
|
Enterrando a Friedman
por Reinon Muñoz
Al principio de los años 80, en plena ofensiva
retrógrada, Milton Friedman fue la estrella del
espectáculo televisivo Libre para elegir, emitido
por el Servicio Público de Difusión (Public Broadcast
Service) desde la biblioteca de la Universidad de
Chicago. Desde esta tribuna, Friedman divulgó sus
teorías económicas, influyendo decisivamente sobre la
opinión pública estadounidense. Los programas están a
disposición pública en el sitio web de la Universidad
Francisco Marroquín. En este trabajo
me centraré en el análisis del capítulo titulado Who
protects the worker? (¿Quién protege al
trabajador?), en el que Friedman arremete contra
sindicatos y gobierno federal, acusándoles de ser
enemigos de los trabajadores al impedir la acción
benefactora de la desregulación y el libre mercado.
Los episodios de Libre para elegir constan de dos
partes, la primera, en la que Friedman expone el tema
de estudio, y una segunda parte de debate en la que
diversos invitados discuten junto a Friedman sobre el
reportaje que acabamos de ver. En ¿Quién protege al
trabajador?, Friedman comienza interrogándonos sobre
el elemento determinante en la mejora de las
condiciones de vida de los trabajadores. "Hay quien
dice que son los sindicatos, pero pronto veremos que
esto no es así". Según Friedman, "en el siglo XIX,
cuando los obreros estaban bastante bien, no había
ningún sindicato. Hoy —estamos en los USA de 1980—,
solo uno de cada cuatro o cinco obreros están
afiliados a un sindicato y los otros no están nada mal
ya que disfrutan del más alto nivel de vida del mundo". Friedman concluye "la gente que trabaja en la
industria pesada rara vez tiene que romperse la
espalda como a principios de siglo y sin embargo,
ganan mucho más".
A primera vista comprobamos que el artefacto
retórico-audiovisual de Friedman tiene un objetivo
bien definido: los sindicatos. Cuando Friedman dice
que los obreros del siglo XIX estaban bastante bien,
utiliza una formula abierta, discrecional, en la que
desconocemos qué le hace pensar así. No parece ser
éste el caso de los obreros ingleses hacinados en las
viviendas insalubres de Manchester, Shefield o
Liverpool, durante la era victoriana, época de la que
nos han quedado innumerables documentos que no parecen
tener importancia para Friedman. La condición de los
obreros y mineros alemanes, rusos y franceses era
análoga en la época. En los Estados Unidos, la
revolución industrial se realizó sobre las espaldas de
millones de emigrantes europeos que desde mediados del
siglo XIX, hasta el primer tercio del siglo XX,
alimentaron las fábricas de Nueva York, los altos
hornos de Pittsburg, los astilleros de Norfolk,
excavaron las minas de carbón de Virginia,
construyeron los ferrocarriles de la zona de los
lagos, etc. No son los datos de la época los que nos
dicen que "estaban bastante bien", sino, muy al
contrario, nos hablan de las condiciones de miseria,
hacinamiento y semi-esclavitud que tuvieron que sufrir
millones de personas explotadas por el capitalismo más
salvaje que la historia ha conocido. Cuando Friedman
dice que los trabajadores de la industria pesada rara
vez se rompen la espalda, se nota que, aparte de
despreciar desdeñosamente a los trabajadores, no ha
trabajado en su vida. Como colofón, a la vez que
escuchamos las palabras de Friedman, la imagen que
vemos es la de un hombre derribando un muro con una
maza. ¿Estará sudando lo suficiente, se estará
rompiendo la espalda? Para Friedman seguro que no.
Aunque no podemos evitar la maliciosa idea de verlo
manejar la misma maza, suponiendo que llegara a
levantarla.
Para Friedman, los sindicatos son "vestigios de la
sociedad pre-industrial", que tienen su origen en las
ligas de artesanos del medioevo (los gremios) y el
acuerdo de médicos realizado en Grecia hace 2000 años,
conocido bajo el nombre de "Juramento Hipocrático".
