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Enterrando a Friedman

por Reinon Muñoz


Al principio de los años 80, en plena ofensiva retrógrada, Milton Friedman fue la estrella del espectáculo televisivo Libre para elegir, emitido por el Servicio Público de Difusión (Public Broadcast Service) desde la biblioteca de la Universidad de Chicago. Desde esta tribuna, Friedman divulgó sus teorías económicas, influyendo decisivamente sobre la opinión pública estadounidense. Los programas están a disposición pública en el sitio web de la Universidad Francisco Marroquín. En este trabajo me centraré en el análisis del capítulo titulado Who protects the worker? (¿Quién protege al trabajador?), en el que Friedman arremete contra sindicatos y gobierno federal, acusándoles de ser enemigos de los trabajadores al impedir la acción benefactora de la desregulación y el libre mercado.

Los episodios de Libre para elegir constan de dos partes, la primera, en la que Friedman expone el tema de estudio, y una segunda parte de debate en la que diversos invitados discuten junto a Friedman sobre el reportaje que acabamos de ver. En ¿Quién protege al trabajador?, Friedman comienza interrogándonos sobre el elemento determinante en la mejora de las condiciones de vida de los trabajadores. "Hay quien dice que son los sindicatos, pero pronto veremos que esto no es así". Según Friedman, "en el siglo XIX, cuando los obreros estaban bastante bien, no había ningún sindicato. Hoy —estamos en los USA de 1980—, solo uno de cada cuatro o cinco obreros están afiliados a un sindicato y los otros no están nada mal ya que disfrutan del más alto nivel de vida del mundo". Friedman concluye "la gente que trabaja en la industria pesada rara vez tiene que romperse la espalda como a principios de siglo y sin embargo, ganan mucho más".

A primera vista comprobamos que el artefacto retórico-audiovisual de Friedman tiene un objetivo bien definido: los sindicatos. Cuando Friedman dice que los obreros del siglo XIX estaban bastante bien, utiliza una formula abierta, discrecional, en la que desconocemos qué le hace pensar así. No parece ser éste el caso de los obreros ingleses hacinados en las viviendas insalubres de Manchester, Shefield o Liverpool, durante la era victoriana, época de la que nos han quedado innumerables documentos que no parecen tener importancia para Friedman. La condición de los obreros y mineros alemanes, rusos y franceses era análoga en la época. En los Estados Unidos, la revolución industrial se realizó sobre las espaldas de millones de emigrantes europeos que desde mediados del siglo XIX, hasta el primer tercio del siglo XX, alimentaron las fábricas de Nueva York, los altos hornos de Pittsburg, los astilleros de Norfolk, excavaron las minas de carbón de Virginia, construyeron los ferrocarriles de la zona de los lagos, etc. No son los datos de la época los que nos dicen que "estaban bastante bien", sino, muy al contrario, nos hablan de las condiciones de miseria, hacinamiento y semi-esclavitud que tuvieron que sufrir millones de personas explotadas por el capitalismo más salvaje que la historia ha conocido. Cuando Friedman dice que los trabajadores de la industria pesada rara vez se rompen la espalda, se nota que, aparte de despreciar desdeñosamente a los trabajadores, no ha trabajado en su vida. Como colofón, a la vez que escuchamos las palabras de Friedman, la imagen que vemos es la de un hombre derribando un muro con una maza. ¿Estará sudando lo suficiente, se estará rompiendo la espalda? Para Friedman seguro que no. Aunque no podemos evitar la maliciosa idea de verlo manejar la misma maza, suponiendo que llegara a levantarla.

Para Friedman, los sindicatos son "vestigios de la sociedad pre-industrial", que tienen su origen en las ligas de artesanos del medioevo (los gremios) y el acuerdo de médicos realizado en Grecia hace 2000 años, conocido bajo el nombre de "Juramento Hipocrático". Una vez más, y es una constante en la argumentación Friedmaniana, se distorsiona la realidad para adaptarla a su reaccionario mensaje: hay que acabar con los sindicatos. Sin duda, Friedman no ignora que los gremios reúnen a artesanos propietarios de los medios de producción y del producto de los mismos, mientras que los sindicatos agrupan a asalariados que trabajan con medios de producción ajenos, por cuenta ajena y que reciben sólo una parte del beneficio que con la venta del producto se obtiene. Friedman identifica sindicato a corporación, y lo hace de manera consciente y cínica. Respecto al Juramento Hipocrático, su lógica es la siguiente: Hipócrates practicaba y enseñaba la medicina en la isla griega de Kos, a todo aquel que pedía sus servicios a cambio de lo que el paciente quisiera buenamente darle. Sus capacidades y buen hacer atrajeron a gran número de estudiantes interesados en aprender sus técnicas de curación. Pero tras su muerte, había tantos médicos en la isla, sometidos a una competencia tan fuerte, que a penas podían vivir del ejercicio médico. Este fue el motivo de que se creara una corporación médica en torno al juramento hipocrático por el cual, todo médico juraba enseñar la medicina únicamente a miembros de su familia, y excluía su campo de actividad del de los cirujanos. Esta regulación produjo según Friedman un aumento de los precios para los pacientes, además de un empeoramiento del servicio. De nuevo Friedman mezcla groseramente una unión de trabajadores con una corporación empresarial. Cuando Hipócrates era el único médico de la isla de Kos, sus honorarios estaban garantizados. Muy al contrario, la libre competencia de mercado promovida por Friedman, había provocado un hundimiento de los salarios y una generación de médicos famélicos. Es el interés corporativo el que ha producido médicos riquísimos en perjuicio de pacientes pobres que no pueden pagar sus honorarios mínimos. Es decir, la libertad de mercado ha creado un monopolio, un basurero de la eficiencia económica. No ataca Friedman la regulación corporativa, a contrario de lo que podría creerse, pues en su obra no existe ni una sola línea dedicada a la crítica del cartel, el oligopolio o el monopolio. Lo que Friedman ataca es la capacidad del estado, de la administración, de una clase de no mercaderes, a llevar a cabo dicha regulación. Trabajadores y funcionarios constituyen así la doble faz de la diana sobre la que Friedman descargó su veneno durante toda su vida.

Friedman remata el pasaje con una estrambótica extrapolación respecto a las compañías que otorgan servicios paramédicos de primeros auxilios. Pero, Don Tartufo, no tenemos nada en contra de una mayor eficiencia del mercado, a través del quebranto de monopolios, cárteles y oligopolios. Sólo que a usted sólo le preocupaban estos asuntos cuando tenían que ver con una sanidad pública y gratuita, y con los derechos de los trabajadores, pues como veremos más tarde, para Friedman el factor fundamental de la prosperidad es una mano de obra abundante y barata, obligada a aceptar las mínimas condiciones de empleo a causa del paro. Es el paro, y no la libertad de empresa, el factor determinante en el proceso de acumulación de capital.

