Ensayo Literatura

Nietzsche en el corazón

Nietzsche - Egberto Almenas

Por Egberto Almenas

Con el perfil en un ángulo de tres cuartos, de pupilas cruzadas, bigotazo militar atroz y la onda del copete alta hasta la intrepidez, las fotos de Federico Nietzsche (1844-1900) hoy abanderan más que nunca a los partidarios de la filosofía en síntesis y tan radicalmente sediciosa como la locura misma. Tal vez debido a su salud quebradiza quiso “decir en diez párrafos lo que otros dicen en un libro entero”, y de tal agolpamiento demoler por siempre los yugos de la moralidad cristiana. Esa resolución “de encontrar el mundo feo y malo ha hecho que mundo sea feo y malo”, y él, que por su miopía tan severa no pudo dedicarse a la jardinería, creyó en cambio que la raíz del mal podría nutrir la flor del bien. Desmentir la esperanza inútil de los cielos dotaría la vida de un nuevo significado conductor.

Quienes puntualizaban así la era posmoderna creyeron que hacían su agosto con el loco más citable de Weimar. Las crisis desvelan una diversidad de ángulos para poder superarlas, sostuvo él, mas los correosos que aspiraban a “liberarse” al pie de su nombre sólo restauraban, en su impugnación plausible a toda forma de cimiento idealista, otra versión de la conformidad. “Hay que ser realista”, repetían sin atender que no cualquier salida, por más que en grado asaz factible nos parezca, ejerce de por sí la “transvaloración de los valores” que la liberación “real” exige.

A falta de tal efecto, el extrañamiento que sobrevino después de la Segunda Guerra Mundial atizó hasta el absurdo la nimiedad de la existencia. Ninguna de las opciones que el caldo de la Guerra Fría siguió cultivando luego, probaba ser mejor que la otra. Quedar desprovisto de un referente unitario se prestó a la sazón para que el cristianismo hincara de nuevo sus uñas, sobre todo en el ya extenuado Sur Global, con un provecho vertiginoso estable en todas sus denominaciones hasta bien entrada la segunda mitad del siglo. ¿Cómo resistirse al zarpazo? No a las verdades fundamentales, había propuesto Nietzsche; sí a las probabilidades fundamentales.

Una de esas probabilidades prescinde del repartimiento taimado entre todo lo que niegue la vida (el mal) y todo lo que la afirme (el bien), acicate por excelencia mediante el cual el cristianismo supedita la obediencia a la voluntad “consistente” de su credo. A falta de una ética infalible entre los mortales, embarga así el alcance de la “óptima constitución” humana. “El hombre es algo que debe ser superado”, agregaba Nietzsche por voz de su protagonista en Así habló Zaratustra, su obra capital, Biblia antitética: “¿Qué habéis hecho para superarlo? Todos los seres han creado hasta ahora algo por encima de sí mismos: ¿y queréis ser vosotros el reflujo de ese gran flujo y retroceder al animal más bien que superar al hombre?” El estado actual de convivencia, podría decirse todavía hoy, estalla asimismo en “una irrisión o una vergüenza dolorosa”.

La puja salvaje de la prehistoria que, libre o “clara” con respecto a la irracionalidad sumisa del devoto, se despoja del animal y tira en descendencia genealógica hacia el ennoblecimiento del fuerte, quedó vertida a una metáfora desafortunada. La “bestia rubia de la presa” se refería a la fiereza del león, que es más bien de color pardo. El sobrehombre no es por tanto una antítesis del humanismo. Lejos estaba Nietzsche, arguye Fernando Savater, de ser el “falso ilustrado que desvirtuó finalmente el sentido de la Ilustración dando paso a la aberración más peligrosa (lectura digamos de izquierdas de la fábula) o triunfal liberador del corsé racionalista que da paso a un más allá enigmático, anómico y posmoderno (versión digamos de derecha de la fábula)”. Por el contrario, “Nietzsche fue el más eficaz cumplidor del proyecto humanista de la Ilustración, al que purificó de su asideros teológicos y cuyos vértigos de emancipada posibilidad reveló con sinigual osadía. Sólo a partir de Nietzsche y gracias a Nietzsche cabe hoy pensar el humanismo radical de nuestro tiempo, cuyos enemigos naturales son la ñoñería edificante y la bestialidad criminógena”.

