Narrativa

La última brida. Un cuento de Carlos Enrique Pachón

Carlos Enrique Pachón

por Carlos Enrique Pachón

A la distancia vi un grupo de hombres esperando al soldado Francisco Cerdeño en el claro, al final de la montaña, lugar en el que los dejamos antes de ir a Santa Fe por aquella ruta de hielo. Quise ir despacio para evitar los pesares y las explicaciones posibles de lo sucedido, y para no sentir en los ojos de los otros caballos y hombres el frío que traía en mis ojos cuando se dieran cuenta que sobre mi lomo venía un hombre muerto. Con la misión cumplida pero muerto, lo que de muchas formas es a su vez signo de derrota y de esperanza.

Al llegar, solamente el Brigadier General se dirigió a mí como parte de la misión y contempló, con piedad y apremio, las heridas que traía en la grupa y las patas, consecuencias de las rocas filudas del camino. Otros hombres se encargaron de destrabar los pies del soldado que venían anudados a los arciones de rejo. Y es que pocos saben lo que pesa un muerto. Ese mismo hombre vivo pesa menos: es como si al morir todas esas penas y luchas interiores se exteriorizaran y se transformaran en kilos. Vaya uno a saber cuántas tenía por dentro el soldado Cerdeño, pero que pesaba un montón era cierto. Además venía muerto desde hacía buen tiempo,  un largo rato después del disparo. Yo calculo bien la hora de su muerte, porque él siempre me hablaba y me cantaba: Guayabito, Guayabito, espanto de la sabana. Guayabito, Guayabito, temblor de la sangre hispana. En el momento antes de silenciarse le escuché decir Guayabito, Guayabito, luego su cuerpo se desgonzó y empezó a tallarse una grieta en mis carnes, por efecto del roce  de mi cuerpo con las cinchas hechas de cuero curtido.

La misión era compleja, desde hacía varios meses no se tenía información exacta del ejército realista, puesto que se había descubierto la red de desertores militares que venían de Santa Fe a los Llanos a traer noticias sobre el ejército de Barreiro. Se dispuso que un espía de los patriotas se aventurara a ir a la capital del Nuevo Reino de Granada, se encontrara con el contacto y trajera la información precisa del arsenal y hombres con que contaban los españoles para impedir la entrada del ejército libertador venido de los Llanos. Y además, conocer qué tan prestos estaban los hombres de los españoles para detener en las montañas a los llaneros embravecidos. Corrían rumores.

El hombre para esa misión no era otro que aquel llanero de ojos y pelo negros que fue capaz de sacarme de la tranquilidad de una laguna en los llanos de San Juan y San Martín. El mismo Francisco Cerdeño, que hacía parte de las guerrillas de Nonato Pérez y que inicialmente se la pasaba hurtando ganados y caballos como si en eso exclusivamente consistiera su felicidad. Además de  buen jinete era entusiasta para el canto  y el verso. Y que cuando se enroló de lleno con la causa libertadora se ganó el respeto de Pérez, luego de Páez y por último del Brigadier General, que le prometió que al cumplir la misión sería ascendido a Coronel.

-Desaperen el caballo del Coronel y denle de comer, sin ellos esta guerra estaría perdida –dijo el Brigadier a mi arribo, y después de  comprender lo que había sucedido.

Segundos antes había tomado de la mano muerta y engurruñada del soldado un papel donde estaban consignados en una delicada escritura los datos que se requerían para seguir soñando con la emancipación. No sé si todos los soldados tomaron con sorpresa las palabras del Brigadier, quien se había referido a Cerdeño como el Coronel, lo que daba por entendido que ambos habían cumplido, que los tres habíamos cumplido. Y así fue, después de descansar algunos minutos en aquel lugar nos dirigimos al llano adentro, donde había un campamento patriota. Allí, el Brigadier dispuso que se le hicieran los honores militares al soldado y que su funeral fuera el de un Coronel. Hubo disparos y una solemnidad que me hizo estremecer hasta los cascos destruidos.

No comprendí mucho eso de enterrar a un hombre como si fuera otro. Los honores y símbolos de los humanos no son de fácil entendimiento para nosotros que sólo buscamos correr y andar libres por las llanuras. Además, ¡cuántos han caído prestando sus servicios y los han dejado tirados sin más ceremonia que los giros lentos de los pájaros negros y la voz del jinete que les canta ¡blanco y verde se veía el caballo muerto!

Sin embargo al no estar el soldado, a lo lejos, mientras me alimentaban y bañaban, tomé su lugar metafóricamente  y le dije en silencio “Adiós Coronel”, porque aunque no comprenda de esos pactos entre hombres, si sé de razas y de abolengos, pues nuestros antepasados vienen de muy lejos, de unas tierras más antiguas que ésta y que siempre sus hombres han estado en unión con nosotros para alcanzar tierras y pueblos. Mis padres venían de lejos y llegaron a estas tierras para extender sus vidas a través de sus crías, y así propagar sus pieles negras, blancas, anaranjadas, brillantes, pintadas, sus crines largas, lisas y sus pasos rápidos y prolongados, capaces de ayudar a conquistar un imperio.

