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La constatación de un hecho. 49 Festival Internacional de Cine de Gijón 2011

Festival Internacional de Cine de Gijón

Al igual que veinte años atrás el neoliberalismo, o su disposición orgánica en entes administrativos de espaldas al pueblo, desmanteló parcialmente la clase obrera asturiana, lo que en otros tiempos que remaban a favor del progreso se llamaba ‘el proletariado consciente’, hoy Asturias se prepara, deseamos que en la resistencia, a la mutación consecuencia de la primera, la reconversión cultural, que deja a los jóvenes de la región, además de huérfanos del trabajo que defendieron sus padres, de las ideas y de los sentimientos que ellos les inculcaron, y de los que cabe esperar mayor defensa que la introspección que dominó algunas décadas.

Que la clase trabajadora se sintiera derrotada y caminara melancólica por el puente de plata de las prejubilaciones fue el vehículo con el que las organizaciones obreras se ensimismaron, cuando no miraron hipócritamente a otro lado, y dejaron de recibir el caudal de los más inteligentes y mejor preparados, lo que produjo que sin ese componente humano, sus estructuras cayeran en la negación, la corrupción y las redes más o menos sentimentales de favores a amigos y familiares.

El Festival Internacional de Cine de Gijón, como la Semana Negra de esta misma ciudad, el Centro Niemeyer de Avilés o la televisión pública asturiana, están en el punto de mira del gobierno en el poder, al que podemos calificar honradamente, al fin y al cabo es una opción favorita entre muchos ciudadanos y medios de subcomunicación en la democracia neoliberal, de extrema derecha, del mismo modo, que podemos calificarnos a nosotros humildemente de izquierdas, si no nos afecta la devaluación constante a la que ha llegado esa palabra.

Dos estéticas por tanto pugnan en el escenario cultural de la región, quizás de manera menos desigual que el resto del mundo. Por un lado tenemos a los que encuentran en la cultura un fin con el que dominar a los ciudadanos. Estos disponen de un mandato de las urnas para actuar de ese modo ya que el sufragio es universal y por ahora no se hacen pruebas de aptitud a los electores. Mucho nos tememos que los exámenes, llegado el caso, olvidarán deliberadamente casi todos los artículos de la Constitución. Por el otro a los que vieron la cultura como un medio para liberar, más acá de una ideología, un estilo de vida, que ahora el neoliberalismo ha incorporado porque se tradujo muy pronto en consumo y por tanto en un margen de beneficios para la empresa privada. De esa manera atesoramos un público que sueña en el interior de las salas de cine con un mundo diferente y que sin embargo fuera de ellas no encuentra más referencias, en este modelo de sociedad que padecemos, que comprar los adornos de ese futuro que sienten se demorará toda la vida, las reliquias de un porvenir que no llega.

“El estudiante”, la película del director y guionista argentino Santiago Mitre, ganó, ex-aequo con “La Guerre est déclarée” de Valérie Donzelli, el premio a la mejor película de la 49 edición del Festival Internacional de Cine de Gijón y el del Jurado Joven al Mejor Largometraje. Un film construido desde la radicalidad política que comienza en las orillas del marxismo crítico de tradición trosquista y encuentra su significado más genuino en el anarquismo consciente, declarado y asumido al que se ven impelidos los interlocutores, cualesquiera, de este ensayo en imágenes. Estructurada como una enmienda a la totalidad de las relaciones “políticas”, esas que entrecomillamos deliberadamente, la historia sigue la carrera de un líder estudiantil acogido por un grupo formalmente progresista pero envenenado por las conveniencias y la prosecución de unos objetivos de poder alrededor de un veterano profesor que hace las veces de mentor de cartón piedra de la ideología del grupo y de líder vertebrador de la capitulación constante de la voluntad de su acólitos.

“El Estudiante”, que resultó además ganadora merecidamente del premio al mejor guión para Santiago Mitre, por otro lado muy reconocido y experimentado por sus trabajos con Pablo Trapero en por ejemplo “Leonera” (2008) y “Carancho” (2010), articula esa intuición libertaria presente en todos los que conviven con sentido común con las estructuras jerárquicas y que contemplan entre atónitos y desesperanzados las interioridades de un sistema que confía su realidad efectivamente existente a las personas concretas que siempre lo traicionan, paradójicamente no hay otra manera de obtener la confianza de este sistema, y que sin embargo difiere de ello un defecto en todas y no en su propia mecánica que amolda individuos a intereses e intereses a individuos.