Tras despachar a los médicos, Friedman nos deja boquiabiertos con una extrapolación cuando menos espectacular. Indiana, 1978, una huelga se declara en una mina de carbón. Algunos trabajadores siguen trabajando, pero un grupo de exaltados incendia instalaciones, camionetas, aparte de reventar a tiros los neumáticos del coche del director. Se entrevista a un minero (debe de serlo a decir de las manchas de carbón sobre sus brazos y rostro). "Deberíamos haber estado bien armados y haberles disparado a esa gente —vemos a un guardia de seguridad armado de un M-16, paseando a un pastor alemán—. Nunca hubiera creído que un agitador pudiera convencer a gente irresponsable —se supone que habla de sus compañeros— para invadir la propiedad de alguien y destruir de forma criminal hasta que lo vi". Estamos ante el caso del perfecto obrero que defiende a su patrón, asumiendo que el personaje no sea un actor o un esquirol en este burdo montaje. Se trata de un perfecto panfleto innoble y embustero de propaganda capitalista, digno del siglo XIX. Todo está presentado para que el espectador odie a unos trabajadores violentos y patibularios, a los que no vemos en ningun momento, ni de cuyas razones sabemos. La retórica de Friedman prepara la cama a la represión policial, el revanchismo y el linchamiento de su enemigo a muerte: los sindicatos y por lo tanto los trabajadores. Se ensalza al esquirol mientras que se criminaliza al que lucha por su derecho a la subsistencia contra la explotación, siempre con el mismo objetivo: la pauperización, desposesión y gratuidad última del factor trabajo de la producción, que para Friedman ha de ser un factor fijo, una variable despreciable de la actividad económica.

Tras este grosero pasaje, nuevo cambio de contexto, nueva extrapolación. Parece como si el objetivo fuera crear confusión en el espectador mediante un encadenamiento lógico más que criticable, mediante una sarta de mentiras que se presentan sin discusión como verdades, mediante un ritmo endiablado en el montaje que deja poco o ningún tiempo a la reflexión. En definitiva, se trata de una manipulación propagandística financiada por intereses bastardos. Ahora Friedman nos presenta a un grupo de trabajadores que define como "del otro lado de la barrera del sindicalismo" para decir que están sindicados. Se entrevista a un constructor del lugar que pide que no se imponga por ley la obligación de ser miembro de un sindicato para ser contratado porque se atenta contra la libertad del empleador a elegir a quien mejor le parezca. Esto parece lógico si alguna vez hubiera existido dicha ley, pero los niveles de mentira y manipulación del espectáculo de Friedman no parecen conocer escrúpulo ni límite alguno. El sistema de desregulación exigido por Friedman tiene que ver con la libertad, sí, pero sólo con la del propietario de los medios de producción, de abaratar sus costes, de contratar al menor numero posible de trabajadores por el menor salario posible. Libertad para contratar a alguien que trabaje mucho, pida poco, sea facilmente despedible y cierre el pico. Exactamente lo contrario de lo que interesa a un trabajador. Friedman se muestra así, y lo veremos a lo largo del programa, como un empleado él mismo, un fiel mercenario de los propietarios de los bienes y del capital, a quienes sirvió durante toda su vida, a pesar de que él no era más que el hijo de unos imigrantes judíos pobres ucranianos. El caso del buen esclavo. Para finalizar con el pasaje, Friedman nos obsequia con un nuevo gargajo: "En este cartel del gobierno que dice sólo personal autorizado, realmente se quiere decir sólo miembros del sindicato. Pero nosotros nada sabemos de qué hay detrás, sobre quien pasa y quien no, y tenemos todas las razones para creer que dicho cartel quiere efectivamente decir "sólo personal autorizado" y nada más. El caracter tendencioso y agresivo del reportaje sale una vez más a la superficie.

A continuación, nuevo golpe de timón. Estamos ahora en Washington D.C., frente al edificio del Congreso de los EUA. Nuevo ataque y afirmación indirecta de que los sindicatos son violentos. Se denuncian las presiones de los sindicatos sobre el gobierno, y de paso se ataca a la administración estatal. "Por eso los sindicatos ubican su sede en las proximidades de la fuente del poder". Friedman hace parecer a los sindicatos una entidad parasitaria, vampírica. Sin embargo, la práctica del lobbying es un fenomeno generalizado en los Estados Unidos y en los países anglosajones en general. Las principales corporaciones, los grupos de interés industriales, todo aquel grupo de presión o asociaciones profesionales con intereses en la legislación del país, dispone de una oficina en Washington, desde donde sus agentes tratan de influenciar en el Congreso. Lo mismo ocurre en el Parlamento Europeo de Bruselas, donde más de 3.000 organizaciones cuentan con una oficina de representación. Por supuesto, nada de esto es mencionado en el comentario de Friedman, que suelta deliberadamente su veneno y pasa rápidamente a otra cosa. Es necesario tener en cuenta que Free to Chose se sitúa en un contexto político muy preciso: el de la ofensiva reaccionaria retrógrada organizada por el gran capital del país, acaudillada por Ronald Reagan, a principios de los años 80. En 1980 estamos en plena crisis de los rehenes en Irán. Ronald Reagan había acordado en secreto con el régimen islamista iraní la retención de los rehenes hasta después de las elecciones (a cambio de armas) para hacer pasar a Carter por un incompetente. Estos métodos de guerra sucia fueron profusamente aplicados a lo largo de sus mandatos y lograron a la larga el hundimiento del putrefacto régimen soviético. La acción de Friedman se sitúa en el marco de esta ofensiva conspiratoria de caracter reaccionario, que hizo tambalearse el imposible capitalismo social del Partido Demócrata. Esta ofensiva imperialista está mostrando su verdadero rostro bajo el gobierno de Bush hijo "el irakí" y su estrategia de guerra planetaria depredadora y asesina. Pero sigamos con este demonio emplumao de Friedman.

Tras arremeter contra el sistema de burocracia tecnócrata antidemocrático por el que se gobierna el imperio —afortunadamente no comete el error de culpar al partido demócrata, pues los republicanos, en cuyas filas militaba, sostienen igualmente la burocracia imperial, especialmente la relacionada con temas militares y la represión, como la CIA, el Pentágono, la DEA o el FBI— este tremendo embustero pasa a atacar el salario mínimo. Ataca igualmente a la Federación de sindicatos del país, acusando a sus dirigentes de corrupción y enriquecimiento indebido. Nos preguntamos por qué razón apoyarían entonces la instauración de un salario mínimo interprofesional cuando con sus supuestos privilegios les sería mucho más provechoso pactar con los patrones por unas tajadas más tal y como hacen en la actualidad los sindicatos europeos.

