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Cuatro secuencias con cierto humor

por Zalín de Luis


 

El Desayuno de Galindo

A M. Delgado, por sus viejas historias del cuartel.

No cabe la menor duda de que la esposa del capitán Méndez es la mujer más bella de toda la colonia de oficiales.

Son pocas las diversiones que esta ciudad de militares puede ofrecer a los solteros. Los innumerables bares, tabernas y cafés, sólo dispensan alcohol barato y el aire de un ventilador que cuelga del techo. Por la noche, los cafés-concierto ofrecen algún que otro espectáculo de segunda categoría, una suerte de parodias mal intencionadas o, siendo indulgente, frustradas imitaciones de recientes éxitos estrenados en la capital. Entrada la madrugada y hasta el amanecer, la prostituta más próxima puede ser una cordial amiga. Si el soltero, además, es un rijoso, el panorama puede ser desolador, salvo que se disponga de carácter, imaginación y coraje.

El teniente Galindo dispone de todas estas facultades. Es el siete machos del cuartel. No es feo, tampoco guapo, pero resulta todo un figurón que sabe lucir percha aun careciendo de ella. Para muchos, es el soltero de oro, aunque, lamentablemente para él, hay que aclarar que no es así considerado por la mayor parte de las jóvenes casaderas ni por la unanimidad de los progenitores de éstas. A Galindo poco le importa. Victorias no le faltan. Él sigue luciendo sombra a la caída de la tarde, a la hora del paseo, por la calle principal.

Últimamente, Galindo ha entablado buenas relaciones con un grupo de mujeres, solteras la mayor parte de ellas. El trato no pasa de alguna que otra ligera conversación durante los inevitables encuentros en el paseo vespertino. Aun así, es suficiente para abrir brecha. Galindo pretende a la bellísima mujer del Capitán Méndez, que se suele sumar al grupo si no pasea con su marido. Ya la conoce, ya le ha hablado. Poco a poco escarba, cincela intenciones, araña su voluntad. Y el muy condenado lo hace bien, bastante bien.

Durante tres días del mes de noviembre se llevarán a cabo operaciones navales en mar abierto. Galindo se queda en el cuartel, el capitán Méndez marcha de maniobras.

Una vez ha zarpado la flota, poco le falta a Galindo para presentarse en casa de Méndez para rondar a su esposa. Ésta le recibe, se deja querer, dice que si y dice que no, le invita a irse y le insinúa que se quede, pero no le da tiempo a decidirse porque, de repente, aparece su esposo. Se han suspendido las maniobras. Méndez retorna a su hogar y Galindo se mete debajo de la cama. Hasta aquí, todo bien, es el eterno cuento del marido cornudo y del amante sorprendido.

Méndez y su mujer retozan toda la noche en una animadísima velada. Él no es un pelanas, precisamente, y para ser cornudo, carácter, imaginación y coraje no le faltan.

Al amanecer, la esposa se levanta para preparar el desayuno de su ardoroso marido, que sigue tumbado en la cama haciéndose el remolón. Desde la cocina le pregunta cómo toma el café. Méndez contesta que lo prefiere con leche, luego se inclina para mirar debajo de la cama, descorre la sábana y la colcha que caen por el costado, y pregunta: ¿Y tu cómo lo tomas, Galindo?

Publicado por primera vez en la Revista Literaria La Primera Piedra, nº 8, Madrid, 2005.