Una vez más, y es una constante en la argumentación
Friedmaniana, se distorsiona la realidad para
adaptarla a su reaccionario mensaje: hay que acabar
con los sindicatos. Sin duda, Friedman no ignora que
los gremios reúnen a artesanos propietarios de los
medios de producción y del producto de los mismos,
mientras que los sindicatos agrupan a asalariados que
trabajan con medios de producción ajenos, por cuenta
ajena y que reciben sólo una parte del beneficio que
con la venta del producto se obtiene. Friedman
identifica sindicato a corporación, y lo hace de
manera consciente y cínica. Respecto al Juramento
Hipocrático, su lógica es la siguiente: Hipócrates
practicaba y enseñaba la medicina en la isla griega de
Kos, a todo aquel que pedía sus servicios a cambio de
lo que el paciente quisiera buenamente darle. Sus
capacidades y buen hacer atrajeron a gran número de
estudiantes interesados en aprender sus técnicas de
curación. Pero tras su muerte, había tantos médicos en
la isla, sometidos a una competencia tan fuerte, que a
penas podían vivir del ejercicio médico. Este fue el
motivo de que se creara una corporación médica en
torno al juramento hipocrático por el cual, todo
médico juraba enseñar la medicina únicamente a
miembros de su familia, y excluía su campo de
actividad del de los cirujanos. Esta regulación
produjo según Friedman un aumento de los precios para
los pacientes, además de un empeoramiento del
servicio. De nuevo Friedman mezcla groseramente una
unión de trabajadores con una corporación empresarial.
Cuando Hipócrates era el único médico de la isla de
Kos, sus honorarios estaban garantizados. Muy al
contrario, la libre competencia de mercado promovida
por Friedman, había provocado un hundimiento de los
salarios y una generación de médicos famélicos. Es el
interés corporativo el que ha producido médicos
riquísimos en perjuicio de pacientes pobres que no
pueden pagar sus honorarios mínimos. Es decir, la
libertad de mercado ha creado un monopolio, un
basurero de la eficiencia económica. No ataca Friedman
la regulación corporativa, a contrario de lo que
podría creerse, pues en su obra no existe ni una sola
línea dedicada a la crítica del cartel, el oligopolio
o el monopolio. Lo que Friedman ataca es la capacidad
del estado, de la administración, de una clase de no
mercaderes, a llevar a cabo dicha regulación.
Trabajadores y funcionarios constituyen así la doble
faz de la diana sobre la que Friedman descargó su
veneno durante toda su vida.
Friedman remata el pasaje con una estrambótica
extrapolación respecto a las compañías que otorgan
servicios paramédicos de primeros auxilios. Pero, Don
Tartufo, no tenemos nada en contra de una mayor
eficiencia del mercado, a través del quebranto de
monopolios, cárteles y oligopolios. Sólo que a usted
sólo le preocupaban estos asuntos cuando tenían que
ver con una sanidad pública y gratuita, y con los
derechos de los trabajadores, pues como veremos más
tarde, para Friedman el factor fundamental de la
prosperidad es una mano de obra abundante y barata,
obligada a aceptar las mínimas condiciones de empleo a
causa del paro. Es el paro, y no la libertad de
empresa, el factor determinante en el proceso de
acumulación de capital.
