Ensayo Literatura

El juego de la palabra, un libro de Rafael Fauquié (fragmento)

Rafael Fauquié

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por Rafael Fauquié

Rafael Fauquié

El límite físico de todo ser humano es su cuerpo; pero, como una especie de lindero final o de tensamiento máximo, ese límite se extiende hasta donde lleguen sus palabras, trasciende hasta los lugares que ellas ocupan y hasta los momentos en que puedan escucharse sus ecos. Borges dijo que los seres humanos éramos, esencialmente, signos. Los seres de palabras seríamos, entonces, signos reflejados sobre otros signos; y la escritura que nos expresa sería una exacerbación de nuestra individualidad. Y hay algo de paradójico en el hecho de que la escritura, signo de otro signo, realidad irreal, afirme y extienda nuestra presencia; que cobremos una mayor dimensión o un más nítido sentido gracias a la irrealidad de las palabras que enunciamos. Hay también algo de peculiar en el hecho de que la realidad pueda hacerse menos áspera o más soportable por medio de esas voces que escribimos. Este último fenómeno, sobre todo, es algo que cualquier ser de palabras conoce muy bien: a la realidad excesiva y contundente, obesa y torpe, puede siempre oponérsele la ligereza, la alada irrealidad de las voces. “El peligro para la vida es de asfixiarse bajo el peso de la existencia”, dijo alguna vez María Zambrano. Para no ser asfixiados por la existencia, para sobrevivirla, los seres de palabras nos entregamos a nuestro juego. Hacerlo es una respuesta y un conjuro en contra de la incesante intromisión de lo real en nuestras vidas.

Irrealidad de la escritura e irrealidad de las razones que conducen hacia ella; importancia de lo irreal que no deja de albergar un peligro para los seres de palabras: clausurarnos en medio de nuestros espejismos, aislarnos excesivamente al interior de nuestro mundo de deseos y propósitos y sueños. Lo que nos consolida en nuestras voces, lo que nos centra en nuestras creencias y fantasías y memorias puede, igualmente, colocarnos peligrosamente al margen de todo lo que nos es exterior. El conjuro de la incomunicación sólo podrá llegar junto a nuestra curiosidad y junto a la capacidad de convertir nuestro juego de palabras en un acto ético que nos humanice, que muestre nuestra humanidad, que nos comunique desde ella. Ética de la escritura que es, de alguna manera, una justificación de la escritura a través de la dignidad de lo poético. Octavio Paz, en el último capítulo de su libro La otra voz (1), otorga al término “poético” un rango casi cósmico; todo lo armonioso y pleno, todo lo que dentro del universo humano alcance un sentido de equilibrio, de armonía y plenitud es definido de “poético”. Según Paz podría hablarse de poesía en relación a comportamientos y comunicación humanas, en medio de realidades políticas y de espacios culturales. Todo cuanto dentro del cosmos de los hombres logre expresar solidaridad o fraternidad posee, según Paz, rasgos poéticos. Por su parte, Edgar Morin, en su libro Amour, poésie et sagesse (2), coloca el calificativo de poético sobre las cosas más estrechamente relacionadas con la individualidad. Maravilla, ilusión, sueño, esperanza, sensibilidad, sorpresa, creación son consideradas por Morin como actitudes “poéticas”. Morin concluye que la poesía nace, esencialmente, en la pulsión de algunos seres de palabras por nombrar, en total libertad, sus más genuinas visiones, sus comprensiones más legítimas, sus descubrimientos más auténticos. Existe poesía, dice Morin, en el acto de un individuo que decide nombrar lo más verídico y pleno que haya en él. Sin embargo, en un determinado momento, aclara: “el individualismo posee una cara luminosa, clara: son las libertades, las autonomías, la responsabilidad. Pero también posee una cara sombría (…) la soledad, la angustia.”

