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EL CINE ANTE EL FMI. Festival de Cine Indie Lisboa 2011.

Indielisboa

Por José Ramón Otero Roko.

Lisboa puso por delante la necesidad básica del cine y la creación artística antes que los recortes neoliberales en materia, gris, de libertad, bienestar y solidaridad. Mientras Europa, empezando por el Sur, prepara sus propias rebeliones siguiendo el ejemplo de los pueblos árabes y comienza la actualización del sistema operativo de la humanidad basándose en la generación comunitaria que ha surgido de las redes sociales y, en general, del intercambio de conocimiento hecho realidad por internet, las instituciones culturales que sobrevivirán dentro de unas décadas a este cambio estructural son aquellas que decidieron ser abiertas, comprometidas y, como decía Rimbaud, absolutamente modernas.

Un ejemplo de este tipo de estructuras que no desaparecerán con la revolución cívica en marcha, más humanas, y por tanto, más reales, y menos perecederas, que las oficiales y ornamentales, es el Festival Indie Lisboa, que concita la atención del público en su carácter cosmopolita y en su hambre de ubicarse intelectualmente como puerta del Atlántico, puerta hacia el mundo de todo lo bueno de Europa y puerta de entrada de cualquier continente si es capaz de dar la vuelta al mundo. En esa tarea, poner la tierra del revés, ya que del cielo no ha caído nunca nada, y menos con el cambio climático, se empeñan los realizadores, los creadores, las actrices y actores, los técnicos, cualquiera que participe de la empresa colectiva del cine, o que la complete, acudiendo a la salas, públicas o íntimas, en que el cine se comparte con las personas que tienen la suerte de seguir vivas en el principio de un siglo y el fin de una era.

The Ballad of Genesis and Lady Jaye de Marie Losier y La BM du Seigneur de Jean-Charles Hue, dos películas francesas, la primera en coproducción con USA, ganaron, respectivamente, el Gran Premio Ciudad de Lisboa y la Mención de Honor del Festival. Linha Vermelha de José Filipe Costa, la competición de largometrajes portugueses. Viajem a Portugal de Sérgio Tréfaut un éxito de crítica y público. Pero la gran sorpresa, la revelación de la sección oficial internacional del festival, fue la prodigiosa Morgen, Premio de Distribución Indie Lisboa, que consiste en una ayuda a su proyección en salas comerciales del país, del rumano Marian Crisan, que debutaba en el mundo del largometraje con una película bellísima, sensible y firme, divertida y desesperada, profunda e inteligible para todos.

Morgen cuenta la historia de un inmigrante turco que cruza Rumanía intentando llegar a Alemania y de su encuentro con otro superviviente, un trabajador local que intenta llegar a fin de mes sin vender su casa a un especulador y sin tener que escapar del país por la pobreza. Sobre el papel parece destinada a cautivar sólo la sensibilidad de quienes ya la han protegido en otras lides y ante otros mensajes mediáticos contrarios. Sobre el fotograma la historia hace a todo el público solidario, a todos los personajes reconocibles, a ninguno irremediablemente entrañable, quizás por las prisas o por la distancia, a muchos perfectamente humanos para aquellos que miran la humanidad con realismo y optimismo y, otra vez para todos, la imagen reconstruye una sociedad que en realidad vive al margen del sistema porque el sistema cuando no hay que comer se convierte en una negación de la vida. Los planos acompañan la expresión natural de los personajes y la acción, y en un segundo surge la devastación y en la siguiente escena la nostalgia o la ternura unidas a la urgencia y al peligro, o se mezcla todo en ese mantra que repite el personaje turco “Alemania”, “Alemania”, la única palabra que conoce del mundo exterior, y Rumanía no deja de serlo, el nombre de la cosa que está más allá del infierno.

Intentando estar tan cerca de la gente de verdad, pero sin conseguirlo del todo, quizás por la propia rigidez de imitar las producciones USA, aunque se trate de una, como es el caso, francesa, que trata de corregir el rumbo que también su país le ha dado al mundo, Cleveland contra Wall Street, del suizo Jean-Stéphane Bron, Premio del Publico y Premio Amnistía Internacional de Indie Lisboa.