Tras despachar a los médicos, Friedman nos deja
boquiabiertos con una extrapolación cuando menos
espectacular. Indiana, 1978, una huelga se declara en
una mina de carbón. Algunos trabajadores siguen
trabajando, pero un grupo de exaltados incendia
instalaciones, camionetas, aparte de reventar a tiros
los neumáticos del coche del director. Se entrevista a
un minero (debe de serlo a decir de las manchas de
carbón sobre sus brazos y rostro). "Deberíamos haber
estado bien armados y haberles disparado a esa gente
—vemos a un guardia de seguridad armado de un M-16,
paseando a un pastor alemán—. Nunca hubiera creído que
un agitador pudiera convencer a gente irresponsable
—se supone que habla de sus compañeros— para invadir
la propiedad de alguien y destruir de forma criminal
hasta que lo vi". Estamos ante el caso del perfecto
obrero que defiende a su patrón, asumiendo que el
personaje no sea un actor o un esquirol en este burdo
montaje. Se trata de un perfecto panfleto innoble y
embustero de propaganda capitalista, digno del siglo
XIX. Todo está presentado para que el espectador odie
a unos trabajadores violentos y patibularios, a los
que no vemos en ningun momento, ni de cuyas razones
sabemos. La retórica de Friedman prepara la cama a la
represión policial, el revanchismo y el linchamiento
de su enemigo a muerte: los sindicatos y por lo tanto
los trabajadores. Se ensalza al esquirol mientras que
se criminaliza al que lucha por su derecho a la
subsistencia contra la explotación, siempre con el
mismo objetivo: la pauperización, desposesión y
gratuidad última del factor trabajo de la producción,
que para Friedman ha de ser un factor fijo, una
variable despreciable de la actividad económica.
Tras este grosero pasaje, nuevo cambio de contexto,
nueva extrapolación. Parece como si el objetivo fuera
crear confusión en el espectador mediante un
encadenamiento lógico más que criticable, mediante una
sarta de mentiras que se presentan sin discusión como
verdades, mediante un ritmo endiablado en el montaje
que deja poco o ningún tiempo a la reflexión. En
definitiva, se trata de una manipulación
propagandística financiada por intereses bastardos.
Ahora Friedman nos presenta a un grupo de trabajadores
que define como "del otro lado de la barrera del
sindicalismo" para decir que están sindicados. Se
entrevista a un constructor del lugar que pide que no
se imponga por ley la obligación de ser miembro de un
sindicato para ser contratado porque se atenta contra
la libertad del empleador a elegir a quien mejor le
parezca. Esto parece lógico si alguna vez hubiera
existido dicha ley, pero los niveles de mentira y
manipulación del espectáculo de Friedman no parecen
conocer escrúpulo ni límite alguno. El sistema de
desregulación exigido por Friedman tiene que ver con
la libertad, sí, pero sólo con la del propietario de
los medios de producción, de abaratar sus costes, de
contratar al menor numero posible de trabajadores por
el menor salario posible. Libertad para contratar a
alguien que trabaje mucho, pida poco, sea facilmente
despedible y cierre el pico. Exactamente lo contrario
de lo que interesa a un trabajador. Friedman se
muestra así, y lo veremos a lo largo del programa,
como un empleado él mismo, un fiel mercenario de los
propietarios de los bienes y del capital, a quienes
sirvió durante toda su vida, a pesar de que él no era
más que el hijo de unos imigrantes judíos pobres
ucranianos. El caso del buen esclavo. Para finalizar
con el pasaje, Friedman nos obsequia con un nuevo
gargajo: "En este cartel del gobierno que dice sólo
personal autorizado, realmente se quiere decir sólo
miembros del sindicato. Pero nosotros nada sabemos de
qué hay detrás, sobre quien pasa y quien no, y
tenemos todas las razones para creer que dicho cartel
quiere efectivamente decir "sólo personal autorizado" y nada más. El caracter tendencioso y agresivo del
reportaje sale una vez más a la superficie.
