficción; pero se apegan a la facticidad. Los textos realistas ejemplifican mejor este modelo. El modelo III es el de la fantasía, el de lo inverosímil, en el se rompen todas las ataduras con el mundo real. Sin embargo, las lindes entre los distintos mundos son a veces porosas. Es por eso que hay elementos pertenecientes a los tres modelos de mundo se encuentran  entrelazados dentro de un mismo texto. A este respecto, la ley  de máximos semánticos permite deslindar el nivel dominante y saber ante qué tipo de texto nos encontramos.

Entre los géneros del discurso, la narrativa es el que -a nuestro parecer- mejor combina los tres modelos de mundo. Una novela, un cuento o micro relato pueden integrar cartas auténticas, discursos políticos, hechos reales, culturales y/o acontecimientos históricos. Albadalejo ya demostró cómo vivimos rodeados de una galaxia discursiva, y eso desde los tiempos más remotos:« [Los hombres] están envueltos en discursos, no solamente en la actualidad por la intensificación de la comunicación apoyada por distintas tecnologías, desde la imprenta a la tecnología digital, sino tambien en periodos históricos anteriores, como la Antigüedad clásica o la Edad Media. Así, por ejemplo, en un mismo día un ateniense podía asistir a una obra de Sófocles, escuchar un discurso político, oír las noticias de los acontecimientos bélicos en los que estaba implicada la ciudad y comentar la actualidad.».

En el marco de América Latina y el Caribe, el binomio realidad/ ficción se ha plasmado  incluso en los textos primigenios. Según Manuel Durán, los relatos de aquellos que llaman «narradores del descubrimiento y conquista de América» encierran diversos elementos que no reflejan la realidad objetiva externa.  En 1492, al llegar al Nuevo Mundo, los españoles encuentran unas realidades inéditas (naturaleza, pueblos y culturas), que no caben en ningún molde de la civilización occidental. Y para llenar los huecos de lo desconocido,  los cronistas  -sacrificando la «verdad de los hechos en aras de la apariencia de verdad en el texto»-la mayoría  de las veces se valdrán de su imaginación y reminiscencias literarias. Esas Crónicas de las Indias, a juicio de varios críticos, constituyen los antecedentes de la narrativa latinoamericana. Su composición, bastante heteróclita, viene encapsulada en estas palabras de Roberto González Echevarría: «Las crónicas  -o lo que consideramos las crónicas-  son un amasijo de textos que van desde la relación hasta la historia, pero que incluye también la carta, el memorial, el comentario y hasta la visitación».  El que se entrecruce la ficción y la realidad en los andamiajes narrativos tiene sólidas justificaciones.  Más allá de las preocupaciones de verosimilitud y de cualquier anhelo de compromiso, este hibridismo será ante todo atávico, imprescindible:« Si América nació entre confusiones, errores y malentendidos, si su descubrimiento es el extraño fruto del cruce de leyendas fantásticas y errores geográficos, si las hadas madrinas que presiden su nacimiento son la imaginación, la fantasía, la leyenda y la literatura, esto no puede dejar de tener consecuencias para el ulterior desarrollo de las letras, y en particular de la narrativa […] Para ser fiel a sus orígenes, la narrativa hispanoamericana de nuestro tiempo tenderá -en forma deliberada y consciente- hacia una mezcla similar, mezcla de “poesía y verdad”, como decía Goethe.».

Las obras así concebidas alcanzan tantos éxitos editoriales que suscitan intentos de conceptualización de teóricos y críticos. Surgen denominaciones como «nueva crónica de Indias», «nueva novela histórica», «metaficción historiográfica», «novela intrahistórica».

Aquellos referentes que ligan el texto literario a la realidad no son privativos de la narrativa latinoamericana. Esta mezcla de «poesía y verdad» alcanza un grado muy relevante en la publicación madridista. Las fronteras entre la ficción y la realidad se vuelven así porosas. De hecho, Gente bastante extraña viene inspirada en una película del bosnio Emir Kusturica, Gato negro,  Gato blanco.  Metáfora sobre la situación de su país, Bosnia, la película denuncia los pactos contranaturales y critica el racismo y las atrocidades cometidas durante la guerra en la ex Yugoslavia.   Pero contrariamente a Emir Kusturica,  nuestro escritor no hace actuar a un solo grupo étnico en su novela. Los personajes de Gente bastante extraña  vienen de continentes diferentes: Europa, África, América. Lo que hace de esta obra casi un mundo. El autor se apropia de la realidad extraliteraria fáctica, inscribiendo su relato dentro de unas coordenadas sociopolíticas, económicas y culturales bien determinadas.

