Narrativa

«El hombre agujereado», de José Pons, nuevo lanzamiento de Bohodón Ediciones

El hombre agujereado

Bohodón ediciones presenta una nueva novela, El hombre agujereado, de José Pons. De ella se ha dicho:

«El hombre agujereado es una sarcástica y despiadada metáfora del hombre moderno».

«Hay párrafos que aunque no dijeran nada es un placer dejarlos discurrir por tu mente y disfrutar su cadencia…».

«… si literariamente es una dramática y bien mantenida alegoría, cuyo léxico y sintaxis reclaman una delicada atención del lector para gozar el denso y cambiante estilo que se ajusta a las sinuosidades sicológicas de los personajes, temáticamente, El hombre agujereado supone un extraordinario esfuerzo por desentrañar la condición humana en unas circunstancias socio-económicas como las actuales en las que la ausencia de valores, condenan al ser humano a una esclavitud, aceptada como norma, que le destruye aunque siga respirando su vida y pululando por un mundo igualmente destruidos».

A continuación reproducimos el primer capítulo de esta novela que se presentará el próximo 13 de diciembre en María Pandora, Madrid.

El hombre agujereado

I

Taras advirtió una vez más cómo se le abría la carne.

Algo de sangre —mínima— y luego un vacío —¿vacío físico o era más bien una sensación de vacuidad, de inconsistencia personal lo que experimentaba? No podía asegurarlo—. En el entorno de la oquedad, la piel volvía a quedar completamente tersa, como si nada hubiera ocurrido.

Se abrió escasamente el pantalón y comprobó que efectivamente el cosquilleo experimentado antes en la cadera derecha, mientras trabajaba, se debía al mismo suceso. Pero aquel santuario no era lugar para comprobación ninguna que le distrajera de su dedicación laboral.

Siguió camino de casa y, antes de llegar, el fenómeno se repitió doce veces: la piel se encrespa en forma de vejiga purulenta, luego explota al alcanzar, más o menos, los tres centímetros desde la superficie del cuerpo y… nada. Sólo sensación de algo escapándose, acaso esa sensación de vacuidad o de inconsistencia corporal. Y enseguida, el hueco haciéndose: escasa sangre que se reabsorbe con rapidez y la carne con total limpieza se abre dejando un nuevo agujero de siete a diez milímetros de ancho, bien circular, bien elíptico, incluso cuadrado, nunca rectangular, al menos hasta el momento.

«La piel esta quedando preciosa», ironiza su pensamiento, «no todos los días se convierte uno en un cedazo».

De pronto, la preocupación desciende como una nube pesada y oscura que, integrándose en él, lo inmoviliza y tensa. Y suda. Suda porque es su manera corporal de indicar que algo no funciona bien ya en su sique: «me estoy volviendo loco y estos ojales en mi piel no son otra cosa que fantasías de mi mente»; ya en su cuerpo, en cuyos recién abiertos agujeros prueba a meter los dedos.

«La gente me estará observando» barrunta. «Sí, mira cómo disimulan; aparentan no darse cuenta, pero me, me, me… ¿escudriñan?… ¡porque la gente es hipócrita! Fingen no verme, pero les asquea mi aspecto». Es la mente preocupada de Taras la que se expresa así y acelera el paso. Quiere esconderse, sumirse en sí mismo, tal vez por uno de esos múltiples agujeros que pespuntean su piel. Desaparecer, en definitiva, es el deseo. Le invade el pánico: «claro que, ahora eso, ahora, no debe importar, lo que ahora importa es detener el fenómeno, averiguar qué me pasa antes de que…». Precipitadamente mira a un lado y a otro; busca algo: le urge encontrar un lugar solitario, apartado, íntimo, donde poder analizar su cuerpo. «Allí enfrente hay un bar», piensa en sus lavabos. Pero claro, una vez dentro del bar «¡también me mirarán!, ¡no seré bien recibido por los camareros o por el dueño! En esos lugares está reservado el derecho de admisión y un caso de enfermedad cutánea como la mía…» será, sin duda, piensa Taras, la tarjeta que justificará su indeseada presencia seguida de la vergonzante expulsión bajo la crítica mordaz y desdeñosa mirada de todos los biempensantes asistentes a la cafetería. Recuerda que hay unos antiguos urinarios en la plaza siguiente, por regla general sin vigilancia, «según dicen, porque yo, claro, nunca he entrado ni entraría, por supuesto, en ese tipo tan vulgar de mingitorio, carente de higiene», a no ser que estuviera sufriendo una situación tan comprometida como la que vive ahora; razón suficiente para encaminar hacia allá sus pasos. Los cincuenta metros hasta la plaza deseada se le hacen infinitos. Aunque la gente, atada a sus destinos, le ignora, él está convencido de que le observan, le vigilan, le acechan, le acosan, le reprueban, censores, el origen, sin duda vicioso, por supuesto, venéreo, de sus orificios.

