Desasosiegos

Segunda Carta: Las Esperanzas, la Trascendencia y el Olvido (y una postdata).

“La Era de Pericles” por Phillip von Foltz

por Jaime Eduardo G. Meléndez

[Continuación de “Crimen y Castigo… y Vacaciones”]

Cuentan que antes de salir a la conquista del Imperio Persa, Alejandro Magno dejó todos los asuntos de Grecia a uno de sus generales, luego, dicen que se despidió de su madre, para después cruzar el mar con apenas provisiones para treinta días y cargando por todo tesoro sesenta talentos de oro (poco, muy poco para el futuro Rey del Mundo). Pero justo antes de partir – por las razones que uno quiera – repartió los bienes de su casa entre todos sus compañeros. Uno de ellos, entonces, le preguntó: “¿Qué te dejas para ti, Alejandro?”, “Las Esperanzas”, contestó el Rey.

El Ares Macedónico, Enemigo del Olvido, la Guerra hecha Humano, Megalómano entre los Megalómanos, Adán del Complejo Napoleónico, Asesino de Masas… podemos darle el calificativo que queramos, no existen límites para catalogar a quien hace lo impensable, sea para bien o para mal. Así es la Historia.

Alejandro no tenía un particular interés por las riquezas, ni por conquistar una u otra nación, su interés, su obsesión, el motor que lo llevó hasta el fin del mundo, fueron la fama y la gloria. En un punto de su campaña en Asia justo antes de comenzar la batalla, montado en su caballo, el fiel Bucéfalo, dijo esto a sus soldados:

“Son hermosas las acciones de los que se esfuerzan y afrontan los peligros. Es grato vivir con valor y morir dejando la fama inmortal”.

Más allá de los escasos años en que Aristóteles fue preceptor del joven Alejandro, el más importante modelo para el Ares Macedónico fue el bravo Aquiles, quien rechazó vivir una vida larga y tranquila a cambio de una fugaz, pero llena de la gloria que le haría inmortal. Esta forma de pensamiento, que se convertiría en el máximo ideal griego, fue acuñada por el poeta Homero a través de sus obras “La Iliada” y “La Odisea”, en las que describía las grandes hazañas de héroes como Odiseo, Ajax, Aquiles o Diomedes. Mediante la divulgación de los textos, entre los griegos se forjó un ideal de comportamiento basado en aquellos héroes que se convirtieron en modelos de conducta para todo aquel que se considerase griego. Como una consecuencia, el ideal se convirtió en factor de unión y a la vez en sello distintivo sobre lo “griego” que habría de impregnar toda su historia, determinando su forma de vivir y de pensar. Los griegos, en verdad, aspiraban a ser tan grandes como esos héroes “homéricos” y así trascender a través de sus hazañas. Como ejemplo veamos lo que Platón nos dice:

“Es necesario que nos interesemos por el futuro. Son las personas más viles las que, por su misma naturaleza, no se preocupan en nada, mientras que las más nobles, por el contrario, hacen cualquier cosa con tal de dejar un recuerdo para la posteridad”.

Aquí otro ejemplo en palabras del maestro orador (o retórico) Isócrates:

“Todos tenemos un cuerpo mortal pero, por los elogios, las alabanzas, la fama y el recuerdo que permanece en el tiempo, participamos de la inmortalidad”.

O este curioso ejemplo (por la forma en que hace referencia al propio Homero) de uno de los más grandes estadistas de todos los tiempos, Pericles, dirigiéndose en un discurso a sus compatriotas atenienses:

“Seremos el asombro de nuestros contemporáneos y de las generaciones futuras y no tendremos ninguna necesidad de un ensalzador como Homero para que nos cante en sus versos”.

Si uno hiciera una lista de todos los griegos que alcanzaron ese ideal de trascendencia o inmortalidad a través del recuerdo, esa lista sería sin lugar a dudas, inmensa. Pero no sólo inmensa en cantidad de personalidades sino también en áreas de estudio que van desde la literatura hasta las matemáticas, pasando por el teatro, poesía, astronomía, geometría, arquitectura, medicina, economía, historia y, por supuesto, la filosofía. Definitivamente hacer un recuento de ese tipo sería una tarea bastante larga y hasta un punto, irrelevante. Una pregunta que en este caso sería más interesante de plantear podría ser: ¿Por qué esa lista es tan grande? O dicho de otra forma ¿Qué tuvo Grecia que no ha tenido ninguna otra cultura en la historia?

Para aproximarnos a esa respuesta, primero demos un pequeño paseo por la península griega de la antigüedad, que muy al contrario del presente, parecería todo menos un paradisíaco destino turístico…

