Literatura

In memoriam: Álvaro Mutis, el inventor de Maqroll

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Por Mario Saavedra

a Alejandra Matiz

Polígrafo de extraordinaria potencia expresiva y una muy viva imaginación, Álvaro Mutis (Bogotá, 1923–Ciudad de México, 2013) tuvo en la poesía y la narrativa dos cauces paralelos y a la vez complementarios de creación. Al igual que Julio Cortázar y el propio Carlos Fuentes, por la profesión de su padre tuvo la oportunidad de viajar y vivir siendo todavía niño en Europa, y esta vital experiencia formativa sería determinante en la ulterior géneris de su literatura con inobjetables rasgos de ambos mundos, en una generosa simbiosis de lo que Alejo Carpentier llamó, dado su personal itinerario para la conformación de su llamado “realismo maravilloso”, la “unidad sincrética”.

Entre los dos continentes, la vocación y el talento literarios de Mutis terminaría por dar rienda suelta a ese pródigo universo que se le abría cual caja de pandora a sus ávidos sentidos cada vez que iba a visitar la finca cafetalera y cañera que su abuelo materno había fundado en tierra caliente, en el departamento del Tolima, en los ramales de la Cordillera Central colombiana. Como el Aracataca traspuesto en Macondo de sus entrañables amigos Gabriel García Márquez y Leo Matiz (el célebre fotógrafo, además su compadre), el inventor de la no menos desbordada saga sobre Maqroll el Gaviero decía haber descubierto en ese “centro mismo del mundo”, parafraseando al propio Gabo, la sustancia de sus sueños, de sus nostalgias, de sus terrores y sus dichas: “No hay una sola línea de mi obra que no esté referida, en forma secreta o explícita, al mundo sin límites que es para mí ese rincón de la región de Tolima, en Colombia”.

Quien se autodenominaba “retrógradamente monárquico por terca convicción”, lo cierto es que Mutis hizo de esta y otras controvertidas posturas ­y declaraciones una buena vía para manifestar su no menos próvido talante humorístico. Y decía que lo había heredado también de su padre –a quien perdió sin cumplir todavía los diez años de edad–, a la par de su admiración por Napoleón Bonaparte, y su dulce gusto por la vida, por el sibaritismo sin remordimientos, por los buenos vinos y la buena cocina, por la tertulia y los libros. Y así conoció sumariamente su fascinación por el mar, por los barcos y los viajes, por el tránsito de ideas y pasiones que mueven al mundo y sus habitantes, y que como torrente que brota a borbotones puebla su obra de irrefrenable imaginación.

También periodista en publicaciones colombianas como El Espectador, Álvaro Mutis publicó su primer libro de versos en 1948, y un lustro después, el poemario Los elementos del desastre, su primer trabajo de trascendencia y en el que aparece ya su mencionado emblemático personaje, que figurará de cuerpo entero en su ulterior y mucho más maduro Summa de Maqroll el Gaviero. A la par relacionista público de las trasnacionales Standard Oil, Pan American y Columbia Pictures, en su estancia en la  petrolera americana Esso en Colombia (más tarde, Ecopetrol) tiene que dejar el país por manejo de fondos, grave circunstancia por la que a mediados de la década de los cincuenta tiene que venir a México donde es perseguido por la Interpol y tiempo después encarcelado por más de un año en Lecumberri; de esa terrible experiencia en el llamado Palacio Negro nacería Diario de Lecumberri, su primer libro en prosa y un muy conmovedor recuento autobiográfico donde además pasa factura a sus detractores y sobre todo rinde tributo a sus muchos defensores del más plural ámbito cultural, entre otros, Luis Buñuel y Octavio Paz.

Premio Nacional de Letras de Colombia en 1974 tras la aparición de La mansión de Araucaíma, su inclusión definitiva en la novela rendiría sus más notables frutos hasta mediados de la década posterior con la publicación de la primera entrega de la citada saga sobre Maqroll el Gaviero, La nieve del Almirante, consumación de su precedente La verdadera historia del flautista de Hammelin. En esta especie de gran mural narrativo se condensan las mejores virtudes literarias de Álvaro Mutis, su estupenda capacidad para construir atmósferas y su propia vena lírica, a través de una densa prosa poética que seduce por su inclemente profundidad, por su sobre elaborado andamiaje narrativo, por su sensual delicadeza, por su fuerza expresiva, en la construcción de una de las más poderosas y vivas sagas novelísticas de la literatura hispanoamericana de la segunda mitad del siglo XX que resulta particularmente rica en la materia. En el centro, a la manera de su entrañable célebre paisano que ha confesado muchas veces haber recibido sus más generosas recomendaciones (“escribí El general en su laberinto guiado por mi amigo Mutis”), la elaboración de una sólida mitología personal que corre indómita por los cauces de los ríos colombianos.

Otra novela suya de obligada lectura es Ilona llega con la lluvia, consolidación de un robusto corpus literario que lo llevó a recibir en 1989 el Premio Xavier Villaurrutia; por su invaluable aportación al quehacer cultural mexicano, fue condecorado ese mismo año con el Orden del Águila Azteca. Autor también de Un bel morir, La última escala del Tramp Steamer, La muerte del estratega, Amirbar, Abdul Bashur, soñador de navíos y Tríptico de mar y tierra, Álvaro Mutis se hizo acreedor en Francia al importante Premio Médicis Étranger, así como a la Orden de las Artes y las Letras en el grado de Caballero. Premio Nonino, Premio Príncipe de Asturias y Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, en el 2001 recibió el Premio Cervantes, máximo reconocimiento a un escritor en lengua castellana. ¡Descanse en paz!


Texto © Mario Saavedra 2013
Todos los derechos reservados.


 

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