Días después, sin sogas ni cinchas en mi cuerpo, permanecía en la llanura al lado del campamento: había una especie de amnistía sobre mí. El Brigadier me veía y me  agradecía, pues por nosotros sabía la cantidad de hombres y armas que tenían el regimiento del Rey, regimiento de Victoria, el batallón de Numancia y el batallón del Tambo, todos cuerpos militares del ejército de Barreiro. Pero yo me sentía hastiado, algo de esta nueva libertad no me dejaba complacido. Pese a que hasta ahora me estaba recuperando de las heridas, ya quería sentir brida sobre mi respiración. El soldado me había transmitido  gran parte de su razón libertaria, no habían sido en vano esas horas que cabalgamos juntos mientras él cantaba nuestro llano y a veces me dedicaba algún verso.

El día en que llegaron los hombres de Nonato Pérez, entre esos el soldado Cerdeño, yo estaba en una laguna en los llanos de San Martín, compartiendo la tarde con otros caballos, yeguas, patos, ganados, cafuches y garzas blancas. Sentimos llegar la estampida humana,  unos pequeños seres que corrían casi tan rápido como nosotros. Y entonces escuché la voz nasal del soldado cuando dijo:

-Ah malhaya quien tuviera la dicha ‘el caballicero que monta caballos buenos y no le cuesta dinero. Ese alazán es mío, compadre.

No tuvimos mucho tiempo para escapar. El soldado merodeó y me lanzó una soga que hasta la hora de su muerte no soltó ni un instante. Fue mucha la briega que le di para que lograra dominarme. Cuando le decían “Cerdeño, ese alazán le ganó, ya no lo amansa, eso es como amansar al diablo”, él respondía:

-No hay más diablo en esta llanura que yo. Los frailes a comer yerba, los burros a predicar, los negros en la tarima, las blancas a cocinar. Yo soy el que me paseo por el filo di’ un puñal.

Al final yo cedí, no por su mano diestra y su conocimiento de los Llanos, sino porque me cantaba y me hablaba. Era extraño escuchar a ese hombre hablarme de la revolución y de los cantos que inspiraban tales hazañas. Algo de esa melodía me tuvo que llevar a mis antepasados, pues cada vez que su voz relamía la llanura yo sentía miles de caballos corriendo en mi correr, habitando mi largo tronco y mis fuertes extremidades. Recorrimos juntos las llanuras de San Juan, San Martín, Arauca y Casanare. Y en varias misiones que teníamos que llegar antes que el rayo,  lo hicimos demostrando que éramos una fusión perfecta entre hombre, canto y caballo.

La demostración más exuberante de nuestra rapidez fue cuando el General Páez nos envió a localizar al ex gobernador militar del Casanare, Olmedilla, quien había desertado y se había adentrado en los Llanos de San Martín, adonde lo encontramos solo y derruido. Más adelante sería fusilado por los españoles. Varias veces volví a esta llanura donde pastaba y corría con libertad, y no me arrepiento de venir con los demás hombres del ejército patriota a buscar más caballos y ganados para la causa. Me fui metiendo en la cabeza eso de la República libre, que hasta pensé que sólo en ese momento los caballos dejaríamos la guerra y volveríamos a trotar por todos los continentes en busca de nuevos pastos, y hasta nosotros, los de este lado del mundo, conoceríamos el lugar de nuestro origen. Por eso también lo hice.

Me entusiasma tanto eso de nuestro origen, que siempre le agradecí en mi mente al soldado Cerdeño haberme visto reflejado en un espejo. Yo me había visto reflejado un poco en el agua de la laguna y el río. Pero apenas una parte de mi cabeza, y  no conocía el color de mi cuerpo. En el campamento vi a dos cargando un mueble de madera, cuando dieron la vuelta  vi un fragmento de lago congelado, luego  sabría de qué se trataba. Allí, por un instante que aún perdura vi con detalles mi color anaranjado lo negro azabache de mis crines y la posición exacta de mis ojos café oscuros, que me permite ver hacia atrás, adelantarme a una amenaza o un rejo. En ese instante supe que venía de lejos y qué tan diferente era a los demás seres vivos.

Nos habíamos ganado una muy buena reputación: hombre y caballo al servicio de la emancipación. El Brigadier General, al ver que no se obtenía una buena información de lo que planeaba Barreiro en su reconquista, decidió hablar primero con Páez y luego con Cerdeño. El soldado emprendió el viaje hacia la capital con algo de nerviosismo: lo detecté en una sutil tembladera antes de que empezara el frío y nos entumeciera hasta el alma. En ocasiones hasta le congeló las ganas de cantar. Nos despedimos de los hombres que nos acompañaron hasta el claro que sería el punto de encuentro para el momento del regreso, y de allí en adelante todo fue una sensación de ir por un túnel sin saber qué nos esperaba al otro lado. El soldado se lamentaba del camino, pero extrañamente lo bendecía porque decía que ese sería el camino de la libertad, además de que estaba teñido de la sangre de patriotas que fueron obligados a trabajar en esas rutas por parte de los españoles, que por supuesto los trataban como animales. Se persignaba y seguía con sus versos: la vida es un lazo largo tendido sobre la tierra: en una punta una dicha, en la otra punta una pena.

