Ensayo Literatura

La voz de Christopher Hitchens desde la ultratumba

Christopher Hitchens

Por EGBERTO ALMENAS

Ahora que el cadáver donado a la ciencia de Christopher Hitchens (1949-2011) yace tal vez con una que otra rodaja de menos en el frío de la bandeja clínica, tercia sólo desde la ultratumba de la razón aquella voz suya templada al humo del cigarrillo sin filtro y suficiente escocés blend de lujo como para atolondrar un caballo. El gran polemista oriundo de Portsmouth, Inglaterra, derribaba a sus rivales tanto por el tono vivo de sus ideas como por la sintaxis de un inglés más ebrio que el de quijada tiesa típico de sus compueblanos. “Yo ‘era’ mi voz”, anotó poco antes de morir devorado por un cáncer esofágico, cuando apenas podía exhalar un silbido. Su último deseo lo expresó con “la aposición más bella entre dos de las palabras más sencillas” de su lengua: recuperar “la libertad de expresión.”

Si la sonoridad cultivada a conciencia después de estos dos sustantivos vitales al ascenso humano se daba en Hitchens como por inclinación nata, poco habría alcanzado él sin el armazón de una valentía ya en sí inquebrantable por la voluntad asimismo “natural” de “sobreponerse al miedo de veras al tiempo que se lo sufre”. La valentía, anotó además su hermano único, a modo de duelo, es “afrontar adrede un riesgo conocido, a veces físico, a veces contra tu modo de subsistencia, porque piensas que es demasiado importante no tomarlo. Mi hermano poseyó esa virtud hasta sus últimos días, y aunque a menudo yo no estaba de acuerdo con los propósitos para los cuales la usó, nunca dudé de esa cualidad suya ni dejé de admirarla.”

Tampoco pudieron dudar de ella, más allá del hogar, los malheridos de su iconoclastía, ni siquiera aquellos del ejercito de la fe autoproclamados como portadores por designación sagrada de las verdades invencibles. Ante cada ataque al mando de los dioses, el bofetón de ingenio y humor con que a menudo replicaba Hitchens (el Hitchslap, neologismo hoy postulado a ingresar en la lexicografía común del idioma inglés) cobraba tanto más fuerza cortante por el barítono atenorado de su dicción.

A través de aquella facundia de pausas y carraspeos tácticos comprobaba que las religiones todas, todo lo envenenan, hasta a los sanos de corazón, según sintetizó en uno de sus tomos, God is not Great, y el cual aún le gana adeptos como pocos a la creciente liga de los impíos. (Véase también The Rage Against God, libro respuesta de su hermano menor Peter.) Cuanto haya de beatífico en los devotos, dice, resulta porque los más sensatos ignoran o tuercen la base de sus textos canónicos para dar cabida a los logros trasfundidos del humanismo secular.

Por la magnitud histórica e influyente de sus atropellos, Hitchens la emprendió en especial contra los espadachines de las órdenes abrahámicas. Nobiscum deus (Dios está con nosotros) es el grito de guerra, desde el imperio romano tardío para acá, y a saltos de piedra en piedra saliente del fascismo. A éstos, el antiguo abanderado de Trotski y Rosa Luxemburgo solía sumar a los partidarios del mimo monoteico a raíz de Marx y Engels. Son todos, argüía de conjunto, descendientes tácitos del patriarca postdiluviano sujetos al fin, bien por vía directa o en aparente antítesis, a violentar la gloria en tierra firme a cambio de la placidez idiótica del cielo, o la utopía en la promesa de la hoz y el martillo. “Mía es la venganza y la retribución… Embriagaré de sangre mis saetas, y mi espada devorará sangre”, se advierte en Deuteronomio, 32: 35-42—y no se diga ya del Corán). Frente la iracundia del Supremo y sus acólitos, en cualquiera de sus revestimientos, las inflexiones de Hitchens dotaron la repercusión combativa de sus gallas.

El enfant terrible de los supersticiosos, aquellos que aseguran sin pruebas y por tanto pueden descartarse sin ellas, como decía él, dejó una obra igual de temible para los analistas en corsé universitario. Nada peor que la valentía sin pelos en la lengua en comarca de blandengues atortujados por hábitos librescos. Bien lo señalan Simon Cottee y Thomas Cushman en sus páginas introductorias a Chritopher Hitchens and his Critics: la verdad de los principios universales que a brazo partido defendió el memorioso inconformista, tal como la libertad de expresión, o la igualdad entre el hombre y la mujer, desentona con las verdades relativas que hoy reinan en las escuelas (o el perspectivismo a la Foucault, según corean los más chatos, a fin de no mojarse).

Pero llegó la hora en que aquella tos de salón suya degeneró a grados alarmantes. El registro aguardentoso se le atipló. Ante el pronóstico fatal, los cristianos que en debates públicos demolía convocaron una jornada de oración por su existencia no obstante enrabiada contra la Divina Majestad, sin darse por enterados de que así estilaban un gesto grotesco del cinismo que cunde entre sus mañas para amansar y acrecer el rebaño. Ya él, que anteponía la dignidad a la compasión, se había curado en salud. “La única postura que me deja sin disonancia cognitiva alguna es el ateísmo,” reitera hasta el último momento. “No es un credo. La muerte es segura. Reemplazará el canto de la sirena del Paraíso tanto como el terror del Infierno. La vida en esta tierra, con toda su miseria y belleza y dolor, ha de vivirse pues con mayor intensidad aún: tropezamos y nos levantamos… No hay nada más, pero yo tampoco quiero nada más.”

Nada más que gacha saturada de alcohol y nicotina en el platillo de laboratorio, la cual ha de disolverse pronto hacia el infinito inmensamente sobrecogedor y trágico de las estrellas. Desde la ultratumba de la razón y la valentía que sí alzan a los vivos del mal, tercia ahora por estos pagos de pecadores sólo la memoria de su labia, y el clareo formidable de su luminosidad acústica.


Texto, Copyright © 2012 Egberto Almenas.
Todos los derechos reservados.



Danos tu opinión