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Oscar Wilde: el triunfo del amor

por Oscar Del Santo


El arte y la vida. La vida y el arte. Desde que nuestros ancestros comenzaran a cubrir las paredes de las cavernas en las que habitaban con sus primitivos dibujos y pinturas, ambos han tenido una a menudo tensa relación plagada de incomprensiones mutuas. A diferencia del arte y de su consumada perfección, la vida —como todos sabemos por dolorosa experiencia propia— tiene la mala costumbre de echar a perder sus narrativas y al final (y a pesar de todos nuestros esfuerzos) siempre nos deja insatisfechos. Es por ello que podemos asegurar con total confianza que nuestros antepasados no pintaron para reflejar la realidad que les rodeaba —como se creyó equivocadamente en un principio— sino más bien para influenciarla. En el alba de la historia y de la civilización, habían ya intuido un principio universal del que hoy tenemos plena certeza gracias a la persona que nos ocupa aquí: que no es el arte el que imita a la vida sino la vida la que imita al arte. Y es sólo en esos preciosos e irrepetibles momentos en los que ambos están en perfecta sintonía en los que nos es permitido elevarnos por encima de la furia del tiempo y experimentar, aunque sólo fuere por unos breves instantes, la felicidad y la plenitud a la que estamos llamados.

La madre naturaleza nos hizo esperar pacientemente para, en el momento que consideró oportuno, traer al mundo cual precioso don a un hombre que reconciliaría para siempre al arte con la vida y completaría el trabajo iniciado por nuestros prehistóricos antepasados. Mediante un sacrificio y un esfuerzo supremos, lograría a fuerza de genio y de tesón algo que hasta entonces había parecido inalcanzable para el común de los mortales: el convertir su vida en una obra de arte viviente. Este auténtico héroe de la libertad nos acercó a la fuente de todo lo que existe al demostrar como ningún otro que es sólo mediante el arte que nuestras vidas individuales, si acaso poseen algún valor, encuentran su auténtico propósito y merecen la pena ser vividas. Le conocimos como Oscar Wilde.

Ensayista, crítico, dramaturgo, tertuliano de excepción, filósofo, esteta el genio de Wilde sólo fue igualado por su amor a la Belleza y por la sinceridad radical con la que eligió vivir su vida en una sociedad marcada por la hipocresía y por la intolerancia. Este Sócrates moderno, de ello podemos estar seguros, nunca envejeció: como él mismo escribió en uno de sus innumerables e ingeniosas citas para la posteridad, poseía esa desordenada pasión por el placer que hace que uno se conserve eternamente joven. La generosidad, la valentía, la dignidad, la nobleza de espíritu, la tolerancia, el encanto, la gracia, la elegancia innata y una simpatía sin límites: en raras ocasiones se han dado cita tal colección de virtudes en un solo ser humano.

Sin embargo, y como bien sabía Marco Aurelio, los grandes vicios siempre crecen a la sombra de las grandes virtudes, apresurándose a manifestarse a la más mínima oportunidad. Y en el caso de Oscar, esa oportunidad llegaría de la mano de su relación con el insufrible Lord Alfred Douglas, conocido por sus íntimos como Bosie: un hombre cuya belleza exterior —tal y como nos enseñó Cristo en la parábola— no era sino la fachada de un interior corrupto y decadente.

Es bien sabido que los grandes vicios son la prerrogativa de los grandes hombres. Al igual que Benvenuto Cellini, el orfebre renacentista al que Oscar admiraba —y bajo la influencia de su amor por Douglas— el otrora marido y padre ejemplar se convertiría en un libertino y cometería muchos de los vicios que aquejan a nuestra débil naturaleza. Como él mismo escribiría más tarde en De Profundis, experimentó todos los placeres cuya situación le permitía. La lista es larga e incluye relaciones sexuales en grupo y con menores de edad, consumo de drogas, los servicios sexuales de jóvenes prostituidos, el despilfarro y la extravagancia y muchos de lo que en su tiempo era considerado ejemplo de 'degradación moral'. Tal era la fascinación que Bosie ejercía sobre Oscar que este último no pudo sino dejarse arrastrar por lo mejor y lo peor del Londres victoriano, mancillando su reputación y convirtiéndose —muy a pesar de sus amigos Robert Ross y Ada Leverson— en co-partícipe de los muchos pecados de su amado.