Por principio, la península griega es un lugar particularmente pobre en recursos naturales. El ochenta por ciento de su territorio es montañoso, por lo que sobra decir lo escaso que era el territorio aprovechable para el cultivo o el pastoreo. Tan es así que la dieta griega era casi exclusivamente vegetariana, y llegado el siglo V aC, con el aumento de la población en Atenas, hasta se llegó a legislar una restricción en las cantidades de animales que se consumían en algunos eventos como las bodas. El terreno era con frecuencia tan abrupto, que era notable la ausencia de caminos entre las distintas ciudades, por ello el medio de transporte por excelencia siempre fue el barco. El calor es abrasador en el verano y a menudo ocasionaba sequías. Tan a menudo ocurrían dichas carestías que, entre los siglos VIII al VI (principalmente), las ciudades con frecuencia se veían obligadas a expulsar ciudadanos por sorteo (o voluntariamente) para que montasen una colonia en una tierra distante, e inclusive, si por alguna mala fortuna estos expulsados regresaban a su ciudad de origen, por lo regular se les impedía la entrada y en algunos casos hasta se les llegó a castigar con la muerte. Las tierras además, no eran las más fértiles y el agua escaseaba, por lo que algunos cultivos como el trigo eran un auténtico lujo ya que requiere más agua que otros cereales. Encima, la península griega era una zona bastante aislada del resto del mundo; por el norte tenían escarpadas montañas y el reino macedónico que fungió (hasta la invasión de Filipo II, padre de Alejandro) como un tapón entre los bárbaros del norte y los peninsulares griegos; la distancia que separaba a Grecia de Asia era notable para la época, además el paso a través del Bósforo era a menudo peligroso. Por último, tan dura era la vida en la península griega, que el costo de mantener un caballo era tal que más que escasear, en muchos casos eran inexistentes. Como detalle podemos apreciar que en la estrategia militar griega en poco o nada se consideraba a la caballería, el grueso de los combates lo llevaba a cabo el soldado de a pie, al que se le llamaba “Hoplita”.

Sucedió en la primera gran victoria de los griegos contra el invasor persa, en la Primera Guerra Médica en la célebre batalla de Maratón, que los griegos que combatieron no poseían ni un sólo elemento de caballería. Por ello su estrategia se basó en esperar apostados en los bosques hasta que la caballería persa – despreocupada y confiada en lo que creían un despliegue de miedo por parte de los griegos – salió toda junta a pastar, momento que la infantería griega aprovechó para salir a la carrera en formación cerrada, y, a pesar de ser notablemente inferiores en número, arrasaron a los persas y les obligaron a la retirada. Sucedió al final de la batalla, que dada la ausencia de caballos y lo difícil de los trayectos, para avisar de la victoria a los que permanecían en Atenas, se envió a un hombre que corrió desde la playa de Maratón hasta Atenas. Aquel hombre, corrió con tanto empeño que apenas alcanzó a llegar y sólo dijo “Alegraos”, para después morir. La distancia entre Maratón y Atenas es de 42 kilómetros, y por ello, en nuestros días, en las olimpiadas cada cuatro años el último evento es el que en honor a aquel corredor y a aquella victoria llamamos: “Maratón”. De suerte que en el presente sólo deben correr con ropa deportiva, porque aquel ateniense corrió los 42 kilómetros portando todas sus armas, coraza y escudo hoplita.

Imagen de Hoplita en una vasija griega

Imagen de Hoplita en una vasija griega

Pero continuemos por el curioso tema del Hoplita, que fue y sigue siendo una auténtica rareza. El nombre proviene de la palabra hopla, que designa al conjunto de su indumentaria de guerra o “panoplia” (hasta hace unos años se creía erróneamente que hopla hacía referencia sólo al escudo). Este Hoplita era un soldado de infantería que portaba escudo, coraza, casco, grebas, lanza y espada, todo en bronce. Combatían en una formación cerrada y la estrategia consistía en realizar una carga masiva en conjunto con todas las filas, donde el principal objetivo era romper la línea enemiga por medio de la presión conjunta; algo similar a lo que ocurre en el actual Rugby cuando chocan las líneas en un scrum. Mantener la línea era vital y la dependencia entre todos los miembros era total. Se alineaban en tres frentes asignándose las mejores tropas en el flanco derecho, en época clásica (siglos VI y V aC, aproximadamente) cada frente tenía ocho filas de profundidad y, dependiendo del número de ciudades inmiscuidas en una batalla, las columnas llegaban a ser de varios cientos de hombres. Bien, hasta aquí va todo perfecto, con todo muy claro salvo por un pequeño gran detalle… ¿Cómo costeas todo un ejército de bronce en un territorio tan pobre y aislado como la península griega?

La respuesta parece simple pero las implicaciones por las que se llegó a la misma son cruciales. Lo que aconteció, en mayor o menor medida, en todo el mundo griego fue: El Reparto de Tierras. (A partir de aquí por razones de practicidad deberemos centrarnos en la historia ateniense, la más documentada e icónica de todo el mundo griego, aunque se harán referencias generales al resto).

Llegado ya el final del siglo VI aC en Atenas para fines prácticos no eras ciudadano si no tenías panoplia de hoplita ni viceversa, y no podías costear la panoplia si no contabas con un mínimo de tierras. La principal consecuencia económica de una expansión de la población capaz de costear la panoplia hoplítica es que al estar en una economía agraria, con escaso comercio exterior y por supuesto sin actividad industrial, la repartición de la tierra equivalía a repartir los Medios de Producción, por lo que la generación de riqueza pasó a un mayor grupo de personas. La cuestión del reparto se esparció por toda Grecia y las colonias, aunque si bien no se sabe si fue de adentro hacia afuera o al revés (o lo más probable, una mezcla), el hecho es que por todo el mundo griego los ejércitos de campesinos/ciudadanos se volvieron la norma. El por qué ocurrió este fenómeno de manera tan contundente y veloz, responde a una cuestión de practicidad y lógica. El ejército que se presentase a un conflicto con una proporción baja de hoplitas entre sus filas, es decir, con sólo un puñado de ricos aristócratas armados hasta los dientes y un gran número de pobres armados con piedras y palos, llevaría una desventaja insalvable contra un ejército que contase con una alta concentración de hoplitas. De una a otra ciudad, la presión y potencial hoplitización de la ciudad vecina fue forzando a todas a armar a una mayor cantidad de hombres, reduciendo paulatinamente el poder de la minoría aristocrática terrateniente y, a la par, aumentando la exigencia de derechos políticos entre estos nuevos individuos que en términos modernos, conformarían una auténtica clase media, quienes se volvieron tan protagonistas como los aristócratas en la defensa de la ciudad.