Efectivamente la entrada de los urinarios está despejada. Una vez dentro, en uno de los retretes, mira sus indoloros agujeros, huéspedes inocuos de la estancia de su piel. Se ausculta, se toca, se palpa, se presiona. No lo entiende. No entiende nada: no hay dolor, no hay efervescencia febril, ningún tipo de malestar ni síntoma alguno de enfermedad ni grave ni leve. Algo debía ocurrir por su cuerpo, por su cabeza. Se desespera. No entiende. Pero vaticina que algo terrible se le avecina, se le debe estar avecinando. Sin duda un mal horrible y desconocido, probablemente sin cura. Escucha las erupciones y escruta la aparición de los nuevos agujeros: «va demasiado deprisa» piensa angustiado. Se agudiza su pánico. En cualquier momento le sobrevendrá la muerte y, allí, solo, en ausencia de sus seres queridos, en un lugar cualquiera, en un lugar indigno y miserable, para afrontar su final.

Hecho insoslayable, este de la muerte, que él siempre lo ha pensado solemne, arropado por familiares, amigos, ahíto de amor e impotencia, aunque pleno, claro, de dolor y tristeza. Se echa a llorar pero, enseguida se contiene: «cualquiera puede escucharte, cualquier desconocido puede venir a inquirir el porqué de tu llanto, a consolarte, y ¡qué vergüenza!». Decide salir. No, no decide: huye acuciado por el pánico, abrochándose los pantalones, la camisa luego, la chaqueta a continuación. La gente, ahora sí, le mira. La gente le está mirando. Se siente inmerso en tinieblas tenebrosas, abrasadoras, «¿es esto el infierno tan temido?» se pregunta. Se siente terriblemente mal y vuelve al retrete. El tiempo se le ha convertido en algo intransitable, extrañamente pastoso, que no discurre y que le aguijonea más cuanto más estático se convierte. Y sin quererlo, permanece sin saber qué hacer. Allí no puede continuar escondido, «antes o después va a entrar alguien, antes o después tendrán que limpiar, antes o después con todos los servicios ocupados, la persistencia de alguien incitado por la necesidad fisiológica golpeará la puerta exigiéndome que salga; mi familia antes o después me buscará; la hora de cierre tendrá algún control. No puedo hacer de este sitio hediondo y coyuntural un refugio definitivo» desbarra la mente de Taras, espoleada por la desesperación empavorecida. «Y morir así, allí en lugar tan hediondo. ¡Solo! La solución está en algo distinto». El tiempo le instiga con acuidad. Sale del retrete ahora que nadie viene, se echa agua en la cara y vuelve a su cubículo. Vuelve al grifo y trata de secarse con el papel del toallero automático. Se asusta de sí mismo: al otro lado, el del espejo, ve un rostro transfigurado por el terror que nada tiene que ver con él. La visión de aquel espantado, esperpéntico personaje, que no es sino él, tiene la virtud de devolverle a la realidad. Se reconoce y respira aliviado una y otra vez.

Ello le permite advertir que aunque ha corrido en su contra, el tiempo se ha empastado y nada le ocurre que comprometa vitalmente su existencia por más que se esté convirtiendo su cuerpo en una continua erupción con la aparición de sus consiguientes y diminutos cráteres.

