Narrativa

La torva insomne

Princesa Hernández M.

La torva insomne*1por Princesa Hernández M.

 

Amor es mar,
Y en sus olas, anegar mi paz porfía.

Tirso de Molina

I

Primer naufragio

Desde mis humedades navego en El amor es un juego solitario. Escucho la acrecentada paz de la voz tímida y perturbada de Clara, la casi adolescente que ama a palabra y carne a Elia, naufragio central de esta historia. Elia, insegura de su voz, —indica que debe ser leída con recelo— se desliza en un viaje cansado, perturbado e imaginativo (a Elia le gusta soñar); tras ella un poeta joven la seduce, la sueña y la asecha pero el poeta no sabe que a los soñadores no les gusta ser soñados.

La marea sube y yo me dejo llevar, y mar adentro las encuentro, a Clara y Elsa envueltas en una marea roja, cada una con sus lunas y su tiempo, amenazadas por la densidad de sus sales y de su sangre, mujer amando mujer, ser ella sin ser la otra, beber del origen de todo pecado, de ahí, de la lluvia, del rocío de los labios que no hablan y sólo sienten.

 

II

Lluvia de arena

Esta historia comienza en el hastío: la ninfa convertida en errante fantasma del desierto; su desierto convertido en marchas trabajosas y alienantes que no llegan a ningún puerto. La arena caliente, las dunas, los espejismos que no son presagios de esperanza2, es ella, Elia la protagonista de una historia de labios secos, saliva pastosa, vaginas como frutos maduros y podridos, simios que buscan envestir en la primavera. Elia, la dulce mujer treintona adinerada y aburrida, la ninfa fina y sensual, la de piel con pecas y amorenada por las primeras semanas de la primavera —tenue color el de su piel que solo pueden tener las mujeres mimadas y perezosas que se tumban desnudas en las sábanas de seda a dejarse lamer por la luz del sol.  Un bamboleo constante, ella es el barco encallado perpetuamente, la navegación perdida en la quietud.  La luna la invita a la lujuria en las noches de desierto, ese, aquel que toma forma de un cuarto desesperado, insoportablemente inmóvil con tapices rosas, y una televisión ajena y ridícula proyectando imágenes que Elia, la ninfa, la deseada, no ve.

 

II

La diosa que nace de la espuma del mar

Elia es como Venus, aquella que del  semen de Urano en el océano nació de la espuma del mar. Venus personaje inmortal, envenenada de belleza, de la búsqueda de placer en los sentidos, muda de piel, de historias, de rostros, de tiempo y se encarna en la existencia de heroínas de tinta, construidas desde la vacuidad  del siglo XX.

Vemos, es difícil escuchar, las palabras que rodean y conforman esta historia. Alguien que cuenta, sin sexo, quizá, más bien, un(a) hermafrodita que domina las pasiones más secretas y puede contarlas no a través de acciones, sino de la historia de las acciones y de las suposiciones, he ahí el aire de la novela, es una narración de lo que Elia o Clara o Ricardo —las aguas de este mar— suponen, conjeturan, interpretan, recuerdan, sienten. Las acciones no son frías e intempestivas, son acciones poéticas porque mientras éstas suceden se convierten en el único motivo del universo,  en el pulso solitario de seres dominados por sus pensamientos y por el racimo de rencores con el que llegaron de la infancia. Los actores de esta historia de deseo, juego y soledad son envueltos por los colores ocres y la sal de mar, que en voz de Cristina Rivera Garza, es esa sustancia pegajosa e ineludible que, una vez sobre la piel o sobre la lengua, nos recuerda lo que somos.

Elia hereda de sus primeros recuerdos la embriaguez que la atormentará el resto de su vida, piensa en los primeros actos furtivos en la barca, a pleno aire, a pleno sol, a plena mar, muy lejos de la mirada de los adultos.

Ahí nace, en la soledad del mar, los humores de Elia, aquellos que ante la aborrecible linealidad de su vida la asechan y se mueven, muy adentro, en lo más hondo, entre los mares del hastío y desencanto. 

La intensidad de la imaginación y de los sentidos constituye el único frenesí, la única evasión de la que Elia ha sido desde siempre capaz, desde la infancia y seguramente hasta su muerte. Esa intensidad no tiene que ver con el amor, ni con el sexo, sino con la elucubración de situaciones límites donde los seres humanos dejan de actuar con el cristal engañoso de la moral y se entregan a la vida;3 ésta es la única posibilidad que Elia tiene para despertar del hastío omnipresente y de su ansiedad destructiva.