El periodo de tiempo entre los siglos VIII y VI aC en Grecia fueron siglos particularmente turbulentos y plagados de una constante tensión social, pero también fueron siglos en los que el campesino-ciudadano-hoplita se estableció como modelo. Las ciudades crecían y al no haber tierras disponibles, se expulsaba a los ciudadanos desposeídos (normalmente los hijos menores en alguna familia o por sorteo) para fundar colonias en otras regiones. Las fundaciones, al no haber precedentes entre los que ahí se establecían, favorecían el hecho de que se viesen todos como iguales y de hecho así tendían a repartirse las tierras, por lotes del mismo tamaño asignados a cada colono. La colonización favoreció el desarrollo del comercio entre las ciudades, por los vínculos entre las “ciudades madre” con sus “hijas”, pero al poco tiempo el comercio se desarrollo entre todas las ciudades. Esta actividad comercial, contrario a lo que podría pensarse, sólo contribuyó a agudizar la crisis de escasez de tierras en las ciudades madre, pues los aristócratas podían vender sus excedentes en el exterior a mejor precio y así comprar otros bienes más baratos en el extranjero, fuesen de primera necesidad o lujos. Esta situación acabaría progresivamente por llevar a la ruina a los campesinos locales que no podían competir con esos precios, y – quizá lo más crucial de todo este asunto – eventualmente las regiones colonizables se acabaron o se hicieron demasiado inaccesibles, por lo que el método mediante el que la aristocracia controlaba el descontento social interno, llegó a su fin.

Por su parte en las colonias gracias al reparto equitativo inicial de las tierras, se favoreció la expansión del número de ciudadanos que podían costearse el equipamiento militar del hoplita. Así, terminaría ocurriendo ese “efecto bola de nieve” que ocasionaría los repartos de tierras que permitirían costear a un mayor número de hoplitas que eventualmente, exigirían mayores derechos políticos, primero, y en su mayoría, bajo el auspicio de un líder local que tomaría el poder imponiéndose con el apoyo popular como “Tirano” y perjudicaría a la aristocracia en favor de los nuevos campesinos armados y de los desposeídos que buscarían obtener tierras. Sin embargo, los tiranos tendían a tener una vida corta y a su muerte la situación regresaba a esa tensión social inicial entre aristócratas, desposeídos y campesinos armados sin derechos políticos, por lo que, por muchas partes del mundo griego surgieron legisladores elegidos por el propio pueblo (y en muchos casos, por el pueblo y los aristócratas en conjunto, como ocurrió en Atenas), que tenían por objetivo establecer leyes que evitaran esa tensión social que ya tenía desgastadas y hartas a las ciudades.

En el año 594 en Atenas entra a escena otro de los griegos ilustres: Solón. Si bien este hombre fue quien dio forma a la base de la economía ateniense, se le recuerda más por ser el primer hombre en la Historia que realizó una especie de abolición de la esclavitud, pues la prohibió entre atenienses (por causas de endeudamiento), además liberó a todos los atenienses que habían caído en la esclavitud y ordenó traer de vuelta a los que habían sido vendidos como esclavos en otros países. Después de todo eso – y por fortuna – se dio tiempo para escribir poesía y es gracias a ello (y a la cuota del historiador Heródoto), que sabemos más acerca de Solón y los porque’s y como’s de su Reforma. Él se dio cuenta que para mantener al mayor número de ciudadanos armados apropiadamente, había que maximizar la relación entre propiedades y familias. De la legislación que surgió y que eventualmente se afianzó en un sistema social, surgió el nombre de lo que actualmente llamamos “economía” pues la palabra se deriva del nombre que daban los griegos a la unidad de propiedad que poseía cada ciudadano, es decir, el “oikos”. Un ciudadano contaba con su terreno en el que habitaban él y su familia, y a partir de ese terreno debía de producirse todo alimento, medios para su manutención y costear su armamento de hoplita. El conjunto de la casa, el terreno y la familia, constituía el oikos. Ya desde el siglo V aC el propio estadista Pericles ya concebía a la ciudad griega como la suma de todos sus oikos. Tal fue la importancia y notoriedad que cobró esta entidad que hacia el siglo IV aC el militar, aventurero y filósofo Jenofonte, escribió el primer tratado de economía de la historia, al que tituló: Oikonomikos (aunque a Jenofonte se le recuerda más por su célebre obra “La Retirada de los Diez Mil” o “Anábasis”, en la que narró como un ejército griego – con él como líder – escapó de lo profundo del Imperio Persa; para los aficionados al cine, fue a partir de esa obra de Jenofonte que primero en 1965 Sol Yurick se basó para escribir una novela que luego usaría el director Walter Hill para filmar en 1979 la película de culto “The Warriors”).

Portada de la Edición de Colección de “The Warriors”

Portada de la Edición de Colección de “The Warriors”

Pero volvamos a los oikos. Estos se establecieron como zonas de producción independientes unas de otras, aisladas en la mayor medida posible y sin desperdiciar espacio. De esta forma, el fundamento de la libertad para los griegos radicaba no en la libertad de acción, sino en la independencia respecto a los demás, la autosuficiencia económica y alimentaria. En la medida en que se era independiente del resto y que podía proveerse de los medios necesarios para sobrevivir, el griego era más libre y así, era más ciudadano.