Pasamos bruscamente a un nuevo decorado. La culpa de que los trabajadores sin capacitación no encuentren trabajo la tiene el salario mínimo. Desde luego, decir disparates no cuesta dinero. Si además, hacemos Premio Nobel al responsable, convertimos el disparate en dogma, al asesino en doctor, el mal en el bien. Pero todo esto es mentira, y las mentiras tienen las patas muy cortas. Es necesario seguir mientiendo, abundar en la ignominia, hundirse más en el barro, para que una mentira tape a la otra, y así hasta el infinito o hasta la muerte de la serpiente, que además se muere vieja. En el documental se entrevista a un businessman con pinta de mafioso que explica cómo la venta de palomitas y pizzas es un trabajo destinado a las minorías, los trabajadores no cualificados y gente joven, es decir, para aquellos que no pueden rechazar trabajos mal pagados. "El empresario no se puede permitir mayores costes laborales". Falso. Sí se los puede permitir. Ahí están los libros contables que hablan de beneficios millonarios mientras se paga calderilla a los trabajadores que han hecho posibles dichos beneficios. La imagen encuadra a un grupo de niños negros que juegan al baloncesto. Estos trabajos son para ellos, para darles una oportunidad. Segun el revulsivo argumento, es a la gente de color a la que se daña mediante la adopción de un salario mínimo. La conclusión de Friedman no se hace esperar: La adopción de un salario mínimo es una legislación antinegros. Pero, a pesar de su manifiesto racismo, los postulados luciferinos de Friedman afectan también y mucho a los blancos de esa América "white trash" que trabaja en Wallmart por 5 dólares a la hora. Hoy sabemos que más de 40 millones de norteamericanos viven bajo el umbral de la pobreza a pesar de tener un empleo. Al no disponer de los ingresos necesarios para el consumo, se produce una espiral de endeudamiento que los empobrece aún más, hundiéndolos progresivamente en el pozo de la miseria, mientras que las compañías por las que trabajan registran beneficios históricos.

Minuto 15, segundo 34: ¡Atención a la voz negrera de la traducción digna de la mami de Lo que el viento se llevó!. Es tan abyecto que dan ganas de reír. Afirmación: "Cuanto más se le paga, la gente puede vivir mejor". ¡Cómo! ¿Pero no decía lo contrario poco antes? ¡Que había que pagar menos! Nueva puya a los funcionarios: Comen a precios subsidiados. En este segmento se injerta un sketch rocambolesco. No digo más. Descúbranlo por ustedes mismos, descubran las trampas del grosero montaje. Y luego dicen que la derecha carece de capacidad artística. La propaganda, desde luego, la dominan. Continúa el ataque. Se nos muestra dónde viven estos privilegiados: enormes mansiones en un área verde y tranquila. ¡Pero sólo uno de cada 4 residentes de este barrio trabaja para el gobierno! ¡En Washington, que es la capital federal! El resto lo hace probablemente para las corporaciones capitalistas, pero por supuesto no se dice. Cada frase es un sofismo, un manipulación del lenguaje, una mentira. Friedman nos deja una cáscara de plátano tras cada esquina para que nos rompamos la crisma. Hay tanta inteligencia en su perversidad que produce asombro y maravilla.

Y por supuesto, pasamos a un nuevo decorado. En media hora visitaremos más de una veintena, casi uno por minuto. Impresionante. Nos encontramos ahora en el Silicon Valley. Se entrevista a un ingeniero informático que trabaja para la empresa Intel. Se habla de la competencia de las empresas por hacerse con el personal más cualificado, lo cual repercute de manera beneficiosa sobre las condiciones de trabajo y los salarios. El ingeniero dice que cambiar regularmente de empresa no es una experiencia traumática en la que haya que cambiar de ciudad, ya que basta con cruzar la calle. Sin embargo, los fascistas del capital, con su desregulación y su flexibilidad, obligan a los trabajadores a desplazarse cada vez más lejos de su lugar de residencia, acumulando al tiempo de desplazamiento al tiempo de trabajo, cuando no forzándole a cambiar de ciudad y de vida. Traumatizándolos.

Nuevo escenario dedicado a la inmigración. De nuevo, observen la increíble velocidad con la que se pasa de un argumento a otro, de un contexto a otro, la rapidez con la que se bombardea al espectador con premisas no sujetas a crítica, machacadas como evidentes, cuando en realidad, un análisis detenido las transforma en absurdas y contradictorias. Todo está ordenado para provocar aturdimiento y confusión, para depositar mensajes de racismo, explotación y sumisión en el subconsciente del televidente. Es necesario creer, que más que economista, Friedman era un necromante condenado a arder por toda la eternidad. Suponiendo que ardiera, de lo malo que era. Veintiseis años después, la bilis escupida por Friedman se materializa en un nuevo muro de Berlín que separa al imperio de México. Estamos ante el típico caso en el que el verdugo acusa a su víctima de agresión, justificación última del crimen. El argumento expuesto es el siguiente: Los pequeños cultivadores (¿pequeños con cientos de hectáreas?) de ciruelas pasas de California no pueden pagar a trabajadores que pidan el salario mínimo (huelga hablar de cargas sociales). Por ello emplean a inmigrantes clandestinos sin papeles. Todo intento de regularizar la situación sería recibido a tiro limpio por parte de los honestos agricultores. Con la bendición explícita de Friedman. Por supuesto que más tarde se declara contrario a toda forma de violencia, como José Maria Aznar, pero toda su retórica supura violencia, crea violencia, genera sufrimiento y tragedia. Este fariseo nunca fue desenmascarado, juzgado ni condenado, pues contaba con poderosos apoyos en la sombra. Sólo queda pues el juicio histórico en el que debemos tomar parte de la acusación.

Se demuestra una vez más a quién benefician las políticas de restricción de la inmigración. ¿Creen que la supresión del salario mínimo o de las cargas (obsérvese la connotación peyorativa del término) sociales, mejorarían el empleo de nacionales y detendrían la inmigración? En ningún caso, pues la desregulación defendida por Friedman tiene como resultado la sobreexplotación de los trabajadores, que trabajan más por menos, y la creación de grandes bolsas de paro que presionan los salarios hacia abajo. La desregulación más bien produce emigración de nacionales sin detener la inmigración, pues los prejuicios racistas y securitarios de los imperialistas capitalistas impiden una verdadera libertad de inmigración legal. Les pongo un ejemplo. Hace unos años estuve trabajando en la campaña de la fresa, en Dinamarca. Dinamarca es un país donde no existe el salario mínimo y la regulación del mercado laboral es sumaria. Se nos pagaban 80 céntimos de euro por kilo de fresa recogido, que el patrón vendia a 2 euros. Vivíamos en tiendas de campaña y cada uno se las arreglaba para cocinar y comer en una cocina común sobrepoblada. Desde la caída de la Unión Soviética, la Unión Europea, como parte del occidente capitalista, ha realizado un movimiento expansivo hacia el este, integrando a las tres repúblicas bálticas, antes miembro de la Unión Soviética. Se ha producido por lo tanto una "desregulación", es decir, trabajadores que con anterioridad estaban excluídos del mercado de trabajo europeo, afluyen ahora en masa atraídos por la ventaja comparativa en los precios. En efecto, una buena campaña de la fresa puede suponer entre 1000 y 1500 euros, el equivalente a 6 meses de trabajo en Lituania. Como consecuencia, el explotante puede permitirse una congelación sine die de los salarios, con la seguridad de que una mano de obra motivada y abundante seguirá acudiendo en masa a su llamada. Ninguna necesidad de mejorar las instalaciones, de albergar a los trabajadores en edificios de obra dura, de ampliar duchas y cocinas. La consecuencia inmediata es que los trabajadores nacionales daneses, y por extensión, los nacionales europeos comunitarios, encuentran cada vez menos aliciente en trabajar en estas condiciones. En segundo término, la diferencia de precios tiende con el tiempo a equilibrarse, al invertir los trabajadores lituanos la parte de ahorro de sus ingresos en la compra de propiedad en su propio país, presionando al alza los precios. Con el tiempo, los trabajadores daneses y comunitarios estarán lo suficientemente empobrecidos como para que vuelvan a interesarse en el trabajo en la fresa, por un salario mucho menor, al no haber éste sido aumentado a pesar de la inflación. Los trabajadores lituanos que emigran a Dinamarca ganan en poder de compra y condiciones de vida, pero los lituanos que se quedan en su país, que son la mayoría, tienen que hacer frente a una subida general del índice de precios motivada por la afluencia de capitales provinientes de Dinamarca. Los trabajadores daneses y comunitarios son excluídos de amplios sectores de la economía, los más desregularizados. Sólo una persona se beneficia al 100 % con el despojo jurídico al que se somete a los trabajadores: el propietario del terreno, de los medios de producción, y de las fresas. Nos encontramos ante un régimen feudal semi-esclavista.

