Literatura Narrativa

Radiografía de un México convulso: El gran solitario de Palacio, de René Avilés Fabila

Rene Aviles Fabila

spacer2por Mario Saavedra

Novela incendiaria que pone el dedo en la llaga con respecto a un sistema represor y corrupto,  El gran solitario de Palacio (Compañía General Fabril Editora, Buenos Aires, 1971) de René Avilés Fabila, como había sucedido menos de un lustro atrás con Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, fue publicada primero en Argentina, sólo que en el caso del mexicano debido a la censura imperante. Alegoría corrosiva y penetrante, centra su mirada crítica en la matanza de Tlatelolco, pero va más allá y busca en el sistema político las complicidades indispensables para cometer la draconiana represión. A diferencia de otras obras que denunciaron el genocidio del gobierno de Díaz Ordaz, que con similar furor y por vías diversas se detuvieron a reflexionar sobre ese indignante asesinato cometido en 1968 –cuando se daban otros movimientos sociales en el mundo–, la de Avilés Fabila permanece vigente por la  irónica radiografía y la demoledora crítica que a manera de gran mural ofrece de una idiosincrasia política y una máquina de poder que en muchos sentidos y por desgracia se resisten, en cuanto siguen permeando en la vida nacional.

Ya escribió en su momento el argentino Bernardo Vervitsky que este dotado polígrafo había manifestado, desde sus primeros textos, un peculiar talento para abordar con humor inclusive los aspectos más crudos y violentos de la vida, a través de una veta que bien afirma Xavier Villaurrutia, en su visionaria Introducción a la literatura mexicana, no ha sido la predominante dentro de una tradición proclive al melodrama, al tono crepuscular, a la solemnidad. Afín en cambio a aquella contraria herencia de quienes a través del humor han logrado trastocar los valores establecidos, mover a sus respectivas sociedades a partir de evidenciar las mayores lacras de su tiempo (desde Aristófanes, pasando por Petronio,  Rabelais, Moliere, Diderot, entre otros genios de la hilaridad con causa), René Avilés Fabila descubrió desde su anterior y no menos iconoclasta Los juegos, de 1967, su verdadera vocación de humorista dotado e irredento.

Novela comentada por críticos de diversas nacionalidades, traducida a varios idiomas y sin duda aceptada por los lectores que han consumido más de veinte ediciones, una de ellas lanzada por la Asamblea Legislativa del DF para conmemorar la matanza del 2 de octubre, se ha convertido en referencia obligada al hablar de ese año fatal para los jóvenes estudiantes. Antecedentes inobjetables del autor serían, desde luego, el Ramón del Valle-Inclán de Tirano Banderas, el Miguel Ángel Asturias de El señor presidente; después de El gran solitario de Palacio vendría, para alimentar una tradición de medular presencia en el curso de la narrativa latinoamericana contemporánea, una significativa zaga sobre dictadores alimentada por novelistas de la talla de Alejo Carpentier, Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Augusto Roa Bastos, entre otros.

En este sentido, y de cara a una problemática que golpeó de frente a su generación y otras inmediatamente anteriores y posteriores a la suya, El gran solitario de Palacio confirmó la vena crítica y humorística de un escritor que aquí consigue una viva y feroz disección de un México entonces agobiado bajo los excesos de un sistema político envilecido, ahogado en las miasmas de su propia decadencia. Entramado complejo narrativo en el que el sarcasmo y la ironía actúan a manera de certero escalpelo que lleva a cabo la vivisección de un sistema engangrenado, el joven novelista realiza aquí además un no menos lúcido ejercicio que llama de igual  modo la atención por su osada propuesta tanto estilística como estructural, dentro de esa justa línea que el talento del matritense Pedro Salinas supo definir con juicio meridiano en su lúcido ensayo Tradición y/o originalidad, al estudiar las revolucionarias Coplas a la muerte de su padre de su coterráneo –iluminado poeta de transición– Jorge Manrique.

