Arte Pintura

Georgia O’Keeffe, desplegada

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spacerPor Egberto Almenas

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redcanna

Red Canna, 1923.
Óleo sobre lienzo, 36 x 30 pulgadas.

spacer21. Bello e imposible

El Museo de Arte de Orlando en la Florida atesora en su colección permanente el Datura y Pedernal de Georgia O’Keeffe (1887-1986), obra de 1940 cuyo pequeño formato en sí llama a la intimidad. No son pocos los que de día a día vuelven a esta pintura después de recorrer las demás salas del museo. A menudo el centro pulposo y tremulante de la flor en vilo, los pliegues que se deshielan del plano medio, y los del ámbito todavía más lejano, recaban el acercamiento por partida doble. Ya como moscardón apresado, el espectador queda una vez más de cara a una de las síntesis claves de la pintura nacional: mientras en otros cuadros de la misma época aún se busca en el paisaje el “perdurable espíritu americano” sin apenas aventurarse más allá del Hudson, la pintora que nace y se cría en las praderas de Wisconsin llega hasta Nuevo México, y ante la aridez de la tierra, halla ese espíritu en el caudal interior de sus floraciones.

 

Datura and Pedernal

Datura and Pedernal, 1940.
Óleo sobre tabla, 11 x 16. 1/8 pulgadas.

 

O’Keeffe desplegó de su mano la introspección de un modernismo de la casa que matrimoniaba la naturaleza y la alta industria con fe vacilante por falta de un sentido cabal de integración y origen. Hacia mediados del siglo XX en Estados Unidos no asoma del todo el diferenciador unitivo del terruño. Poco se indicia en la exuberancia de la agricultura. Menos en la promesa de la urbe. Acaso nunca a través del cuerpo que todavía envilece el fantasma por demás hombruno del recato victoriano. La gota malaya de ella fue la de sentir desde su tumescencia humedecida que había “algo inexplorado sobre la mujer que sólo la mujer podía explorar”.

En el ardor de su juventud, el campo arado y la ciudad la aborrecen al instante. Valida entonces el entorno virgen por lo que la inquieta de antemano y la pone “de espaldas, queriendo abrirme de par en par”. Huye ella del erotismo al que la condena el lente rijoso de Stieglitz, y, alejada, goza en cambio de la acuidad que le infunde su mundo solitario, “bello e imposible” en las ondulaciones de vida que le sugiere la muerte entre los surcos ígneos y las dunas.

 

blackmesa

Black Mesa Landscape, 1930.
Óleo sobre lienzo montado sobre tabla, 24. 1/4 x 36. 1/4 pulgadas.

spacer22. El snatch

Desde antaño la dilogía angloparlante de la obscenidad sustantiva el verbo snatch para referirse a la vagina. Ella arrebata, mordisquea, devora a partir de las leyendas universales más arcaicas. El sicoanálisis en sus primeros tiempos le achaca la defunción simbólica del pene al éste pasar de la erección a la flacidez después del coito. Semejante necrofobia  bajo las sábanas le veda a la joven O’Keeffe “decir tantas cosas que quisiera decir” sin el riesgo de exponerse a los carísimos cinturones de castidad que impone la falocracia. Teme ella sentir con demasiada vehemencia hasta que le llegue el momento preciso.

 

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Foto de A. Stieglitz, 1931

 

Las abstracciones de la mimética aldeana, mezcla de geometría y figuración, fascinan desde antes a la alumna de talante inusual entre sus condiscípulos. Lee lo más risqué de la literatura gracias a una trama oculta de gustos desencontrados con las ofertas curriculares. Tal vez por tipología afín debida al temprano desempeño de la mujer en la alfarería pérsica, son luego las láminas de este arte las de mayor tracción hacia la madurez del suyo. El Oriente muy anterior a la degradación secular del sexo femenino durante el Siglo de las Luces la lleva a intentar transliteraciones de la música al lenguaje pictórico. Quiere sentir lo que se desconoce desde el “continente oscuro” del cual habla Freud, y de ahí dar a conocerlo mediante la forma “inevitable”. Repara entonces que puede domiciliar en las flores una suerte vitalista y musical del verbo snatch.

 

Blue-Flower

Blue Flower, 1918.
Pastel en papel montado sobre tabla, 20×16″.

Jack-in-the-Pulpit-no.-IV

Jack-in-the-Pulpit no. IV, 1930.
Óleo sobre lienzo, 40 x 30 pulgadas.