 

III

El poeta-Toro: el blanco raptor nunca convertido en Zeus

Ricardo, el poeta-simio como le llamaba Elia, es un joven estudiante de letras compañero de Clara; perseguidor de experiencias sexuales elige a Elia como su objeto de deseo, de triunfo y de vengar a través de su conquista la vida de un infante feo y soberbio.   El poeta elabora un discurso para conquistar a su presa —quien a su vez no es presa sino cazadora—, construye sus artilugios narrativos para despertar en Elia un deseo que nazca a partir de la misericordia que pueda obtener de la confesión de su primera experiencia sexual, masturbándose en la clase de métrica con el compañero más deseado en un colegio de curas; en los encuentros de Elia y Ricardo las tardes suceden entre camareros aburridos y cafés mal olientes, montajes estudiados por los dos para que su historia suene a una página literaria, ambos víctimas de sus fiebres y frustraciones. Aunque el poeta llevara en su andar las marcas del desprecio de las féminas, para Elia estas confesiones eran de una vida sin llagas. En la voz de Ricardo su íntima e inconfesable experiencia homosexual sonaba a un discurso escolar de un azucarado, lacio, miope, empollón y pesado adolecente, concluyendo Elia que es difícil que las historias no se parezcan a sus narradores, aunque la ficción intente deslindar esa correspondencia.  Las confesiones sobre el desamor —o falta de amor— del joven poeta en los siguientes encuentros con Elia rompen su cauce y las palabras ahora son mutiladas, torpes, roncas, las que inundan el aire y ruedan por la mesa y llegan a ella haciéndola temblar, porque para Elia lo natural, la regla universal por la que se rige el mundo, una regla de locos para un mundo de enfermos, es que nadie o casi nadie o nunca en cualquier caso en el modo adecuado o por el suficiente tiempo consiga sentirse realmente amado. No hay amor en el mundo para nadie.

El poeta febril, flaco y desmañanado, de pelo grasiento y largo, de ojos turbios, de mejillas y sientes cubiertas de granos es quien quita las amarras al estupor de Elia, quien con una inteligencia mohosa deja de verla como ninfa y descubre que  tanto él, como Clara, el esposo, los hijos y los amantes de Elia son un mero pretexto para escapar durante unas horas al vacío que la mastica, escapar al pantano que habrá de devorarla y engullirla quizá finalmente en sus remolinos sin fondo.

El poeta es el toro que acompaña a Europa, quien la dirige hacia el mar pero Europa no es raptada, es Elia sin inocencia, sumergiéndose en el mar, muriendo en el tálamo al lado de Ricardo,  porque muerte y placer son una misma cosa y paradójicamente en la cima del goce la muerte ya no existe, jugoso mar el sexo de mujer abierto a todos los caminos.

Ahora el toro- poeta consuma el acto con Elia —la falsa Europa— no es un dios, no es Zeus, es un simio que por fin tiene carne fresca, carne fresca perfumada y viva.

 

IV

Anfítrite

Clara es como la diosa de las aguas tranquilas, la nereida Anfítrite que con sus serpenteos llega a ser una metáfora del mar. De ojos grandes y piel pálida la jovencita Clara ha llegado a la vida de Elia, la acompaña, la escucha, la observa y la ama calladamente, avergonzada y excitada por el olor de su ninfa, olor que se impregna en sus manos al cepillarle el cabello, al doblar sus sábanas, al hundir su rostro íntimamente en su almohada. La ama de un modo tan desesperado, tan exclusivo, tan doloroso y total que Elia lo disfruta porque entonces se sabe capaz de que alguien vea lo que ella no es, lo que no  puede ser, lo que no acepta ser.

Clara ha penetrado en la magnitud del descontento de Elia, ha sondeado  en horas de observación sin tregua ni descanso las profundidades insospechadas de su soledad, y conoce ahora, o adivina, los recovecos donde oculta su desolación. La ha visto nítidamente y por ello tiene esperanza de que le corresponda, porque es testigo de que las impaciencias, el descontento y los hastíos de Elia se resuelven en el oficio —la vocación, el arte, el vicio— único y obsesivo de amar.