Entre las mejores y más persistentes novelas sobre el 68, El gran solitario de Palacio (título éste por demás revelador, a partir del “todopoderoso” en su castillo de cristal, abismado en su culpabilidad solitaria) posee los probados méritos literarios y testimoniales de aquellas obras que resisten la pátina del tiempo y por lo mismo se convierten en clásicos. Aunque con el movimiento estudiantil y la histérica represión del mismo por parte del sistema como trasfondo, lo cierto es que los móviles que propiciaron y justificaron la escritura rabiosa de esta novela gozosamente atípica trasciende dicho contexto primario, en cuanto sirve para acceder a un conocimiento y reconocimiento más puntual de un México que bien se extiende desde la presidencia del general Lázaro Cárdenas hasta nuestros días… Ya escribió el genial Tolstoi: “Si quieres ser universal, conoce primero tu aldea”; nuestro narrador la entiende a fondo y consigue así una novela cosmopolita, como lo probara, por ejemplo, su traducción al coreano.

Fundamental en el contexto narrativo sobre el 68, para nuestra novelística a contracorriente, este amplio mural conforma a su vez una gran alegoría que entrelaza varias historias, a manera de aquellas ecuménicas novelas-río por antonomasia que como La comedia humana de Balzac o Los Rougon-Macquart de Zola tejen fino con respecto a un complejo entramado de anécdotas y personajes imbricados en un multitonal y fino telar. Si bien el eje es la fatídica tarde del dos de octubre en Tlatelolco, pudiendo el lector reconocer –a través de este detallado testimonial a varias voces– los rasgos generales y específicos de una trágica acción genocida que todavía pesa en la conciencia de la historia moderna de este país, El gran solitario de Palacio constata el por qué dichos acontecimientos siguen representado un saldo pendiente en nuestra memoria colectiva. El gran número de críticas literarias que atrajo, su inclusión en tesis universitarias y el hecho de que los medios de comunicación ahora suelan referirse al presidente en turno como “un solitario en Palacio”, constata que esta novela ha influido en nuestro imaginario colectivo.

Escrita desde lo más hondo del juicio y las entrañas en vilo de un joven intelectual y escritor profundamente comprometido tanto con su realidad circundante como con su propio oficio, movido por la rabia meridiana pero también por la vocación de quien emprende una nueva práctica de vuelo estética, en este acrisolado despliegue de multifocales imágenes figuran, contrapuestos, los jóvenes estudiantes idealistas que encarnan el cambio y los represores de un corroído régimen que busca validarse a través de la fuerza autoritaria e intolerante, sorda y ciega. Traducida ya a varias lenguas y con múltiples ediciones y reimpresiones en su haber, esta segunda novela de Avilés Fabila ha sido ampliamente comentada y discutida por la crítica especializada e insertada en la terminología mediática, en tanto se inscribe con rasgos muy singulares dentro de una nutrida pero también desigual nómina de escritores que desde distintos ángulos abordaron la hecatombe estudiantil de 1968. Las más de estas disertaciones coinciden, como la de Giussepe Bellini, en que El gran solitario de Palacio concentra, con certeza y vitalidad elocuentes, una fuerte denuncia, un juego extraordinario de humor e ironía, una interesante propuesta de estilo y de estructura, por la vía de una ágil y efectiva novela testimonial que con maestría logra mezclar los mejores atributos de un escritor y periodista entonces ya maduro.

Pero a diferencia del realismo a ultranza de Los juegos, en esta novela René Avilés Fabila nos permite vislumbrar también elementos de su no menos característico apego al género fantástico, en una interesante simbiosis de realismo e imaginación que bien lo hermanan por ejemplo con uno de los perfiles más atractivos del Julio Cortázar fabulador. Ambas vetas muy significativas en el corpus creativo del también autor de esa espléndida novela de exploración casi metafísica que es Réquiem por un suicida, en El gran solitario de Palacio conforman un sólido andamiaje narrativo que por su diversidad de tonalidades y voces es ya un texto obligado –todo un clásico– de nuestra narrativa contemporánea. Para quienes buscaban ver en él tan sólo un crudo testimonial, no tuvieron la capacidad de reconocer entonces su unidad abierta y sensible a varias aristas estéticas.

