Literatura Poesía

Entrevista al poeta Javier Cristóbal

Javier Cristóbal


spacerPor: Armando G. Tejeda

Javier Cristóbal hace con las palabras lo que tiene que hacer un poeta: las voltea y las hurga con violencia, las azota, las sorbe, las pisa y las abraza, las arrastra y las aplasta, las limpia y las desarma. Así lo ha hecho en los dos libros que ha publicado hasta ahora, Genealogía de lo imposible (Vitruvio, 2011) y el más reciente, Feroces de pensamiento, un hierro candente de furor oculto, de silencio fantasmal ante un mundo que duerme y bosteza.

Este poeta nacido en Madrid en 1973 invoca a la “revolución de los contenidos” para crear con palabras significados que palpiten. Que tengan un latido vivo y salvaje. Así lo explica en esta charla con Babab.com, en la que también publicamos una selección de sus poemas. Una breve, pero representativa muestra de su poesía, en las antípodas de las palabras despojadas por los salones caldeados de la conformidad.

Armando G. Tejeda: Como poeta dices que has pasado por tres facetas o estadios: la parte de camello, la de león y la de niño… ¿Podrías explicarlo?

Javier Cristóbal: Es una influencia clara de Nieztsche y de su libro Genealogía de la moral, que fue el primero que leí de él. Y en el que descubrí esa sensación de tener sobre los hombros un montón de contenidos culturales y de pensamientos o sensaciones que quieren expresarse y que a veces es difícil encontrar la manera. O, sencillamente, encuentras el silencio como forma última. En este sentido, el libro Feroces de pensamiento pretende ser un rugido. Una gran apertura de ojos y de lucidez. Y una afirmación de que esto ya no puede seguir siendo así desde una cierta sensación de salvajismo. Y aspiro a tener también a ese niño que al final afirma. Es decir, más allá de la negación, hay un niño que juega. Porque la poesía es un juego lingüístico, de palabras, del lenguaje en definitiva… Y espero que sea un juego profundo y ligero. Es ese juego del niño el que me gustaría alcanzar en mi poesía.

A.G.T.: Tu acercamiento a la poesía y a la escritura ha sido precoz. De hecho eras muy joven cuando ya empezaste a jugar con las palabras, pero también a sentir esa necesidad de expresar esos contenidos, pensamientos y sensaciones…

J.C.: Así es. Recuerdo sobre todo de pequeño algunas lecturas, como las de Miguel Hernández, con la Elegía. Pero creo que hubo un momento fundacional, que posiblemente lo haya tergiversado o mistificado con el tiempo, que fue una lectura de un poema de Gabriel Celaya. En concreto la que decía: “Quizá no haya camino, quizá cada momento sea ya un total que se basta a si mismo”. Y aquellos versos los memoricé con 15 o 16 años y para mi escondían un tesoro que palpitaba. Desde entonces me di cuenta de que yo quería escribir cosas que por dentro palpitaran. Que latieran. Porque aquello latía y al mismo tiempo era un misterio que me estaba desvelando algo o más bien me sugería una revelación que nunca se mostraba del todo.

A.G.T.: ¿Y crees que has encontrado en alguno de tus escritos este palpito iniciático?

J.C.: En algunos momentos creo que sí. Cuando te quedas satisfecho con un poema. Y probablemente en los poemas más breves, en los haikus, o cuando en un poema aparece una especie de esfera invisible entre el poeta y el lector y ahí este misterio lleno de energía y de luz. Y ese es el palpito.

A.G.T.: La poesía ha reflexionado tanto sobre el hallazgo poético, la revelación y el misterio más profundo del poema que a veces parece que está circulando de forma permanente en su propio interrogante…

J.C.: La poesía tiene que ser revelación. Tiene que ser contenido. La poesía es una poética y en mi forma de verlo, aunque sé que muchos poetas no comparten esta visión, también es y debe de ser filosofía. La poesía es contenido y revelación utilizando la belleza, el ritmo y todas aquellas cosas que son inherentes a la poesía como la musicalidad, los silencios, la respiración… Que en conjunto lo que hacen es levantar un momento el telón de la cotidianidad y aparece un misterio palpitante. Y luego vuelve a cerrarse ese telón, pues uno no puede vivir en ese misterio de forma permanente.

