Biblioteca Babab
[Visita nuestra Biblioteca: libros completos totalmente gratis]



Miguel Ángel: lo efímero y lo eterno

por Oscar Del Santo


Señaló acertadamente Plotino que el desafío al que nos enfrentamos todos y cada uno de nosotros como seres humanos es el de hallarnos —al menos en este estadio de nuestra evolución— a medio camino entre los animales y los dioses. Es por ello que la naturaleza y la psicología humanas son tan complejas y que la integración de los elementos dispares que constantemente ejercen su influencia sobre nosotros (nuestro cuerpo como realidad material sujeta al paso del tiempo, la consciencia, las sensaciones, las emociones o las diversas pasiones) resulta una auténtica tarea de héroes y sólo es alcanzada por los mejores.

Quizás nadie encarnó las contradicciones propias de nuestra condición en su época como el que llegó a ser considerado, tras una vida larga y compleja y un legado artístico sin parangón, como el grande entre los grandes del Renacimiento. Me refiero, como no, a Miguel Ángel o Michelangelo, un hombre cuya influencia no sólo en la historia del Arte sino también —y aunque esto sea menos conocido por el gran público— en su filosofía hubo de ser decisiva.

En 1532, a la edad de cincuenta y siete años, el inmortal florentino se enamoró apasionadamente del joven aristócrata romano Tommaso Cavalieri, que por aquel entonces contaba veintitrés años de edad. En él quiso ver Michelangelo el epítome de la perfección masculina tanto física como espiritual que había perseguido ardientemente durante toda su vida. A diferencia de algunos de sus predecesores, que habían abusado de las periódicas cegueras amorosas del ya entrado en años maestro, Tommaso supo respetar y apreciar en su justo sentido la devoción que el artista le profesaba.

Han llegado hasta nuestros días los sonetos que el genio creador escribió a su amado, y en los que descubrimos un amor profundo y sincero que expresa de forma inequívoca los sentimientos que el "infinitamente bello" Tommaso despertaba en el de Caprese. Fueron por primera vez traducidos y publicados sin estar sometidos a la censura por el notable poeta victoriano John Addington Symonds casi 300 años después de ser concebidos por su autor:

Just as the moon owes its illumination
To the sun's light, so I am blind until
To every part of heaven your rays will reach

Es muy poco probable que el amor entre Miguel Angel y Tommaso tuviera una consumación física. Este último se casó más tarde, aunque según nos cuentan su devoción sincera por Miguel Angel nunca se extinguió. "Nunca he deseado una amistad más de lo que deseo la vuestra" le escribió en una ocasión. Hubo de ser este sincero aprecio un gran consuelo para —en los último años de su vida— el cada vez más aislado, melancólico y poco sociable florentino, atormentado por los escrúpulos y dedicado en cuerpo y alma a su arte.

¿Y qué podemos decir de éste? El paso de lo siglos no ha reducido un ápice el efecto que nos causa su colosal David, que aún hoy nos sobrecoge no sólo por esa nobleza inimitable en las formas sino por el profundo simbolismo que el gran maestro supo impartir a su creación. ¿Y qué diremos de los frescos de la capilla Sixtina, de la monumental cúpula de San Pedro del Vaticano, de la capilla de los Medici y de tantas otras obras incomparables? ¿De qué fuente inagotable de creatividad y de talento surgieron?

Y es precisamente respondiendo a ésta pregunta que Michelangelo realizó una contribución a la filosofía y a la psicología que —aunque este extremo parezca imposible— está a la par y hasta supera su obra artística. Pues fue él quién se atrevió a corregir definitivamente a Platón y a sentar las bases de una filosofía del Arte que —vía Walter Pater— sería adoptada casi unánimemente por los neoplatónicos victorianos y divulgada y popularizada por entre otros su insigne alumno Oscar Wilde. Es ésta la visión del Arte que una parte importante del gran público posee y que espontáneamente le obliga a rebelarse ante espectáculos tan lamentables como los que en ocasiones nos ofrecen las galerías y los museos contemporáneos (me refiero, ya saben, a los restos de basura dispersos, a las vacas cortadas por la mitad y conservadas en formol y a otras lindezas por el estilo).