Friedman dice: las ventajas sociales y salariales producen una inmigración ineficiente, mientras que la supresión de las mismas tiene como resultado la inmigración eficiente del que está dispuesto a trabajar siete días a la semana para salir adelante. Una vez más se demuestra que para Friedman y sus amigos esclavistas, la generación de riqueza tiene su fuente en la explotación de la mano de obra. Los que se benefician de la separación del trabajo, de la sociedad de clases, de la organización piramidal y de la jerarquía, contemplan con pavor la emancipación de las clases parasitadas, y han reaccionado siempre con violencia a toda veleidad igualitaria. La herejía comunista fue el verdadero enemigo de Milton Friedman y sus secuaces, que lucharon toda su vida sin cuartel contra el mínimo avance del colectivismo, atentado mayor al primero de los derechos y la primera de las libertades de estas sanguijuelas succionadoras: la propiedad.

Como principal ejemplo de una emigración ordenada, provechosa y eficiente, Friedman cita el siglo XIX americano, en el que millones de trabajadores provinientes de los países europeos se instalaron en territorio norteamericano. En aquella época, los Estados Unidos todavía eran una opción interesante: Un territorio casi virgen, poco poblado, una sociedad sin reyes, ni aristocracia, sin privilegios, ni servidumbres sobre la tierra, ni historia, una tierra de oportunidades para escapar del hambre, la miseria y la ignorancia. Pero extrapolar la situación del siglo XIX a la actualidad es irresponsable y suicida. Ahora, son los Estados Unidos el país del que hay que huir. Las recientes medidas de control y represión acentuada sobre la población civil, el estado policial y militar, el imperio del dinero, y todos los resultados que han dado la ofensiva reaccionaria de Friedman y sus amigos, ha provocado que el número de estadounidenses que han pasado a vivir en Canadá haya aumentado exponencialmente durante los últimos años. Igualmente, según los datos del periódico inglés " The Times ", nada sospechoso de izquierdismo, el número de visitantes británicos a los Estados Unidos disminuye en más de 30.000 al año como consecuencia de los leoninos controles de entrada en el país. Con la mayor población carceral del mundo y uno de cada 32 ciudadanos en situación para-penitenciaria, en libertad provisional, fianza, reinserción controlada o vigilancia domiciliaria, Estados Unidos se parece cada vez más a una gigantesca colonia carcelaria. Los falseados datos estadísticos, que hablan de pleno empleo, no pueden ya ocultar los salarios de miseria, el aumento galopante de la drogadicción y la prostitución, el desmoronamiento de la sanidad y la educación, el racismo de una sociedad segregacionista, el fanatismo de las élites blancas cristianas, los mayores índices de obesidad y suicidio del mundo, la monstruosa deuda exterior que amenaza con sumir el país en la bancarrota de manera inminente, la depreciación de una moneda artificialmente sostenida gracias al monopolio petrolero, etc, etc, etc. Aún así, muchos mejicanos y centroamericanos seguirán intentando cruzar el muro que les separa del imperio. Con suerte podrán pasar y trabajar clandestinamente de criados, camareros, pinches o jornaleros. Engañados por la propaganda del Green Card, muchos de entre ellos terminarán alistándose en el ejército imperial o entrando en el gulag penitenciario. Bravo señor Friedman. Su memoria durará para siempre en nuestros corazones. Su efigie decorará las escobillas de nuestros váteres y los felpudos que den acceso a nuestras casas. Su nombre ya está escrito con letras de oro en el libro de grandes verdugos de la Humanidad.

Pero ¿cómo era la inmigración en el siglo XIX en los Estados Unidos? Para empezar, los emigrantes debían pasar un período de prueba de 5 años antes de adquirir la ciudadanía. Tan pronto como se manifestaba el deseo de convertirse en ciudadanos estadounidenses, se recibían múltiples ventajas, como las establecidas en el Homestead Act de 1862, ley federal que otorgaba 65 hectáreas de tierra virgen gratuitamente a todo cabeza de familia o persona mayor de 21 años, siempre que viviera en su parcela durante 5 años, y construyera una casa de 3,6 por 4, 3 metros. En caso de que las condiciones no fueran cumplidas, el cabeza de familia podía comprar, después de 6 meses, el terreno por medio dólar la hectarea. Con tan beneficiosas condiciones, hoy en día, el 90% de la población europea emigraría a los Estados Unidos. Vemos que la regulación gubernativa era esencial en el favorecimiento de las masas de trabajadores necesarias para la construcción y el desarrollo del país. Sin embargo, la regulación gubernamental no actuó con el mismo fervor para impedir que grandes capitales de la metrópolis londinense compraran de manera fraudulenta por medio de hombres de paja, enormes latifundios en el medio oeste americano, chantajeando a muchos pequeños agricultores para que les vendieran las tierras. Estados Unidos era ya un país vendido al gran capital. Para mayor información sobre el tema se recomienda la lectura de The Johnson County War y la historia de Nate Champion, ambos disponibles en la enciclopedia gratuita Wikipedia. Hoy en día, los EUA no necesitan granjeros, carpinteros ni mineros, sino jornaleros, camareros, pinches, soldados, informáticos, chachas, enfermeros y otros trabajos mal remunerados. Friedman omite que la tierra la pudieron ocupar expulsando de ella a los indígenas autóctonos, con lo que les salió gratis. Esta gratuidad, producto del exterminio o del despojo, ya sea de indios o de trabajadores, no cuenta nunca para Friedman, y sin embargo, se encuentra en el origen del proceso de creación del capital. Lo que Friedman propone es una vuelta al siglo XVIII, la época del liberalismo puro, de la mano invisible de Adam Smith y del laissez-faire, en definitiva, una vuelta al Antiguo Régimen autocrático anterior a la Revolución Francesa. Los nazis y los fascistas italianos y españoles soñaban con un revival del imperio romano. Finalmente hemos avanzado unos XIV siglos en las fantasías retrógradas.

