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FESTIVAL, una receta peculiar

por Ramon Rubinat Parellada


El trecho que va del dicho al hecho

La literatura es la respuesta que el escritor da cuando tiene que responder a la pregunta: "¿cómo lo digo?". Lo incontestable es la vida, las maneras de vivir son sólo el resultado de un mejunje, de un batiburrillo de casualidades y causalidades de lo más diverso. En este sentido, podemos decir que el Dragon Khan es más poderoso que el Quijote o que un beso de verdad vale más que toda la literatura sentimental. La historia de la literatura es la historia de la impostura: cuanto más certero es el dicho, mayor es el trecho que lo separa del hecho. La literatura social nunca ha funcionado porque no es verdad que la poesía sea "necesaria como el pan de cada día" y porque no es creíble que un señorito burgués, refiriéndose a los murcianos que emigraban a Cataluña en los años sesenta, diga "que la ciudad les pertenezca un día". La literatura ha sido siempre un "lujo cultural" y casi siempre —salvo contadas excepciones— la han hecho los mismos. Una cosa es escribir y otra muy distinta es darle pan a la gente o darle, a esa misma gente, una ciudad, una ciudad... que es tuya (esto no lo hace nadie, esto sólo se hace de boquilla o de letrilla). La literatura es la respuesta que un señor que tiene tiempo libre y dinero da a la pregunta: "¿cómo lo digo?".

Decía Nietzsche, y lo recoge Victor Frankl en El hombre en busca de sentido, que "quien tiene un qué en la vida puede soportar cualquier cómo". Y así es. No hay nada más cierto. La literatura, por el contrario, actúa, como siempre, en sentido diametralmente opuesto a la dinámica de la vida; para la literatura: quien tiene un cómo puede soportar cualquier qué. La fórmula de Nietzsche, aplicada a la literatura, es lo que hacen los adolescentes, con sus poemas, jurando y perjurando que aman a sus parejas y que morirían si éstas les abandonaran (¡y eso que nunca se mueren cuando les abandonan!). Los mismos adolescentes, en el periodo de formación de su personalidad, cuántos versos no han llenado haciendo referencias a una sociedad que no les entiende y al hecho de sentirse observados por los demás. Buenos motivos, grandes razones, pero pésimas soluciones. Las víctimas de guerras y atentados, los amigos de un difunto, el padrino de una novia... nunca han tenido mejores motivos para escribir pero también es cierto que, la mayoría de las veces, en estos casos, la víctima, la difunta, acostumbra a ser la literatura. La literatura, insistimos, es el resultado de invertir la fórmula de Nietzsche y aplicarla para representar las circunstancias de la vida.

Festival es el resultado de llevar toda esta teoría a la práctica. Festival es el resultado de haber mirado el mundo de la cocina de una manera clásica. Aristóteles, tanto en la Retórica como en la Poética, nos da el cómo, la metáfora, y nosotros, conscientes de las cadenas de la literalidad, depositamos en ella la fuerza, el efecto y el acierto del decir. Nuestro planteamiento teórico ha sido el siguiente:


En Festival hemos querido decir el sentido...

La discusión sobre "el sentido" de un texto —y, por extensión, de una canción, de un cuadro, de una escultura, de una pieza musical...— siempre presenta los mismos protagonistas y siempre se plantea en los mismos términos: el sentido, o está en lo que el autor quiere decir, o está en el texto (que no tiene por qué expresar necesariamente lo que el autor pretendía), o está en el lector (que, con su lectura, lo dota de sentido). Las tres posibilidades han generado una ingente bibliografía y han sido objeto de discusiones, estudios y teorías de todo tipo.


Del gusto...

Con la cocina se plantea un problema similar: ¿quién dice el gusto? El plato es como un cuadro cerrado en una habitación, un libro con el precinto puesto, un violín en una caja; un plato no dice nada; un plato, es. Los que dicen el gusto son, únicamente, el cocinero y el comensal (y aquí nos incluimos todos: tanto los clientes de los restaurantes, como los críticos gastronómicos, como la prensa del sector).


De una manera...

Las maneras de decir el gusto son, principalmente, tres: la descripción objetiva de los ingredientes (tortilla de patatas con cebolla); la descripción de las texturas y sus efectos (esponjosa, fina, poco hecha y con la patata crujiente); y, finalmente, la descripción impresionista (una tortilla que rescata de la memoria la infancia del comensal y nos retrotrae a las cenas familiares de antaño).