A.G.T.: Creo que, al menos desde el siglo XX, ya hay cierto consenso de que la poesía es reflexión, filosofía, hallazgo y misterio…

J.C.: Quizá en el siglo XX y lo que llevamos del siglo XXI puede ser, pero también están aquellos que pensaban que el culturalismo debía de estar al alza o lo que defendían los Novísimos en España.

A.G.T.: Pero los llamados Novísimos eran poetas muy diferentes entre sí, que en cualquier caso no compartían ni una propuesta estética ni un movimiento literario, al menos como los hemos conocido hasta ahora…

J.C.: Es así. Digamos que José María Castellet los juntó en una gran antología, pero creo que sí que había una preocupación en común, que era la de apuntalar una revolución formal en la poesía. Y yo, de algún modo, estoy más preocupado por una revolución de contenido más que de forma. Me parece que las formas no están agotadas, al contrario de lo que afirman algunos de que la novela está muerta o que ya todo está dicho. Cada época requiere que se digan las cosas que convienen al momento histórico. Entonces las formas siguen siendo apropiadas. Por ejemplo, yo escribo en verso blanco o en verso libre, porque a mi la rima no me parece una forma de expresarme e incluso creo que tiene hasta algo de ridículo. Cuando uno escribe en rima hay que tener mucho cuidado en no caer en lo grotesco, pues la rima puede producir risa. En otras épocas, como en el Siglo de Oro, a lo mejor había formas más constreñidas en las que las métricas eran las que funcionaban. Y desde luego se decían cosas, ahí esta Garcilaso o, más acá, las grandes cosas que dijo Antonio Machado en rima. Pero digamos que vives en la tensión entre la forma, la voz que de alguna manera es la tuya y que busca su propio ritmo, pues al final el universo es ritmo, pulsación… Las estrellas, las galaxias, tu corazón o el corazón de los animales pulsan. Todo es ritmo. Entonces si la poesía quiere introducirse en un cierto misterio tiene que participar del ritmo. Y si hay ritmo y hay revelación empezamos a aproximarnos a lo que es poesía.

A.G.T.: ¿Y esa revolución de los contenidos en que consistiría?

J.C.: En Feroces de pensamiento sostengo que la ferocidad no es una naturaleza de las cosas. Es decir, no se pueden hacer cosas feroces. Se puede ser feroz haciendo cosas. Son cosas muy diferentes. Por eso creo que ya está superado el realismo sucio, que pretendía que había una serie de cosas feroces y que teníamos que hablar de ellas, como escribir polla, tetas o follar, y eso parecía que ya era ser feroz. Ser feroz es distanciarse de los lugares comunes, de los tópicos… Y digamos que en mi revolución yo lucho contra los tópicos y en esta época de crisis necesitamos más que nunca recrear el lenguaje. Necesitamos reconquistar los espacios de pensamiento y ahí es donde tenemos la última barricada. Vivimos una época en la que vemos imágenes pretendidamente feroces pero que esconden un pensamiento domesticado.

A.G.T.: De hecho da la sensación que el pensamiento aparentemente más rupturista y vanguardista en el fondo es producto de un sistema acartonado, que lo digiere y lo tritura todo…

J.C.: Una posible lectura de la civilización es la de ver cómo se han utilizado a lo largo de la historia medios para domesticar el pensamiento y acallar a las figuras más radicales, en el sentido etimológico del término, el que va a la raíz de las cosas, para reivindicar figuras más cómodas con el poder. Yo no tengo duda de que ahora estamos en un momento histórico que es trágico y dramático. Es un momento en el que hay que romper con la tradición y, como decía José Ángel Valente, el poeta es el guardián del fuego. Es el que tiene la responsabilidad de avisar. Pero sin que la poesía deje de estar al servicio de si misma y no de otra cosa. Decía Jean Cocteau que la pureza de una revolución solo puede mantenerse quince días. Por eso a un poeta, revolucionario en el alma, solo le interesan los cambios de frente del espíritu. Y esa idea creo que está en el hilo conductor de lo que yo escribo.