Si esa voluntad es exactamente la que se encuentra ausente en la ¿política?, es un regalo bañarse en la que ofrecen a raudales los personajes de “La guerra está declarada” de la directora e interprete francesa Valérie Donzelli, que sumó al máximo galardón del festival el de mejor actriz para ella y el de mejor actor para Jérémie Elkïn, su coprotagonista en el film. Seguramente el cine sigue siendo una fábrica de esperanza porque ha sabido buscar la redención del ser humano en los casos individuales, en los actos excepcionales, en las historias que ponen a prueba a las mujeres y a los hombres y en las que, mala noticia para los pesimistas, nuestros congéneres suelen salir victoriosos, quizás demasiadas veces por la vía del sacrificio y unas pocas, y ahí radica la belleza más auténtica de esta película, luchando con las armas que la felicidad multiplica.

“La Guerra está declarada”, inspirado título en estos tiempos, motiva dos reflexiones principales. La primera que como tantas generaciones a lo largo de la historia ésta también ha de vislumbrar el espectro de la muerte que camina cerca de sus seres amados. Acostumbrados a lo banal, negarlo es tan fútil como aparentemente efectivo, pero ahí está: un sistema de salud privado hubiera condenado a la muerte al niño alrededor del cual gira la historia, y a sus padres a la ruina. La segunda idea es mucho más difícil de llevar a cabo. Ser felices no es un refugio, sino el contorno delimitado de la línea del frente. Asumir cierta ingenuidad como un arma y defenderla de todo cuanto los derrotados, los que ya lo están o los que lo estarán en un futuro, pugnan por incorporar a su modelo del mundo. Así, la verdadera esperanza no es aquella que desgrana oraciones ante lo que no existe, sino la que transforma la realidad, la llena de energía y contagia una versión luminosa de ella.

Y sin embargo el lado oscuro del mundo puede ser filmado con tanta belleza, con un preciosismo tan minucioso, que el mal en el arte se presente asimismo como una alternativa al mal en la vida. Eso hace Aleksandr Sokurov en “Faust”, la obra maestra indiscutible de la sección a concurso, que ganadora en el pasado festival de Venecia, parece que no optaba al premio mayor del certamen, cuestión ésta, la de presentar a competición obras que se excluyen y no optan a premio alguno porque ya lo han sido en festivales mediáticamente más importantes, que no entendemos y que supone un cierto fraude al espíritu competitivo de las secciones oficiales. Quizás la razón fuera la de poder otorgar un premio al trabajo de Elena Zhukova en la dirección artística, premio que ganó con una justicia apabullante y que responde a que su labor está hoy a años luz de cualquier cosa que se pueda ver en un cine, ya se trate de los que proyectan algo verdadero como de los que funcionan como fábricas de alienación más o menos confesa. Pero en cualquier caso si los programadores llevan un film a la sección oficial deben de estar dispuestos a que el jurado le dé un premio mayor.

“Faust” es una obra magistral, por encima de todas esas cuestiones. Porque nos hace olvidar el mito de origen alemán que la inspira y que tantas veces hemos visto representado en el cine. Porque únicamente estamos pendientes de la fisicidad de los movimientos de cámara, de las interpretaciones, soberbias hasta dejarnos aturdidos, constantemente transportados de una presencia a un sonido, a la modulación de una voz, a la utilización de lentes anamórficas para subrayar la irrealidad de toda la comedia y por tanto porque camina directamente a la categoría de símbolo. El cine de Sokurov está más allá del significado, es como algunas catedrales, como algunos cuadros religiosos, como las grandes óperas que disfrazan a la burguesía. La satisfacción de contemplarlo es la que soñábamos si hubiéramos podido asistir a la primera proyección de alguna de las obras maestras hoy indudables. La perfección, es cierto, abruma, pero porque la suponemos seca y severa. La perfección de Sokurov emborracha y convierte el cine en una celebración que está más allá del mundo en el que las personas pasan y los objetos permanecen.

Para finalizar, “Low Life” de Nicholas Klotz y Elizabeth Percebal. Esta película no fue premiada en ninguna de las categorías del festival, quizás porque puede parecer aparentemente fallida al lado de otra obra magistral, la anterior en su filmografía, “La Cuestión Humana”. Pero es indudable que cuánto recibimos de la cultura en este momento de transformación nos llega mediado por los mensajes que hemos absorbido durante décadas de rendición y retirada. Que Klotz y Percebal reinterpreten una tragedia moderna y, por cierto, fervorosamente contrarrevolucionaria, como “El diablo probablemente” de Robert Bresson y la conviertan en una película que habla de esos jóvenes que hoy luchan en la plaza de la Bastilla contra un sistema económico y político tiránico es digno de interés si deseamos compartir una visión del mundo en la que todos puedan verse reflejados.

Ahí lo dejamos. Hasta aquí este breve repaso al Festival de Cine de Gijón 2011 que como bien saben los asturianos sigue hacia delante incluso cuando los que pretenden gobernarles les ordenan ir para atrás. Deseamos que pronto la historia trate a unos y castigue a otros.


José Ramón Otero Roko. © 2012 Creative Commons Compartir-Igual.


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