A continuación, nuevo golpe de timón. Estamos ahora en
Washington D.C., frente al edificio del Congreso de
los EUA. Nuevo ataque y afirmación indirecta de que
los sindicatos son violentos. Se denuncian las
presiones de los sindicatos sobre el gobierno, y de
paso se ataca a la administración estatal. "Por eso
los sindicatos ubican su sede en las proximidades de
la fuente del poder". Friedman hace parecer a los
sindicatos una entidad parasitaria, vampírica. Sin
embargo, la práctica del lobbying es un fenomeno
generalizado en los Estados Unidos y en los países
anglosajones en general. Las principales
corporaciones, los grupos de interés industriales,
todo aquel grupo de presión o asociaciones
profesionales con intereses en la legislación del
país, dispone de una oficina en Washington, desde
donde sus agentes tratan de influenciar en el
Congreso. Lo mismo ocurre en el Parlamento Europeo de
Bruselas, donde más de 3.000 organizaciones cuentan
con una oficina de representación. Por supuesto, nada
de esto es mencionado en el comentario de Friedman,
que suelta deliberadamente su veneno y pasa
rápidamente a otra cosa. Es necesario tener en cuenta
que Free to Chose se sitúa en un contexto político
muy preciso: el de la ofensiva reaccionaria retrógrada
organizada por el gran capital del país, acaudillada
por Ronald Reagan, a principios de los años 80. En
1980 estamos en plena crisis de los rehenes en Irán.
Ronald Reagan había acordado en secreto con el régimen
islamista iraní la retención de los rehenes hasta
después de las elecciones (a cambio de armas) para
hacer pasar a Carter por un incompetente. Estos
métodos de guerra sucia fueron profusamente aplicados
a lo largo de sus mandatos y lograron a la larga el
hundimiento del putrefacto régimen soviético. La
acción de Friedman se sitúa en el marco de esta
ofensiva conspiratoria de caracter reaccionario, que
hizo tambalearse el imposible capitalismo social del
Partido Demócrata. Esta ofensiva imperialista está
mostrando su verdadero rostro bajo el gobierno de Bush
hijo "el irakí" y su estrategia de guerra planetaria
depredadora y asesina. Pero sigamos con este demonio
emplumao de Friedman.
Tras arremeter contra el sistema de burocracia
tecnócrata antidemocrático por el que se gobierna el
imperio —afortunadamente no comete el error de culpar
al partido demócrata, pues los republicanos, en cuyas
filas militaba, sostienen igualmente la burocracia
imperial, especialmente la relacionada con temas
militares y la represión, como la CIA, el Pentágono,
la DEA o el FBI— este tremendo embustero pasa a atacar
el salario mínimo. Ataca igualmente a la Federación de
sindicatos del país, acusando a sus dirigentes de
corrupción y enriquecimiento indebido. Nos preguntamos
por qué razón apoyarían entonces la instauración de un
salario mínimo interprofesional cuando con sus
supuestos privilegios les sería mucho más provechoso
pactar con los patrones por unas tajadas más tal y
como hacen en la actualidad los sindicatos europeos.
Pasamos bruscamente a un nuevo decorado. La culpa de
que los trabajadores sin capacitación no encuentren
trabajo la tiene el salario mínimo. Desde luego, decir
disparates no cuesta dinero. Si además, hacemos Premio
Nobel al responsable, convertimos el disparate en
dogma, al asesino en doctor, el mal en el bien. Pero
todo esto es mentira, y las mentiras tienen las patas
muy cortas. Es necesario seguir mientiendo, abundar en
la ignominia, hundirse más en el barro, para que una
mentira tape a la otra, y así hasta el infinito o
hasta la muerte de la serpiente, que además se muere
vieja. En el documental se entrevista a un businessman
con pinta de mafioso que explica cómo la venta de
palomitas y pizzas es un trabajo destinado a las
minorías, los trabajadores no cualificados y gente
joven, es decir, para aquellos que no pueden rechazar
trabajos mal pagados. "El empresario no se puede
permitir mayores costes laborales". Falso. Sí se los
puede permitir. Ahí están los libros contables que
hablan de beneficios millonarios mientras se paga
calderilla a los trabajadores que han hecho posibles
dichos beneficios. La imagen encuadra a un grupo de
niños negros que juegan al baloncesto. Estos trabajos
son para ellos, para darles una oportunidad. Segun el
revulsivo argumento, es a la gente de color a la que
se daña mediante la adopción de un salario mínimo. La
conclusión de Friedman no se hace esperar: La adopción
de un salario mínimo es una legislación antinegros.