Las propiedades bajo la legislación de Solón alcanzaron un carácter sagrado, inviolable y fuertemente regulado. De puertas para adentro el ateniense propietario (o kyrios) tenía casi un poder absoluto sobre los que vivían bajo su techo, en este sentido el Estado funcionaba como un observador que entraba en acción sólo y exclusivamente cuando el propietario atentaba contra sus hijos menores de edad, los ancianos que de él dependían, o, por supuesto, cuando el propietario moría y había que repartir su herencia. Los atenienses eran conscientes de la importancia de los niños para la renovación del Estado, y a su vez, del respeto que se les debía a los ancianos, pues veían ese respeto (con su obligatoria manutención y exención de servicio militar) como una garantía para cuando, eventualmente, ellos mismos llegasen a tal edad. A la muerte del propietario el terreno y demás propiedades se repartían equitativamente entre los hijos varones, que normalmente no eran muchos más de uno. Solón también incluyó una cláusula de adopción (en caso de que no hubiese un heredero disponible) para evitar que la propiedad cayera en manos de alguien externo por compra/venta. En caso de recurrir a la adopción, el adoptado tomaba el rol del líder de esa familia y legalmente para todo efecto dejaba de formar parte de su familia original. Por supuesto, hay que decir que en todo caso de herencia sólo los hijos legítimos podían acceder a los beneficios de un testamento. Un caso bastante ingenioso al respecto nos lo presentó el autor de comedias Aristófanes, que en una de sus obras se le ocurrió presentar a un viejo Zeus que hereda el Olimpo a su querido e hijo favorito Heracles (o Hércules, según el nombre romano más conocido), pero en la obra al poco rato le retiran sus propiedades pues en realidad… ¡era un hijo bastardo!

De hecho, tan consciente estaba Solón de la importancia del carácter inviolable de las propiedades y del mantenimiento del sistema, que promulgó una ley que decía que si ocurría un Golpe de Estado, todos los ciudadanos estaban obligados a tomar las armas para la defensa del mismo, y en caso de no participar, el ateniense perdía su ciudadanía. Además, instauró otra ley por la que obligaba a todos los padres a enseñar un oficio a sus hijos, esto con el objetivo de evitar por todos los medios posibles que un ciudadano cayera en la pobreza.

SolónSolón

La pobreza en la antigua Grecia significaba ser dependiente de otros y era considerado una gran deshonra. De hecho, cualquier tipo de servidumbre o trabajo manual remunerado era a su vez una deshonra para la persona pues suponía estar al servicio de otro. Los salarios por su parte eran en su mayoría el mismo para todos los oficios, los propios arquitectos del Partenón recibían un salario apenas superior al de los albañiles y eso era considerado como normal, pues el trabajo se consideraba igualmente degradante. La norma era que se trabajaba sólo hasta el punto en que se pudiera vivir sin trabajar, y a partir de este punto, la persona se consideraba rica pues era independiente. Esto fue algo que le sucedió al propio Solón, que en un punto de su vida tuvo que trabajar para recuperar su estatus. La riqueza no era considerada más que un estatus que permitía el acceso a la política y al ocio ilustrado. Las anécdotas en este sentido son abundantes. Una vez – y esto ocurrió dentro de las aulas de la Biblioteca de Alejandría – un joven insensato le cuestionó a su maestro, quien era nada más y nada menos que Euclides, de qué le servía aprender el primer teorema de la Geometría. Como respuesta, su célebre profesor sacó tres monedas de entre sus ropas y se las dio diciéndole: “Toma, porque te es preciso sacar provecho de lo que aprendes”, mostrando su desaprobación por la actitud del alumno hacia el conocimiento (Todavía hasta nuestros días, las clases de geometría que se imparten en los institutos de todo el mundo, son las mismas que dictaba aquél profesor pues dejó todo por escrito en su gran obra Elementos). En otra ocasión el propio Sócrates se jactó de que jamás había recibido dinero de nadie por educarle, porque eso habría significado que estaría obligado a tratar con aquella persona (sin embargo, es más que posible que su esposa Jantipa opinara diferente, pues como el filósofo se pasaba educando a medio mundo sin cobrar, rara vez aportaba algo en la casa, hasta que un día ella estalló de furia y fue y le tiró un balde de agua en frente de media Atenas, a lo que Sócrates respondió con ingenio: “Cuando Jantipa truena, también llueve”).

Por extraño que pueda parecernos, ni siquiera algunas actividades artísticas se salvaban de ser deshonrosas. La música, la pintura, la escultura y hasta la arquitectura, eran despreciadas por los griegos. La explicación era, nuevamente, que obligaban a recibir un salario al autor. Plutarco nos relata que nadie en su sano juicio desearía ser Fidias, arquitecto en jefe durante la construcción del Partenón, pues: “Por el hecho de que se disfrute con la obra, no por ello el artista es digno de estima”. De hecho, uno de los pasajes menos conocidos – y vergonzosos – de nuestro amigo Alejandro Magno, ocurrió cuando una vez en presencia de su padre Filipo y la corte, tocó una hermosa melodía con la flauta, por lo que su padre, enfurecido se puso en pie y lo reprendió con severidad diciéndole: “¿Que no te da vergüenza tocar tan bien?”

Joven tocando el Aulós (Flauta griega)Joven tocando el Aulós (Flauta griega)

De hecho la única actividad artística que era profundamente respetada era la literatura. No es casualidad que el poeta griego por excelencia, Homero, se encuentre entre los más célebres. También la oratoria era de gran aprecio entre los griegos, como lo demuestra el más notable de todos lo oradores de la antigüedad, Demóstenes, en lo que muy probablemente sea el mejor discurso de toda la historia: “Sobre la Corona” (aunque el propio Demóstenes sea a menudo más recordado por su célebre frase “corre hoy para pelear mañana”, después de soltar su escudo y echarse en retirada en una batalla).

