Literatura Narrativa

Humberto Dib presentará en Madrid su nuevo libro “La comodidad de lo sólido”

Humberto Dib

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El próximo 19 de diciembre a las 20.00h el escritor Humberto Dib presentará su nuevo libro La comodidad de lo sólido (Editorial Dunken) en Madrid en la Champañería Librería María Pandora.

A continuación, unas palabras del autor y tres de los relatos que forman parte de su nuevo libro.

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Es bastante difícil determinar con exactitud cuándo uno decide comenzar a escribir más o menos profesionalmente, en mi caso, tengo una fecha estimada y una razón concreta.

Hasta el año 1994 fui cantante de un grupo de rock que llegó tocar en recitales de cierta magnitud, 13.000 personas fue la mayor cantidad de público que logramos reunir en un estadio de la ciudad de Córdoba, en Argentina. Yo era uno de los dos compositores de la banda, tal vez con un mayor porcentaje de canciones que mi colega. Solía sucederme que al finalizar una presentación, la gente me preguntase qué había querido decir con tal o cual canción, pues les parecían letras simbólicas o que querían transmitir “algo más”. Como era un fenómeno que se repetía, decidí seleccionar quince o dieciséis letras de canciones y ampliarlas, hacer cuentos con ellas. Me llevó unos meses, pero luego de finalizados estos relatos, los fotocopié, arme una especie de libros caseros, les coloqué unas tapas coquetas y se los entregué a los amigos más cercanos. El resultado fue sorprendente, a todos les gustó el librito y me alentaron para que escribiera más cuentos, pues les parecían muy bien logrados. A partir de ese día, lo recuerdo bien, allá por diciembre de 1994, comencé a escribir regularmente, a la vez que la música comenzaba a perder territorio en mis prioridades.

Esos primeros cuentos nacidos de letras de canciones, más otros independientes, formaron parte de mi primer libro, Verdades en el laberinto, publicado por Editorial Nueva Generación en 1998.

Ya en el año 2005, con más textos y experiencia, me lancé a una segunda aventura literaria, publiqué mi segundo trabajo a través de una editorial más importante, Dunken, el libro se llama Habitación Disponible. Fue presentado en el Aula Magna de la Universidad Abierta Interamericana para 350 personas, junto a un show de música y teatro.

Las nuevas modalidades de comunicación, me llevaron a abrir un blog. Allí comencé a probar con textos breves y reflexiones. Las primeras épocas fueron bastante humildes, pero al año de haberlo abierto, casi de un día para otro, comenzaron a comentar personas de diferentes países y a anotarse como seguidores del blog. Razón que me motivó a esforzarme para que los relatos que aparecieran allí tuvieran un mayor grado de profesionalismo. Desde ese mágico día, el número de seguidores comenzó a crecer, así como los comentarios y visitas. Hoy el blog tiene 3.950 fans y un promedio de 2700 visitas semanales. Lo extraño es que en su mayoría son lectores de España, casi duplica el número de argentinos. Es que uso un español neutro, no el español característico del Río de la Plata. Los relatos pueden ir desde el realismo más contundente hasta la fantasía desconcertante, pero siempre manteniendo una forma, registro, ironía y musicalidad que hacen que sean fácilmente reconocibles como de mi autoría.

En el año 2011 decidí publicar un libro en formato digital de manera independiente, se llamó Anotaciones del Destino y tuvo mayor repercusión que los dos anteriores.

En relación con los autores que me influenciaron, es muy difícil decirlo, puesto que leí todo tipo de Literatura y autores, antiguos, clásicos y contemporáneos, valga como ejemplo de estos últimos: Antonio Tabucchi, Martin Amis, Paul Auster, Kazuo Ishiguro, John M. Coetzee y muchos más. Sin embargo, no es sólo la ficción lo que atraviesa mis cuentos, pues hay autores de diversas ciencias que forman parte de lo que hoy hago, sirva como pauta: Claude Lévi-Strauss en Antropología, Michel Fucault en Filosofía, Roland Barthes en Lingüística, Jacques Lacan en Psicoanálisis, Joseph Campbell en Mitología y así.