Pero, a pesar de su manifiesto racismo, los postulados
luciferinos de Friedman afectan también y mucho a los
blancos de esa América "white trash" que trabaja en
Wallmart por 5 dólares a la hora. Hoy sabemos que más
de 40 millones de norteamericanos viven bajo el umbral
de la pobreza a pesar de tener un empleo. Al no
disponer de los ingresos necesarios para el consumo,
se produce una espiral de endeudamiento que los
empobrece aún más, hundiéndolos progresivamente en el
pozo de la miseria, mientras que las compañías por las
que trabajan registran beneficios históricos.
Minuto 15, segundo 34: ¡Atención a la voz negrera de
la traducción digna de la mami de Lo que el viento
se llevó!. Es tan abyecto que dan ganas de reír.
Afirmación: "Cuanto más se le paga, la gente puede
vivir mejor". ¡Cómo! ¿Pero no decía lo contrario poco
antes? ¡Que había que pagar menos! Nueva puya a los
funcionarios: Comen a precios subsidiados. En este
segmento se injerta un sketch rocambolesco. No digo
más. Descúbranlo por ustedes mismos, descubran las
trampas del grosero montaje. Y luego dicen que la
derecha carece de capacidad artística. La propaganda,
desde luego, la dominan. Continúa el ataque. Se nos
muestra dónde viven estos privilegiados: enormes
mansiones en un área verde y tranquila. ¡Pero sólo uno
de cada 4 residentes de este barrio trabaja para el
gobierno! ¡En Washington, que es la capital federal!
El resto lo hace probablemente para las corporaciones
capitalistas, pero por supuesto no se dice. Cada frase
es un sofismo, un manipulación del lenguaje, una
mentira. Friedman nos deja una cáscara de plátano tras
cada esquina para que nos rompamos la crisma. Hay
tanta inteligencia en su perversidad que produce
asombro y maravilla.
Y por supuesto, pasamos a un nuevo decorado. En media
hora visitaremos más de una veintena, casi uno por
minuto. Impresionante. Nos encontramos ahora en el
Silicon Valley. Se entrevista a un ingeniero
informático que trabaja para la empresa Intel. Se
habla de la competencia de las empresas por hacerse
con el personal más cualificado, lo cual repercute de
manera beneficiosa sobre las condiciones de trabajo y
los salarios. El ingeniero dice que cambiar
regularmente de empresa no es una experiencia
traumática en la que haya que cambiar de ciudad, ya
que basta con cruzar la calle. Sin embargo, los
fascistas del capital, con su desregulación y su
flexibilidad, obligan a los trabajadores a desplazarse
cada vez más lejos de su lugar de residencia,
acumulando al tiempo de desplazamiento al tiempo de
trabajo, cuando no forzándole a cambiar de ciudad y de
vida. Traumatizándolos.
Nuevo escenario dedicado a la inmigración. De nuevo,
observen la increíble velocidad con la que se pasa de
un argumento a otro, de un contexto a otro, la rapidez
con la que se bombardea al espectador con premisas no
sujetas a crítica, machacadas como evidentes, cuando
en realidad, un análisis detenido las transforma en
absurdas y contradictorias. Todo está ordenado para
provocar aturdimiento y confusión, para depositar
mensajes de racismo, explotación y sumisión en el
subconsciente del televidente. Es necesario creer, que
más que economista, Friedman era un necromante
condenado a arder por toda la eternidad. Suponiendo
que ardiera, de lo malo que era. Veintiseis años
después, la bilis escupida por Friedman se materializa
en un nuevo muro de Berlín que separa al imperio de
México. Estamos ante el típico caso en el que el
verdugo acusa a su víctima de agresión, justificación
última del crimen. El argumento expuesto es el
siguiente: Los pequeños cultivadores (¿pequeños con
cientos de hectáreas?) de ciruelas pasas de California
no pueden pagar a trabajadores que pidan el salario
mínimo (huelga hablar de cargas sociales). Por ello
emplean a inmigrantes clandestinos sin papeles. Todo
intento de regularizar la situación sería recibido a
tiro limpio por parte de los honestos agricultores.