Por  sus múltiples viajes, su multitud de personajes y su trama Gente bastante extraña presenta las características de las novelas de aventuras, si nos referimos a las aclaraciones del Diccionario de la literatura española e hispanoamericana:« Con este título se designa un género narrativo muy leído de la segunda mitad del siglo XVI a la primera del XVII, que tuvo una de sus primeras muestras en lengua romance en el Filocolo de Boccaccio, donde se remozaba la historia medieval de flores y Blancaflor y la peregrinación del último a Oriente en busca de su amada; de hecho, la llamada novela de aventuras  puede distinguirse bajo formas y en momento distintos  por dibujar su trama argumental sobre la base del viaje y la búsqueda.».

Sin embargo, sería muy superficial y falso el creer que Gente bastante extraña sólo es una mera novela de aventuras. Los viajes y peregrinaciones de los personajes no son sino unos pretextos ya que el autor  los  ha engalanado con nuevas preocupaciones y aportaciones: las intrahistóricas. Al lujoso y aséptico universo de los pisos de Ginebra o Francia nuestro escritor contrapone el ambiente macabro del continente africano, particularmente el de Sierra Leona cuyos habitantes están sufriendo las consecuencias de  una guerra civil en la región del alto Ururu. Luego, como si quisiera recordar el trayecto de los esclavos,  Madrid deja las tierras africanas para desarrollar la trama de su novela en Cuba antes de hacer volver a unos de sus personajes a Europa. El relato hace demostración de vinculaciones relevantes con la facticidad (la guerra entre los hutus y los tutus, La revolución cubana, el reino de Isabel la Católica, etc.) que se plasman mejor a través de las actuaciones de personajes singulares.

2. El protagonismo de los «periféricos», de los «partiquinos tercermundistas».

El retrato es «la fusión de dos figuras,  prosopografía y etopeya». La prosopografía es la descripción física de una persona, de un animal o de una cosa. Y la etopeya se limita a describir el carácter, las cualidades,  los valores, defectos morales y/o espirituales de una persona.  Claramente dicho,  en el mundo literario, el retrato surge como la descripción física,  psicológica o moral de un «ser de papel» quien,  moviéndose o no en el espacio y a través del tiempo, actúa como si fuera real. Por lo tanto, el retrato, cualquiera que sea, se vuelve muy interesante, tanto más cuanto que los personajes novelescos suelen llevar en sí implícita o explícitamente un mensaje diferente o no. Sus nombres, sus andanzas, a veces, se encuentran tan llenos  de símbolos que,  en coincidencia con Miguel de Unamuno, podemos afirmar que  «Un libro es cosa viva, hay que comérselo».

Por lo que se refiere a nuestra novela, nos proponemos ahora hacer máximo hincapié en el  personajes de Madre Isabel,  por su implicación en la trama general y  por las relaciones que teje con los demás personajes de la obra. Nos inspiraremos, para ello, en el esquema propuesto por Alicia Redondo o Goicoecheadesde la óptica de su caracterización,  de su función dramática,  de  su función fática y  de su función actancial.

3.  Madre Isabel

3.1. Caracterización de Madre Isabel

El nombre de este personaje nos trae a la mente,  a nosotros hispanistas, el de otra mujer muy famosa en la  historia de España: Isabel la católica. Aquella reina del siglo XV, de «primerísimo orden y de gran protagonismo» quien expulsó a los árabes y se adhirió totalmente al proyecto de Colón2 de descubrir nuevas tierras.  Lo que la  convirtió en la  figura emblemática del Siglo de Oro español.  El que haya escogido Juan Madrid este nombre para su personaje nos parece cada vez menos fortuito,  dado el paralelismo entre estas dos figuras.

Madre Isabel sólo aparece «físicamente» en las páginas 93 y 94 de la novela cuando ya ha adelantado la trama. Pero, ya  al principio de la obra, los dolorosos electroshocks que se daba  John Prescott García  para recobrar la memoria le comunican al lector su nombre (pp. 34 y 35).