Explicar lo que escribo me parece complejo y pretencioso, pero entiendo que es necesario dar una pauta para que el lector que se acerca por primera vez tenga de dónde agarrarse. Pues bien, siempre trato de que mis relatos tengan más de un sentido, trato de que haya muchas voces en ellos, para que el lector pueda introducirse y llevarse algo más que una historia. Me gusta que cada texto permita reflexionar sobre diferentes asuntos que a todos nos interesan, fundamentalmente a mí: las paradojas, los orígenes, la afectación, el sinsentido, la simpleza y complejidad de la vida cotidiana, la razón de ser.

Sea como fuere, lo mejor es que cada persona se acerque al blog, pues allí se va a encontrar con los relatos, que son, eso seguro, mejores que mi explicación.

Humberto Dib

Tres relatos de

La comodidad de lo sólido

 

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JUGAR AL DOCTOR

Cuando alguno de nosotros invitaba a una amiga a jugar al doctor, la niña jamás creía que aquello en verdad se tratara de jugar al doctor, ella sabía por experiencia que las manos auscultadoras se detendrían muy poco en codos o antebrazos, que enseguida pasarían del hombro al pecho, de la rodilla al muslo y luego seguirían camino hacia comarcas incógnitas de la floreciente anatomía femenina. Qué lindos eran aquellos descubrimientos de calores y humedades, aquellos aromas que quedaban impresos por horas en nuestros dedos y que nos transportaban al paraíso más voluptuoso y sacrílego de la infancia.

Después de la dulce invasión, ellas siempre se enojaban un poco, pero al final nos dejaban hacer, porque sólo a las niñas les estaba reservado el lugar de pacientes. A ninguna se le ocurría decir “bueno, ahora la doctora soy yo”, entonces teníamos la (tonta) creencia de que todas se sentían muy cómodas en el papel de dolientes. Todas menos Laurinha. Ella sí quería ser la médica, tanto es así que varios chicos se lo habían permitido y muy pronto contaron la experiencia. Entre miradas pícaras y risas cómplices, explicaban que Laurinha los hacía acostar, cerrar los ojos y entonces sus manos obraban milagros.

Después de enterarme de sus habilidades, la invité muchas veces a jugar al doctor, le aseguraba que no tenía ningún problema en ser el enfermo si ella lo deseaba, pero siempre se negaba aduciendo que me veía muy sano, que mejor fuéramos a arrojarnos al mar desde la piedra grande de la Praia do lagarto. No sólo me ponía mustio por el rechazo, sino que me atormentaba verla enfundada en aquel traje de baño verde que le destacaba tan bien sus nuevos atributos de adolescente. La tenía a mi lado y me hacía hervir la sangre, me llevaba hasta el borde del desmayo, más de una vez tuve que quedarme dentro del agua para que esa alteración de mi cuerpo no le alcahueteara lo que me estaba pasando. Era justo en esos momentos en los que ella más me insistía en que volviera a subirme a la piedra e intentase otro salto. “Vamos, Thiago, no seas aburrido, ahora nos arrojamos agarrados de la mano, para qué vinimos”, me instigaba. “Es que acabo de ver un pez muy extraño, ya voy”, le decía yo con fingido entusiasmo, como si después de 12 años de jugar en la misma playa no conociéramos de memoria toda la fauna ictícola de Angra dos Reis.

Pasaron los años y con ellos pasó la niñez, pero Laurinha nunca quiso jugar al doctor conmigo.

-¿Cómo te sientes, Thiago? -me preguntó.

-Un poco nervioso, Laura, ¿crees que todo va a salir bien?