El inmigrante que llega ahora a los Estados Unidos ya no aspira a la propiedad, sino a la venta de sí mismo. En el siglo XVIII, el período delimitado por el desembarco, la ocupación de la tierra y la fructificación de la misma, requería de unos pocos años. Hoy, el inmigrante puede aspirar a trabajar, pedir un crédito y habitar en una casa que con suerte le pertenecerá dentro de 30 años. Con salarios bajos como los que pedía Friedman, nunca llegará a la propiedad. El ataque de Friedman sobre los salarios sigue perfectamente vigente en las políticas de emisión e interés de la Reserva Federal de los Estados Unidos y del Banco Central Europeo, la primera dependiente del Presidente de los Estados Unidos y la segunda del ejecutivo franco-aleman. Para los economistas smithnianos, escuela a la que pertenece Friedman, el trabajo es un coste de producción de mercaderías y servicios al igual que la energía, las materias primas, los impuestos o el transporte. Como cualquier coste, es necesario reducirlo para maximizar el beneficio. En segundo lugar, es necesario que los costes sean lo más previsibles posible, idealmente fijos. En un sistema de competencia perfecta, los beneficios de los intervinientes en el mercado se reducen cada vez que un nuevo competidor entra en el juego. Alcanzado un punto de equilibrio, la entrada de un nuevo competidor resulta imposible y los actores en liza tienden necesariamente a llegar a acuerdos de precios y a repartirse las parcelas con el objetivo final de aumentar sus beneficios. De esta suerte, el equilibrio económico desaparece. La mano invisible es una falacia. Si por el contrario, una regulación gubernamental fija un nivel mínimo de salario, de impuestos, unos requisitos razonables sobre la seguridad del transporte y las condiciones medioambientales de producción, para todos los actores en liza, los costes de producción aumentan necesariamente, pero aumentan para todos, por lo que en principio, las condiciones de competencia se mantienen intactas. El precio final de los productos, así como el poder adquisitivo de los consumidores, tiende a subir, con el consiguiente riesgo inflacionista, justificación última de la congelación salarial, pero no de la acumulación exhorbitada de los beneficios. Sin embargo, el aumento de los salarios, y por consiguiente de la capacidad de compra y ahorro de trabajadores y consumidores, estimula la economía, a través de un aumento de la demanda y de la inversión. Se beneficia a una mayoría microcapitalista eficiente en perjuicio de una minoria macrocapitalista ineficiente, que como esta demostrado, no dedica las grandes sumas ganadas mediante la presión sobre los costes a la inversión, sino a la especulación financiera, a la compra de valores inmobiliarios, de oro, de divisas... un círculo vicioso carroñero de consecuencias mucho peores que la inflación. Las teorías de Friedman son propaganda pirática al servicio de intereses conspirativos.

Pero volvamos al programa de Friedman. El siguiente segmento que se nos ofrece lo dedican a la ciudad de Spartanburg, en Carolina del Sur. Según Friedman, con la nueva desregulación que eliminaba restricciones laborales, y bajaba los impuestos al mínimo, se logró atraer a empresas de todo el mundo. Los trabajadores se benefician, pues la oferta de trabajo ha crecido (pero ¿qué trabajos? ¿Pagados cómo? ¿Cuantas horas al día?) y la ciudad prosperó. Ya no se encuentran obreros y trabajadores provinientes de otras partes del país acudieron a Spantarburg atraídos por la oferta de empleo. A continuación, pasamos a un sketch de propaganda en el que, una vez más se nos repite la martingala del sueño americano. Un miembro de la minoría india de Uganda, expulsado del país por Idi Amin, llega a los Estados Unidos con mujer, dos niños, cuatro maletas y 150 dolares en el bolsillo. Se pone a trabajar en una panadería por 2,49 dólares a la hora. Al cabo de siete años, ocupa el puesto de contable, se ha comprado una casa, su mujer tiene un trabajo y poseen tres coches. Conclusión: los Estados Unidos ofrecen muchas oportunidades a quien quiera trabajar. La pregunta que nos hacemos es: ¿De qué manera influye la política de la villa de Spartanburg sobre el hecho de que este señor ugandés se haya asentado allí? No lo sabemos. Evidentemente, si la ciudad disponía de una amplia oferta de empleo, es bien posible que el ugandés se haya instalado allí mejor que en una ciudad podrida por el paro. Pero también podemos pensar que este señor podía haberse instalado igual de bien en Tampa, New Jersey o Mineapolis, y que el hecho de que viva en Spartanburg, suponiendo que las aseveraciones del documental sean más que un puro montaje propagandístico, es pura casualidad. Un ejemplo cuidadosamente buscado para justificar ciertas políticas, una pieza seleccionada entre miles para que se ajuste a un molde predeterminado. Se presenta la historia como un nexo causal cuando no lo es. Además, hoy un contable en los Estados Unidos no se compra una casa en menos de 30 años. El señor ugandés tiene una casa, cierto, posee la escritura y las llaves, correcto, pero también tiene una hipoteca y la casa no le pertenece realmente, sino que pertenece a un banco. Como veremos más tarde durante el debate, en boca del dirigente sindical Lynn Williams, el caso de Spartanburg respondió a la estrategia de los reaccionarios del sur conservador, interesados en atraer empresas desde el norte de los Estados Unidos, donde la fuerza de los sindicatos era mucho mayor que en un sur de tradición esclavista. Las compañías multinacionales alemanas, francesas y suizas acudieron en efecto, pero no desde Europa, como se deja entrever en el documental, sino que se desplazaron desde el norte del país, donde hacía tiempo que estaban asentadas. Una vez más, toda la argumentación del Premio Nobel de la calumnia, es una falacia.

En conclusión, Friedman afirma por una parte que el gobierno paga mucho a los funcionarios, pero que son todos los contribuyentes quienes pagan demasiado a una clase administrativa ineficiente y parásita. En segundo lugar, Friedman sostiene que los trabajadores obtienen mejores sueldos y condiciones de trabajo más civilizadas a través del mercado libre. Sin embargo, la realidad de la deslocalización, es decir, de la desindustrialización desinversora que experimenta hoy el occidente cristiano, nos demuestra lo contrario. Es evidente que Friedman no trabajó en su vida ni sabe lo que es el trabajo. Segun él, las empresas compiten entre sí, lo que presiona hacia abajo los costes laborales. Una competencia perfecta no supone mayores beneficios, sino menos, ya que mas bocas se reparten el mismo pastel. El libre mercado no supone un aumento de la contratación, sino que la presión sobre los costes laborales implica que menos trabajadores tengan que realizar el trabajo que antes realizaban más trabajadores. Baste comprobar que a cada nueva fusión, el plan de restructuración, con su cortejo de despidos y prejubilaciones, hace inmediatamente subir el precio de la acción en la bolsa. El beneficio capitalista depende necesariamente de la explotación del factor trabajo. Nos encontramos ante un sistema generalizado de esclavismo, parasitario y vampírico. Y Friedman titula su espectáculo: La edad del obrero. !Qué escándalo! !Qué afrenta!

Duración del acto de propaganda: 28 minutos.