Ricardo, el poeta-simio-toro, llama a Clara constantemente, encuentra en ella el oído perfecto para consumar su triunfo, porque no basta con amar a una mujer, debe ser deseada por otros u otras para que sea un símbolo, y no basta con el encuentro íntimo, el verdadero placer es que los demás lo sepan y sólo así vencer a los “otros”.

El “amor” para el poeta era una aventura consigo mismo y en contra de los demás, un acto de fe y odio. Para la casi adolescente Clara el amor era como la humedad del mar, como una lluvia que cae o no cae del cielo (no existen para Clara granitos ni lloviznas), el amor es todo y se abastece por sí mismo.

El placer para Ricardo no es suficiente haciendo que Clara imagine los encuentros entre él y Elia, conduce esta historia hacia el verdadero naufragio, hacia la navegación perfecta con marea baja y manto acuoso que cubriría el amor dulce y atormentado de Clara hacia Elia, la Venus que volverá a ser espuma de mar.

Elia no ama a Clara pero acepta darle su cuerpo —sólo eso—, porque Elia no tiene nada que perder, su vida está reducida a su sillón junto a la ventana abierta, la moqueta y los almohadones ante el televisor… La llevará a su fruto, a sus caricias a su primera cresta. Lo hace como acto de compasión y placer, las sílabas sin las cuales habría de quedar incompleto el soneto, las notas sin las cuales se iba a perder la sinfonía, las secuencias sin las cuales se notaría un hueco por el que se frustraría la película: es casi una necesidad estilística, las tonalidades justas que es preciso incluir para cerrar así rotundamente una historia que, como suya tiene que ser perfecta.

Para clara, ceñida por las piernas de Elia en el momento mil veces soñado, se han roto las últimas amarras que la ligaban al puerto o a la base, y ahora, se mece liberada —un globo sin amarras, un barco a la deriva, hacia las estrellas o hacia la alta mar— en plena fantasía onírica.

Ahí, la mano de Elia en su sexo, inmóviles y en silencio, las piernas entrelazadas, mecidos los dos cuerpos en el ritmo suave que Elia marca. La ninfa triunfal está acunada en la nereida y Clara descubre en su primera muerte que se le escurre entre las piernas que Elia es una muchachita infinitamente triste y desolada, una pobre mujer que lucha inútilmente por escapar con sus sueños del pantano, y que acuna en sí misma, al acunarla a ella, todas las soledades y los miedos.

Separadas, la diosa y la nereida fueron expulsadas del mar hacia el desierto, el hastío, la sed, el insomnio y en el “abrazo” descubrieron que su única vuelta a la marea es el amor.4

 

V

La triple5 sierpe

Clara la quiere, el poeta la quiere, el poeta quiso antes a Clara, Clara no le quiso nunca, ahora él ha dejado de quererla, no se quieren ninguno de los dos entre sí, los dos quieren a Elia.

En la cama envenenada de Elia, están Clara y Ricardo desnudos, asustada una, vuelto loco otro y degradada aquella. En el pulso de sus tres sexos Ricardo contempla los senos pequeños y fríos de Clara, piensa en su propia madre, en el cuerpo erguido y tenso, un cuerpo en el que son para él inimaginables los cálidos rincones, imposibles las morbideces, este cuerpo alto y flaco; el poeta imagina los pechos flácidos y caídos de su madre, piensa si habría jugado con ellos algún hombre, tal vez el padre, imagina las caderas anchas, el vientre hundido, la agreste pelambrera de un pubis canoso y ralo, tan contradictorio todo esto a su ninfa. Están húmedos, con pensamientos frágiles y dolorosos, en posición fetal, en la orgía deseada en la triple sierpe que ondea alrededor de la cama y sin embargo son tres adultos pidiendo amor a gritos para colmar este amor ya nunca colmable, la humanidad entera reducida a una caterva, a una manada de niños perdidos que no han sabido crecer, que no saben amar porque no fueron amados y que engendran a su vez nuevas generaciones de alientos sin amor.

Elia está en el punto más álgido de la historia que la ha hecho escapar de su  tiempo, un tiempo que la aplasta a morir en una vida fastidiosa, sonámbula, como la eterna quietud del mar sin tormenta ni borrasca, más parecido al limbo que al infierno.

Ricardo en medio, dador del beso al fruto maduro de Elia, portador él del sabor de su sexo entre los labios, para poder pasarlo boca o boca, porque nada le parece más dulce como este intercambio de sabor y aroma, sabor a hermosos frutos maduros en el umbral de la putrefacción aún no iniciada, aroma a profundidades oceánicas, y ese encontrar por fin el propio olor secreto en los labios del otro al que se ama.