La explicación para todas estas posturas nos la da el mismísimo Platón en su obra “La República”:

“En la ciudad bien gobernada y que ha conseguido personas completamente justas, es preciso que los ciudadanos no tengan una vida de artesano ni de comerciante, pues tal vida es innoble y contraria a la virtud; ni tampoco de campesinos, pues se necesita del ocio para el florecimiento de la virtud y para las empresas públicas.”

Además, como se aprecia, resultaba curiosa la consideración sobre el oficio de campesino, pues causaba agrado (por la independencia para mantenerse) y desagrado (por mantener a las personas ocupadas). En la opinión de Aristóteles refiriéndose a esta ocupación:

“Sobre todo, porque es justa; pues no se da a expensas de otros. Por naturaleza todos tienen su alimento de nuestra madre, pues los campesinos lo extraen de la tierra. Además de eso, contribuye grandemente al vigor físico, al conseguir que los cuerpos sean capaces de resistir la intemperie y soportar penalidades, no como los oficios artesanales, que hacen los cuerpos inútiles.”

Una anécdota que representaría en forma íntegra el pensamiento griego sobre el trabajo, el ocio y la obsesión por la fama y la gloria, es la que relatan sobre otro notable llamado Temístocles, artífice de la victoria griega sobre los persas en la segunda Guerra Médica. Cuentan que en una ocasión en medio de un banquete le pidieron a Temístocles que cantara y bailara, a lo que dijo por respuesta que él no había aprendido a cantar ni a tocar ningún instrumento, lo que él sabía era hacer una ciudad grande y rica.

Fue precisamente este personaje quien abre la puerta a la imagen que tenemos de Atenas en el siglo V aC, pues su carrera política estuvo marcada por el proyecto de creación de la poderosa armada naval que no sólo hizo posible la victoria griega sobre el invasor persa en la segunda Guerra Médica, también dicha armada hizo posible que un gran número de ciudadanos pobres pudiesen ingresar como remeros a la armada y cobrar así un sueldo. La consecuencia de este cambio fue una mayor democratización de Atenas pues más gente participaba de los quehaceres del Estado y ante ello, exigieron mayores derechos políticos.

Tanta fue la riqueza y poder que alcanzó Atenas gracias a la participación activa de un creciente número de ciudadanos tanto en la guerra como en política, que el Estado ateniense durante el siglo V aC podría considerarse como el primer Estado de Bienestar de la historia (aunque debemos ser un poco adaptables con el término, y considerar las dificultades para la producción de bienes en la época). Se promulgaron leyes para mantener a veteranos de guerra que hubiesen quedado impedidos para las actividades militares. En caso de que un hombre muriese en batalla el Estado se hacía cargo de la manutención de su familia. El Estado se encargaba de subvencionar gimnasios y diversas festividades religiosas para toda la ciudad. También si un ciudadano era demasiado pobre para pagar la dote matrimonial de su hija, el Estado le proveía de la misma. Se llegó a un punto en el que fue aprobada una ley que daba una cantidad diaria de dinero a un ciudadano pobre, sólo por ser pobre. El fundamento más claro y elocuente sobre este Estado de Bienestar ateniense, lo expuso, en uno de sus más grandes discursos, el propio Pericles:

“Porque, a mi juicio, es más útil a los ciudadanos particulares el que el Estado en su conjunto prospere, que el que los ciudadanos prosperen como individuos pero que él como comunidad decline. Pues un hombre a quien en lo suyo le va bien, si su patria se arruina, no en menor grado deja de perecer con ella; en cambio, si él es desafortunado en un Estado próspero, podrá salvarse mucho mejor.”

Como un tema relacionado, pero en apariencia un poco aparte, existían inclusive protecciones a los esclavos, pues si uno era maltratado por su amo y acudía a un templo en particular, podía cambiar de propietario si alguien accedía a comprarle (sí, parece radical para nosotros pero en la época era algo increíble), de hecho los esclavos que habitaban en Atenas eran conocidos por sus lujos y libertades y resulta notable que a lo largo de la antigüedad en esa ciudad nunca hubo una revuelta de esclavos. En general los esclavos en Atenas llevaban una vida relativamente relajada, tan fue así que sucedían casos como el que nos presenta Lisias en su discurso XXIII, en el que acusa a un esclavo que había escapado y se hizo pasar durante años por… ¡ciudadano ateniense!

“La Era de Pericles” por Phillip von Foltz“La Era de Pericles” por Phillip von Foltz

Es imprescindible el tema de la esclavitud en la sociedad ateniense, pues para poder alcanzar ese ideal de ocio ilustrado era necesario conseguir al menos un esclavo para mantener el funcionamiento del hogar u oikos, que en realidad en muchos sentidos era gestionado por la esposa del ciudadano-propietario. Tal era la consciencia de la necesidad de los mismos, que el propio Jenofonte en su tratado “Sobre los Ingresos Públicos”, proponía un proyecto de financiación para comprar un esclavo para cada ciudadano y que ese esclavo fuese enviado a trabajar a las minas (contrario a los que habitaban en la ciudad, los que trabajaban en las minas vivían en condiciones de extrema miseria), así, cada ciudadano obtendría una renta periódica que le liberaría del trabajo. Aristóteles por su parte fue el primero que abordó el tema de la esclavitud desde una perspectiva filosófica, él argumentaba que era propio del hombre educado y culto gobernar sobre los que son ignorantes y sólo poseen fuerza bruta (condiciones atribuidas típicamente a los bárbaros), y que por ello les correspondía realizar los trabajos que no exigían aptitudes intelectuales y ser gobernados. De esta forma se concluía que la política, la filosofía, la literatura, la competencia atlética y la guerra, eran los quehaceres naturales del ciudadano.

