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El Tenar de las Hormigas

por Nacho Toro


"Como nadie volvía la cabeza,
el cielo pudo desnudarse."

Crucifixión, Poeta en Nueva York, F.G.L.

Gobi es una escalera de tres tramos que odia que suban por ella. Las escaleras no tienen nombre, porque no hablan, pero ella se llama Gobi, aunque nadie lo sepa. No le gusta nada que la suban, y, cuando alguien lo intenta, inclina sus escalones hasta hacerlos rampa para ponérselo imposible. Por el contrario, a Gobi le encanta que la bajen, nada le gusta más. El problema es que nunca deja que suban por ella, así que nadie la bajó jamás, pero le encanta. Un día de mañana, una muchacha de caderas perfectas puso su tacón de aguja sobre Gobi. Luego, dio otro paso, y subió otro escalón. Gobi estaba en ese duermevela de las escaleras, y le costó reaccionar. Cuando se dispuso, enojada, a impedir que avanzara la muchacha, vio el comienzo de sus piernas perfectas al final de sus botas, y el acabado; las caderas eran blancas piezas de artesanía (aquí dudo si dejarlo en blancas).

La muchacha dobló una vez más la rodilla desnuda, y llegó al primer descansillo. Los tacones puntiagudos sonaron con eco. Claro, Gobi se puso nerviosa. Aborrece el eco, y que la suban. Así que estiró el primer escalón del siguiente tramo, y el segundo, y la hizo retroceder, pero la muchacha se agarró con fuerza a la barandilla y ascendió apretando los tacones sobre Gobi. Gobi odia a las barandillas. No saben hablar, y ni siquiera ellas mismas saben su nombre.

El tercer tramo de escalones de Gobi es el más corto, como el dedo meñique del pie de la muchacha, pero la bota lo tapa. Se pinta las uñas de púrpura.

Gobi pensó que no merecía la pena ya ponerle más obstáculos a la subida. Al fin y al cabo, que ella recordara no había nada arriba, o sea que la muchacha tendría que bajar, y ella adoraba que la bajaran. Por eso, recolocó los escalones, más rectos que nunca. Se relajó contemplando las pantorrillas angelicales de la muchacha. Se las imaginaba bajando sobre su moqueta roja impoluta, y se estremeció.

La muchacha acabó de subir, y, en efecto, no encontró nada arriba, porque no había nada. Esto, suele suceder.

El estruendo de los tacones cesó, pues la muchacha se quitó las botas en inusitado equilibrio, y las agarró con la mano izquierda. Con la mano derecha, que era perfecta, agarró la barandilla. Al momento, se subió en ella a horcajadas, con gran facilidad. Las barandillas son tontas, no tienen nombre, ni siquiera se llaman de ningún modo, ni siquiera saben hablar. Pero tienen sentimientos, como los mamuts. A esta barandilla, a la que Gobi conocía como "la barandilla al lado de Gobi", o "junto a Gobi", y que nadie más conocía, la volvía loca que la bajaran, pero, como la escalera que estaba a su lado, y era más lista que ella, no dejaba subir a nadie, nunca había soñado que alguien la pudiera bajar.

Odiaba por esto a Gobi, aunque no sabía que se llamaba Gobi, porque las escaleras no hablan y las barandillas no escuchan, pero se le había olvidado. El placer le ocupaba toda la memoria. Cierto es que las barandillas no tienen mucha memoria.

La muchacha soltaba aullidos de gozo y diversión, la barandilla chirriaba de placer y termita. En todo ese día, que era martes, solo dos sentimientos más intensos se vivieron, y ninguno más agradable.

La escalera odiaba ahora más que nunca a la barandilla, aunque se lo tenía callado, y odiaba a la muchacha que la subió. La muchacha se deslizó con gracilidad, y cayó suavemente sobre la moqueta roja del vestíbulo. Soltó una pequeña carcajada, sin preguntarse qué tal le sentaría eso a la moqueta. La barandilla odiaba a la escalera ahora más que antes, porque ya sabía lo que se había perdido, por culpa de ella.

La escalera dedicó su pensamiento tanto a odiar a la barandilla, que se le olvidó su nombre. Algo notó la barandilla, que la odió a su vez con más intensidad ahora que era tan tonta como ella. Luego vino Lui. Lui era un ascensor viejo pero honrado que alguien colocó en el espacio que la escalera que antes se llamó Gobi circundaba. Arrancaron tramos de la barandilla para instalar sus puertas, y no los besaron al abandonarlos en un descampado. Lui era honrado, metálico y más idiota aún que la escalera que se llamó Gobi y la barandilla, porque tenía nombre, como todos los ascensores, corto, simple, pero un nombre, y no se había enterado. Lui era un perfecto imbécil, pero esto no impedía que más y más muchachas con las piernas desnudas y caderas subieran en él a diario, y, lo que es peor, bajaran de nuevo, porque arriba no hay nada, claro.

Lui era tan tonto que no le gustaba que lo bajaran, y odiaba a la escalera, y más incluso a la barandilla, porque, estando él ahí, nadie las bajaría nunca, y además no sabían hablar. La cantidad de odio concentrada en el edificio era tal, que no quedaba fuera, y la gente se sonreía y acariciaba por las calles, y las muchachas entraban en Lui silbando cantatas de Bach. A Arturo, el espejo del ascensor, que es sordo, eso le da igual. Es feliz por no ser ciego como el wolframio de las bombillas y poder contemplar a diario a las muchachitas ajustándose las enaguas mientras, cree él, le lanzan besos.

"()y la tierra despertó arrojando
temblorosos ríos de polilla."
Crucifixión, Poeta en Nueva York, F.G.L.



Texto, Copyright © 2007 Nacho Toro.
Todos los derechos reservados.


 


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Última actualización: diciembre 2007

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