A.G.T.: ¿Y dónde se queda el compromiso del individuo, aunque sea poeta?

J.C.: Mi compromiso como poeta es conmigo mismo y con mi propia honestidad, que me exige no tergiversar mi visión de la realidad para no acomodarme en ningún tipo de moda. Si la poesía está al servicio de algo puede peligrosamente convertirse en esloganes. En propaganda. Hay que recordar otra cosa que decía Valente, que había que despragmatizar a la poesía. Porque la poesía solo en un segundo momento es comunicación; en el primer momento es creación, es recuperar espacios y llenarlos de sentido. Y si mis espacios de pensamiento yo no los lleno y los dejo vacíos y estériles, lo que sucede es que de forma inmediata son colonizados por el dinero. Estoy convencido de ello y de que el dinero tiene una moral, un alma y se aprovecha de todos los espacios en los que las personas no han ocupado de una manera feroz, salvaje e independiente su propio pensamiento.

A.G.T.: Es interesante esta idea de recuperar o reconstruir un pensamiento que ya asumimos como algo digerido o impuesto, desde un momento en el que el lenguaje, al estar vivo, ya no nos es ajeno. Digamos que las palabras nos dejan de significar, como puede ocurrir con palabras como “amor”, “sexo”, “libertad”…

J.C.: Efectivamente. Son palabras despojadas. Es una metáfora de lo que nos contó Orwell en su gran novela sobre el poder, 1984, en la que se van creando diccionarios cada vez más pequeños, en los que hubiera menos palabras y por lo tanto menos espacio para la creación del individuo. Porque de verdad pienso, como dijo Nietzsche, que el ser humano no es un animal gregario. Y por lo tanto mi poesía pretende ser mi forma de reivindicar que el mundo lo veo muy diferente a como me dice la estructura del poder que es. Y pretendo animar a los demás a que lo vean a su manera, ni mucho menos a como yo lo veo, simplemente a su manera pero desde la conquista del pensamiento crítico y feroz. La libertad no es un regalo, se conquista. ¿Qué somos, si no somos construcción de sentido? Si abandonamos nuestra forma orgánica solo somos eso. Y si la construcción de sentido la vivimos de una manera vicaria, de segunda mano, porque ya viene construido el sentido desde afuera, entonces no somos nada. O somos una existencia desperdiciada, anodina, plana, inservible y trágica.

A.G.T.: Hace rato hacías mención al “momento actual”. Pero yo me pregunto a qué momento, pues estamos viviendo una época muy compleja, en la que hay muchas interrogantes abiertas, no solo la económica y la que habla de una crisis sistémica. Vivimos por un lado un momento en el que se produce de forma industrial seres automatizados con escasísima capacidad de razonamiento, pero también un momento de una crisis severísima que genera desazón y destrucción. En definitiva un momento en el que parece que el mundo se encamina a la intemperie…

J.C.: Yo desde luego veo que, efectivamente, estamos en un fin de ciclo. O fin de época. El punto y final de la era de la industrialización. Ya terminó la mal llamada revolución industrial y estamos, se supone, en la postindustrial o postmodernidad y en el relativismo absoluto. Y quizá en esta época hay dos ejes fundamentales: por un lado la globalización, que lo único que ha logrado es que el dinero se haya emancipado del ser humano. Digamos que el ser humano va por un lado y el dinero por otro. Y la otra pata está en la revolución tecnológica de las comunicaciones, en la que lejos de ser más activos y participativos en la vida social y política, en realidad lo único que se ha democratizado es la superficialidad y la estupidez. Y se le ha impedido a mucha gente a profundizar. Estamos constantemente navegando en una superficie vastísima e infinita, pero solo en la superficie, nunca cavamos en nada.

A.G.T.: La tecnología nos castra la capacidad de entendimiento, de profundizar…

J.C.: Nos hace confundir lo urgente con lo importante. Nos hace vivir con un ansía permanente en la que el dinero y el consumo están presentes, así como las relaciones superficiales que nos crean una falsa ilusión de comunidad.

