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LOS ILUSOS, poema de amor en verso blanco

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por Luis Miguel Madrid

Los Ilusos

Los Ilusos
Película dirigida por Jonás Trueba
Se estrena en La Cineteca de El Matadero, en Madrid – sala Azcona-, el 13 de abril de 2013.

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Cinco estrofas y un concierto.

Un montón de maneras de hacer una sola fotografía.

Se trata de Los Ilusos, segunda película de Jonás Trueba. Habla de él mismo, de sus amigos, de sus ambientes y del cine, los cines, de la vida envuelta en el pañuelo sonado de la imagen.

La primera fue Todas las canciones hablan de mi, una obra encantadora, muy bien acicalada, llena igualmente de cine, de Jonás, de tiempo, de paseos y de literatura.

Ambas dos tienen mucho que contarse, se ve claro que son familia, y por lo tanto, se notará con gusto la diferencia.

Ésta nueva tiene acentuado el encanto del descaro, ofreciendo un argumento desmembrado en un Madrid sin engalanar. El aire melancólico heredado se pasea por esquinas menos pintadas, por un Madrid igual de guapo pero más roto, o como dice Trueba, más coreano.

Por esas calles tan céntricas merodean estos ilusos personajes con el riesgo único de un destino totalmente incierto. Lo absoluto no vale. Todo lo preconcebido es inexistente. Las cosas, las historias, las formas de hacer o de vivir se acaban para que empiecen otras. Así sucede con las relaciones, con lo grande y lo pequeño de este viaje más bien absurdo que consiste en esperar.

Ni siquiera la obsesión suicida del protagonista adquiere valor mientras va buscando, quizás por esa manía que tiene la vida en llevarnos la contraria hasta tropezar con el sarcasmo: “no se puede filmar el suicidio sin ser un impostor, porque ninguno nos hemos suicidado antes”, le dice Perucho a León citando a Jacques Rivette.

La historia que se cuenta no es trágica ni triste ni tremenda. Los ilusos son seres preocupados, soñadores, provistos de expectativas, ingenuidad y buen carácter.

El ambiente resulta cotidiano y calmo. La acción transcurre con el ritmo costumbrista de los treinta y tantos. Jonás Trueba consigue hablar de sí con humildad bella, actualiza el Madrid de Mesonero Romanos con esencias posmodernas y aires muy variados.

De gran frescura, sugerentes, arriesgados, en verso blanco.

La plaza Mayor, la lluvia, los escaparates, los ojos de Francesco, la boca de Isabelle, los labios de Vito, los pasos de Aura, la calma de Mikele… actores teatralmente poéticos.

O la canción larguísimamente breve de Abel Hernández perfectamente envuelta en un rondo entrañable de ternura. La escena es peligrosa, “El hijo” puede emocionar a cualquier sensible desprevenido.

Otros momentos también sobrecogen.

Los paseos.

Las metáforas.

Las transparencias mudas que imponen las conversaciones sustituidas por el verbo del cristal.

Las recurrencias lindas, las repeticiones y las superposiciones.

Para leer Los Ilusos será preciso disponer de cierta sensibilidad donde la ternura se tropiece con la tristeza sin chocarse.

Para ver Los Ilusos no debe chocarse nada. Ni nadie.

Porque no es una peli de rompe ni de rasga. Los sucesos no portan astracán. Es una peli donde las cosas pasan para que pasen otras. Tranquila y sentimentalmente.

Porque son más importantes los detalles que las cosas.

El humor, por ejemplo.

Aparece con la incertidumbre de un plato de patatas bravas. Con ese humo que invita a dudar y a esperar para no quemarse.

Un humor sin aspavientos. Sin chistes. Con la apariencia de no ser premeditado.

Más tierno que largo, es un humor ingenuo, frágil, tan triste como cálido.

Su principal arma se llama Vito Sanz, la narración del encuentro de Bruno con el director Javier Rebollo es difícil de olvidar. De hecho, es una película entera que termina en Montevideo.

La estancia de Francesco Carril en el centro de las tablas está perfectamente acomodada. La metafísica suicida de su personaje es retratada con esa lejanía que produce el tallarín, la soja y el sashimi mientras lo va rumiando. Aura Garrido borda la larga sencillez de su personaje, enfermosamente maga. Mikele Urroz impone la ternura, y el resplandor de la calma, el contrapunto de Isabelle Stoffel, tan teatrera como teatral… ¡qué borrachera tan bien cantada!

Jonás sabe abrazar a sus actores hasta colocarlos en su sitio, plantándolos donde corresponde como si vivieran allí desde hace un trienio. Y se demuestra en los variados diálogos: decisivos, paradigmáticos o enigmáticos, llenos de cine.

Es decir, de nostalgia. Del cine que hubo, del que se pierde, del que hay, del que no volverá. O el que agarrado a un hilo sigue estando, con la personalidad recia y circunfleja de La Ilusa, una resabiada cámara de carácter disperso que trabaja en Súper- 16 mm, especializada en el preciosismo granulado del gris claro tirando a oscuro.


“Los ilusos” trailer de entretiempo

PAGO YO

por Teófilo Menta

Existe una nueva institución ética que describió estupendamente el imprescindible iluso Javier Lafuente -Jefe de la producción del evento-, refiriéndose a los artistas varios que colaboran en la peli: “No solamente trabajan con el mismo empeño, puntualidad y ganas con las que lo harían si estuvieran cobrando, además inventan y proponen fórmulas alternativas para que esto siga funcionando, y cuando te convencen para ponerlas en marcha, dicen: ¡no te preocupes… pago yo!

Ello enlaza con la capacidad inmensa que tienen Jonás y Javier para generar vida más allá de los dineros o los condicionantes de costumbre. Tantas ganas de contar tienen que el primer verso sale solo, y luego el título y después las imágenes, los mecanismos y los personajes que llegan atraídos por el ruido de compás. El argumento se hace a sí mismo con la paz del verso libre. Todo sucede con la parsimonia natural que tienen las cosas hasta que el cine se hace carne y el público se sienta.

Ciertamente la nada se parece al todo.

Otra conclusión es que esta peli no sirve para cualquiera. Que es para los que mantienen amoríos con el mundillo del cine o/y sus alrededores.

Se trata de un acto de amor profundo de quien quiere al cine más allá de cualquier tipo de religión. De quien lo vive y se retrata viviéndolo poniendo al entorno como tapadera.

Y es maravillosa.

(Como un paso de cebra de talla 93)


Texto © Luis Miguel Madrid
Fotografías © Eva Contreras
Todos los derechos reservados.


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