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UNO. [VOLTEO] |
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UNO. [VOLTEO] Todas las cosas, al ser, las acaricias levemente, impulsándolas con un mínimo volteo de escrupulosa llave. Qué celebración de lo interior, del silo, como agacharse ante una sombra, y embozar su pespunte de no límites. Igual que una filatelia que fija el pequeño excremento, linterna que fue y luego su viaje, materia postal que cambió su torso suplantado ahora por el sello nuevo, aquél donde su inmovilidad se curte en su ser en otros. Y todo lo que se clasifica es reunión: pabellones de estío en que convergen el invisible rotor de la muda y la augurada estraza de lo entonces quieto. TRES. [TEATRO DE TÍTERES] Rebeliones/no sobre hombros títeres, donde la muñeca del artífice se tensa por bajo el ropaje y la espalda se abulta; somos nosotros con nuestra voz como alfanje disciplinando a niños con su miedo postrero. Peleamos por volver y esa fatiga de espacios, el asombro ante el porche enlosado, el temblor turista al que no queda una tarde, es obsequio ante estirpes de un tácito labio, y la mano cogida en cadena de hombres. Qué rescate nos sigue si no sigue en nosotros. CUATRO. [ÓVALO] Perfectamente has dicho un labio, una réplica de tu torso, simetría; has ido a los bastiones a apartar los labios, prisioneros que huyen por un parral, torpemente zarandeados por uvas rendidas. Óvalo/Olivos, si has visto esa licencia de árboles dibujada igual que los nervios de una catedral de brazos, cuando salta el aire faenando y se tensan las sogas que sujetan las tiendas, partidas como herrumbre de otra medalla. Perfectamente te has salvado revisando —en el interior de la casa—, carteles, vidrieras, rótulos menguados, con su colonialismo de voces irrumpiendo sobre el atlas lacrado cual si fuera un espolio. Necesidad de un no hacer: apartar los labios, destinarlos a un tránsito hacia lo no dicho, incrementándose ahora; apoderar al silencio, que ronda en diámetros tercos, para que acumule semblanzas, ablandar la nuca que espera con su posibilidad de besarla, resumir liturgias cargando con baquetones a favor de la tarde, mientras aplazas los zócalos del tacto que derribas con una potencia nueva de inmóvil asechanza. SEIS. [FOCOS] Disciplina de focos; pareciese que enhebraban, para cobijarse en un desfiladero rotundo— abajo, un curtido de sombrastarascadas de luz y enroques solares. Ser menos/ser quiebra de las maderas que componen tu aplauso, y su estirpe, consumida en una cera que embadurna sucesiva los portones. Miserables, con elemental fábrica te seguimos por un aguacero de canicas, como caballos líquidos de vitola umbría, y un oído de escándalo llena en la noche su odre agazapado, arrojado en las pausas su fermento; y la crin repartida es memoria de todos, gusano de seda que como espada se duerme. DIEZ. [TARDES] Salen por las tardes, luego de los rezos, de quemar nuevamente una bandera sin hilos, de maltratar los umbrales con una gota de sangre, de pedirle a los ojos la crueldad del sonido. Rezan y salen, sin saber que las tardes acometen despacio las reservas del aire como prisioneros súbitamente líberos encaramados a los postes del miedo. Saben los rezos declinantes, las palabras remotas, su unción hermosa y distinta como una horquilla revisada en el pelo. Salen de la fosa del beso, y saben sin embargo que las tardes tienen un tren prófugo que horada su carne con estilos de sombra. DIECISIETE. [ESCARABAJO] Lento el cobijo del escarabajo reunido en sí, largo su miedo, como también su apetencia de abrirse despacio hacia el descuido del dolor. VEINTE. [BLOG] He quemado hoy una de mis venas como un cuaderno, y su anilla tirante, y su carbunclo espiral, recomponía órbitas como collar lentísimo. Cuando apenas es un bulto, un papel recostado, mira ahí su CUADRÍcula vencida: esa letra que queda, es aún la escama de un rasgo, trofeo, atrofia; tropel de desapariciones, con un censo de vaho y de timbres sin hueso. [hay una larva de sí, un palacio que obliga a ocultar capiteles y a trenzar en los bustos un corazón esculpido con serreta de estambres] No hagas muestra sino de una burbuja que levemente impulsa un labio certero. Ensartada con un grillete la tarde, la memoria, esta terma, accede. CUARENTA Y DOS. [BERLÍN] Tumbados en hamacas frente a los barcos del canal; con el estruendo momentáneo del tren que divide el silencio igual que una frontera. Con la música rotando con insistente fulgor. El sol, la espuela del ritmo, su piel siempre. Y los vagones pasando con su latitud densa, cruzándose el rumor con el barco deslizado. Besaré luego lentamente los labios de la estatua púber. Y mi mano cae y queda de nuevo a ras de la hierba; reconoce los brotes entre el mestizaje de hierros, su fronda de metales: su impulso ineludible. |