Con la bendición explícita de Friedman. Por supuesto
que más tarde se declara contrario a toda forma de
violencia, como José Maria Aznar, pero toda su
retórica supura violencia, crea violencia, genera
sufrimiento y tragedia. Este fariseo nunca fue
desenmascarado, juzgado ni condenado, pues contaba con
poderosos apoyos en la sombra. Sólo queda pues el
juicio histórico en el que debemos tomar parte de la
acusación.
Se demuestra una vez más a quién benefician las
políticas de restricción de la inmigración. ¿Creen que
la supresión del salario mínimo o de las cargas
(obsérvese la connotación peyorativa del término)
sociales, mejorarían el empleo de nacionales y
detendrían la inmigración? En ningún caso, pues la
desregulación defendida por Friedman tiene como
resultado la sobreexplotación de los trabajadores, que
trabajan más por menos, y la creación de grandes
bolsas de paro que presionan los salarios hacia abajo.
La desregulación más bien produce emigración de
nacionales sin detener la inmigración, pues los
prejuicios racistas y securitarios de los
imperialistas capitalistas impiden una verdadera
libertad de inmigración legal. Les pongo un ejemplo.
Hace unos años estuve trabajando en la campaña de la
fresa, en Dinamarca. Dinamarca es un país donde no
existe el salario mínimo y la regulación del mercado
laboral es sumaria. Se nos pagaban 80 céntimos de euro
por kilo de fresa recogido, que el patrón vendia a 2
euros. Vivíamos en tiendas de campaña y cada uno se
las arreglaba para cocinar y comer en una cocina común
sobrepoblada. Desde la caída de la Unión Soviética, la
Unión Europea, como parte del occidente capitalista,
ha realizado un movimiento expansivo hacia el este,
integrando a las tres repúblicas bálticas, antes
miembro de la Unión Soviética. Se ha producido por lo
tanto una "desregulación", es decir, trabajadores
que con anterioridad estaban excluídos del mercado de
trabajo europeo, afluyen ahora en masa atraídos por la
ventaja comparativa en los precios. En efecto, una
buena campaña de la fresa puede suponer entre 1000 y
1500 euros, el equivalente a 6 meses de trabajo en
Lituania. Como consecuencia, el explotante puede
permitirse una congelación sine die de los salarios,
con la seguridad de que una mano de obra motivada y
abundante seguirá acudiendo en masa a su llamada.
Ninguna necesidad de mejorar las instalaciones, de
albergar a los trabajadores en edificios de obra dura,
de ampliar duchas y cocinas. La consecuencia inmediata
es que los trabajadores nacionales daneses, y por
extensión, los nacionales europeos comunitarios,
encuentran cada vez menos aliciente en trabajar en
estas condiciones. En segundo término, la diferencia
de precios tiende con el tiempo a equilibrarse, al
invertir los trabajadores lituanos la parte de ahorro
de sus ingresos en la compra de propiedad en su propio
país, presionando al alza los precios. Con el tiempo,
los trabajadores daneses y comunitarios estarán lo
suficientemente empobrecidos como para que vuelvan a
interesarse en el trabajo en la fresa, por un salario
mucho menor, al no haber éste sido aumentado a pesar
de la inflación. Los trabajadores lituanos que emigran
a Dinamarca ganan en poder de compra y condiciones de
vida, pero los lituanos que se quedan en su país, que
son la mayoría, tienen que hacer frente a una subida
general del índice de precios motivada por la
afluencia de capitales provinientes de Dinamarca. Los
trabajadores daneses y comunitarios son excluídos de
amplios sectores de la economía, los más
desregularizados. Sólo una persona se beneficia al 100
% con el despojo jurídico al que se somete a los
trabajadores: el propietario del terreno, de los
medios de producción, y de las fresas. Nos encontramos
ante un régimen feudal semi-esclavista.