De ahí que este Nietzsche mejor allegado al corazón lo acose el prurito de lavarse las manos siempre que entra en contacto con un religioso. Tampoco le escatima una buena escardada a su huerto mental contra la mayor parte de los filósofos de su tiempo, esos a quienes apoda, por su languidez imaginativa, “cabezas de repollo”. Lo que propone en cambio nunca alcanza la elaboración de un sistema que no sea el del encandilamiento que condena las condenaciones rezagantes. El creyente condena el élan vital, chispa indispensable para vivir la vida a plenitud. Condena el pensante laico a los mejores por medio de la generalización. De un lado y del otro se abastece el mísero de manos hechas garfios siempre girantes hacia la ayuda externa. Deben imponerse los escasos, aquellos que, como Zaratustra, saben mirar desde las montañas. ¿Bien común? Una sandez. Lo grande para los grandes, las profundidades para los profundos, las delicadezas para los refinados. Todo es para los escasos. La “bonachonería del rebaño democrático” serviría mejor como sierva a la merced de quien, consciente de ser una ley moral para sí, se echa hacia la aventura interior del sobrehombre. El mendicante desdice la autenticidad libertadora que sólo puede nacer desde adentro, desde un entendimiento sobre todo estético de la vida.

El aforismo paródico nietzscheano, relativo al de los apologistas de la esclavitud bíblica, no desagradaría tanto si escrutáramos su sentido recto. Propende el arte a una superior aglutinación metafísica, tanto así que “sólo como fenómeno estético”, llegar a sostener Nietzsche, “están eternamente justificados la existencia y el mundo”. Este encumbramiento había anidado en El nacimiento de la tragedia, tomo de orientación filológica clásica que publicó originalmente en 1872, a la edad de veintiocho años. El clima académico de la época contrarió el arrojo afrodisíaco de sus páginas, pero él vuelve a ellas, y en 1886 las reedita con mayor suerte y alcance póstumo. Extractos de aquellas reflexiones suyas de juventud reaparecerían una y otra vez en sus escritos venturos. ¿Qué nos dicen? En esencia, que la creatividad proviene de dos impulsos desencontrados en lo más hondo de la naturaleza humana. Por un lado, tenemos a Apolo, símbolo de lo templado, la armonía, la belleza formal. Por el otro, impera Dioniso, cuya entrega galáctica al goce lo abstrae del dolor. Pese a sus diferencias intrínsecas, tarde o temprano ambos han de afrontar la misma tragedia de la vida. Al obrar los dos unidos del brazo en el arte previene que “perezcamos bajo el peso de la verdad”. Nietzsche, tan tímido, abstemio y célibe, muestra que la embriaguez dionisíaca equivale a un excedente de poder alegórico, una sexualidad hipérbole e inagotable. Si el universo no es más que “una nuez hueca”, Dionisio suple la negación positiva contra el gran vacío celestial.

Sabía que lo incomprenderían. Incluso predijo con certeza escalofriante hasta cuándo. Hasta principios del tercer milenio. No soy otro. Soy yo, remachaba el filósofo que murió después de Dios, que gustaba del trabajo físico y aminoraba el dolor en la felicidad hecha de las pequeñas cosas. La mayoría de las interpretaciones no obran en virtud de la verdad. Conviene ejercitarse en el hábito de la exégesis hasta la rumia, y aun así, confía en tu cuerpo, al llamado de tu corazón. Puede más que la filosofía más profunda. El ido de las fotos de Han Olde quiso más en su lucidez a los artistas, y a los que escriben con su propia sangre. El fracaso decae si no afloras en algo bello, y él, que se sabía en extremo feo, y no pudo dedicarse a la jardinería, habrá de seguir viviendo en la belleza.

 


Texto, Copyright © 2011 Egberto Almenas.
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