Poesía

Presentación de Fiebre y Ciudad, de Andreu Navarra

EL GRITO Y EL AMOR

por Eduardo Moga

Hay algunos poetas —los más jóvenes, los más entusiastas, quizá los más inteligentes— que vuelcan en las palabras su ansia de carne, pero no el ansia libidinosa de abrazar la carne ajena —aunque también—, sino el deseo de que sus palabras se hagan carne, de que palpiten y se desgarren como la carne. Según la vieja máxima, es escritor aquél que mantiene una relación carnal con las palabras. Quizá sea escritor, pero no es poeta: el poeta no se contenta con mantener una relación con algo que está fuera de sí; el poeta quiere entrañar el lenguaje, y fundirlo en sus tripas y en su alma, y que lo que diga se convierta en materia, que impregne —o que golpee— nuestra sensibilidad como lo haría la cosa misma. Cuando escribe “árbol”, planta un árbol en la página, y aspira a que el lector perciba su rugosidad, su solidez, la caótica constelación de su follaje: que lo sienta como si lo tocara. Cuando escribe “amor”, no quiere que reconozcamos un concepto, ni mucho menos que urdamos una exégesis, sino que nos atrape el remolino ígneo del amor: la ruptura, la penetración, la ternura, el éxtasis, su benignidad lacerante y su amabilísimo dolor. Así Andreu Navarra, así Fiebre y ciudad. Una dura pelea sostiene al poemario: entre la constancia del vacío y la fragilidad del ser, entre la ineluctabilidad de la muerte y la pasión del verbo. Un vocabulario patético y violentísimo fotografía la desilusión de las cosas, el fracaso de lo real, la ruptura del yo, el imperio de la nada. Sin embargo, la entereza de la dicción evita la desesperanza. Cuando Andreu escribe, escribe para afirmar, para afirmarse, aunque diga que no existe, o que yerra siempre, o que se repudia entero. El sufrimiento existencial se plasma en un léxico ominoso, que alude al asesinato, a la destrucción, al odio, y en otro, fisiológico, que hace referencia a las funciones más primarias del cuerpo humano, o a sus corrupciones: recto, vísceras, pústula, orina, expectorar, ano, heces, hemorragia. También la sexualidad se abre un hueco en esta panoplia de chirridos: una sexualidad sin significado, metáfora de la devastación, en la que eyacular es sólo una tarea hidráulica, y masturbarse, una actividad heroica que practican enanos convencidos de su inexistencia. Pero la propia espesura de su decir constituye un conjuro y una esperanza. La escritura de Andreu Navarra es un grito, y la dimensión física de ese grito, su voluntad de resonar tangiblemente, su radicalidad sonora, lo salva de la ignominia: de la realidad. Además, entre los torbellinos verbales, de estirpe surreal, que sacuden sin tregua las páginas, irrumpen a veces miniaturas esmeradas, en las que se concentra una idea con la delicadeza, pero con la intensidad, de una aguada. Así, la última composición, “Nada”, un aliterativo —y memorable— poema de amor: “sólo sé/ que sólo tú/ serás/ lo que reste de mí/ cuando ya ni siquiera yo/ o mi sombra/ seamos”. La amenaza de la soledad está siempre presente; la posibilidad de la separación, del abandono, del olvido, revolotea sin descanso en torno al poeta, y le pica, a menudo, con su aguijón de sombra. Pero su verbo lo sostiene —a él y a nosotros— con el vigor de quien no quiere ser arrastrado por la resignación, de quien opone al ímpetu de la tormenta su breve aliento humano, encarnado en palabra. Andreu mira, con lucidez, a su alrededor —a esos paisajes urbanos que son, a la vez, los escenarios de la modernidad y del delirio— y también a sus adentros: la objetividad del mundo y la subjetividad de quien se siente devorado por el mundo, se aúnan en un solo discurso alucinado. Pero la palabra, amorosa y terrible, dispersa su asco, reduce su fractura, lo rescata de la enajenación. Ojalá fuera así siempre. Así es, gozosamente, en Fiebre y ciudad.

Portada de Fiebre y Ciudad

Andreu Navarra

Poemas de Fiebre y Ciudad


VIDA SECRETA

ella no me econoce
no nos conocemos
nadie me conoce
en realidad

la cafetera
al explotar
se le incrustó en la nuca

ya no nos tocábamos

CORO

mira esta ciudad
sigue con el dedo las ojeras de tus compañeros
bésalos abriendo con la lengua

Reflejos de escaparate con maniquís. Calle Segovia (Madrid). Fotografía de Isabel Huete

las brechas y heridas de sus labios
mira el nterior verdoso del vagón
las imágenes de la desidia

el odio combinado con la represión

monjes de pereza
el odio intoxicado de doblez
se te erizan las entrañas rojo pálido
sufres esta pus no eyaculada
charco de aguas pútridas tu recto
croan cuatro ranas del deseo
croac croac croac en tu hipófisis
miras este culo enorme y blanco sobre ti
no querré ni una maldita vez el firmamento odiado
y te sonríes

RULETA RUSA

entras por la puerta inexistente a tu ciudad
nutres con tus secreciones a la nada
ya no exploras ni la luz del exterior
ni te arriesgas para un nuevo desafío
te pasó la edad

eres la comunidad axhausta de vagabundeos
perpetrados por el indigente que conoces
je je has visto varias veces reflejada esa basura
en las puntas de tus ojos
en escaparates ocupados hoy por ti

Balcones de la Cale Santa Isabel. Fotografía de Isabel Huete

y por alguien más

oh tu imagn no te satisface
vagas por tu barrio solitario y arrepintiéndote
fallando cada vez el tiro
confesando tu vocación secreta

sólo esperas que la bala llene de una vez esta vacío

UNIÓN

este liroherido de mis ojos
solitario
sólo evoca la separación de un cuerpo
la tiniebla que siguió al reposo
la tortura celular
la demanda insostenible
de un contacto
sin el odio necesario para soportar
la necesidad de llenar
un pequeño espacio
pero sola y exclusivamente aquel espacio
solead poco amordazable
siempre allí donde la noche deja de existir

AMOR BORRADO

débil sol, luna.
Juan Ramón Jiménez

Farola a contraluz del sol en Pº de la Castellana. Fotografía de Isabel Huete

sin poderme dominar
barro todas las sombras

pero no te engañes
si te alumbré yo alguna vez
es porque me mirabas

unimos las manos por primera vez
cuando son ya de luz porque el contacto las borró

¿de verdad no te diste cuenta
de que nos retrataba un yo futuro?

TODAS LAS ESTATUAS

Neciste perpetuación,
dibujo nauseabundo,
lo estético o lo persnal,
circular sin duda,
un erizo devorado sobre las ojas de afeitar de oro,
hemorragia universal
y fulminante sobre todas las estatuas,
y sobre odo sobre tu propia estatua
derramada por ti en el lodo congelado
de tus pies o círculos.

NADA

sólo sé
que sólo tú
serás
lo que reste de mí
cuando ya ni siquiera yo
o mi sombra
seamos


Texto, Copyright © 2009 Andreu Navarra, Eduardo Moga, Isabel Huete.
Todos los derechos reservados.


Danos tu opinión

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.