Biblioteca Babab
[Visita nuestra Biblioteca: libros completos totalmente gratis]



Rafael Solana: Escribir o morir, de Mario Saavedra

por René Avilés Fabila


En casa, durante mi infancia, hubo nombres que se repitieron con frecuencia, Rafael Solana era uno de ellos. Así lo supe dramaturgo y periodista, poeta y cuentista, novelista y especialista en música. No recuerdo cuándo comencé a leerlo, pero debió ser antes de que publicara su afamada novela El sol de octubre, en 1959. Lo leía en los periódicos y particularmente en la revista Siempre! Muy pronto enfrenté sus maravillosos cuentos. Cuando comenzaba a hurgar en las librerías, ya sin el apoyo de mi madre, encontré un libro cuyo título me llamó profundamente la atención: El oficleido y otros cuentos. Lo adquirí y me impresionó tanto que decidí hacer una suerte de reseña crítica sobre sus relatos. La nota apareció en El Día, un periódico recién fundado por un grupo de periodistas encabezado por Enrique Ramírez y Ramírez, un diario que era un proyecto alternativo y que desde el principio atrajo la atención de lectores críticos, provenientes de una clase media con acceso a la cultura. Uno o dos días después de la publicación, recibí una generosa carta del propio Rafael Solana. Me agradecía mis elogios y me hacía una confesión: él se sentía más dramaturgo que cuentista, más hombre de teatro que prosista.

En 1967 ingresé a un trabajo poco común en el Comité de Prensa de los Juegos Olímpicos de 1968, como responsable de la información cultural, pues en esa justa las autoridades habían decidido, paralelamente a las competencias deportivas, hacer un sinfín de grandes y memorables actividades culturales. Mi fortuna fue grande. El titular de aquella dependencia era ni más ni menos que Rafael Solana, y con él trabajaba un amigo querido de estudios y andanzas juveniles, Aarón Sánchez, quien de inmediato me llevó a la oficina del responsable. Así conocí personalmente a Rafael Solana, quien me habría de honrar toda la vida con su generosa amistad y a quien, fundamentalmente, le debo la entrega del Premio Nacional de Periodismo en 1991.

Ahora me encuentro con este libro espléndido de mi querido y entrañable amigo Mario Saavedra, quien llegó a México como un joven actor y se quedó entre nosotros para convertirse en un hombre de letras y promotor cultural. A Mario me lo presentó Rafael Solana, don Rafael, como yo le llamé en vida. Era un muchacho lleno de talento y devoción por la cultura, una devoción que se afinó con el contacto de Rafael Solana. En esos años, yo acababa de fundar el suplemento cultural de Excelsior, El Búho, y en esas páginas Mario publicó textos de diversa manufactura. La amistad se consolidó y de pronto solíamos comer o cenar los tres juntos. Don Rafael era un gourmet estupendo y su conocimiento de diversas cocinas y vinos (sin ser bebedor) era asombroso. Su plática no tenía rival, en reuniones francamente memorables, en las que Mario y yo escuchábamos al maestro cordial y sabio. Mi fortuna fue aún mayor y mis libros tuvieron varias reseñas críticas de Solana.

Un día, Mario Saavedra me dijo que estaba trabajando en un libro sobre Rafael Solana y yo festejé la idea. Ahora lo tengo ante mis ojos, convertido en una magnífica realidad que contribuye al conocimiento de la vida y obra de tan notable escritor.

Rafael Solana: escribir o morir es un libro que le encantará al lector, de cualquier tipo que sea. Es un libro inteligente, escrito con excelente prosa, lleno de justo cariño por la figura legendaria y con una información precisa sobre una personalidad compleja que abarcó todos los géneros literarios y periodísticos, y que se sumergió en las más soberbias actividades del hombre. Es de esperar que vengan otros libros y que al fin se reúna la obra completa de Solana, por ahora dispersa; sería necesario ordenarla dada su amplitud y su multiplicidad.