Así, pues, la individualidad posee dos rostros posibles: uno, que sugiere autonomía y otro que expresa aislamiento; uno que alude a libertad, otro a clausura; uno que señala creatividad, otro que sólo dice silencio; uno fundacional y adánico y espermático, otro epigonal y decadente y agónico. Para Morin, lo poético sería, pues, el impulso creador capaz de trascender los estrechos límites de una individualidad clausurada hasta alcanzar una válida comunicación con lo colectivo y lo plural. Poética sería la proyección de un yo irradiéndose hacia el afuera en medio de la belleza o la intensidad o la corroboración o la exactitud.

Entre todas las posibilidades que ofrece la escritura, hay dos que, rotundamente, se oponen: una, la que sugiere al ser de palabras la posibilidad de escribir para esquivar la vida, para inventar otra vida muy distante a la que enfrenta cotidianamente; otra, la que le ofrece la oportunidad de aprovechar mejor las experiencias vividas. Esta segunda opción no cesa de sugerir para cualquier escritor y para cualquier lector, que la vida pueda ser entendida como un camino y como un escenario. Pero tanto para la primera como para la segunda opción, existe el mismo riesgo de clausura o lejanía o inhumanidad para el ser de palabras arrastrado por una voluntad de distanciarse de casi todo. Y como dije antes: nadie puede alejarse demasiado de los afueras que lo rodean. En algún momento, siempre será necesario el acercamiento, el compromiso con eso a lo que el yo está obligado a enfrentar. Como una forma de conjuro ante el solipsismo en que ella podría convertirse, la escritura precisa hacerse diálogo, vocablo de comunes comprensiones. El ser de palabras necesita enfrentar las limitaciones o deformaciones de su individualismo naturalmente egoísta a través de una escritura concebida como encuentro, construcción compartida, diálogo de humanizaciones.

En 1954, Paul Celan escribió un poema al que tituló “Habla también tú”. En él expresó el sentido ético de una escritura capaz de nombrar el camino humano y de nombrar al ser humano que lo recorre. “Habla también tú –escribe Celan- sé el último en hablar,/ di tu decir./ Habla (…)Y da a tu decir sentido: (…) ve cómo alrededor todo se hace viviente (…) Asciende. Tanteante, asciende.” Estas palabras parecieran ser una continuidad de aquellos textos de diez años atrás, una continuación de aquel desgarrador poema, “Fuga de la muerte”, que había sido escrito por Celan en un campo de concentración. ¿Continuidad? ¿Corolario? Acaso ambas cosas; en todo caso: necesidad, asidero, redención. Como dice Celan: es preciso nombrar eso que nos resulta necesario, nombrar, decir eso que sólo a nosotros pertenece y eso que sólo nosotros podemos describir. Haciéndolo, de alguna manera, creamos vida: para nosotros mismos y para quienes nos leen nuestras palabras se hacen “vivientes”. Señala Celan, además, que el poeta, al escribir, “asciende”; o sea: se eleva junto con sus voces; se sobrepone a las incertidumbres que lo envuelven y se aferra a su arte. Y Celan, como nadie, fue capaz de mostrar muy humanamente su manera de “ascender”: primero, escribiendo textos que le permitieron resistir al infierno y a las ruinas; luego, comunicándonos una imagen de lo poético como sublimación y refugio. Que su vida haya terminado trágicamente, que sus palabras no lograsen rescatarlo de sus propios fantasmas y pesadillas, no oculta el hecho de que, con su escritura, supo comunicar su humanidad, humanizar su arte; identificar en éste, y hasta el mayor de los extremos, estética y existencia. Y esto, acaso, sea una de las más firmes y válidas opciones del arte de nuestros días. Lo que nos dice Celan acerca de la necesidad de que el poeta sea “el último en hablar”, sugiere eso mismo que nuestro presente no cesa de transmitir: que se está acabando para los hombres el tiempo de escucharnos sin entendernos; que ha llegado para los seres humanos el tiempo de compartir, de aprender de los otros, de todos los otros; de comunicarnos con los otros, con todos los otros.

1 La otra voz, Barcelona, Seix Barral, 1990

2 Paris, ed. Du Seuil, 1997

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