Vayamos por partes. Es bien conocido el escepticismo que Platón profesó con respecto al arte y a los artistas. Argumentaba el filósofo que el arte aspira a transmitir la perfección de ese mundo que se escapa de nuestros sentidos y que no puede ser experimentado más que mediante la unión mística con el Absoluto. Así pues, la belleza que transmite una producción artística no sería sino una copia, una imitación, un pálido reflejo de la Belleza que da origen a todo aquello que de bello tiene nuestro mundo pasajero e imperfecto. Como todos sabemos, una copia o aproximación no es nunca superior al original. Es por ello que Platón desdeñaba el arte como una forma inferior de conocimiento.

Utilizando el ejemplo de uno de los bloques de mármol de Carrara que utilizaba para sus esculturas, Miguel Angel reinterpretó para siempre el papel y el valor del Arte. No sólo no es el Arte una imitación como erróneamente creía Platón —declaró— sino que es precisamente mediante el Arte que la Belleza se revela en éste mundo nuestro cuando el artista —en proporción a su talento— da forma con su martillo a una escultura, liberando en el proceso una Forma perfecta que estaba ya latente e impaciente por manifestarse en el noble material del que está compuesta.

En un primer momento esta idea puede sorprendernos y resultarnos extraña. Sin embargo, al reflexionar comprobaremos que es por su aceptación implícita por lo que intuitivamente sabemos que una obra de arte, al contrario que cualquier otro objeto, no puede ser modificada o mejorada, ya que pertenece —sea cual fuere la época o la cultura que la vio nacer— al dominio del Absoluto, del que es una encarnación. Es exactamente por eso por lo que cada obra de arte (en el sentido más amplio e incluyendo a las siete Artes) posee un valor intrínseco incalculable no sólo en el sentido material sino en el histórico y en el espiritual.

Como bien comprendió Michelangelo, el Arte se sirve de lo efímero para acercarnos a lo eterno. Todos podemos comprobar este extremo por nosotros mismos cuando (por decirlo así) conectamos con un cuadro, una escultura o una canción. Experimentamos en esos momentos una auténtica comunión espiritual que nos eleva hacia un orden muy superior. El Arte nos acerca a la Fuente de todo lo que existe y es ahí precisamente donde radica su valor.

No es por casualidad que quinientos años más tarde fuera otro florentino por adopción quien creara una escuela de psicología que defiende explícitamente el valor del Arte para resolver con éxito el desafío al que se refirió Plotino de integrar y desarrollar nuestra personalidad. Me estoy refiriendo al discípulo de Freud Roberto Assagioli, en cuyo sistema —conocido como psicosíntesis— el valor terapéutico del Arte es reconocido y aplicado a contextos muy diversos. Como ya intuyó Miguel Ángel, una autoterapia basada en la reflexión y la meditación profundas sobre imágenes o melodías que han dejado su impronta indeleble en nosotros tiene el potencial de actuar como un faro que nos guía hacia lo mejor de nosotros mismos, hacia la plenitud de nuestra existencia.

No cabe duda de que Michelangelo vivió una vida repleta de pasiones, de éxitos y de fracasos, de placeres y alegrías, de sinsabores, desazones, de amores y de desamores. Una vida en la que, sin embargo, la Belleza brilló siempre con luz propia y nunca le abandonó. "Me fue concedida al nacer la Idea de la Belleza" declaró en una ocasión, "la cual ha sido desde entonces un espejo y una lámpara para mi arte." Esa luz, que no ha de apagarse nunca, sigue hoy brillando con la misma fuerza que inspiró a Miguel Ángel e invitándonos a que la sigamos y a que seamos partícipes, bien como creadores o como espectadores, de su fulgor eterno.




Texto, Copyright © 2007 Óscar del Santo.
Todos los derechos reservados.


 


Babab.com
Para contactar con nosotros entra aquí
Última actualización: diciembre 2007

Copyright © 2000-07 Babab
Prohibida la reproducción de cualquier parte de este sitio web sin permiso del editor. Todos los derechos reservados.