El libro de Mario Saavedra es un puntual recorrido por la vida y la obra de Rafael Solana. Comienza, en efecto, por su nacimiento, prosigue con los estudios y los años de formación, para muy pronto ingresar en el mundo del periodismo y de la literatura, en compañía de una generación deslumbrante: Taller, que incluyó a Octavio Paz, Efraín Huerta, José Revueltas y Alberto Quintero Álvarez (a quien, por cierto, Mario revalora), entre otros y que se agrupó bajo el esfuerzo de Solana, quien fue el creador de la revista que editaba con talento el inolvidable escritor de Tlaxcala Miguel N. Lira. Antes, en 1934, Solana se inicia en la poesía con Ladera, que lo muestra como un logrado poeta, de fino instinto.

Solana, como cuenta Mario Saavedra en este trabajo, invitó a participar a los más importantes escritores de aquella época; de todos ellos, uno sería persona cara para Solana, cuya admiración por Jaime Torres Bodet, uno de los escritores mayores de México, fue siempre ejemplar. Durante el segundo periodo de Torres Bodet al frente de la SEP, Rafael Solana fue su secretario particular y uno de las personas más cercanas hasta que don Jaime decidió poner fin al "simulacro de vida" que una penosa enfermedad le concedía.

Mario Saavedra hace un importante recuento de los trabajos literarios y periodísticos de Solana, no omite detalle ni nombres, y entonces Solana aparece de cuerpo entero, con su peculiar brillo, lejos ya de la modestia y la sencillez que lo caracterizaron. Desde la aparición de sus primeros textos, novela, poesía, cuento y ensayo, hasta que el dramaturgo se impuso a las demás facetas literarias. Paso a paso enumera la obra de Solana y hace importantes juicios acerca de cada libro. Incluso en el caso de los volúmenes de cuentos, Mario analiza texto por texto, con asombrosa inteligencia y rigor crítico.

En algunas partes del libro de mi querido amigo Mario, realmente me despierta nostalgias insuperables. Yo fui de los afortunados que recibía los regalos anuales de Rafael Solana, quien solía escribir y editar un libro cada tanto para obsequio de sus más cercanos amigos. De este modo tuve en mis manos Leyendo a Loti, Leyendo a Queiroz y Oyendo a Verdi, trabajos donde aparecía el Solana crítico literario y musical con una fuerza y un brillo pocas veces visto en México. En 1969, el hombre de letras Raymundo Ramos estaba en el Fondo de Cultura Económica y allí me dijo ¿por qué no publicar nuevamente a Rafael Solana? Y recordó los tres libros arriba citados que estaban inéditos para el gran público lector. Me encomendó la tarea de solicitar la autorización de Solana y además pedirle el prólogo. La generosidad y la sencillez de don Rafael quedó impresa en la pequeña nota introductoria de las tres obras que tituló finalmente Musas latinas y que quedó dentro de la colección mayor de Letras Mexicanas.

Mario Saavedra recorre todos los campos que abarcó Rafael Solana: el teatro, el periodismo, la poesía, la novela, el cuento, y dentro de cada uno de ellos las distintas especializaciones: en el teatro, por ejemplo, la comedia y el drama, y en la prosa narrativa, el cuento y la novela; en fin, Solana era un escritor versátil en extremo, pero en sus trabajos solía caer en la tentación del buen humor, de la más fina ironía. Un mérito más del autor de este importante libro de Mario Saavedra es la de polemizar con aquéllos que le regatearon méritos a Solana, por ejemplo, en la poesía. A cambio de esta injusta conducta, el autor precisa a quienes lo reconocieron gran poeta en esta tierra tan afecta a los ninguneos y desprecios: todos ellos nombres de alta jerarquía: Carlos Pellicer, Jaime Torres Bodet, Elías Nandino o Efraín Huerta, para sólo citar unos cuantos nombres. Que Rafael Solana haya dada por concluida muy rápidamente su etapa de poeta, como Rimbaud, reconoce Mario Saavedra, no significa que sea posible eliminar su parte poética. Sin embargo allí están los libros de fina y aguda poesía (digamos la antología El poeta detrás de la sonrisa), como prueba inevitable de su talento poético.