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Pedro, el chulo

Son las siete de la mañana. El bar está lleno. La hora del desayuno es el momento del día de más trabajo. Todos los clientes tienen prisa. Se han despertado con las sábanas pegadas, queriendo hacer sangre a la almohada. Acuden al bar con la hora justa, pero suficiente, para tomar un café. Los camareros saludan, comentan a vuela pluma la última noticia sobre el fútbol, dan órdenes a la cocina para que preparen panes tostados, bollería, salsa de tomate, mantequilla y mermelada para untar, también gritan raciones de churros, muchos churros, porras, y alguna que otra pieza de fruta, qué raro, ¡¡¡una pieza de fruta!!! Debe ser la comanda de alguna de las chicas de la peluquería. Una comanda de dieta, sana, sin duda alguna. Está claro que para esta batalla de detalles, tazas, vasos, idas y venidas, hay que valer, y en hostelería, quien para esto sirve, quizás no sirve para otras funciones, aunque sean más simples. Pedro es ágil, rápido, solícito y tiene una memoria capaz de retener todas las combinaciones posibles para servir el café. No es labor pequeña. Es el empleado idóneo que, además, sabe mantener las distancias con el cliente, pues conversa y anima, pero pasando por encima de las cosas, levemente, sin ofender. Sin ofender conversando, que quede claro, porque Pedro ofende con el silencio y luego da la puntilla con una frase, como los chulos auténticos, como quien torea. Ofende con gestos y frases cortantes, ofende cuando le viene en gana, pues el albedrío de un chuleta es muy complicado. Esa es la única pega que se le puede hacer a Pedro, que es un chulo complicado, no le basta con la chulería ordinaria, la del común cuando nos salimos de tono. Había que haberle visto el pasado lunes, día aciago debió de ser. La barra estaba llena. Los clientes con prisa. Entró Mariano, policía, cliente habitual, correcto, educado y discreto. Buscó un hueco en la barra donde poder acodarse. Pidió su café. Pedro ya sabía como lo tomaba. Su petición se confundió en el aire con otras frases, otras peticiones, saludos, comentarios, en fin, no debió de oírle, pues Pedro pasó de largo hacia el otro extremo de la barra, sin fijarse en nada ni nadie. Pasó de nuevo, y Mariano le volvió a pedir el café, sin más, sin dar importancia al olvido, dadas las circunstancias. Regresó Pedro al cabo del rato, aun sin saludar, sin fijarse en él, regresó, digo, y le sirvió dos cafés. ¿Para que traes dos cafés? Yo sólo quiero uno, dijo Mariano, sin acritud, pero extrañado. De ninguna manera, Mariano, tu me has pedido dos cafés, que lo que escuchado perfectamente, y ahora te los vas a tomar. Dijo Pedro, el camarero chuleta, más o menos el día antes de dejar de trabajar en el bar.

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Las últimas palabras

Nos avisó su hermana: Eduardo se sometería a una operación de urgencia dado el gravísimo estado en que se encontraba. El desenlace podría ser fatal. Decidimos ir a visitarle inmediatamente y emprendimos marcha hacia Valencia. En unas cuantas horas estábamos en el hospital. La operación fue un éxito y no temían por su vida. Esperaban una rápida recuperación, pero su estado era muy, muy delicado. Nos quedamos todo el día con nuestro amigo, distrayéndole con nuestra conversación en los momentos en que se mostraba más animado, haciéndole compañía en su reposo, sencillamente eso, para que cuando abriese los ojos a lo largo de su continua duermevela pudiese sentir cierto calor contemplando a su familia y sus amigos. La habitación era compartida por otro enfermo, atendido por bastantes familiares, razón por la cual, de vez en cuando, dado el lugar y la situación, alguien tenía que imponer el obligado comedimiento. Luego, poco a poco, después del silencio, volvían a elevarse las voces.

El otro enfermo era un anciano enjuto, de aspecto cadavérico, tez morena, ojos oscuros y escaso cabello, y poco más para calificarle, pues su aspecto general no era otro que el de un montón de huesos cubierto por una sábana. No hablaba. Cuando quería decir algo, profería unos ruidos apenas perceptibles. Entonces, un familiar se acercaba para averiguar qué quería decir, y el anciano profería un gritito gutural para pedir agua u otra necesidad. Luego, cerraba los ojos y se concentraba entre la ropa de cama.

Del aspecto de las visitas del anciano, todo familiares, y de sus conversaciones tan poco recatadas, me enteré de lo que no quería, y saqué alguna conclusión al respecto. El anciano había sido todo un patriarca rural al que nadie le chistó cuando estaba sano. Se estaba muriendo muy mayor. Sus hijos, yernos y nueras, no eran jóvenes, en absoluto, es decir, que habían crecido esperando que se les cediese un protagonismo que no llegaba. Parecían ansiosos de que el anciano muriese. Por una parte le transmitían calor y cariño, sobre todo las hijas; pero, por otro, sin pudor alguno, delante suyo hablaban de las tierras, de la herencia, de las cosas que había que hacer inmediatamente y que el viejo demoraba.

