Literatura Poesía

Leopoldo María Panero, el poeta que llamea sombra

Leopoldo María Panero

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Se marcha el poeta que nació a la madura edad de cinco años:

“Mi corazón temblaba y no era un sueño. Fueron muriendo todos los soldados de la guardia del rey y mi corazón seguía temblando”.

Se marcha el poeta que siempre se estuvo yendo:

“Al amanecer los niños montaron en sus triciclos y nunca regresaron”.

Se marcha el poeta que ningún país se mereció jamás, se marcha el lujo de la nada, el interno modélico del planeta más loco:

“Más allá de donde aún se esconde la vida, queda un reino, queda cultivar como un rey su agonía, hacer florecer como un reino la sucia flor de la agonía: yo que todo lo prostituí, aún puedo prostituir mi muerte y hacer de mi cadáver el último poema”.

Por: Armando G. Tejeda

Nada agrada más a la naturaleza, dijo Sade, que los crímenes con que pretendemos ultrajarla. En ella creación y destrucción son lo mismo. Citar a Sade el mismo día de la muerte de Leopoldo María Panero es una forma de recordar que, como dijo ese poeta enloquecido ante su propia severidad literaria, “la vida es una sombra que se enreda contra otra sombra/como un corazón se tuerce ante un corazón. Una pistola llamea en la sombra/y alude al fuego de ningún corazón”.

¿Qué es la poesía de Leopoldo María Panero, ese hijo y hermano de poetas que vivió más tiempo enclaustrado en un manicomio que entre los pájaros y los cielos resplandecientes que destruía con crudeza en sus poemas? La poesía de Panero es la cólera, el placer, la enfermedad o la muerte. El poema descansa en las mutilaciones, deformaciones y estilizaciones en que se complace el genio encarnizado del poeta.

Panero escribió algunos de los libros más admirables de la poesía española de los últimos tiempos. Ahí está, por ejemplo, Así se fundó Carnaby Street o Manicomio de Mondragón o el magistral Teoría del miedo. O su libro-diálogo Tensó, en el que practica una especie de poesía colectiva, que los provenzales definieron precisamente así, “tensó”, y los japoneses la llamaron rengo o los chinos lien tsu. Los surrealistas la definieron “cadáver exquisito”. En este diálogo o “tensó” con el italiano Claudio Rizzo sucumbe a la imitación de los antiguos como una consecuencia de la temporalidad como degeneración. Es lo contrario de la idea de progreso: el presente es insustancial e imperfecto. Nos arranca de nosotros mismos y nos arroja a otra muerte, a otra vida.

O, como lo explicó el propio Panero en el prólogo, este tipo de poesía colectiva “es un combate dialéctico, un trabaire entre dos… una lucha entre dos para ver quien es más oscuro y más rico”. Ese juego de dialéctica se desarrolla además entre rejas, en un claustro llamado por Panero “el célebre manicomio de Santa Águeda-Mondragón, donde los animales rugen contra las formas y los locos se juegan a las cartas mi cabeza”. En ese espacio aulló contra Dios mucho tiempo, donde convirtió su poesía “en una cosa o rizoma, en un hongo satánico en los bordes del fin de la literatura”.

Panero se rindió ante el relativismo de Nietzsche, a quien citó a menudo a modo de invocación – “puede haber una creencia que sea condición de vida y, a pesar de ello, falsa”-. Su poesía también fue un puente para desmitificar al psicoanálisis, para ver en el cristianismo el error del Hijo de Dios, que caga y mea, o en el marxismo la teoría de clases y las categorías de la burguesía y el proletariado. Decía: “La ideología siempre miente y, al final de todas las ideologías, podríamos preguntarnos, como Pilatos, ¿qué es la verdad?”

A lo largo de su obra, Panero disgrega sobre la temporalidad de la existencia, por lo que vuelve una y otra vez sus reflexiones hacia el “eterno retorno de lo mismo, y otra vez será la misma luna y el mismo sol, la misma silla y la misma mesa y otra vez será Góngora y Lezama Lima”. Es la incertidumbre y el escepticismo sobre la existencia, de esa presencia con la que se dialoga. “El otro es una probabilidad en el espejo”. Sobre su poesía recae la misma duda: “La poesía es una alteridad, una perversión de la conciencia, si es verdad que ésta existe fuera de los libros, si es verdad que ésta existe como conciencia pura y no como inmediatez del saber”.

Del mundo y el tiempo que habitó siempre fue severo, crudo y se podría decir que se tatuó en la piel la máxima de Sade de que “nada agrada más a la naturaleza que los crímenes con que pretendemos ultrajarla”. O, como diría Panero: “Realidad de puto espanto, feroz contrada de la que sólo nos salva la poesía. Esa poesía común que hemos hecho imitando el cansancio de Deleuze sobre Gauttari en un único rizoma, en un único cactus que espera el lector, como Prometeo a los buitres.”

 


Texto © Armando G. Tejeda 2013 Todos los derechos reservados.


 

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