Madre Isabel,  negra delgada,  vieja y coja, es descendiente de esclavos y es la abuela de John Precott G. aunque sus confidencias lacónicas revelan vínculos mucho más estrechos. Al presentarse a Emilia Dos santos,  Madre Isabel dice: «Yo soy Isabel y puede decirse que soy su madre, aunque no le he parido.» (p.109).  La misma intimidad y  el mismo cariño profundo son presentes en  los dolorosos y efímeros recuerdos  de John Precott G.,   teniente de la policía metropolitana de la cuidad de Nueva York,  adscrito a la oficina europea de la Interpol en París: « John Prescott G. recordó una vieja casa llena de habitaciones antes de que su padre se lo llevara a Nueva York.  No sabía  donde ni en que país se encontraba aquella casa (…).  Luego recordó a una vieja negra de labios abultados que le acariciaba la cabeza con infinito amor.» (p.76).

A lo largo de la novela, muestra Madre Isabel una total abnegación y una voluntad tremenda por todo lo que se refiere a su hijo de leche,  John Prescott García. Por tanto, y plagiando al historiador y especialista de los siglos XV y XVI de España, Manuel Fernández Álvarez,  diremos que en la historia de la vida de John Prescott G. «no hay otra mujer igual,  ni siquiera,  que pueda comparársele.». El estudio de sus funciones dramáticas, fática y actancial nos permitirá mostrar, a continuación,  la sensatez de tal aserción.

3.2. Función dramática de Madre Isabel

Madre Isabel, en el tumulto  que ha vuelto a ser  la vida de John Prescott García, como un imán, atrae a su regazo a su hijo de leche.  Éste,  a pesar de sus deseos de suicidio, acepta acompañar a Andrea Emilia Dos Santos a Cuba  donde la agencia de detectives, la Trump Agency,  había localizado a su hija  Regina.  Los historiadores afirman que Isabel la católica es la figura fundamental para conocer  la transición que se produce en la península Ibérica entre la Edad  Media y la era moderna,  ya que su reinado,  junto a su esposo Fernando de Aragón,  sirvió de puente entre estas dos épocas de la historia de España. En Gente bastante extraña,   Madre Isabel desempeña el mismo papel en la vida de John Prescott García.  A pesar de cuarenta años de separación, va a servir de puente entre dos épocas de la vida de John Prescott García,  una época pasada,  completamente olvidada,  y otra  presente,  que sigue siendo nebulosa.  La facilidad con la que  el «sin memoria» John Prescott García se acuerda del  nombre  de la vieja mujer, nada más verla,  y las pocas palabras que tuvieron en su encuentro,  aparentemente fortuito,  son buenas muestras de lo que acabamos de  afirmar:

Andrea lo contempló (John Prescott) avanzar y detenerse frente a la anciana negra que lo miraba con atención. No supo si seguir sus pasos y pedirle una explicación o regresar al hotel y dejar lo de su niña para otra ocasión.

-Vaya  -le escuchó decir a la negra-, ya has vuelto, Juanito.

-Madre Isabel –contestó él en español, sin dificultad.

-No tienes muy buen aspecto.

-Estoy cansado. (p.94).

Mejor que una psiquiatra,  Madre Isabel lo hace todo para que John Prescott García recobre su memoria. Le recuerda su infancia, abriéndole las puertas de aquel mundo de su infancia:

– No quieres entrar a tu habitación, Juanito? Se está haciendo de noche. Si quieres te doy un poquito de dulce de guayaba. ¿Te sigue gustando mi dulce de guayaba?

-Hace mucho que no lo pruebo, Madre Isabel – respondió sin pensar, como si las palabras estuviesen en la punta de la lengua dispuestas a salir.

-Y tanto. (p. 108).

El dulce de guayaba supera en logros todos los medicamentos y tratamientos del psiquiatra adscrito a la Interpol,  David Joseph Goldman,  que intentaba curar a John Prescott García.   Sus efectos son casi milagrosos: «se sentó en la cama y comenzó a comérselo.  Pero cerró los ojos y vio coches frenando en las calles de una ciudad de  noche, llena de luces. Él se encontraba con su jefe Anthony Lasciara y ambos llevaban sus armas reglamentarias en las manos» (p.111).  Así,  se acuerda John Prescott García  nítidamente de  todas las circunstancias de su accidente y de la culpabilidad de su superior,  Anthony Lasciara. Éste último,  involucrado en una historia de falsificación de billetes,  no vaciló en atentar contra la vida de su colega para cambiar el rumbo de las investigaciones.    Dando pruebas de  la misma fuerza de carácter, de la misma voluntad que Isabel la católica,  su homónima,   Madre Isabel,  sigue curando a su hijo de leche y,  ante la dura situación de éste,  no renuncia,  como lo ilustran estas declaraciones suyas: «Yo haré que te pongas bueno,  Juanito. Te lo juro por todas los Orishas » (p.146). Y no sorprende, a pesar de sus escasos recursos económicos,  el que ofrezca  lujosos regalos a Tata Perdida y al Guardián de la Puerta para curar a John Prescott García:

Tata Perdida, la anciana negra sentada en la esterilla, delante del altar dedicado a Ochún en el comedor de su casa, contempló la televisión a color Sony con mando a distancia que le había entregado Madre Isabel como prueba de buena voluntad.