Hasta qué punto las consideraciones sobre los esclavos fuesen una justificación es difícil precisarlo. Lo que es un hecho es que el conjunto de todos los elementos sobre los que hemos charlado en estas páginas permitían al griego de la antigüedad soñar y llegar a vivir ese ideal de búsqueda de la fama y la gloria. El sistema social sustentable de los oikos, que proveían a los ciudadanos de autosuficiencia e independencia, aunado a la esclavitud que les liberaba de responsabilidades, teñido todo por los valores e ideología del amor por la fama y la gloria, y la consideración que el griego tenía sobre el trabajo como algo en el mejor de los casos, transitorio, son elementos que en conjunto nos permiten aproximarnos a la realidad de aquellos habitantes de esa península tan pobre en recursos, pero al mismo tiempo, tan abundante en logros.

Quizá Alejandro Magno fue el más grande realizador de este ideal, como uno de los individuos que más han afectado la historia de la humanidad, con todo y que provenía de una nación que si bien era griega (aunque algunos autores como Demóstenes lo ponían en duda), mantenía algunas tradiciones distintas a las de los griegos peninsulares y demás colonias, pues en la natal Macedonia de Alejandro, por ejemplo, era posible la poligamia y el sistema de gobierno era una monarquía. Un sólo ciudadano ateniense como Pericles o Temístocles, por mucho de que gozase de un gran número de propiedades, apoyo popular o riquezas derivadas del comercio u otra actividad, jamás podría acercarse a los recursos de un Rey que dispusiese de todo un reino como si fuese su propio oikos. El que lo dejó más en claro que nadie, fue el propio padre de Alejandro, Filipo II, que acostumbraba burlarse de la lentitud en la toma de decisiones por parte de los atenienses, porque él en cambio lo único que tenía que hacer era dar una orden. Si bien Filipo, al contrario de su hijo, era un hombre más bien pragmático y ausente de todo idealismo, ya que a menudo se burlaba de las tradiciones, ignoraba pactos sagrados e inclusive, una de sus técnicas favoritas para conquistar una ciudad amurallada, era pasear frente a las murallas una mula cargada de oro para ofrecerlo a quien traicionase a la ciudad.

Alejandro por su parte probó ser quizá el polo opuesto a su padre y ser el más apegado al idealismo griego. Podrían decirse muchas cosas en este sentido pero una anécdota vale más que mil palabras. Cuando Alejandro conquistó Egipto, se dirigió a un famoso oráculo que se encontraba en un oasis muy adentro en el desierto. Viajó hacia el lugar a pesar de ser una mala temporada, pero unas atípicas lluvias fuera de estación y un par de cuervos, le permitieron llegar hasta su destino. Entonces, Alejandro llegó ante el oráculo y le hizo la siguiente pregunta: “¿Me concedes el gobierno del mundo?”

Estatua de Alejandro en Skopje, Capital de la República de MacedoniaEstatua de Alejandro en Skopje, Capital de la República de Macedonia

Siendo un oráculo un intermediario con los dioses, a los ojos de una persona del presente, la pregunta de Alejandro parecería completamente fuera de lugar, pero debemos comprender una última cosa en esta aproximación al mundo antiguo: el concepto griego de la “otra vida”. Los griegos consideraban que la vida después de la muerte consistía en un estado de semi-consciencia en el que la persona se pasaba la eternidad en una especie de perpetuo sopor. Tanto Aquiles como Odiseo, a su muerte, vagaban en el mundo de los muertos como sombras de lo que fueron en vida, inconscientes e indiferentes a todos y a todo. El concepto de la inmortalidad del alma era algo extraño para los griegos, algo casi ajeno a su cultura, aunque sí tenían nociones sobre esas ideas pues eran comunes entre los egipcios, e inclusive, entre algunos círculos propiamente griegos como los pitagóricos o platónicos. Sin embargo, esas ideas no parecen haberse esparcido entre un gran sector de la población. Además, los griegos no tenían propiamente un concepto de un premio o castigo después de la muerte, llegado su último respiro su consciencia terminaba por igual. De ahí que, en suma, para ellos la consideración de los hechos y hazañas en vida fuera tan importante en todo sentido, pues de esa manera lograban perpetuarse en lo que consideraban como inmortalidad, es decir, mediante las hazañas realizadas en vida el “Yo” lograba perpetuarse en el tiempo a través del recuerdo de los demás. Esa era, sólo por darle un toque freudiano: “La Trascendencia del Yo”, mientras que la verdadera muerte para el griego no era otra cosa que El Olvido.

¿Qué tan diferentes somos en el presente? Las diferencias parecen ser radicales en todo aspecto. La inmensa mayoría de las religiones del presente (por no decir todas) muestran una consideración de la muerte en la que existe una permanencia del individuo en la otra vida, o dicho de otra forma, existe una continuidad del “Yo” después de la muerte. Sin embargo, en el caso del presente esa continuidad del Yo es implícita al solo hecho de profesar la fe. Por otro lado, es cierto que existe un gran sector de la población que no profesa una creencia religiosa, aunque, por lo regular, las personas en general tienden a asumir que existe una vida después de la muerte en la que, de manera implícita, se acepta una preservación de la consciencia. De esta forma, podría afirmarse que la gran mayoría de las personas en el presente participan de un cierto tipo de “religiosidad” al creer en esta idea de la inmortalidad del individuo.

