Narrativa

Juan José Arreola: Un retrato novelado

Arreola

spacerPor Edgar Leandro-Jiménez

Juan José Arreola es considerado uno de los escritores pilares de la literatura de Jalisco, y su obra narrativa le permite ser un referente imprescindible de las letras mexicanas. Este autor nació el 21 de septiembre de 1918, en una pequeña población del sur del estado llamada Zapotlán el Grande. Allí pasó su niñez y juventud envuelto en entornos de campo, negocios familiares, costumbres religiosas e influencias literarias; aspectos que le originaron una necesidad de expresarse por medio de sus creaciones. Murió en la ciudad de Guadalajara el 03 de diciembre del año 2001.

Arreola tuvo pasiones que cultivó a lo largo de su vida, destacándose la lectura tanto de los clásicos de varios lugares del mundo como de los contemporáneos de aquellos años, la creación literaria que enfiló hacia mundos llenos de realismo, magia, historia y ciencia ficción. Otro de sus arrebatos intelectuales fue el ajedrez, a cuya actividad le dedicó largas jornadas y bastantes pundonores, pero sobre todo su gran amor lo desbordó por la conversación, ganándose así, y a buen talante, el mote de El Juglar Moderno.

Arreola tuvo una obra artística copiosa, principalmente en torno a la cuentística. Escribió reflexiones y creó argumentos acerca del teatro. No obstante a lo abundante de su labor literaria, sólo escribió una novela llamada La feria, la cual inició en los primeros años de la década de los cincuenta, y la publicó entrado el año de 1963. Arreola con esta novela modernizó el estilo narrativo al cifrar y entremezclar historias y temáticas cuyas naturalezas sólo se leen a modo de rehiletes cargadas de luminosas oralidades, las cuales sólo podemos visualizar si nos imaginamos parados ante una celebración de fiesta patronal.

En esta pieza el autor hizo escuchar a todas y cada una de las voces que conformaron aquel Zapotlán del inicio de su propia historia, cuyas palabras alcanzan a revelarnos la fisiología y el temperamento de una sociedad que habló por medio de sus giros lingüísticos, sus geografías, sus miedos, alegrías, rituales y costumbres. Aquella comunidad cobra vida cuando escuchamos el perenne reclamo de las tierras en grito abierto de Juan Tepano, el Primera Vara, quien sólo buscó que les devolvieran sus propiedades sin importarles jamás recibir la razón, la cual sí se las restituyeron, pero nunca las tierras.

La organización de La feria se logra a partir de pasajes literarios e históricos, algunos demasiado cortos y otros relativamente largos sin tener un orden aparente, pues al igual que la celebración de la feria en honor al Señor San José entrelaza tiempos y espacios, personajes e historias sólo unidos en labradas integridades temáticas, cuyas naturalezas fragmentarias propician organizar ese rompimiento en el preciso momento de la celebración Josefina, de la cual también formamos parte como lectores. Cabe mencionar que Zapotlán el Grande celebra a San José el 23 de octubre de cada año por una especial petición, en Juramento Público, de sus pobladores allá en 1747 y 1806, siendo quizá el único poblado que lo hace en esta fecha, pues el día oficial que la Iglesia Católica ha otorgado para la celebración Josefina es el 19 de marzo.

La feria se construyó con la suma de 288 fragmentos, en el cual se alcanza un nivel complejo de polifonía narrativa y multiplicidad genérica, siendo el producto de una planificación y, como tal, debemos como lectores participar de la celebración y seguir los hilos conductores para reconstruir las líneas narrativas que se nos presentan como producciones cinematográficas, a la manera de un giro panorámico con algunos acercamientos y alejamientos del punto de concentración.

Juan José Arreola estructuró su obra de manera creativa. La novela suele tener una extensión y complejidad mayores que otros géneros literarios donde se narran varias historias de manera constantes, aunque se pueden ir mezclando. No obstante, la presentación física de los episodios en la novela está diseñada en viñetas o iconos, siendo la forma pedida por el propio Arreola a Vicente Rojo para lograr un buen impacto en sus lectores, quienes son exigidos para organizar el todo narrativo.

Las viñetas son de distintas formas, van desde el dibujo de: una vaca, una cruz, un carro de ferrocarril, una trompeta, una iglesia, una piña, un ojo, unas milpas hasta un corazón, un violín, una canasta, una piñata, una matraca, un maíz, unos labios hasta unos simples anteojos; pareciera son una lotería que gritan los pobladores, quienes son a la misma vez jugadores y protagonistas, sin saber al final si son ganadores; este juego está en casi todas las ferias de pueblo.

La estructura narrativa y visual de novela está edificada con varios géneros literarios y formas narrativas: cuentos, diálogos dramáticos, cartas, confesiones, poemas, sermones, refranes, canciones, greguerías, trozos líricos, décimas, monólogos, escritos históricos, diarios, coplas y dichos populares. Con todo esto se obtiene una secuencia narrativa, la cual insertó al propio Arreola en un nuevo cambio en la narrativa mexicana, permitiéndole tejer variados fragmentos englobados por la historia general: la de Zapotlán en los días de la celebración en honor al Señor San José. Por ello, se puede clasificar a La feria como una novela multigenérica y polifónica.