La conversación se fue elevando de volumen y tono. Todos opinaban sobre el valor de esta u otra tierra, sobre la oportunidad de vender, de urbanizar, de retirar o no a los empleados, del entierro, o hablaban de cualquier frivolidad inoportuna, hemos cambiado de coche, sobre la caja fuerte, quien me acompaña a comer, de la calidad del servicio, del secretismo de los médicos, ¿está el baño libre?.....

En un momento dado, el viejito hizo ademanes para incorporarse, quería hablar. Estaba ofuscado. No se podía valer por sí mismo. Profería frases cortas e ininteligibles. Sus hijos se acercaban para poder entenderle: ¿Qué quieres, Papá? ¿Quieres agua? Habla, Papa. ¿Te pongo otra almohada? ¿Tienes frío? Callad, que quiere decirnos algo. ¿Te molesta la sonda? Todos le hacían preguntas, se le echaban encima, nadie escuchaba. El viejo hizo fuerzas de flaqueza, cogió aire, se incorporó y gritó, alto y claro, ¡¡¡Quiero chorizo!!! Luego se sumió entre las sábanas con una sonrisa beatífica, propia del deber cumplido. El patriarca había dicho sus últimas y sabias palabras.

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Noticia sobre una cena

La reserva está prevista para las ocho de la tarde.

El restaurante se encuentra en el segundo piso de la Torre Eiffel. Se accede por un ascensor exclusivo e independiente del resto de los elevadores que sirven para visitar el monumento. Es uno de los establecimientos más conocidos y afamados de la capital. Nos encontramos, con toda certeza, dentro de uno de los mejores figones del mundo. Quizás sea cierto, pero ni la comida ni las vistas son lo más interesante.

Al respecto, cabría, quizás, hacer alguna puntualización.

Coral está sentada en un sofá corrido y yo estoy frente a ella, en una silla. Coral, al igual que el resto de las damas de la sala, puede contemplar las vistas de París sin necesidad de moverse; yo, como el resto de los varones, no tengo más remedio que girar la cabeza si quiero localizar donde está Montmartre, y volver el cuerpo entero si pretendo admirar el arco del Triunfo. La silla es muy ligera, y se agradece, ya que facilita las contorsiones necesarias para saciar la curiosidad turística.

Todo esto es correcto, propio de la cortesía francesa.

Sin embargo, detrás del gesto quizás anide otra razón más sutil para la disposición de los comensales: Las señoras están sentadas, dispuestas de tal manera que pueden permitirse observar con absoluta discreción y normalidad cuanto acontece en la sala sin que su curiosidad resulte evidente. Que duda cabe que las vistas del “todo París” son tan legendarias como incomparables, pero observar con el rabillo del ojo al resto de los comensales, es, desde luego, más interesante y divertido que mecer la mirada en la espectacular y tediosa lontananza parisina.

El sumiller se ha empeñado en que escoja el vino que me recomienda. No le entiendo pero, disciplinado que soy, le hago caso. Habla inglés pero termina las frases en francés, por lo que no avanzamos en nuestra conversación. Gana él, que juega en terreno propio.

El vino, desde luego, es exquisito.

Pedimos por señas el menú degustación. Resulta suficiente, incluso abundante. Los platos están presentados con gracia y pompa. Los sabores son finos y gratos, barnizados en delicadeza y carentes de agresividad. Algún matiz novedoso, tal vez, pero incapaz de provocar sorpresa. En cualquier caso, todo está en su sitio, salvo el precio. En París, en cuestiones culinarias, todo es muy caro, desproporcionado.

No pongo en duda que la carta valga su precio, pero ya no hay que venir a Francia para comer bien. Los galos llevaban mucho tiempo diciendo a los cuatro vientos que sólo ellos sabían cultivar buenos vinos y ofrecer una cocina ulterior y superlativa. Razón tenían para estar orgullosos de su evolución y supremacía, pero llegó un momento en que otros muchos países, discretamente, aprendieron a valorar lo propio, a importar ideas e ingredientes, terminando por ofrecer una calidad igual o superior a la francesa.

