Poesía

El altar de la carne y otros poemas

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 Por Dean Simpson

 

El altar de la carne

Sufro de la entropía.
No me veo viejo, pero así me ven,
en los cafés, los bares, sonámbulo voy,
calladamente contemplando
cómo el momento me escapa,
buscando alguna conexión, alguna manera
para disminuir la velocidad,
pero la degradación de mi materia, mis energías,
una constancia es.
‘Socorro’, diría, ‘ayúdame’,
pero, ¿para qué?
Todo ser suplica con igual ansia;
algunos, nacidos en el cementerio de sus esperanzas,
andan vestidos de luto para su propio fin;
otros, muertos en la cuna de la angustia,
andan desnudos de vida desde el comienzo.
Todos, envejeciendo sin aparente razón,
sin control,
poniendo todo pensamiento
en el ejercicio de la preservación,
entrenando a sus monstruos a no sufrir,
viven pataleando en la inercia,
buscando movimientos contrarios, sugestiones,
eternidades, piezas de algo superior,
lociones para suavizar las grietas.

Pero en algún momento dado
dejamos de buscar orden
y vemos el diseño del caos,
y nos sentimos más tranquilos,
y poco a poco, serenamente,
nos hacemos parte
de lo que antes temimos.

 

Espadas de vidrio

Sentado en el muelle,
solitaria pena,
mirando las gaviotas en el cielo nublado
pienso,
“Tengo suficientes nudos en la garganta
como para amarrar todos los barcos en el puerto.”

Luego, paseando por la plaza,
imprecisa tragedia,
viendo a las monjas pasar
con sus rosarios y miradas templadas
pienso,
“Tengo tan poca fe en mi prójimo
como para culpar a todas las beatas del recinto.”

Y de noche, crepúsculo morado,
serena tristeza,
a solas en las playas de arena mojada y fría,
pienso,
“Tengo suficiente duda en el alma
como para envenenar todos los mares de una sola gota.”

Y a la medianoche, en oscuros rincones,
peso incomprensible,
errando por las calles del vecindario
pienso,
“Tengo suficiente carencia de lo que quiero
como para desbordar el vaso del no tener.”

Por fin dormido, piezas de escape,
fragmentadas ganancias,
sentado en la vidriera rota de mis escaparates
pienso,
“Tengo suficiente aquí para hacerme un calidoscopio
para ver si salen las cosas de otra manera.”

 

 

En la ruina de mi rutina

En la rutina de mi ruina,
o vice versa, quién sabe,
establezco el horario de mi penuria
con la mejor sonrisa que tengo.

Al levantarme me oriento desorientándome,
diciendo aquí no estoy,
y paso el día buscándome.

Me cepillo los hilos de mis pensamientos
a ver si los puedo desenmarañar,
pero siempre acabo tirando
una bola de reflexiones a la basura.

Paso un rato contemplando
la ergonomía de mi estómago
intentando decidir si su forma es algo que yo defino,
o que me define a mí.

Luego juego a la lotería de la inmortalidad,
varias veces al día,
cada vez más convencido
de que los ganadores se inventan los números.

Necesito una hora para arrugarme
y nombrar los achaques,
otra para cincelar la postura de mi sonrisa profesional
para que cuando paso a la calle
no me convierta en un imán para la desdicha.

Paro en el café para un café color café
pero a pesar de la certeza de la anáfora
todavía logro precisar poco.

Parado en el semáforo bostezo,
mirando por el parabrisas
y un pájaro defeca en el vidrio,
sofocando brevemente mi alergia al tiempo.

En la calle miro a la gente mirándome mirándole
y me pregunto
si sus pensamientos se zambullen
en las aguas que reflejan su hubris
o si sólo patinan en la superficie
de su propio reflejo.

Cuento los años y los segundos
con la anestesia de mi abandono
y contemplo las dicotomías
con equilibrado frenesí.

Somos pantalones, mocos, carteras vacías,
que pasean, que eructan,
lidiando con los fantasmas que legitimamos,
y voy yo con ellos, contigo,
buscando algo especial, un milagro quizás
amparándome con la rutina, de la ruina, o vice versa.

Y así es como paso la mayoría de mi día.

 

 

Tout passe, tout lasse, tout casse

Estoy bien, sabio amigo, estoy bien.
Ya me dijiste que seria así, pero no te creí,
pero tienes razón,
sonrío no porque quiera
sino porque creo que es la mejor solución.
También me dijiste
que todo se volvería triste,
que el peso superaría a mis esfuerzos
y que lo mejor que podría hacer era sonreír,
dejarme inundar por el sentir sereno
y ser uno que contempla las cosas pasar.
Por la ventana del despacho miro las hojas caerse.
Recuerdo los colores del año pasado, y el anterior
y ya me veo aquí el que viene, y quien sabe cuantos años más.
Se me acorta la vida porque mi perspectiva se alarga.
Antes, en la potencia de mi ignorancia,
andaba a dentadas por los vastos pasillos
del supermercado de la vida
sin entender que tarde o temprano había que pagar.
Ahora, mayor ya,
hago cola con mi plata de hojalata en estos tiempos de escasez
y me pregunto
si también tenias razón cuando me dijiste
que esta sapiencia que acompaña la madurez
realmente es mejor que lo de antes.
Pero lo que no me dijiste,
lo que ahora entiendo mas que nada
es que no hay otra alternativa.

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Dean Simpson (Boston), profesor, poeta, critico literario, consultor, tiene títulos de Bard College, Middlebury College y Harvard University. Da clases de lengua y literatura hispánica e inglesa en varias universidades en Boston y trabaja de consultor educacional. Ha publicado poemas y artículos en varias revistas literarias. CATARATAS (Wastelend Press, 2009), en inglés y español, es su primer libro de poesías. El segundo, CAETERA DESUNT, es todavía inédito.

 


Texto, Copyright © 2012 Dean Simpson.
Todos los derechos reservados.

 

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