Clásica.

Aristóteles, en la poética, dice que aquello que un escritor no podrá copiar jamás de otro es el sentido de la metáfora. Todo lo demás se puede copiar pero la capacidad para "establecer semejanzas" es algo único e intransferible.

El gusto es inefable, no se puede decir de un modo objetivo, y esto significa también que este escollo no se puede salvar de manera positiva; la literalidad siempre nos abandona a las puertas de la idea. Para estos casos, la retórica clásica aconseja echar mano de la metáfora: encontrar los elementos precisos...y establecer la semejanza.

En este Festival hemos intentado decir el sentido del gusto de una manera clásica. Los textos, las fotografías y las ilustraciones responden a esta idea. ¿Nuestro objetivo? Llegar un poco más allá; es decir: un poco más acá.

Primero fue el sapere ("sabor", referido a los alimentos), luego vino la metáfora ("saborear las ideas") y luego vino el "saber" (que equivalía a "tener ideas"). El camino hacia el conocimiento recorre estos tres estadios: la experimentación (saborear la vida); la formulación metafórica de esa experiencia (ceñirse a la literalidad nos convierte en una panda de desaboridos), y, finalmente, el saber (resultado de la experiencia y del decir esa experiencia).



De la teoría a la práctica

Tartar de esturión con caviar y vodka. Podemos hablar del estallido de sal del caviar; de la untuosidad fresca y desconcertante del tartar; del punto y final, del manotazo sobre la mesa que representa echarse un trago de vodka. Pero también podemos salirnos un poco y pensar que lujo, placer y frío siberiano tienen un correlato cinematográfico muy claro: James Bond; y podemos aprovecharnos de esa imaginería para creernos que somos mucho más de lo que somos (que, en realidad, es lo que uno siente cuando prueba este delicioso tartar de esturión):


Esta caprese tiene tres elementos: mozzarella, tomate y caviar. Podíamos hablar de las cualidades humectantes del tomate, de la procedencia y calidad de la mozzarella... o podíamos intentar resaltar, como hemos hecho, que este plato es simple, que el secreto está en los tres ingredientes que lo forman, que no hay más que eso, que son tres, tres ingredientes: una Sociedad Limitada a funcionar bien:


Pan con chocolate. Todos lo conocemos, todos sabemos a qué sabe (perdón por la redundancia), todos sabemos prepararlo, etc., etc. ¿Cómo decir, entonces, que se trata de algo conocido pero que ha cambiado completamente aunque sigue siendo el mismo? Esta pregunta está marcada con el estigma del cotilleo y la rumorología.. La DO de esta pregunta es la escalera de vecinos, es una pregunta con lastre, quinceañera, una pregunta con acné y tontería... En estos casos, no hay que luchar contra la realidad, sino aprovecharse de ella.


En esta ocasión, hemos utilizado las tres bolitas de conejo confitado para defender el uso de los puntos suspensivos. El texto va por un camino no muy gastronómico pero nos sirve para acabar de jugar con los tres puntos, insistir en que los usamos con generosidad y gusto, y hacer el salto -tendencioso, sí- hasta la última frase del texto.


Deconstruir la Nozilla (con "z") es una frivolidad. Si ya tenemos una cosa, ¿para qué hacerla más prolija? ¿Para qué complicar el asunto? La respuesta nos la da el cocinero: para divertirnos. Se trata de la gratuidad de las acciones, de perder tiempo, de disfrutar, de alargar las sensaciones, el placer. Esta idea de "extensión" del tiempo y el placer nos la tomamos al pie de la letra y decidimos dar la vuelta al mundo.


El Festival ha sido un juego, una apuesta, un reto, un divertimento, una manera de emplear siete meses para darle la vuelta a las cosas, para corregir el exceso y la solemnidad parvenue con que se tratan actualmente las cosas de los fogones. La gastronomía ha pasado del parvulario a la cátedra y ya era hora que le creciera algún enano circense. El Festival son saltos, equilibrios, malabares... que no persiguen otro fin que el entretenimiento y la sonrisa. Pasen y vean.

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NOTA: Para adquirir un ejemplar de Festival, ponerse en contacto con Turisme de Lleida, C/ Major 31, bis, Tel.: 902 250 050, Fax: 973 700 480, infoturisme@paeria.es



Texto, Copyright © 2007 Ramon Rubinat Parellada.
Todos los derechos reservados.


 


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Última actualización: diciembre 2007

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