Clara observa, asqueada, convertida en Europa, raptada en las profundidades del mar, violada por un Ricardo, poeta, toro, jamás Zeus, amarga y abandonada en Elia como única ancla de dulcera y protección ante esa turba grotesca alejada de la espuma, pero Elia ya no es Venus, es una orquídea carnívora sin sexo, sólo con hambre. Clara se hunde en la arena de la playa y desde ahí mira el oleaje alrededor de la alcoba: Ricardo penetra a Elia con fuerza, con rabia, que siente esta vez que ha llegado y golpea con embestidas brutales el mismo fondo de la ciénega, y ahora Elia, siempre con los ojos muy abiertos e inmóviles, no gime ya no grita, y la alcoba empieza a girar despacio en una espiral ascendente.

La marea roja: en el anhelo de colmarla y poseerla con el afán de aniquilarla, porque penetra en ella una y otra vez como si le hundiera reiteradamente un puñal en el pecho o en la garganta, y quizá sea sangre lo que les moja y quizás sea olor a sangre ente olor persistente a mar y podredumbre, ese perfume acre y delicioso e intolerable, mientras aumenta el vértigo al mismo ritmo al que gira la espiral que se hunde en lo infinito.

Por fin, después de un bamboleo perpetuo, llega la marea alta de los cuerpos,  la  ninfa convertida en sangre y no espuma: Le levanta las nalgas, las rodillas de ella hincadas en la sábana, su rostro sepultado en la sábana, sin poder los dos mirarse, ni besarse, sin poder hablarse, infinitamente distantes y solitarios, aniquilada la más remota esperanza de ternura, una Elia sin rostro, sin voz, sólo sus nalgas de hembra en celo, de hembra en flor, sus nalgas que se mueven envolventes, totales, mecidas en el oleaje que la vence y la arrastra, perdida ya la brújula, quebrado ya el timón, desgarradas las velas, y más arriba la cintura fina, conmovedoramente breve y frágil.

 

VI

Última ola

 La cresta del amor6 es resultado de mil años de mareas bajas, de fastidio, de ola sobre ola que acumula una turba insomne.

 


Bibliografía

Rivas, José Luis. (1992), Raz de marea, Fondo de Cultura Económica, México.

Tusquets, Esther. (1996), El amor es un juego solitario, Compactos Anagrama, Barcelona.

Ovidio, Publio. (1994), Las metamorfosis, Porrúa, México.

 



* Ensayo sobre la novela El amor es un juego solitario de Esther Tusquets, auspiciado por el Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Puebla como parte del proyecto “Oleaje alrededor de la alcoba: cuatro escritoras lúbricas”.


1 Insomne: dícese de aquel carente de sueño y de sueños.


2 Esperanza: palabra en tiempo futuro, nunca es, siempre se construye en la cobardía del tiempo que no  existe.


3 La vida con su única sustancia de tiempo o espacio en movimiento. Vida, sin adjetivos.


4 El amor como un juego solitario.


5 Triángulo: acutángulo, 1. m. Geom. El que tiene los tres ángulos agudos. 2. amoroso, m. Relación amorosa de marido, mujer y el amante de uno de ellos. 3. m. Cruce de tres historias, a veces famélicas, con tendencia a devorarse la una a la otra.


6 Según EAEUJS, Amor: Son infinitamente variados, distintos y hasta contradictorios los sentimientos que colocamos arbitrariamente bajo este comodín tan fácil que no explica nada, demasiado amplio para no perder cualquier posibilidad incluso remota de significado.

 


Princesa Hernández M.Princesa Hernández M. nació en el barrio de Analco, Puebla, México, un 12 de octubre de 1984. Es hija, discípula y creyente de su padre “El Mundo”, famoso por
su ingenio y heredada herejía.

Persiguiendo el rumor de las palabras estudió Lingüística y Literatura Hispánica y la Maestría en Ciencias del Lenguaje en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.

Es autora del libro de narrativa Pájaros (2012, ed. IMAC) y becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en Puebla en la disciplina de ensayo literario (2012-2013).

Le gusta remar, fumar e imaginar.

 

 

 

 


Texto Copyright © 2012 Princesa Hernández M.
Todos los derechos reservados.



Danos tu opinión

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.