Mario analiza puntualmente cada uno de los diversos aspectos de la obra de Rafael Solana, lo he dicho, pero por obvias razones se detiene con más precisión en la faceta del dramaturgo que Solana tanto apreciaba y que fue parte de una respetuosa y cordial disputa que siempre sostuvimos en comidas y festejos. Yo lo veía como hombre de letras en cuya enorme obra destacaba el cuentista y el novelista, mientras que él le daba especial importancia a la dramaturgia y, desde luego, al periodismo, que ejerció brillantemente durante años y años en los mejores medios del país. Después de la lectura atenta del libro de Mario Saavedra, no me cabe la menor duda que es para nuestra cultura tan importante Debiera haber obispas como La casa de la santísima o los cuentos que Solana veía a veces con cierto desdén, como divertimentos o quizá como obras menores, algo inexacto: en un país de grandes cuentistas como Juan José Arreola y Juan Rulfo, como su compañero de generación José Revueltas, don Rafael brilla de modo singular con relatos donde campea la imaginación y la sátira, siempre hechos con rigor y excelente prosa. No obstante, habrá que reconocer que no es fácil imaginar a Solana fuera de los teatros y lejos de una divertida pieza teatral. A la crónica teatral le dedicó cientos, miles de notas agudas. Como Luis G. Basurto, su querido amigo y de pasada también de Mario y mío, Rafael Solana pudo haber dicho sólo soy un soldado al servicio del teatro.

Rafael Solana: escribir o morir no es solamente un acto de justicia, es también un trabajo espléndido dictado por una emocionada admiración (que siempre compartimos) hacia un autor que nos falta conocer y reconocer, valorar y revalorar, y al fin ordenar sus maravillosas páginas para que las nuevas generaciones sepan qué clase de autor y persona fue don Rafael Solana, quien fiel a la memoria de su padre, cronista taurino, no pudo permanecer ajeno a las corridas de toros y a diversas actividades deportivas, a las que les dedicara memorables crónicas. La pasión de Solana por los toros fue tal que alguna vez una alumna mía de la UNAM (lo invité a hablar sobre su obra) le preguntó qué haría al tener al frente una corrida de toros y un concierto. Don Rafael, con esa voz serena tan suya, dijo sin meditarlo: A la corrida, es irrepetible. Poco o nada afecto a las corridas como he sido, lo increpé con respetuosa cordialidad y durante una comida en un restaurante hoy desparecido, El cabrito rico, se dedicó a demoler mis argumentos. Era un maestro generoso y de una extraña bondad en un país cuyas figuras más altas suelen asumir una conducta contraria.

El libro de Mario sobre Rafael Solana me ha llenado de recuerdos imborrables y me ha enriquecido saber más acerca de los rostros que poco me atrajeron en vida del autor. Pocos como él conocen (la ha estudiado minuciosamente, con respeto y amor, con devoción) la obra inmensa del hombre de letras que fue Solana. Como Mario, mucho agradezco la oportunidad de haber sido amigo de uno de los escritores más agudos del país y de un hombre que fue amable y gentil con el prójimo, incapaz de majadería alguna, de un improperio, de un exceso. Durante el velorio de Rafael Solana (que fue en la Sociedad General de Escritores, tal como él lo pidió, lugar donde fue vicepresidente, como Juan Rulfo), otro gran poeta, José María Fernández Unsaín, presidente de la institución, hizo a los medios de comunicación dolorosas confesiones de respeto y admiración por la figura fallecida. Las compartí plenamente, mientras que don Rafael reposaba ya libre de dolores físicos en un ataúd de pino y mi querido Mario Saavedra mostraba su dolor por la desaparición irreparable.

En vida de don Rafael escribí y publiqué artículos sobre sus cuentos, ensayos y novelas. Aparece una y otra vez en mis libros autobiográficos. Hoy me siento afortunado por haber tenido una vez más la oportunidad de mostrar, como Mario Saavedra, mi admiración y mi cariño por uno de los más brillantes escritores del siglo XX, sobre su distinguida obra y sobre su cordial y generosa personalidad, irrepetible.




Texto, Copyright © 2007 René Avilés Fabila.
Todos los derechos reservados.


 


Babab.com
Para contactar con nosotros entra aquí
Última actualización: agosto 2007

Copyright © 2000-07 Babab
Prohibida la reproducción de cualquier parte de este sitio web sin permiso del editor. Todos los derechos reservados.