Y al igual que el dios Glauco, que según la historia de Platón permaneció tanto tiempo bajo el mar que las algas, las rocas y las conchas que recubrían su cuerpo le hicieron irreconocible cuando finalmente surgió de las profundidades marinas y decidió mostrarse a los mortales, Oscar se convirtió progresivamente en un extraño para sus allegados más íntimos, a los que ya en 1894 les era patente la influencia tan destructiva que Douglas ejercía sobre su carácter. Sumido en un torbellino de pasiones desbocadas, fue tan sólo una cuestión de tiempo antes de que la calamidad finalmente le alcanzara de la mano de aquellos juicios infames instigados por él mismo cediendo a las incesantes peticiones de su amado Bosie.

Sólo podemos especular sobre el catálogo de horrores que un hombre con la sensibilidad suprema y amor por la libertad de Oscar Wilde tuvo que soportar en una cárcel del siglo XIX. Que nos sirva para siempre como constatación de que los horrores a los que nos somete la naturaleza en el transcurso de nuestras vidas palidecen cuando los comparamos con los que nosotros los humanos somos capaces de infringirnos los unos a los otros con y sin motivo. Los trabajos forzados, las condiciones inhumanas, el aislamiento, el escarnio. Sólo una criatura tan noble como Wilde hallaría la suficiente compasión en medio de su tragedia para preocuparse por los menores encarcelados con él y hacer gestiones para procurar su pronta liberación.

Antes de que nos invada la tristeza —algo que a Oscar le habría disgustado profundamente— no hemos jamás de olvidar de que es precisamente a aquellos que hemos sufrido la burla y el desprecio de nuestros semejantes, que hemos sido traicionados por aquellos a los que amábamos, que hemos perdido todo aquello que daba sentido a nuestra existencia, que hemos descendido a ese valle profundo del rechazo y de la desesperación, a aquellos cuyas lágrimas no fueron secadas y cuyos lamentos fueron ignorados a los que el Universo, como una madre inescrutable y sin embargo llena de compasión, creyó oportuno conceder esa pureza de sentimiento y sinceridad sin límite que —desarmando las estratagemas y las mentiras que habitualmente dirigen nuestras vidas— hacen nacer en nuestros corazones el auténtico amor.

Ese amor, puro e inmaculado de todos los motivos que empañan nuestro juicio; ese amor, tan real, sublime, reconfortante, eternamente presente, que es capaz de en nuestros momentos de mayor desesperación elevarnos por encima de nuestras miserias e infundirnos esa fuerza vital inconmensurable; ese amor, el regalo más preciado que nos es otorgado mientras permanecemos en el reino de los vivos, acudió al auxilio de Wilde en su noche oscura del alma.

Primero surgió la comprensión intelectual de la supremacía del amor: "Soy de la opinión de que el amor, de alguna forma que no acierto a comprender, es la única explicación posible del tremendo sufrimiento que existe en este mundo" escribió desde prisión. A esta iluminación intelectual le siguió —como es siempre el caso— esa felicidad auténtica que, no dependiendo de circunstancias externas, fluye de lo más profundo de nuestro ser, nace de la plena aceptación de nuestro destino y nos conecta con el principio y el fin de todo lo que existe. Hundido, traicionado, demacrado, consciente de que nunca más vería a sus hijos y de que su salud se había ya perdido irreparablemente, Oscar alcanzó esa paz que había buscado con tanto ahínco y que sin embargo le había eludido en el pasado: "Aunque te parezca curioso" le escribió a un amigo, "me encuentro más feliz. Y esto porque creo haber tocado el fondo de mi alma. Hasta este momento la había percibido en cierto modo como a una enemiga, pero sin embargo y para mi sorpresa la hallé esperándome como la mejor de las amigas."

El Espíritu, como Hegel nos recordó, se desenvuelve gradualmente en el transcurso de la historia. Y la historia —y es ésta nuestra única esperanza, a la que nos aferramos como el náufrago a su tabla de salvación - finalmente deshace nuestros errores individuales y colectivos y da paso a la justicia y a la verdad. Ahora que - gracias entre otros a la extraordinaria interpretación del polifacético Stephen Fry— la vida de Oscar ha llegado a la gran pantalla, ahora que sus obras son interpretadas en los teatros del Viejo y del Nuevo Mundo y que la ciudad de Londres —que él tanto amaba— celebra su vida con un monumento no lejos del hotel Savoy que le gustaba frecuentar, Oscar Wilde ha sido plenamente restituido y ha alcanzado la admiración y la fama que siempre mereció. Y su triunfo póstumo no es sino el triunfo del amor. Tan inmortal como él, Oscar yace ya para siempre envuelto en la paz y el calor de ese amor, divino y a la vez tan humano, que nunca ha de tener fin.




Texto, Copyright © 2008 Oscar Del Santo.
Todos los derechos reservados.


 


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Última actualización: agosto 2008

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