Novela cargada de igual modo de múltiples símbolos que enriquecen su carácter crítico y por lo mismo sus muchos visos sarcásticos e irónicos, su natural raigambre humorística, el escritor consigue con estas imágenes, que actúan a manera de juego de espejos, satirizar diversos hechos históricos del país y contraponerlos con los últimos acontecimientos bochornosos del 68, moviéndose con notable destreza entre lo hilarante y lo sórdido, entre la farsa y lo trágico. Así nos recuerda de igual modo al esperpento valleinclanesco, por aquello de que en la historia del arte suelen darse las influencias de ida y vuelta, en ambos sentidos, porque no hay que olvidar que este paradigmático polígrafo gallego (Valle-Inclán confirmó precisamente en México la fuente primaria de su capital novela Tirano Banderas) abrevó de estas tierras material invaluable para la conformación de su tirano latinoamericano que encontró cabida tanto en la narrativa como en el teatro.

Preso de una heredada megalomanía, de su unipersonal e infinita autoridad, el propio “gran solitario de Palacio” es a su vez víctima de una no menos malsana condición política, de una desmedida ambición que en la práctica ha hecho de los de su clase los seres más temidos pero también más odiados, conforme en la opinión pública su poder absoluto se trueca en denostación, en menosprecio, de acuerdo a esa constante idiosincrática que periódicamente nos induce a buscar soluciones mesiánicas y un sexenio después corroborar repetidos fracasos. Es un caudillo eterno que para mantener la ilusión de su legalidad, cada seis años cambia su nombre y sus características físicas, modifica ligeramente su proyecto de nación; es lo que más adelante Vargas Llosa calificaría de manera contundente como “La dictadura perfecta”.

Rasgo identitario que bien definió Octavio Paz en El laberinto de la soledad, ni el mismo “todopoderoso” puede renunciar a ese estado de aislamiento sin rumbo; agazapado en su palacio de cristal, a piedra y lodo, se condenó a un ostracismo que sabemos se recrudeció con su no menos equivocada designación por parte del gobierno entrante de López Portillo a la embajada de México en España, apenas dos años antes de su muerte por cáncer fulminante en el colon, después de la muerte de Franco y la vuelta de este país a la democracia.

El propio autor me dijo alguna vez que el título de El gran solitario de Palacio se lo sugirió por cierto una desafortunada frase del propio presidente Gustavo Díaz Ordaz en medio de la crisis, quien en plena tormenta política se calificó como un “solitario en Palacio Nacional”. Escrita con pasión, con rabia, con la indignación propia de un joven escritor cuyos ideales lo habían llevado incluso a renunciar a su filiación al Partido Comunista, porque su severa e implacable naturaleza crítica se ha caracterizado por no hacer concesiones con ninguna clase de excesos o malversaciones del poder, esta por otra parte propositiva novela de René Avilés Fabila define muy bien las que han sido las constantes en la geografía de un escritor y periodista siempre fiel a sus convicciones… Cáustica parodia del México postrevolucionario, del que casi desde sus orígenes dio muestras fidedignas una obra particularmente visionaria como El gesticulador de Rodolfo Usigli, quien por otra parte dio entrada de lleno a nuestra dramaturgia moderna, El gran solitario de Palacio es por méritos propios un clásico de nuestra narrativa contemporánea, en cuanto imagen cierta de un México que en muchos sentidos y por desgracia se resiste del todo a morir…


Texto © Mario Saavedra 2014
Todos los derechos reservados.


 

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