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La Horda, La Berrea, La Tumba y otros alegres relatos

por Antonio Preciado



La Berrea

Invitados por el Partido, el diputado de provincias y su secretaria llegaron al Parque Nacional de buena mañana. Llamó a su mujer para decir que había llegado bien, y olvidó decirle que no iba solo. Discretamente, en lugar de un dormitorio común, pidieron dos habitaciones contiguas. Nunca se sabe.

El Consejero de Medio Ambiente —qué joven era, ¿cómo lo había hecho?— les recibió calurosamente. Les comentó que dos ministros estaban tirando. ¡Así se relacionaba uno con la cúpula!-pensó el diputado de provincias. Por eso todos venían aquí. Y luego, la nobleza de la caza... la naturaleza salvaje... Retumbaban por el valle los ecos de los choques de las cornamentas de los ciervos en plena berrea; era marcial y siniestra la frialdad de aquel sonido firme y seco, seguido de silencios hasta que un nuevo golpe atronaba. Uno de ellos sería el último; un macho habría perdido, el otro alzaría su bramido salvaje. Las hembras esperaban.

—No soporto las armas —dijo ella. El diputado de provincias no sabía qué responder.

—¿Le gustan los jardines? Si quiere, puedo enseñárselos —intervino el Consejero. Ella aceptó su invitación. El Consejero sabía que era infalible.

Así tiraría más tranquilo, se consoló el diputado de provincias: les dejó, y los monteros le situaron en un puesto de tiro infalible del coto. Sin saber cómo, derribó un ciervo, lleno de júbilo infundado. Los guardeses le cobraron y se quedaron con la carne; le dieron sólo el trofeo. Un negocio redondo. El Consejero se le acercaba por la vereda.

—Su secretaria querría quedarse aquí unos días para que le enseñe el Parque con calma.Ya le he dicho que no tendrá usted inconveniente.

—Faltaría más.

—No se retrase usted; en casa le estarán esperando. Ah, y preséntele mis respetos a su mujer.

Cuando regresaba en el coche a casa, el diputado de provincias iba solo. Atrás, los cuernos se bamboleaban.

Ni cómo llevarlos, sabía.


La Horda

Toda su vida hizo que los demás siguieran su dictadura personal. Todas las puertas tenían candado. El dinero estaba a buen recaudo; no se podía comer una miga de pan sin su permiso. Tenía llaves con las que cortaba la luz, el agua y el teléfono de toda la casa. Ninguno de sus trece hijos pudo dar nunca un paso sin su consentimiento. Perdió la vista, pero eso empeoró las cosas, porque seguía controlando todo y su entendimiento se cegaba cada vez más. Por fin, los hermanos, una tarde sanguinolenta de agosto, se apostaron en el corral, lo apuñalaron y lo asaron en una hoguera. Mientras devoraban su cuerpo con un placer orgiástico, creyeron por unos momentos que por fin se habían vengado, pero se equivocaban. No se sentían liberados. Una vez más, él les había obligado, y oscuramente sentían que habían acatado una insólita forma de obediencia.


La Tumba

Nadie escribió su nombre en su tumba. No había ninguna razón en particular; primero, había poco dinero, y se decidió esperar; luego, simplemente se fue dejando por cosas más urgentes. Con el paso de los años, cada vez tenía menos sentido.

¿Qué importancia podía tener? Se le recordaba con afecto y admiración; se lamentaba con frecuencia su pérdida, se le evocaba constantemente. Además, no se le hacía daño alguno.

A veces, alguien hablaba de aquella gran dejadez; pero nadie quería hacerlo por su cuenta, ni nadie quería herir a nadie ni ser malinterpretado.

Por fin, fueron muriendo todos los demás.

En sus tumbas sí se escribieron sus nombres.

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Antonio Preciado

Nació en Salamanca en 1968. Desde niño estuvo en contacto con el mundo artístico, especialmente la poesía y la música. Estudió Filología Inglesa e Italiana en la Universidad de Salamanca, donde participó activamente en diversas actividades literarias y musicales. En 1987 la Universidad de Salamanca publica su disco Canciones para Olvidar, de composiciones originales. En 1992 gana el premio de la modalidad ensayo en el Certamen Literario de la Junta de Castilla y León, casualmente ex-aequo con Juan Manuel de Prada, y publicado el año siguiente. La publicación de este primer cuento, Libro de Comas, fue simultánea a la edición pirata de Physiognomon, un libro de relatos breves y fragmentos que van del relato gótico al postmodernismo; esta edición casi pirata circuló de mano en mano y no estuvo nunca a la venta.

En 1994, viaja durante un año a Italia con una beca, y en 1996 se licencia en Filología Italiana.
También ha participado en la Antología de Poesía Eslovena aparecida en 1996, con la recomposición en castellano de seis sonetos del poeta esloveno Milan Jesih. En 1999 se publica la traducción de El Crepúsculo de los Ídolos, del ensayista Ales Debeljak, en la editorial bilbaína Gakoa Liburuak.

Desde 1999 trabaja como profesor en diferentes institutos de Andalucía, realizando publicaciones esporádicas, y en 2005 obtiene una plaza de Lengua Inglesa en la Junta de Andalucía. Actualmente reside en Almería.



Texto, Copyright © 2009 Antonio Preciado.
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Última actualización: 2009

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