A continuación, pasamos a la segunda parte del espectáculo: el debate. En él participan, aparte del propio Friedman, Lynn Williams, presidente del sindicato de trabajadores del acero, Ernest Green, alto funcionario del Ministerio de Trabajo, Walter Williams, Profesor de economía de la Universidad de Temple, y William H. Brady, industrial, presidente de la Brady Corporation y de la Fundación Brady.

Lynn Williams es un hombre íntegro, casi un héroe. Durante sus intervenciones en el debate desmontará con vehemencia las patrañas y embustes de Friedman, punto por punto. Presten atención a sus argumentos, los únicos honestos, junto con los de Ernest Green, entre tanto fariseo. Su razonamiento fundamental es que lo político va antes que lo económico, y que toda sociedad democrática ha de reconocer el derecho de los trabajadores a asociarse para defender sus intereses. Pero los Estados Unidos distan mucho de ser una sociedad democrática. Más bien son un totalitarismo de caracter espectacular dirigido entre bambalinas por el gran capital. Según la definición de Guy Debord, el modelo de totalitarismo yanqui corresponde a lo que él llamaba " espectáculo difuso ", en el que la mentira y la inversión espectacular de la realidad se extienden de manera no evidente sobre todos los ámbitos de la sociedad. Lynn Williams, nacido en 1924, de nacionalidad canadiense, fue el primer extranjero que presidió un sindicato importante de los Estados Unidos, lo cual, dado el nacionalismo feroz que reina en el país, dice mucho a su favor. Igualmente, participó en grandes huelgas y en la sindicación de gran número de trabajadores del gran norte estadounidense. Mencionaremos especialmente la gran huelga, contestada por un cierre patronal, de la refineria de la petrolera Hess en las Islas Virgenes Estadounidenses, donde los trabajadores, incluso estadounidenses eran tratados como infrahombres.

Y ahora un pequeño paréntesis que me parece necesario en aras de la candente actualidad y de los años turbulentos que se nos vienen encima. Documentándome para escribir este artículo, llegué al sitio web de la compañía petrolera Hess, que si bien es una compañía de segundo orden dentro de este mercado, tuvo en el 2005 unas ventas de 22.747 millones de dólares, con un beneficio neto de 1.242 millones de dólares. Pues bien, estudiando los números de esta compañía, llegué a las cifras de producción de petroleo y gas, expresadas en barriles por día. Resulta que, por primera vez en la historia, la producción de petroleo bajó entre el 2004 al 2005 en un total de 735.000 barriles, unos 2.000 barriles al día. De manera análoga, la producción de gas pasó de 575.000 barriles al día en el 2004 a 544.000 barriles al día en el 2005. Me pareció que podía ser un dato interesante para saber si hemos alcanzado o no el controvertido pico petrolero, es decir, el momento histórico en el que la producción decaiga inexorablemente hasta que se abandone la explotación por falta de interés económico. Acto seguido, penetré en el sitio web del primer conglomerado mundial, la más grande empresa del mundo: Exxon Mobil. De manera análoga, su producción de petroleo cayó para el mismo periodo de 2.571.000 barriles al día en el 2004 a 2.523.000 barriles al día en el 2005. Para el gas, la bajada fue de 9.864.000 barriles al día en el 2004, a 9.251.000 barriles al día en el 2005. Todo hace pensar que el pico petrolero ha sido efectivamente alcanzado entre el año 2004 y el año 2005. Sin embargo, la producción total de gasolina y otros productos refinados ha aumentado. ¿Cómo se explica esto? La razón es el desarrollo progresivo de gasolinas mixtas que incluyen una parte de ethanol producido a partir de maiz transgénico en la gran planicie americana, pero también en Argentina y otros países de la órbita imperial. Esta es la principal razón, y no la autonomía alimentaria del planeta, de que todos los gobiernos del mundo estén siendo forzados a " liberalizar ", tal y como desearía Friedman, la producción de organismos transgénicos. La conexión entre la miseria, el hambre, la apropiación de los recursos energéticos, la política y la guerra, me parece evidente.

Volvamos al debate del " show " " Libre para elegir ". El segundo invitado digno de mención es Ernest G. Green. Ernest G. Green nació en Little Rock, Arkansas, en 1941 y fue el primer estudiante negro en ingresar al Instituto Central de Educación de Little Rock, en 1957, acompañado de una escolta de paracaidistas. En efecto, el Gobernador Orval Faubus, había situado un destacamento de la Guardia Nacional en torno al instituto para impedir la entrada de estudiantes negros, desafiando así la sentencia del Tribunal Supremo de Justicia y al propio Gobierno Federal. Si se hubieran seguido los postulados de Friedman relativos a la desaparición del gobierno y la desregulación, los estudiantes negros no hubieran jamás podido estudiar. Cuando Ernest G. Green recogió su diploma en la ceremonia de entrega, nadie de entre los presentes aplaudió. ¡Perros! Entre 1977 y 1981, Green trabajó como subsecretario del Departamento de Trabajo, bajo el Gobierno Carter, que fue derribado por las malas artes de Friedman y su banda. A partir de entonces, Green trabaja para el sector privado y desde 1985, lo hace para la firma Lehman Brothers, que no son ningunos angelitos. Significativamente, Green fue condenado a dos años de prisión por su implicación en el escándalo Chinagate por haber recibido la suma de 30.000 dólares por parte del gobierno chino para mejorar la imagen de China en el país. Otros implicados fueron el propio Clinton (450.000 $) y piezas clave del damero republicano como Henry Kissinger, George Shultz y el mariscal Brent Scowcroft. Queda demostrado primero, que el imperio no acepta en su territorio las ingerencias que promueve en todo el mundo a través de múltiples organismos como la NED, USAid, las fundaciones privadas y otros. Segundo, que el capital no conoce de patrias ni lealtades.

El tercer invitado es Walter Williams, Profesor de Economía de la Universidad de Temple por aquellas fechas. William es un declarado libertariano, es decir un fascista. Como otros negros buenos, fue utilizado por los cristianos racistas blancos para hacer pasar su veneno entre las minorías explotadas. Otro sicario de la especie, Thomas Sowell, aparecerá reiteradamente en el show de Friedman. Ambos trabajan en la actualidad para el Instituto Hoover, un nido de víboras, y escriben regularmente en el faccioso sitio web Libertad Digital y para revistas sionistas. Walter Williams sufre del síndrome de Michael Jackson. Es negro, pero quiere ser blanco. Por eso es un beligerante crítico del salario mínimo y de la acción afirmativa en favor de las minorías. Igualmente, Williams sostiene que la esclavitud y el racismo son problemas sobredimensionados y no explican la situación de los negros de hoy. Como sus compinches libertarianos fascistas, está en contra de la limitación de armas y defiende el derecho de cada estado a la segregación, lo cual nos llena de júbilo, porque un artefacto financiado e ideado de cabo a rabo por los imperialistas blancos cristianos del país, parece habérseles escapado de las manos y amenzar con desatar una nueva guerra civil segregacionista. Bravo. Al menos los que tenemos que sufrir bajo la bota imperial podremos respirar durante unos años.

