Literatura Narrativa

Literatura puertorriqueña II. José Liboy: un maestro de la locura.

El Informe Cabrera

por Andreu Navarra Ordoño

 

José Liboy (1964) es un magnífico escritor chiflado que dio el salto a la novela en el año 2009, con la publicación de El Informe Cabrera (San Germán, Concepción 8), una obra radicalmente loca que está a caballo entre el mejor Vila-Matas portátil y una película de Fu-Manchú.

El libro, quiero decir la edición, es ya una muestra de lo que se avecina antes de que entremos, de la mano de Liboy, en el mundo de la embriología o teratología literaria, lo que viene a ser el hilo argumental de la novela: las pesquisas realizadas por un tal Manuel Molina, monomaníaco obsesionado por la exploración de los casos en que un escritor puertorriqueño se ha relacionado con el traspaso de cepas, fetos y semillas humanas entre distintos cuerpos y la filosofía positivista que este tráfico conlleva. En lugar de una foto del autor en la solapa, nos encontramos con dos embriones. Una vez conocí a José Liboy, en la Librería Mágica de Río Piedras, y entonces me regaló amablemente una de sus recopilaciones de relatos breves (género en el que es uno de los maestros indiscutibles de la literatura hispánica actual. Vean sino el cuento titulado “El tocadiscos” que forma uno de los capítulos de El Informe Cabrera). El libro se titulaba Cada vez te despides mejor (San Juan, Isla Negra, 2003), obra que ha visto ya tres ediciones. Liboy es un hombre tranquilo, bueno, de pocas palabras. O por lo menos a mí me dedicó más sonrisas que frases. Nada induce a pensar que está tan y tan chiflado. Es una de esas mentes que trabajan en silencio y luego te sorprenden, uno de esos volcanes que se agazapan en las profundidades de las islas pobladas y que explotan cuando uno menos se lo espera.

Como conozco qué cara tiene el autor sé que es el individuo de la portada, que sonríe de una forma entre lujuriosa y psicótica. Y ahora transcribo parte de la sinopsis: “La anécdota de un hijo nacido años después de la muerte de sus padres biológicos y la existencia de una central azucarera del noroeste de la isla donde se congelan fetos humanos, dan pie a un tejido delirante de epístolas, ficciones científicas, comentarios literarios y cuentos tiernos”. El contenido fragmentario y heterogéneo de la novela no desmiente precisamente estas promesas. El Informe Cabrera es como una de las fantasías de Borges y Bioy pero pasada por el túrmix y centrifugada a toda leche. El resultado es una retahíla de rápidas frases discordantes y febriles, no exactamente surrealistas pero sí concebidas como receptáculos de la máxima libertad asociativa.

Concebido como un paquete de papeles sin organizar, como una recopilación de materiales diversos que no han recibido un engarce unitario completo, la novela se deja contaminar de varios géneros literarios (cuento, carta y ensayo) para convertirse en una ensalada única. La maestría de Liboy consiste en relatar con toda naturalidad escenas totalmente disparatadas y llenas de humor negro, el humor negro de la literatura marginal que se propone homenajear el texto: el pulp, la novela gótica, el folletín sentimental, la ciencia ficción, la poesía oral o de certamen… Otros narradores destacados de Puerto Rico, activos hoy, muestran su alergia a las papanatadas metafísicas, huyen de la grandilocuencia hispánica y exploran estos idiomas marginales en un intento legítimo de no aburrir (aunque uno podría pensar: ¿quién es hoy más marginal, el Vengador Tóxico o Cervantes?). Es el caso, por ejemplo, de Pedro Cabiya, quien frecuenta mucho más las tiendas de cómics que las adustas librerías académicas, y a quien le interesa mucho más una buena novela gráfica que el enésimo rollo patatero del escritor “serio” de turno.

Transcribiremos un botón de muestra de lo que viene a ser la tónica general del libro de Liboy: “Me tenía que quedar en el Excélsior Santa Isabel porque la fábrica de hielo no estaba muy lejos. Llevaba conmigo un embrión humano y otro de elefante. El primero no era problema, pues le había conseguido una mamá en Trinidad. Naty se iba a casar conmigo para gestarlo en un hotel de Guayama. Tenía chavos para doce meses. Bregando con los bancos había hipotecado el embrión de elefante, que tenía vendido a un zoológico” (p.51).

Sin embargo, en algunos de los textos, los que más se relacionan con el sexo, predomina la ternura, la nostalgia de los tiempos en que las fantasías y las primicias genitales eran algo nuevo y excitante. Además, late detrás del texto un amor infinito a las formas más excéntricas, es decir, creativas y celebratorias de la literatura. El ambiente literario de Puerto Rico (y su tradición vernácula y nacionalista) son parodiados en esta novela por la que circulan figuras destacadas del mundillo literario puertorriqueño, especialmente las que forman parte de la Generación de los años ochenta: el profesor y crítico Mario Cancel, el novelista dominicano Emmanuel Andújar (otro prosista radical), el también escritor Rafael Acevedo, incluso hay espacio para el editor de la novela, el dramaturgo Aravind Enrique Adyanthaya. Los certámenes literarios son tapaderas de oscuras tramas de intercambio de gametos. Los recitales poéticos se convierten en el último recurso del solitario extremo, el ser abandonado por todos los que sienten la pulsión literaria como una infección de la mente. Los poetas y recitadores reincidentes devienen sustitutos de las familias perdidas en divorcios y accidentes de todo tipo. Los departamentos de literatura comparada rebosan de rastreadores de embriones perdidos. Las antologías de relato y poesía ocultan mensajes inquietantes sobre orígenes falseados y destinos predeterminados a través de gestaciones condicionadas. Alrededor de las neveras repletas de embriones se suceden las orgías sostenidas durante meses. Los cursos de literatura de la universidad, idealizados por el licor de los recuerdos, se han convertido en fábulas estrafalarias. Los grandes escritores clásicos del Caribe hispano son presentados como reconocidos espiritistas, teratologistas, astrólogos, falsarios. Antológico es el ensayo dedicado a José Martí y el espacio exterior.

En definitiva: un libro cojonudo, la historia de una paranoia monumental, una obra tan  imprescindible como extrema. Es una pena que esta clase de libros no puedan distribuirse en España, donde tan necesarios son.

 

Lee la primera parte de esta serie: Sobre literatura de Puerto Rico I: La Guaracha del Macho Camacho

 


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