Entonces, se acabó el mito.

Es la trama de un cuento con moraleja, pero no sería justo hacer leña del árbol caído. La cocina francesa se mantiene con un estado de salud radiante. Un ejemplo es el restaurante Jules Verne, en la torre Eiffel, un sitio muy francés y muy divertido, si se sabe uno comportar observando sin perder ripio lo que discurre alrededor.

A nuestro lado, otra pareja muy parecida a nosotros. Son ingleses y tienen la ventaja de que uno de ellos entiende al sumiller, con el que se mantienen distantes. Han debido de enfadarle, no sé porqué, pero parece enfadado y les regaña a la mínima. Sin embargo, tienen suerte y han elegido el vino que querían beber.

Sólo un camarero es simpático, o, cuanto menos, lo parece, porque creo haberle adivinado una escueta mueca que, con buena voluntad, podría atribuirse a una posible sonrisa. El resto de los camareros son tan expresivos como un mueble castellano, sin embargo, no logró librarme de la sensación de que se están aguantando las ganas de reír, conscientes de la farsa de la que somos protagonistas y en la que ellos son unos imprescindibles gregarios de lujo.

Al otro lado de nuestra mesa, otra pareja, mucho más madura, animada y divertida. Observando su conducta, deduzco una posibilidad para el futuro: mantener el sentido del humor en la pareja es una fórmula recomendable para garantizar la estabilidad, y, además, sirve para aguantar a un sumiller serio y estirado.

Más al fondo, un mozalbete entra al ataque en el difícil arte del cortejo y propuesta de matrimonio. Ella llora al abrir una cajita que parece contener un anillo. No dice nada. Él espera unos segundos, desea una respuesta, se impacienta. Saca del bolsillo unas hojas y le recita unos versos, sazonados con eficaz cursilería. “Bravo, chaval, empleando todo la artillería, como tiene que ser, sin complejos”, le animo mentalmente. Parece que ella se rinde ante el generoso despliegue de encantos. La puesta en escena, si bien clásica y poco innovadora, ha sido impecable. Felicidades.

La cocotte rubia de pechos falsos parece simpática, aunque es excesivamente escandalosa teniendo en cuenta el silencio contenido de la sala. Le importa un rábano la compostura. Coincidimos en el ascensor con ella y un señor mayor y canoso, que no hace otra cosa sino sonreír al observar los pechos imposibles de su acompañante. En la sala, aunque se han sentado bastante apartados de nosotros, ella se hace oír. Habla por los codos y exclama y se excita en respuesta a todo lo que ve desde la altura de la torre. Pregunta a los camareros con descaro cosas que no pueden o no quieren contestar. A su pareja le resulta divertida, pero intuyo que le empieza a hartar que llame tanto la atención. Están sentados junto a otra pareja similar, es decir, otro canoso talludito junto a un apaño espectacular e indiscreto.

Debe ser que en este restaurante nos sientan por tipos de clientes. Nosotros estamos en el grupo de los normalitos tirando a vulgares. Todo parece estar estudiado. En un momento, las dos rubias salen juntas a fumar al ambigú, pues no está permitido hacerlo en la sala. Cuando vuelven, se ponen a charlar entre ellas al comprobar que sus respectivos acompañantes se han presentado y están manteniendo una interesantísima conversación que no interrumpen con su aparición. Está claro, las dos rubias tontas cansan, pueden ser bellas y jóvenes, pero les aburren. Al menos por ahora.

No nos podemos enterar de todo lo que pasa en la sala, porque Coral y yo también tenemos cosas que decirnos, cosas propias de gente que se quiere y se entiende. Para evitar que esto ocurra de nuevo, nos hemos propuesto volver a este restaurante sólo si estamos aburridos el uno del otro. También por la comida, claro, y para que el simpático sumiller nos regañe de nuevo por no saber escoger el vino.

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Última actualización: agosto 2007

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