-Es el último modelo, Tata. Mira, con mando a distancia y todo. ¿Te gusta? (…).

-Él lo necesita, Tata. Un traguito de Agua Espesa lo volverá a la vida y recuperará la memoria. Con un buchecito de Agua será suficiente (p.128).

Al ver que sus ofrendas permanecían  infructuosas,   Madre Isabel cometió un delito.  Robó el Agua Espesa  traída por Robert Louis Stevenson Sartoris.  Un robo que trae a  nuestra  mente  otra infracción muy famosa atribuida a Isabel la católica.  Madre Isabel arriesgó incluso su propia vida  para salvar a John Prescott García del suicidio.  Y siempre contrapuso a la violencia física de su hijo de leche un cariño patético, como lo muestra este fragmento de la novela:

Tenía (John Prescott)  las sienes llagadas en carne viva, pero volvió a sentarse y se aplicó de nuevo los cables pelados. Pero no sintió nada, ni un cosquilleo. Madre Isabel empujó la puerta.

-Otra vez has vuelto a fundir los plomos y los inquilinos están que se suben por las paredes. Deja eso, Chico, que te vas a matar.

Le quitó los cables pelados y John Prescott G. se abalanzó sobre ella y empezó a apretarle el cuello intentando estrangularla. Pero Madre Isabel le acarició el cabello y John Prescott G. se fue tranquilizando poco a poco hasta que volvió a sentarse.  En la oscuridad de su cuarto los ojos del antiguo policía despedían destellos eléctricos homicidas. Unos segundos antes había intentado matarla, pero ahora parecía manso como un niño.

-¿Qué… qué es lo que te ocurre, Juanito…?  -Le preguntó Madre Isabel con voz dulce.

-Madre… he estado a punto de matarte. No sé… no sé lo que me pasa. Me estoy volviendo loco (pp. 144  y 145).

Madre Isabel, a pesar de su vejez,  afronta a cuerpo limpio los peligros de la noche para buscar  a John Prescott García que se ha escapado de la casa familiar. Sus repetidos gritos (« ¡Juan, Juan, Juanito! Niño, niño, no quiero perderte otra vez!» -p.168-) y  sus «ojos desorbitados» (p.168) testimonian del amor que experimenta  para con John Prescott García.

Mostrando el mismo valor que cuarenta años atrás, cuando se enfrentó  con el propio padre de John Prescott,   Madre Isabel no interrumpió  sus búsquedas hasta  después de encontrar a su hijo de leche:

Hacía tiempo que ya había amanecido, sin que eso sirviera de nada; Madre Isabel no había dejado de buscar durante toda la noche a John Prescott. Había preguntado a los noctívagos, a los jinetes que hacían que hacían la calle alrededor de los grandes hoteles y a los simples transeúntes que volvían a sus casas.  Una noche entera preguntándole a todo el mundo y escudriñando rincones. El dulce sol de la mañana la sorprendió llorando apoyada en el Malecón.

Una voz de ultratumba llegó hasta sus oídos:

-Madre Isabel, eh, Madre Isabel

Era la voz de su Juanito  (…)

Se asomó al Malecón,  John Prescott G.,  completamente mojado y con la cabeza dolorida y sangrante, le sonreía desde las rocas del fondo que apenas cubrían las olas.

Lanzó un grito.

-¡Hijo! (pp. 182  y 183).

Además,  para amainar un poco la tumultuosa vida amorosa de Prescott, Madre Isabel, con muchísima discreción, hace las veces de alcahueta. Intenta apaciguar y clarificar los sentimientos de Andrea Emilia Dos Santos para con su  hijo de leche.

En definitiva,  la función dramática de Madre Isabel pone de relieve todas las cualidades físicas y morales  que comparte con  la otra Isabel, la Católica,  de cuya desaparición se  cumplieron 509 años.  Igual que la reina Isabel, la vieja cubana posee un completo dominio de sí misma y muestra muchísimo coraje y voluntad para conseguir su meta.   Es también muy devota y está convencida de la legitimidad de sus acciones.  Aparte de estas actuaciones,  Madre Isabel desempeña otro papel, como lo veremos a continuación.