También la consideración del trabajo ha cambiado por completo. En la actualidad la mayoría de las personas se definen por aquello en que trabajan y el ocio tiende a ser visto como un tiempo disponible para divertirse. De hecho en el presente, la palabra “ocio” en muchos sentidos tiene una connotación negativa, y tan es así, que en algunos países se emplean palabras para hacerle más agradable o aceptable, como “hobby”. Ahora el ocio nos parece un concepto extraño, como igual les pareció a los romanos cuando entraron en contacto con el mundo griego, los tozudos y trabajadores romanos no tenían noción sobre ese concepto, la vida para ellos era trabajar y sobrevivir, y tan es así que cuando entendieron lo que era el ocio, como tenían que seguir trabajando y sobreviviendo, a lo que no era ocio lo llamaron “negocio”. Otra diferencia en este aspecto es la erradicación de la esclavitud, puesto que al menos en teoría, en el mundo desarrollado no existe ya.

Sin embargo, de entre todas las enormes diferencias que nos separan, existe algo que al menos nominalmente ha logrado superar la prueba del tiempo: La Democracia. Pero el decir esto último deja abierta una nueva pregunta: ¿Cómo es posible que dos sociedades tan distintas como la griega y la del presente compartan un sistema político, cuando sus diferencias son, en todo sentido, tan radicales? La respuesta es que no lo comparten. Ni la democracia de aquél pasado es como la del presente, ni la del presente tiene algo que ver con aquella.

En una entrega posterior de esta serie de cartas, nos adentraremos en esta cuestión. Por ahora baste comentar, para abrir ese futuro tema, que la Democracia de esa Atenas de la que hemos hablado en estas páginas fue la culminación de un proceso histórico, una consecuencia de los hechos del pasado, nunca una causa. Todo lo que se ha comentado aquí – muy apretado entre estas páginas – abarca cuatro siglos de historia de una nación y un sin fin de eventos que culminaron en un modo de vivir, dicho de otra forma: una cultura. Fue sólo enmarcado dentro de todo ese contexto que se pudo llegar al sistema democrático. Los repartos de tierras, la colonización, los ciudadanos-campesinos, las tiranías, las guerras, las reformas, las revoluciones, todo ello forma parte de la historia y la realidad de una nación. Las ideas del presente no son ajenas al pasado, ni tampoco lo somos las personas. ¿Por qué cuando de un día para otro, llega la “democracia” a un lugar como Afganistán o Iraq, la sociedad en realidad no cambia? ¿Por qué en países como México mucha gente vota por el partido que votaba su padre, sólo porque antes su abuelo votaba por ese mismo partido? ¿Por qué en algunos países cuando se incrementa la pobreza y el desempleo, aumenta más el crimen que las protestas contra el gobierno? ¿Por qué en otros ocurre lo opuesto? ¿Tendrá todo esto al menos algo que ver con la consciencia histórica? Tal vez sucede que las sociedades tienen una memoria, y que a lo largo del tiempo, mediante esa memoria logran desarrollarse, crecer y aprender. Quizá sea que al igual que los individuos, las sociedades y las naciones, también maduran.

Postdata: “¿Qué es la Conciencia Histórica? O entre paréntesis, ¿Qué es la Cultura?”

A mí – perdonarán que emplee la primera persona, pero no considero prudente aventurarme a hablar de estos temas en términos más allá de los estrictamente personales – me parece que para comprender cómo las sociedades y las naciones maduran, es necesario tratar de responder a la pregunta de qué es eso de la “conciencia histórica”. A menudo lo escuchamos, en uno u otro sitio, como una frase favorita entre los que son llamados intelectuales o eruditos. Es un concepto que a menudo se usa pero que rara vez se explica, algo que a mí siempre me ha dejado una cierta sospecha al respecto de esa actitud. Richard Feynman, premio nobel de física, lo dijo de una manera muy elocuente: Es muy diferente saber el nombre de las cosas que saber qué son las cosas. Yo no me considero en lo absoluto ni intelectual ni erudito. Pero, sobre la pregunta “qué es la conciencia histórica”, tengo mi propia respuesta.

Para mí la “consciencia histórica” es lo que comúnmente identificamos como la Cultura de una región, país o nación (lo que viene a continuación puede ser un poco pesado, pero les pido paciencia y un poco más de su tiempo). La pregunta correcta para mí es “¿Qué es la Cultura?” La Cultura es la suma del aprendizaje generacional llevado a la práctica diaria en el presente, y dicho aprendizaje se lleva a cabo mediante no otra cosa que la Familia: el medio natural de transmisión cultural. De la misma forma que en el núcleo de las células se guarda el ADN de cada individuo, en la Familia se guarda esa estructura de conductas, protocolos y expresiones a la que identificamos como “Cultura”.

La Cultura, en suma, es una estrategia de conducta colectiva regulada por lo que conocemos como tradición, y es por medio de esa estrategia que una sociedad puede aspirar primero a sobrevivir, y luego, a preservarse en el tiempo. Cada civilización ha desarrollado su propia cultura en función de la época en la que le tocó existir. Algunas han llegado a expresiones tan dispares y distantes que es casi imposible apreciar el vínculo que las une. ¿Por qué existió entre los pueblos del México prehispánico esa aterradora práctica del canibalismo ritual? ¿Por qué se ritualizó hasta un punto tan solemne y, casualmente, por qué se practicaba sólo en época de esas sequías que atacaban la principal fuente de alimentación de esos pueblos? Alguien aquí podría decir que esa región no ha sido la única parte del mundo en la que hubo grandes sequías, también en Europa, en Sudamérica o en Asia las hubo y no se llegó a esa magnitud de “barbarie”. Pero sucede que la zona de lo que antes era México, fue la única región del planeta donde se dio la combinación de que existían tierras altamente fértiles que sustentaron sociedades densamente pobladas, y que al mismo tiempo, en esa región no existía ningún animal empleable como ganado. Ni siquiera existía algún animal capaz de realizar trabajos que permitieran una mejor práctica de la agricultura.

