Música

SE VA CHAVELA, CON LOS BRAZOS DE PAR EN PAR.

Chavela Vargas

por Luis Miguel Madrid

Como se le ocurrió decir a Pedro Almodóvar, “desde Jesucristo, nadie ha abierto los brazos como ella”. También los cerraba bien, igual que los puños o la boca tras esas sentencias únicas con las que acababa ciertas canciones y tantos mundos.

Se marcha Chavela Vargas, la cantarina inmóvil del poncho colorao, la mujer completa con la que cualquier humano medianamente tierno hubiera firmado pasar por lo menos treinta encuentros.

Hace un par de meses pensó que lo mismo le quedaba poco y trató de volver a regatearle un trocito más de tiempo a quien tiene por oficio rematar las existencias. Ganó una prórroga de ida y vuelta y gastó el primer viaje en mostrar “la luna grande” al cielo de Madrid. La prórroga de la prórroga le valió para regresar hasta la estación del Monte Chalchí, en Tepoztlán para negociar el trasiego a otros lunares.

Chavela presumía de no tener querella alguna con la muerte, la trataba igual que a la vida, su otra paisana: “le digo a la vida y a la muerte que cuando llegue la hora de irse, las dos van a ir a mi sepelio”.

Y allí estarán mañana mismo, protagonistas solidarias de estos 93 cortísimos años de vivir llorando,

O de reír muriendo.

Y de cantar cantando.

La sensación que tenemos desde aquí enfrente es que lo hizo intensamente, con esa gracia que tiene casi nadie aunque intente lo contrario. Sentimos que lo ha hecho acompañada por amigos de citas largas y abrazo inmenso.

Sentimentales, querendones y desgarrados. Artistas muchos en el noble oficio de la pasión. Como Javier Solís, Frida Kalho, Agustín Lara, Pita Amor, José Alfredo Jiménez… maestros que marcan como poco a dos o tres generaciones, como Juan Rulfo, Diego Rivera, Pedro Infante… igual que ella.

La Chavela Vargas de Costa Rica que se hizo mejicana para vivir y cantar como la viniera en gana ha cerrado la oficina en su monte mejicano.

Aunque no piensa marcharse, como una buena chamana, por mucho que se aleje, seguirá presente. Seguirá cantando o pleiteando con quien se lo niegue. La Chavela es así, igual cuando cantaba en el callejón que cuando comenzó a imprimir su voz, allá por el 1961.

Desde entonces, recorrió los mejores tugurios que tienen para lucirse las ciudades grandes – El Olympia, el Carnigie Hall- y reincidió en las tabernas más informales de los continentes conocidos.

Hizo de su vida un sayo y cualquiera que la conociera un poco sabrá que lo seguirá haciendo.

Aunque ahora no está.

“Se me pasó la vida viviendo”, ha escrito en un tablero.

Eso y la tristeza inmensa de Lola, la perra que esta noche será la perra más sola del mundo.


Texto Copyright © 2012 Luis Miguel Madrid
Todos los derechos reservados.


Danos tu opinión

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.