Black-Iris

Black Iris, 1936.
Óleo sobre lienzo, 19. 1/2 x 16. 1/2 pulgadas.

MusicPink-and-Blue

Music, Pink and Blue, no. 2, 1918.
Óleo sobre lienzo, 32 x 29. 1/8 pulgadas.

 

A su alrededor obsesiona por esos años lo extravagante, el Ballyhoo urdido para cautivar (snatch) la mirada de quienes viven de prisa y cegados en la tolvanera fordista del comercio. Nueva York impera. La mística de O’Keeffe, su sprezzatura (como quien no quisiese) se ajusta al calvinismo raigal de su ciudadanía, donde la bestia que yace en el corazón es al fin cuestión ingénita, y el bien y la libertad obedecen sobre todo a estímulos materiales.

 

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Foto de Ansel Adams, fragmento, 1937.

 

Ella se amaña. Las vulvas labiales bajo óptica de lupa no son más que flores, alega. Como cuestión de cálculo consanguíneo al pulso subliminal, las pinta como si fueran “enormes rascacielos”. Así todos “tendrían que mirarlas”. Más importante aún: a diferencia de los inmaculados de la pintura y con quienes la agrupan, O’Keeffe no se limita al enfoque limpio sobre la composición de los ángulos. Ella induce a sentir hacia el interior de la corola. Tanto se sacia de la mirada excitada que ya ríe la befa de los críticos amedrentados por la boca tragante. La boca que traga y vende, y vende bien.

 

grey

Grey Line with Black, Blue and Yellow, c.1923. Óleo sobre lienzo, 48 x 30 “.

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Series I White and Blue Flower Shapes, 1919.
Óleo sobre tabla, 19. 7/8 x 15. 1/4 “.

 

3. La nata seductora de sus pétalos

Niega que de la intuición y la candidez sature el medio de caldos sexuales suprimidos, según una reseña de su obra en 1925. En esta “mujer que ha vivido muchas cosas”, confiesa de sí, jamás el grifo del subconsciente desahoga frustración alguna. En el desierto pinta hasta que le duelan los ojos, siempre al extremo del clímax durante el crepúsculo, y de no ser por la serpiente de cascabel, se iría en las noches estivales a dormir desnuda sobre la meseta del cerro. En 1931, irónica, tributa en códigos del Oeste Salvaje la búsqueda de la “Gran Pintura Americana”, con Cow’s Skull: Red, White, and Blue. Rojo, blanco y azul, colores patrios entre los cuales sus pliegues centran lo duradero en forma de calavera bovina. O, si se prefiere,  lo  “distintivamente americano” implícito en el delta de energía yoni.

 

cow

Cow’s Skull: Red, White, and Blue.
Óleo sobre lienzo, 1931.
39. 7/8 x 35. 7/8 “

signosumerio

Signo sumerio (algo comprimido aquí)
que designa a la mujer y sus virtudes cohesivas.

 

Al menos pudo pintar a su modo, concluye poco antes de su muerte. No le agobian hasta ese momento los pliegues de su semblante ya marchito. Deja que los fotógrafos de la fama revistan su cuerpo todavía resultón en atuendo de mítico bandolero andaluz que se esconde y matan de un escopetazo en la Sierra de Alcaraz y reaparece vivo en algún pueblito recóndito de las Américas.

 

Foto de Irving Penn

Foto de I. Penn, Georgia O’Keeffe, 1948

 

Tras sus pliegues desplegados adviene el riego que faltaba en la plástica moderna de su país. Ellos descubren que el lugar de pertenencia se resuelve en el tránsito hacia lo que se desconoce, no en lo que se subyuga. Los fluviales de la matriz floral agregan un elemento imprescindible a la cubeta de factores genealógicos que quería ver fundidos Walt Whitman en su “América”, Centro de hijas iguales, hijos iguales…

Desde la lejanía de su soledad, esta hija se iguala en la pureza del placer más hondo. Sabe que el sentimiento exquisito se esfuma al momento. A través del pincel repite un romance centenario en el que se agudizan las posturas y los puntos de mira. Así contrae a aquel visitante del museo que ahora, en una segunda vuelta, se detiene de nuevo frente a su Datura y Pedernal.  Esta vez es otra la fortuna del moscardón posado entre pliegues sobre la nata seductora de los pétalos. Entrad. El canal adentro no castra ni mata. Da vida. —Vida y música.

 


Texto © Egberto Almenas 2014
Todos los derechos reservados.


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