Aunque le habían dispuesto de unas ropas más abrigadas para el paso por la cordillera, apenas fue un alivio para las primeras horas de camino. Ya sobre el páramo no había abrigo que valiera. Yo sentía sus piernas tiritar y acalambrarse sobre mi grupa. Veía romper mis cascos poco a poco, perdía la sensibilidad y no me daba cuenta de que la montaña se derrumbaba a nuestros pasos.

Al suponer por los cálculos que habíamos arribado a Santa Fe, seguimos al pie de la letra las instrucciones. Nos refugiamos en un lugar que parecía un antiguo matadero, pues el olor a sangre y a vísceras se colaba en mi hocico. A los dos días de intentar comer ese pasto nuevo y dulzón, y de soportar el frío especialmente de la madrugada, apareció una mujer blanca, elegante, que le entregó al soldado un papel y le repetía insistentemente:

-Es urgente, saben de nosotros. Entréguele esta información al Brigadier General.

No alcanzó a decir eso ni a entregarle al soldado un abrigo tejido que le llevaba para protegerse del frío, cuando oí el piafar de unos hermanos caballos seguido de un tronar de rifles. La mujer estiró el brazo para entregar la vestimenta, pero yo ya había emprendido la huida. Además lo más importante estaba en la mano del jinete. Apenas pude ver de reojo que la tomaban presa, casi al unísono con el disparo que entró en la espalda del llanero. Agilicé el paso creyendo que con eso se devolvería el infortunio, pero lentamente la realidad se fue adueñando de nosotros. Cerdeño cantaba en voz baja, y decía en un tono feliz pero triste al mismo tiempo:

-¡Voy a ser Coronel! ¡Voy a ser Coronel!

Su voz se apagó, y sentí todo su peso y todo el frío que del camino de venida no había sentido, seguro ahuyentado por la voz del soldado y por su ánimo que me trasmitía una especie de seguridad, y que aminoraba el dolor de mis cascos. Me sentí abandonado bajando esa cordillera, viendo que a cada paso la vegetación  me daba un puntapié en las ancas y que todo en el paisaje me odiaba y buscaba mi muerte. El soldado empezaba a pesar como plomo y sus pies se clavaban en mis ijares como dagas mortíferas.

En este tiempo de reposo después de lo sucedido, me enteré por boca del Brigadier General que la mujer fue fusilada y que se convirtió en símbolo de la independencia. Apresaron a muchos más. Se respiraba una zozobra y una agitación de cosa grande.  Estoy aquí en el campamento mayor cerca a Santa Rosalía, al otro lado del río Meta. El Brigadier dice que ante cualquier ataque puede tomar fácilmente la ruta hacia los Llanos de San Juan y San Martín, ya que hay ganado y caballos en abundancia, elementos indispensables para rehacer su ejército.

Pero yo sé que se aproxima la gran batalla, no hay forma de guardar el secreto en la llanura. Los dos grandes generales se van encontrar para remontar la cordillera y liberar la patria. A mí me dieron la libertad por mis heridas que según los expertos ya no me permiten ser útil en la causa. Los demás caballos me miran como huérfano. Y es verdad, mi jinete reposa bajo la tierra como Coronel, aquel que murió sobre mi lomo. Me hubiera gustado ser el caballo de uno de esos llaneros que se fueron empuñando la lanza. Libre a regañadientes. Me queda regresar al lugar donde me tomó el soldado Cerdeño o remontar camino a territorios donde otros caballos me dicen que vinieron nuestros antepasados: de Barinas, Guayana, Cumaná, y luego intentar ir al otro lado del mundo, el verdadero origen. Me voy a pastar a los Llanos de San Martín, al lado de otros caballos, yeguas, patos, ganados, cafuches y garzas blancas, y veré mi rostro en el reflejo del agua. Hubiera preferido irme con los llaneros a la gran batalla. Sin jinete no soy nada.

_______________________________

Carlos Enrique PachónCARLOS ENRIQUE PACHÓN – Villavicencio (Colombia) 1973. Poeta y narrador. Ha publicado “La casa en desuso” (poesía, 2005) y “La ciudad bajo el río” (novela, 2008). También ha sido publicado en la antología de poesía “Por los verdes por los bellos países” (2002), en la revista española “Alhucema”, así como en las revistas “Casa Silva”, “Golpe de Dados”, “Puesto de Combate” y “Luna de Locos”. Colabora con “Metrópolis” y “Lecturas Críticas” y se desempeña como director de talleres literarios en Meta y Casanare, y como asesor en temas culturales. Preside la Asociación de Escritores El Zahír y es editor de El Zahír Editorial.


Texto, Copyright © 2012 Carlos Enrique Pachón.
Todos los derechos reservados.

Danos tu opinión

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.