El último invitado es William H. Brady. Si Friedman puede ser calificado como "demonio menor" o "sacristán necromante", con Brady nos topamos con un sumo sacerdote infernal, un príncipe del averno. William H. Brady fue uno de los fundadores del movimiento intelectual conservador de los años 50, participando en sus concilios hasta su muerte en 1988.

W.H. Brady era un industrial de Milwaukee, actor principal en la toma de poder reaccionario sobre el medio académico como reacción a Martin Luther King, el movimiento de derechos civiles, la protesta contra la guerra de Vietnam. Muchas universidades americanas eran vistas como foros de protesta, y lo fueron, contra el régimen de apartheid instaurado en los EUA. Recordamos que en aquella época, el país ya hablaba de sí mismo como de "la tierra de la libertad", pero no para los negros. Dentro de esta ofensiva, el ISI (Instituto de Estudios Intercolegiales) fue el organismo que inició el movimiento, subvencionando e invitando a Milton Friedman a charlas y debates, para que su mensaje homicida y racista fuera escuchado e integrado por un público cada vez más numeroso. W.H. Brady se encuentra en el origen de la creación de este instituto ISI, al que financió con 6.000 dólares. Actualmente, el ISI sigue editando propaganda relativa al gulag, Solienitsin, etc. Igualmente, Brady estuvo implicado en la creacion del AEI (American Entreprise Institute) institución que alberga The Brady Programme on Culture and Freedom, auténtica guarida de autores ominosos y criadero de ratas, fascistas entre los fascistas, como, Leon R. Kass, ¡¡¡Lynne Cheney!!! ¡¡¡La prójima del mismo!!! Hillel Fradkin o las psiquiatras Christine Hoff Sommes y Sally Satel. Se recomienda el artículo de ésta última titulado Measuring the Psychic Pain of War, disponible en el sitio web del AEI, en el que se expone la tesis de que el daño psicológico de los veteranos de la guerra de Vietnam es menor de lo que se creía. Para la nueva generación de veteranos de la guerra de Irak enfermos mentales, podríamos empeorar sus problemas si sobrepatologizamos el daño psíquico de la guerra. O mejor aún, su artículo Órganos a la venta, donde defiende la venta de órganos humanos. Adelante si tienen hígado, pero advertimos que se trata de material altamente escatológico.

Se preguntarán como construyó Brady su fortuna. Pues lo hizo con una impresa manufacturera de... Etiquetas. ¿Cómo es posible que una empresa que fabrica etiquetas —y otras soluciones de identificación, utilizando su jerga— pueda tener 4.700 empleados, con ventas en lo que va de 2006 por valor de 1.018 millones de dólares, con 11 nuevas adquisiciones en Turquia, Eslovenia, India y China? La respuesta la dan los estrechos lazos entre los políticos y los capitalistas americanos. Supongamos que es usted el heredero de una rica familia, que conoce a la mayor parte de los que son alguien en su ciudad, que forma parte de los mismos clubs, que acudió a la misma univervidad. Por supuesto está al tanto de todo nuevo desarrollo legislativo, sobre todo en materia de normas de seguridad de edificios, industrial o alimentaria. Digamos que monta una empresa que fabrique las etiquetas necesarias para el señalamiento reglamentario de las salidas de emergencia, de las áreas de seguridad reforzada. Supongamos que el negocio funciona y que es su empresa la que empieza a proponer nuevos standares de seguridad. Sus ingresos son estables y seguros, protegidos como están por la regulación pública. Supongamos que decide lanzar una oferta pública de acciones, multiplicando así el capital de su empresa. Supongamos que con el nuevo capital extiende su influencia y actividades a otros estados, comprando o sitiando a políticos según convenga. Supongamos que el capital de la empresa sigue creciendo y que una oferta pública de acciones sucede a otra. Para finalizar, supongamos que se desmorona el enemigo mayor que impedía su expansión en el extranjero, y que sus contactos en el gobierno federal y en otros gobiernos vasallos del imperio le permiten influir decisivamente sobre los requisitos de seguridad de los edificios y zonas industriales. Las ventas de sus etiquetas se multiplican. Este es el mecanismo que hace funcionar al capitalismo, siempre que se utilice la influencia, la extorsión y la guerra para obtener sus fines. Resulta que uno de los mayores enemigos de la regulación gubernamental, debe su fortuna a la propia regulación gubernamental. Pero realmente, su fortuna la debe a la agresión, la hipocresía y el crimen. Otro prominente liberal, Frank Carlucci, que fue Secretario de Estado y compañero de habitación de Donald "Abu Gahib" Rumsfeld durante los años de universidad, construyó su fortuna utilizando los mismos métodos, pero se trata de un fenómeno generalizado entre los neocons.

Otras organizaciones de corte fascista financiadas por W.H. Brady son el Instituto Hoover, donde por casualidad trabajan como profesores nuestros amigos Thomas Sowell y Walter Williams, que escriben a la vez en prensa sionista y fascista como la española Libertad Digital, la John M. Olin Foundation, el Instituto George C. Marshall, negacionista del cambio climatico, la Heritage Foundation —fuente de documentos fundamentales sobre el recorte presupuestario o del plan militar Guerra de las Galaxias, bajo la administracion Reagan— El Cato Institute y la Harry and Lynde Bradley Foundation, la más grande e influyente fundación fascista de los Estados Unidos, con sede en Milwaukee, la ciudad de proveniencia de W.H. Brady. El objetivo declarado de la Fundación Bradley es "el comunismo mundial y el gobierno federal de los Estados Unidos", no necesariamente en este orden. Los hermanos Lynde y Harry Bradley eran propietarios de una empresa de componentes electrónicos fundada en 1904. Esta empresa fue comprada por la multinacional Rockwell International, que fabrica diversos aviones para la Air Force estadounidense. De los 1.651 millones recaudados por los hermanos Bradley, 280 fueron destinados al financiamiento de su fundación. La empresa de los Bradley era conocida por su caracter ultra-reaccionario. Le pagaban menos a las mujeres que a los hombres hasta que perdieron un juicio en 1966. De igual manera, en 1968, de 7.000 trabajadores en nómina, sólo 32 eran negros y 14 latinos. En 1970, una huelga de 76 días les obligó a flexibilizar estas políticas. No nos extrañemos pues de la ira furiosa con la que estos caníbales odiaban a los sindicatos, ni de su oposición a la política de acción positiva respecto a las minorias raciales, de igualdad de las trabajadoras y trabajadores y su oposición a la intervención de un gobierno federal que al final no tiene más remedio que actuar para evitar linchamientos y atentados paramilitares contra los trabajadores. Pues bien, esta fundación regó copiosamente de fondos a Milton Friedman y sus Chicago boys, al inicio de su carrera, facilitándole el acceso a los media mercenarios. Milton Friedman sólo es un peon en un acuerdo manifiesto de los grandes capitalistas americanos por perseguir a muerte el comunismo y toda idea de colectivismo contraria al dios que sirven: la propiedad privada. El origen de estos grupúsculos conspirativos hay que buscarlo en la política de la camarilla que dirige desde la sombra los EUA: los Harriman, los Dulles, los Rockefeller. Como colofón recordamos las palabras del gran satanás, John Foster Dulles: "Sólo reconocemos dos categorías: los cristianos respetuosos de la propiedad privada y los demás". Esta gente ganó la Tercera Guerra Mundial, llamada Guerra Fría. En España, comprendemos el interés del presidente saliente, José Maria Aznar, por aprobar la ley de fundaciones y mecenazgo, calcada del modelo americano, que permita doblemente la exención fiscal y la evasión de impuestos por parte de las grandes fortunas del país, así como la financiación de actividades encubiertas y la instauración de un gobierno en la sombra en manos del capital.