Y como la esperada muerte, por lógica de su mente aterrorizada, ve que no se produce, ya por vía de efusión sanguínea, ya por fallo fisiológico, se atreve a mirar por el interior del perímetro de uno de los agujeros donde han coincidido varios en proximidad tan cercana que los delicados contornos se han roto produciendo un hueco de un tamaño suficiente como para mirar dentro, hacia su interior. Respira profundamente y mira. «Qué raro». Y comienza a relajarse. «Qué raro». Y la relajación continúa porque aunque él no sabe nada de estas técnicas, de tan moderna aplicación en occidente y de tan antigua existencia en oriente, lleva ya un rato, desde que le asustó el tipo del espejo, respirando, intuitiva, acaso instintivamente, de manera profunda, larga y pausada y su cuerpo y su mente se van serenando gracias a esta milenaria técnica. Y aunque lo que ve le produce cierta repugnancia, esta, enseguida, se transmuta en curiosidad. Y sigue su rítmica y prolongada respiración.

Lo que veía era un hueco oscuro, muy oscuro donde, en principio, no se distinguía nada y luego, acercándote más, forzando la vista, y ayudado de alguna luminaria —por ejemplo, el mechero que siempre lleva para prender el cigarro a los jefes que fuman—, se vislumbra, con toda nitidez, el interior del cuerpo, una diminuta estancia abovedada, donde habitan en contraste de luces y sombras, venas y arterias, músculos, tendones, grasa, el hueso, efectivamente, blanco, que encierra las vísceras, como cárcel opalescente en unas partes y, en otras, sirviendo de soporte a su recia anatomía. Un escalofrío como un impacto lejano, amortiguado, cuyo eco va perdiéndose progresivamente por sus tejidos, le recorre el cuerpo. Y sonríe. Y respira aliviado. Extraña, paradójicamente, aliviado.

Así pues del susto inicial pasó a una actitud expectante y por fin alcanzaría un displicente estado de costumbre: el ser humano, de su cuerpo, sólo suele acordarse cuando le duele y como no dolía y como no avanzaba hacia una situación que pudiera onsiderarse patológica o letal…

De todos modos, al entrar en casa, sin saludar, rehuyendo encuentros con los niños, con su mujer, se apodera del teléfono del dormitorio, al que accede como exhalación imposible, para consultar con Nilás, su médico y amigo de toda la vida.

—Sí, sí; vente para tu tranquilidad. Pero, ya te digo, que no es nada grave, antes bien… —Iba a bromear Nicolás que ahora se le acabarían las preocupaciones, los dolores, todo aquello que pudiera de alguna manera perturbarle porque por los agujeros se le escaparían todos en tropel como huye la hojarasca sometida al vendaval, pero la lógica ansiedad de Taras se lo impide.

—Sí, sí, a cualquier… No; no tienes que pedir hora.

Con el teléfono aún en la mano el pensamiento se le va a los enigmáticos ojales que le pespuntean la piel: «carece de importancia, dice el listo de Nilás. Como a él no le pasa. Será el protocolo médico, sin duda; no va a decirme que me estoy muriendo. Qué cosas tan extrañas», y su pensamiento se adentra en la cuestión de cómo afrontar la comunicación con la familia: «A los niños, de momento, no decírselo, pero a Rora es una tontería tratar de ocultarle la evidencia de lo que ocurre en mi cuerpo en cuanto me acerque… Y siempre nos decimos todo, sea bueno o malo».

—Vamos a ir a ver a Nilás que mira… —le muestra el brazo— y aquí… Estas llagas… — esconde el grueso de los orificios para minimizar la impresión en su amada.

—A que no duele —le responde esta con una sonrisa despreocupada—. Mañana. Le llamo y mañana vamos. —No duele —concluye, sin que podamos averiguar en el tono de su respuesta si afirma o pregunta.

—¡Vamos ahora! Ya le he llamado yo— «Qué despreocupada » piensa Taras «¿O es que ha sido siempre así?».

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José Pons Carlos-Roca nació en Madrid hace ya más de medio siglo. Su vida discurre, entre letras: lengua y literatura, bien por su dedicación a la docencia; bien, por crearlas, en forma de poesía (dos premios lo avalan), en forma de narrativa (varias colecciones de cuentos y en forma de teatro (una veintena ente obras largas, breves e infantiles); sobre todo, en forma de teatro en el que se emplea como actor y director de sus propias obras cuando se cansó de hacerlo de las ajenas, lo que le ha llevado a países como Polonia, Portugal y por supuesto, a numerosas ciudades de España.


Texto, Copyright © 2012 José Pons / Bohodón Ediciones
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