Cleveland contra Wall Street trata de un juicio popular contra la banca por la expropiación, con la herramienta del vencimiento de hipotecas, de barrios enteros de esta ciudad americana. La película formal en su necesaria impostura de llevar cinematográficamente al banquillo a Wall Street, para al menos producir un simulacro de justicia, que al final no es siquiera refrendado por un jurado que absuelve a los encausados absolviéndose al mismo tiempo a sí mismo de haber asumido, como propia, la ideología enemiga de su libertad, presenta uno a uno testimonios populares, impresiones de primera mano sobre el mecanismo perverso del sistema financiero mundial, en sus últimas y más cercanas ramificaciones, el agente inmobiliario, el sheriff encargado de los desalojos, el economista y apóstol neocon que transforma el descontento popular en una asunción de culpa por parte de los damnificados, la líder vecinal que alcanza su momento de gloria cuando interpela en tv a Barak Obama sobre esta cuestión y recibe el abrazo del oso del falso progresismo. Todos cooperan en esta reproducción de la ideología dominante, merced a sus servidumbres, cómodamente llamadas obligaciones, merced a que una equivocada intuición de supervivencia les hace estar como perros a los pies del amo esperando a que caiga alguna migaja, demostrando que sus errores en la concatenación lógica de su discurso no son sino meros síntomas, pulsiones que les devuelven de la conciencia y la razón al torpe instinto.

Otras dos producciones de desigual fortuna mostraban la fortaleza y la flaqueza de la cultura de la postmodernidad. La alemana Above only sky us (Bajo el mismo cielo) de Jan Schomburg y la francesa Memory Lane, de Mikhaël Hers. Above only sky us es una historia iniciática sobre el secreto que, de niños, sospechamos que tienen los adultos. La muerte puede convertirse en una revelación de que todo cuanto amábamos en el otro es una mentira, una simulación perfecta, como la de un imperio, hasta que deja de sostenerse y se viene abajo. Su clave, su modernidad, estriba, en que una mujer, víctima de una total farsa, sublima cada una de sus circunstancias y encuentra un nuevo amor con el que puede devolver su vida al mismo lugar en el que se había plantado el agujero negro del suicidio de su compañero. Esa es la ficción del cine, pero también de la postmodernidad, el final de la historia y por lo tanto su eterna llegada a meta, la presunción de que la vida puede ser eternamente vivida en sus instantes cruciales tan sólo sustituyendo a sus actores e intercambiando los movimientos por una coreografía precisa que nos lleva de vuelta al sitio que nos correspondía siquiera por destino, porque no hay alternativa.

El fin de la historia, entonces para la clase media europea, se da a los treinta, en el mismo momento en que se suscribe un plan privado de pensiones. Unos años antes la juventud de Memory Lane, que el público votó como una de las peores del Festival, y era difícil elegir una película mala en la sección oficial del Indie, escapa de la consciencia de cualquier determinismo en sus vidas asumiendo el aire moderadamente libre de las zonas residenciales de una ciudad, la insatisfacción sin objeto de un amigo o la complicidad nacida de conversaciones absolutamente vacías, como expresión de su libertad. Esta juventud, que podríamos calificar como la de la generación francesa Bruni-Sarkozy, sigue comprando discos en la FNAC, cuestión muy loable sólo cuando se trata de sonidos que no merecerían ir en plástico, no toca internet, promueve la legalización de la marihuana para su uso terapéutico por parte de sus padres enfermos de cáncer y no tiene ninguna inquietud existencial ni política, ni siquiera en forma de relaciones sexuales. Por todo ello la película de Mikhaël Hers se convertía en un caso de cine de ficción adscrito al mismo género que la publicidad electoral de las televisiones sostenidas por el share de la tercera edad.

Para finalizar, el método, la mano decidida del dibujante de la imagen que sólo filma cuando está inspirado. Les Hommes Debout (Los Hombres de Pie), de Jérémy Gravayat (Francia, 2010). Proyectada en la sección paralela Pulsar do Mundo (Pulsar el Mundo). El relato de un espacio, una fábrica de Lyon, en el que se gestó la primera huelga de obreros argelinos y marroquíes en Francia en 1972. La historia comienza, o termina, en ese punto, en el relato oral de los obreros que quedan de aquella época y que procuran transmitir no tanto la memoria como la experiencia a sus convecinos que ven como la fábrica será convertida en un edificio de apartamentos de dos millones de euros por cien metros. Este argumento al que nos hemos habituado en la disolución de la Europa industrial, se convierte en las manos de Gravayat en un alegato de la recomposición de la ruptura entre tiempo y forma, entre lugar y palabra. Toda la narratividad que se ha anunciado escindida entre el siglo XX y el siglo XXI puede ser reparada si media el silencio y la reflexión entre los mensajes más inmediatos y la Historia. Entonces los individuos aislados forman una colectividad sin saberlo y puede prenderse, en cualquier momento, el germen de una idea nueva.

Hasta aquí el recorrido por los momentos esenciales del Festival Indie Lisboa 2011, donde ver cine es un acto ciudadano. Lisboa, hasta si la contemplas entre sesión y sesión, es una ciudad para continuar pensando.


José Ramón Otero Roko. © 2011 Creative Commons Compartir-Igual.

 


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