En el canibalismo practicado se estipulaba que se realizaba sólo con los soldados capturados en combate. Se dejaba de lado a mujeres, niños y ancianos. ¿Tiene sentido el hecho de que esta práctica se haya transmitido y asentado, cuando los elementos de preservación fisiológica (mujeres), los elementos de preservación del conocimiento aprendido (ancianos) y los elementos de renovación generacional (niños) hayan sido respetados como normal general? ¿Tiene sentido el que esta práctica haya llegado a constituir una parte de su Cultura?

Pero una pregunta más importante aún: ¿Podrían haber sobrevivido las culturas del antiguo México sin la práctica del canibalismo ritual? O dicho de otra forma, ¿Podrían haber sobrevivido las ciudades griegas que eran atacadas por ejércitos con grandes cantidades de soldados con armamento completo, sin haber realizado ellas mismas un reparto de tierras y en consecuencia, armar a una cantidad de campesinos que pudieran competir con el invasor? En ambos casos, parece que es muy poco probable que tanto una como la otra pudieran haber prevalecido.

¿Cuál es el vínculo que une al canibalismo ritual con las reformas que derivaron en las leyes griegas que defendían con absoluta rigidez el mantener inalienable la propiedad de la tierra? Ambas estrategias se desarrollaron como medios para preservar a esas sociedades, y ambas, con el paso de las generaciones, se volvieron parte de su Cultura.

Ahora bien, hasta este momento no he tocado el tema de la familia griega y no pienso hacerlo, la razón es porque me parece más importante explicar sus efectos que su funcionamiento. De esta forma será más fácil abstraerlo y llevarlo a otras latitudes. Para continuar necesito contarles algo que me pasó hace poco, sucedió que después de una extensa discusión con un amigo acerca de futbol, política, religión e historia, me hizo una pregunta que consideré excelente para exponer la importancia de la relación entre la familia y la cultura. La pregunta era, en términos generales: ¿Por qué los griegos del presente son tan distintos a los de ese pasado? ¿Por qué se perdió esa cultura? Tanto la pregunta como la respuesta resultan complejas de atender por todas las implicaciones que hay detrás de ambas, pero creo que puede resumirse en esta idea: las estructuras familiares cambiaron o desaparecieron, y con ellas, fue desterrada de la práctica diaria la cultura anterior. Dado que los entornos de las civilizaciones tienden a mantenerse estables, podemos decir que esos cambios o desapariciones de culturas se debieron principalmente a invasiones de otros pueblos. En el caso de los pueblos del antiguo México, los españoles, y en el de la antigua Grecia, primero los romanos, y al final (después de otros tantos), los otomanos. Con cada invasión la estructura de la familia anterior desapareció, o en el mejor de los casos, se mezcló con la estructura familiar del pueblo invasor. Y con cada cambio o alteración a la familia, ocurría un nuevo comienzo en cuanto a aquello que era aprendido y transmitido por las generaciones anteriores a las nuevas.

Pongámoslo así: cuando alguien (un padre o una madre por ejemplo) nos enseña cómo hacer alguna actividad nueva para nosotros, al principio cometemos constantemente errores y conforme aprendemos más y más, nuestra tasa de error disminuye (mas no desaparece), pues hemos ido aprendiendo ese conocimiento y, a su vez, mejorando nuestro aprovechamiento de los recursos que usamos en esa actividad. Ese proceso se repite cada vez que vamos a aprender una actividad nueva. ¿Pero qué pasa cuando el maestro viene de un entorno distinto y no conoce en realidad el entorno en el que va a enseñar? ¿O qué pasa cuando no hay maestro alguno? Lo normal es que nuestra tasa de fallos será muy grande al principio y que además, nos costará más tiempo llegar a un nivel aceptable de desempeño.

¿Tiene sentido que a los griegos les haya tomado tanto tiempo el llegar a esa práctica democrática, en especial cuando no existía precedente en ninguna parte del mundo? Esa práctica democrática, consecuencia de siglos de conflictos, fue la mejor estrategia social como solución a las condiciones en las que vivieron aquellos griegos. Quizá por ello, parece tener sentido que cuando se lleva esa práctica a un país que no la posee a nivel cultural, esta no funciona. Tal vez sea por ello que esa idea inspirada, casi robada, de “La Enciclopedia”, de que las naciones pueden cambiarse partiendo de las leyes a las personas: no funciona.

Ahora, y por último, permítanme plantear una pregunta un poco más arriesgada:

¿Por qué todas las ex-colonias británicas forman parte del primer mundo, mientras que todas las ex-colonias españolas son países sub-desarrollados? ¿Tendrá algo que ver el hecho de que las colonias británicas se formaban con familias enteras, rechazando la mezcla con los nativos, mientras que aquellos que zarpaban de la península ibérica con dirección a las américas, eran en su inmensa mayoría sólo hombres? En el caso anglosajón el aprendizaje previo contenido y transmitido a través del núcleo familiar se mantuvo casi intacto; mientras que en el caso hispano, existió una mezcla que implicó necesariamente un nuevo comienzo en ese proceso de aprendizaje generacional llevado a la práctica al que llamamos Cultura.


Copyright © 2011 Jaime Eduardo Glz. Meléndez
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