Sin embargo, no existe de manera sucesiva una estructura abarcadora del todo temático y argumentativo para obtener la conexión o ilación lógica de los diferentes pasajes de la obra, pero sí contiene tres ejes articuladores: el reclamo de las tierras en la voz del tlacayanque, Juan Tepano; la realización de la feria, cuya pronunciación es el gran evento tanto de pieza literaria como de la vida real de Zapotlán el Grande; por tercer eje base contiene la novela la unidad satírico-estilística cohesionadora de los trozos desgajados como lo son las confesiones, tanto individuales como la colectiva.

La feria tiene una astuta organización, estructura parecida de manera positiva a la novela Rayuela de Julio Cortázar –publicada el mismo año–, por permitir al lector una lectura de varias formas, se puede comenzar por el final o el inicio y desde ambos modos se obtiene un sentido global el argumento narrativo. Esta distribución tiene una arquitectura laberíntica, donde debemos buscar la salida doblando a la derecha o a la izquierda, hacia atrás o hacia delante o en línea recta, pero nunca nos debemos quedar paralizados, pues así no encontraremos ni la salida ni a nosotros mismos. Gozar del viaje a través de ese laberinto zapotlense exige inmiscuirnos en la feria del señor San José, e interactuar con las mixtas voces que indican, fragmento a fragmento, la manera de aprehender la historia de Zapotlán el Grande para sentirnos parte de aquel pueblo.

Arreola, con esta su única y peculiar novela, se convirtió en el reinventor novelesco para la literatura jalisciense y también para la mexicana en su conjunto: “En los manuales de literatura mexicana, la historia de las letras jaliscienses se detuvo con Pedro Páramo. Los nombres de Mariano Azuela, Enrique González Martínez, Juan José Arreola, Agustín Yáñez y  Juan Rulfo son hasta el momento los indispensables”.[1] Meiko Makita Tafoya expuso: “La feria de Juan José Arreola, no se desarrolla como lo hace la novela tradicional, sino que hace uso de distintos elementos, que si bien no son innovaciones del propio Arreola, logran ser muy atractivos al lector”.[2]

Rosario Castellanos comentó respecto a la arquitectura de este mismo texto:

Nunca ninguna novela mexicana había desbordado tal gracia como la que se regala en La feria. Y para mostrarnos este calidoscopio de personajes, de situaciones, de anécdotas, Arreola tuvo la elegancia de hacerse a un lado. […] Ha pronunciado un ‘abracadabra’ misterioso y ha dado vida, color, calor a un pueblo que cada uno de nosotros guardaba en su memoria como el tesoro más preciado de su infancia.[3]

El propio Juan José Arreola comentó al respecto de la arquitectura de su novela: “Al espirar lo mejor entre lo escrito, me quedé con un puñado de fragmentos. Algo así como un archipiélago de pequeños islotes que al fin y al cabo suponían bajo la superficie de los hechos narrativos una masa continental”.[4] Es allí en la técnica narrativa donde radica la singularidad y la creatividad de La feria.

Por tanto, el involucramiento del lector como agente activo para dar orden intelectual a los fragmentos fue la estratagema de Arreola para liar su obra y su pueblo con la eternidad discursiva, pues quienes leemos la novela recreamos la población acorde a la historia del ayer y del hoy. La estructura dividida atrapa al lector y lo envuelve como un personaje más, cuya misión, la cual siempre aceptamos, resulta ser la trascendencia por medio de la ficción y honramos al santo patrono, y con ello preservamos sus costumbres, cohesiones, toques de colores locales, historias personales y colectivas de las voces zapotlenses.

La naturalidad de los diálogos entre los habitantes de aquel pueblo son los secretos vitales de la novela, pues el relato los coloca en el centro de la revelación del escritor, quien fue parte del tapiz auditivo de su sociedad para que la memoria del pueblo se consolidara en el vestigio literario, cuyo valor radica en ser el inmueble que exhibe sucesos históricos, sociales, culturales y civiles fundamentales en toda consolidación del sitio que proporciona el sentimiento de apego individual y colectivo al grupo único al cual pertenezcamos.

 


[1] Quezada Camberos, Silvia. Nombrar de nuevo. Guadalajara, México, 2008. Seminario de Cultura Mexicana, El Informador, p.63.

[2] Makita Tafoya, Meiko. De ferias y mitos guadalupanos. México: Tecnológico de Monterrey, 2008, en: http://www.sistema.itesm.mx/va/deptos/ci/articulos/deferias.htm; consultada el 20 de octubre de 2012.

[3] Castellanos, Rosario. “Vitalidad de la novela mexicana”, en El mundo de los libros. México: No.1, junio de 1964.

[4] Carballo, Emmanuel. “Arreola, sobre “‘La feria’”, en Siempre. México: 30 de mayo de 1964, No.117.

 

 


Edgar Leandro-JimenezEdgar Leandro-Jiménez (Guadalajara, 1974) es Doctorante en Educación por la Universidad de Guadalajara. Docente en la Maestría en Letras de Jalisco. Coordinó los volúmenes Memoria de palabras (2007) y Develaciones eróticas en cuentos mexicanos (2009). Ha participado como coautor en los libros: De Fiesta por Jalisco (2006); Capilla de Guadalupe. Al filo de una gestación (2007); Los rostros literarios de la locura (2008); Sol de ceniza (2008); Los Cuadernos de Don Miguel. Memorias de Capilla de Guadalupe (2009); El que solo se ríe… De sus lecturas se acuerda (2010); Temaca ¿quién prenderá tu lámpara? (2010); Identidades en el Tianguis Cultural de Guadalajara; y Leer la muerte (2011).

 

 


Texto © Edgar Leandro-Jiménez 2013
Todos los derechos reservados.


 

 

Danos tu opinión

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.