Conclusión.

Cabe preguntarse por qué las mentiras de Friedman adquirieron la divulgación que tuvieron y que llega hasta nuestros días. En el debate, hemos visto como Lynn Williams, a pesar de encontrarse sólo, rodeado de criaturas de ultratumba, desmonta una por una los sofismas de Friedman. La razón es que una mentira puede convertirse en verdad si se la repite mil veces desde medios de comunicación uniformes y mercenarios. Además, en los programas se utilizan técnicas de manipulación de la percepción propias del ámbito primero militar y luego publicitario. Lo cierto es que los fascistas del gran capital, los Thyssen y los Krupps del imperio gringo, virtieron una diluvio de billetes sobre todo aquel lo suficientemente estúpido, ambicioso o malvado como para repetir como un loro sus pestilentes ideas. El resto de los diez capitulos de Libre para Elegir, repiten en lo esencial la misma estructura. En primera parte una sarta de mentiras caprichosamente hilvanadas destinadas a crear confusión y distorsión; y una segunda en la que se invita tanto a personas honestas, sinceras y valiosas como Lynn Williams, Helen Bohen O'Bannen, Frances Fox Piven (cuando Friedman habla de "libertad" quiere decir "licencia económica para el capital" en el capítulo "¿Creados iguales?"), o Michael Harrington ("el poder corporativo es el problema fundamental contra la libertad de empresa"), representantes de una izquierda combativa y real, como a cipayos como Thomas Sowell o Walter Williams, a vampiros como W.H. Brady, ogros como Donald Rumsfeld o gorilas como Richard Deason, presidente de Motorola. Pero lo cierto es que la aparente libertad de palabra y expresión de poco sirve cuando una de las partes es alimentada copiosamente y colocada en cátedras y Premios Nobel, y a la otra se la somete a un sitio informativo y financiero. La libertad de prensa, de reunión, y de expresión en el occidente cristiano, son de naturaleza espectacular, un mito. Incluso la libertad económica pregonada por los criminales friedmanianos es un mito. Son los bancos los que otorgan los créditos y de ellos dependen los márgenes que deberán aplicar los pequeños empresarios. Son los bancos los que acumulan hipoteca tras hipoteca a la vez que amasan cantidades cada vez mayores de oro. Cuando un particular pide un crédito, ya sea de consumo o de inversión, es el banco el que aprueba las draconianas condiciones de usura de las que el particular deberá responder. El sistema que rige el occidente cristiano y que ataca de nuestros días en plena fase imperialista se llama dictadura financiera. Poco importa que el 90% de la poblacion esté contra la guerra de Iraq y contra Bush. Los propietarios de los medios de producción lo siguen apoyando. La casta patricia imperial nada teme de la plebe.

Friedman no era el nombre de este judío ucraniano, sino que como muchos otros, lo adoptó como expresión de su esperanza en la nueva tierra prometida, que nadie discute, era probablemente mucho mejor que el progrom ucraniano zarista. Friedman viene de "Freed man", hombre liberado, imagen de la fe en la libertad y de la potencia del mito americano, hoy ya marchito y en fase de descomposición. Friedman es un maestro en el arte del sofismo, de la trampa dialéctica. Friedman practica el "areté" griego, la técnica de convertir en sólidos y fuertes los argumentos mas débiles, segun Protágoras. Es Gorgias quien dice que con las palabras se puede envenenar y embelesar. Se trata pues de adquirir el dominio de razonamientos engañosos. Un sofisma es una refutación o silogismo aparente, con objeto de defender algo falso confundiendo al oyente o interlocutor mediante una argucia en la argumentación, que puede consistir, o bien en exponer premisas falsas como verdaderas, o bien en deducir de premisas verdaderas, conclusiones que no se siguen realmente de dichas premisas. Estos argumentos falsos, pero en apariencia verdaderos, pueden ser lingüisticos o extralingüisticos, es decir, simbolicos y audiovisuales.

Friedman era hijo de emigrantes judíos pobres. La mayor parte de los trabajos de su padre concluyeron en fracaso y si lograron sobrevivir no fue gracias al egoismo individualista que durante toda su vida predicó, sino mediante la solidaridad entre los distintos miembros de la familia y la puesta en común de las ganancias y los bienes. Guiados por la moral pequeño burguesa tal y como fue definida por Margaret Thatcher: trabajo duro, austeridad, ahorro y colaboración con la policía, los Friedman eligieron adaptarse a las circunstancias. No vemos en su propia historia la tierra de leche y miel ni los dias de vino y rosas de los que nos habla en sus trabajos. Más bien vemos un país de obreros, de albañiles, de pequeños comerciantes, pobres, precarios y explotados, que ciertamente pudieron salir adelante, salvo los que no lo hicieron, pero a coste de enormes sacrificios, sufrimientos y humillaciones. No encontramos en Friedman ni una palabra, ni un gesto de solidaridad respecto de la lucha política de los inmigrantes judíos en Nueva York y otras ciudades, tal y como nos la describen Emma Goldman, Alexander Bernstein y otros. Friedman es el ejemplo del buen criado, del esclavo bueno, que se somete al amo y odia con todas sus fuerzas a aquellos que no lo hacen, precisamente porque le recuerdan su condición de esclavo. Friedman luchó con vehemencia contra los comunistas, su odiado enemigo. En su obstinación encontrará finalmente el reconocimiento, tan ansiado, de sus amos cristianos blancos y sus peones universitarios. Friedman no era mas que un sofista, un zelote pequeño burgués hijo de una mantequera de extrarradio. Sus ideas han demostrado ser muy útiles para los depredadores y calamitosas para las hormiguitas trabajadoras. En Friedman, casi todo es detrito excremencial, sofisma y hez. Haríamos bien desterrándolo a la basura de la historia, condenándolo al olvido eterno. Es precisamente lo que no quieren sus protectores universitarios, financieros y políticos, responsables de uno de los capítulos más oscuros de la historia de la humanidad.

Para finalizar, citaremos al profesor Paul Douglas, contemporaneo de Friedman durante su período de Chicago: "La consecuencia de la desregulación fue desbrozar el camino de las empresas más grandes. Las desigualdades económicas, en los ingresos, en la separación entre pobres y ricos, la realidad del monopolio o cuasi-monopolio, o de la competencia imperfecta, eran tratadas por Friedman como algo anecdótico o inexistente".




Texto, Copyright © 2006 Reinon Muñoz.
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Última actualización: agosto 2007

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