3.3. Función fática de Madre Isabel

A Madre Isabel, Juan Madrid,  muy pocas veces, le da la palabra el narrador extradiegético. Sólo deja hablar el personaje cuando se trata de asuntos referentes a su hijo. Narradora autodiegética,  se presenta ella misma a Andra Emilia Dos Santos, haciendo hincapié en sus estrechos vínculos con John Prescott García.  Madre Isabel relata también el pasado familiar de John Prescott G.: «…su madre murió poco después de que se hicieran esa foto –le estaba diciendo la vieja negra a la mujer-.  Y un mes antes de que entrara Fidel en la Habana,  su padre le robó de esta casa a punta de pistola y se lo llevó a Estados Unidos.» (p. 112).

El discurso de Madre Isabel no sólo deja aparecer su afección para con John Prescott García sino  que refleja también su fuerte creencia en Ochún, en los Orishas,  aunque ésta corra pareja con un sincretismo religioso.  Se convierte Madre Isabel  en el portavoz y  el reflejo de una sociedad que vive al ritmo de Ochún y de los Orishas. Eso lo demuestran sus imprecaciones, juramentos y oraciones: « ¡Caiga sobre el ladrón la maldición de los  Orishas» (p.129), «Te lo juro por los  Orishas.» (p. 146),  «Que Ochún te colme de bendiciones» (p.161),  etc.

Tras este estudio de la función fática de Madre Isabel  y a la luz  de lo arriba expuesto, trataremos de definir el papel que desempeña este mismo personaje en la obra.

3.4. Función actancial de Madre Isabel

Aunque pueda aparecer Madre Isabel como un personaje redondo o agónico,   su papel más sobresaliente es el de ayudante. Aporta una ayuda indispensable a John Prescott García para que éste recobre la memoria.  Pero por el cumplimiento de su promesa de curar a su hijo de leche,  pasa a ser sujeto ya que  se afana  por  obtener el Agua Espesa que sóo pueda salvar la vida de su protegido.  Sin embargo, puede ser considerada  también como oponente porque  al robar el  Agua Espesa  impide que Robert Louis Stevenson Sartoris la entregue a los revolucionarios cubanos según lo convenido.

A lo largo de la novela, Madre Isabel, se implica tanto en la vida del «sin–memoria» John Prescott que podemos afirmar, plagiando al historiador Álvarez, que Madre Isabel posibilita la Vertebración de Prescott. Dice Álvarez que Isabel la católica, «al casarse con  Fernando dio lugar a la vertebración política de España, que era una entidad histórica desvertebrada políticamente».  John  Prescott también era  una entidad histórica desvertebrada,  ya que amnésico,  había olvidado todo su pasado. Lo que hacía  incierto su  presente y su futuro. Madre  Isabel logró reconciliar estas tres entidades: Pasado–Presente–Futuro para el bien de su hijo de leche.  Tal vez sea importante recordar que  el único hijo que tuvo el matrimonio de los Reyes Católicos se llamaba  Juan (1478 –1497).  Juan como le gusta a Madre Isabel llamar a Prescott. Toda la vida novelesca del personaje está consagrada a la curación de su  hijo de leche y no sorprende que Madre Isabel desaparezca de la trama una vez cumplida  esta misión suya.

Conclusión

Aludiendo al trabajo de investigación y de reflexión al cual debe someterse cualquier lector para descifrar lo sobreentendido, Miguel de Unamuno afirmaba: «Me parece necio que un autor se distraiga en explicar lo que quiso decir, pues lo que nos importa no es lo que quiso decir, sino lo que dijo, o mejor, lo que oímos.». El retrato  de Madre Isabel plasma lo que hemos oído del mensaje madridisto. Destacan comportamientos y tomas de posiciones que ponen en tela de juicio  cualquier prejuicio negativo para con los hombres de color negro. Hemos intentado ir más allá de las apariencias  para poner de relieve la gran humanidad del autor.   La traición, el crimen y otros tantos atributos negativos ya no son distintivos del negro, este descendiente de Cam. El autor de Gente bastante extraña ha intentado dar una respuesta literaria a un problema que sigue estando pendiente:   la diferencia de color de la piel.  Este accidente cruel  que separa a los hombres y que queda complicado por los mitos raciales y la incomprensión de diferencias culturales.

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