A.G.T.: De alguna forma es el gran fracaso del humanismo. De la parte más noble que hemos tenido como especie, la que nos ha permitido desarrollar esa capacidad de entendimiento y de expresión que ha hecho posible que existan la poesía, las artes, la música…

J.C.: Sí, y sobre todo lo que se ha creado fuera de los salones caldeados de la conformidad. Ahora mismo tiene que haber mucha gente creando al margen de esos salones, pues ahora la gente tiene que salir a la intemperie hospitalaria, la que no tiene arquitecturas ni estructuras de poder que pretendían diseñar un poder ecológico y espacial, como decía Foucault. O, como decía Hölderlin, la primavera nacerá de la destrucción. Esa es una idea muy ácrata, que no habla de una destrucción material sino del pensamiento para acabar con muchas certezas y mandatos.

A.G.T.: De hecho la propia poesía está muy devaluada. Digamos que ha sido expulsada a la periferia de nuestra civilización…Por ejemplo, en España, tierra de poetas, viven relegados y hasta diría que son vistos con recelo.

J.C.: El otro día, cuando le dije a una señora mayor que iba a presentar un libro de poesía, ella me respondió que la poesía no le gustaba porque era muy cursi. Y pensé hasta que punto hemos llegado para identificar así a la poesía, que lo único que pretende es decir en las menos palabras posibles lo más posible. Si uno tiene muchas palabras vive mucho más porque es capaz de aprehender muchas más cosas de la realidad. Y vivir con más intensidad desde una borrachera nocturna hasta una noche amorosa con una mujer o un paisaje de montaña. Todo eso, gracias a que uno ha horadado con palabras en su interior, tienes más espacio para llenarte.

A.G.T.: De hecho en tu poesía está muy presente el mito de Sísifo…

J.C.: Así es. Estamos permanentemente levantando esa roca con un esfuerzo ímprobo, sabiendo perfectamente que se nos va a caer. Pero, como hizo el niño de Nietzsche, es bonito hacer un castillo en la arena de la playa, que se lo lleve la ola y reírse sinceramente. Eso es para mi la máxima sabiduría. Cuando se consigue eso creo que se está en el misterio de la existencia. Reírse y celebrar lo efímero, saber que la muerte va conmigo y que por eso vivo mucho más.

spacerPOEMAS DEL LIBRO FEROCES DE PENSAMIENTO

 

MAQUINAS TALADRANDO EL CEMENTO

Soy un ser en busca de silencio
y tal es mi furor que ni estar muerto
parece corolario suficiente:

¡Qué débil es mi muerte contra este
triunfo inagotable de la vida!

PODEMOS NO SER HIMNOS DESTRUIDOS

Si parece irrebatible
que lo que nos hace hombres
lo que nos alza o degrada
lo que al fin nos diferencia
del resto de criaturas
es lo que llamamos pensamiento:
entonces no nos queda más remedio
(si no queremos ser
animales domésticos)
que pensar con osadía

Feroces de pensamiento

 

 

ANTES DEL EXTERMINIO

Yo no escribo para ustedes

Escribo para sus hijos
esos que aun no han nacido
Quiero que sepan que el hombre
ha de ser un precipicio
un trallazo de peligro

Abandonad los refugios
haced a la mar el mundo
Sed fieros e inconsolables
sangrad si sangrar es justo

Existid como un inicio
del tiempo en cada segundo

 

TANATHOS

A Diana, en el espejo: traviesa y
deliciosa como Eros

Sabía que vendrías, lo lamento
no tengo casi sangre en la nevera
Si quieres proseguir tus sortilegios
tendrás que reventarme la cabeza,
beber de mis entrañas su misterio,
y al tiempo que la luz se hace más blanda
desabrochar tu cuerpo, las braguitas,
los pliegues de la piel entre tus muslos,
y hacérmelo despacio, condenada,
que quiero de tu miel todo el silencio

 

 


Copyright © 2013 Armando G. Tejeda
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