-Claro que sí, no te preocupes, ya te expliqué que es un…, que es benigno, muy pronto voy a quitártelo, estás en buenas manos. -me aseguró, escondiendo la misma sonrisa encantadora de su niñez debajo del barbijo, mientras la anestesia ya comenzaba a hacer su trabajo.

PINTOR EN LA ESQUINA

Llegó a la esquina a eso de las 9 de la mañana, traía un montón de bártulos apretados contra el cuerpo. Fue soltándolos de a uno: Colocó el atril bajo la sombra de un plátano, acomodó en él un bastidor y luego sacó de la valija un cuenco, una paleta y diferentes tipos de pinceles. Finalmente, vertió agua en el recipiente y dejó todo sobre una pequeña mesa destartalada. Varios de los que estábamos allí nos acercamos intrigados, nos pareció extraño que un artista fuera a pintar un paisaje tan urbano e insulso. El pintor alargó los brazos, armó una ventana con las manos, se agachó, volvió a levantarse, torció el cuello hacia atrás: Parecía evaluar todas las perspectivas. Cada vez éramos más en la esquina, queríamos saber qué iba a representar, pero no se veían tubos de acrílico, ni grafitos, ni colores sobre la paleta. Después de cavilar unos instantes, tomó un pincel, mojó las cerdas en el agua del cuenco y comenzó a observarnos a todos los que lo rodeábamos, entornando los ojos, como queriendo descubrir dónde se escondía eso -exactamente eso- que él buscaba. Comenzamos a reírnos -otro loco, dijimos-, pero nadie se movió del lugar. El pintor se acercó a un niño y apoyó el pincel en su cabeza, luego fue hasta la tela y extendió allí un color raro, bosquejando dos formas alargadas de un lejano atardecer. Se inclinó, tocó la falda de una jovencita y llevó el pincel al lienzo donde plasmó un maizal, luego rozó los pantalones de un señor muy serio y diseñó una tierra vasta y plana. Así, frente a la mirada atónita de la multitud que se había agolpado, iba conformando una pintura indefinida pero muy vívida. Finalmente, vino hasta donde yo me encontraba, pasó el pincel por mi pecho y lo llevó a su cuadro, entonces el paisaje se volvió inquietante y lúgubre. Al ver la repentina transformación, horrorizada, salí corriendo del lugar.

No llego a comprender lo que sucedió en esa esquina, pero desde esta mañana (en la quietud de mi cuarto, en el desarraigo de lo inmediato) no he dejado de llorar.

REBAJAS

Ante todo quiero aclarar que las temporadas de rebajas me enferman, no soporto estar más de media hora recorriendo una tienda sin comenzar a sentirme, textualmente, asqueado, pero por alguna razón extraña (amor, tal vez) siempre acabo acompañando a mi mujer en esas dos semanas de correrías. No es tan grave, me convenzo. Sin ir más lejos, el año pasado no sólo la escolté, sino que me dejé atrapar por el furor adquisitivo. El último día de rebajas de invierno de Primark, tomé dos bolsas y comencé a llenarlas con objetos tan feos como inútiles. Contagiado por esa necesidad incontrolable de adueñarse de cada prenda que afectaba a todos los que se encontraban allí, agarré a una anciana que estaba probándose unas pantuflas de felpa y la arrojé adentro de una de mis bolsas. Al llegar a la caja, el dependiente la pasó por el lector de código de barras y me indicó que costaba 5 libras. Me resultó un precio bastante razonable tratándose de una señora mayor, así que la compré. Se llama Claire, hace casi un año que la tenemos en casa, nos llevamos muy bien. Ella hace su vida y nosotros la nuestra, aunque por la tarde nos juntamos en la sala a comer bollos y a tomar el té, y los domingos salimos los tres a pasear por el Hyde Park. Todo parece estar en perfecta armonía, pero a mí ella no me engaña, más de una vez pude leer en el brillo de sus pupilas que nunca terminó de perdonarme por no haber comprado también las pantuflas de felpa.


Texto © Humberto Dib 2013 Todos los derechos reservados.


 

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