Friedman dice: las ventajas sociales y salariales
producen una inmigración ineficiente, mientras que la
supresión de las mismas tiene como resultado la
inmigración eficiente del que está dispuesto a
trabajar siete días a la semana para salir adelante.
Una vez más se demuestra que para Friedman y sus
amigos esclavistas, la generación de riqueza tiene su
fuente en la explotación de la mano de obra. Los que
se benefician de la separación del trabajo, de la
sociedad de clases, de la organización piramidal y de
la jerarquía, contemplan con pavor la emancipación de
las clases parasitadas, y han reaccionado siempre con
violencia a toda veleidad igualitaria. La herejía
comunista fue el verdadero enemigo de Milton Friedman
y sus secuaces, que lucharon toda su vida sin cuartel
contra el mínimo avance del colectivismo, atentado
mayor al primero de los derechos y la primera de las
libertades de estas sanguijuelas succionadoras: la
propiedad.
Como principal ejemplo de una emigración ordenada,
provechosa y eficiente, Friedman cita el siglo XIX
americano, en el que millones de trabajadores
provinientes de los países europeos se instalaron en
territorio norteamericano. En aquella época, los
Estados Unidos todavía eran una opción interesante: Un
territorio casi virgen, poco poblado, una sociedad sin
reyes, ni aristocracia, sin privilegios, ni
servidumbres sobre la tierra, ni historia, una tierra
de oportunidades para escapar del hambre, la miseria y
la ignorancia. Pero extrapolar la situación del siglo
XIX a la actualidad es irresponsable y suicida. Ahora,
son los Estados Unidos el país del que hay que huir.
Las recientes medidas de control y represión acentuada
sobre la población civil, el estado policial y
militar, el imperio del dinero, y todos los resultados
que han dado la ofensiva reaccionaria de Friedman y
sus amigos, ha provocado que el número de
estadounidenses que han pasado a vivir en Canadá haya
aumentado exponencialmente durante los últimos años.
Igualmente, según los datos del periódico inglés " The
Times ", nada sospechoso de izquierdismo, el número de
visitantes británicos a los Estados Unidos disminuye
en más de 30.000 al año como consecuencia de los
leoninos controles de entrada en el país. Con la mayor
población carceral del mundo y uno de cada 32
ciudadanos en situación para-penitenciaria, en
libertad provisional, fianza, reinserción controlada o
vigilancia domiciliaria, Estados Unidos se parece cada
vez más a una gigantesca colonia carcelaria. Los
falseados datos estadísticos, que hablan de pleno
empleo, no pueden ya ocultar los salarios de miseria,
el aumento galopante de la drogadicción y la
prostitución, el desmoronamiento de la sanidad y la
educación, el racismo de una sociedad segregacionista,
el fanatismo de las élites blancas cristianas, los
mayores índices de obesidad y suicidio del mundo, la
monstruosa deuda exterior que amenaza con sumir el
país en la bancarrota de manera inminente, la
depreciación de una moneda artificialmente sostenida
gracias al monopolio petrolero, etc, etc, etc. Aún
así, muchos mejicanos y centroamericanos seguirán
intentando cruzar el muro que les separa del imperio.
Con suerte podrán pasar y trabajar clandestinamente de
criados, camareros, pinches o jornaleros. Engañados
por la propaganda del Green Card, muchos de entre
ellos terminarán alistándose en el ejército imperial o
entrando en el gulag penitenciario. Bravo señor
Friedman. Su memoria durará para siempre en nuestros
corazones. Su efigie decorará las escobillas de
nuestros váteres y los felpudos que den acceso a
nuestras casas. Su nombre ya está escrito con letras
de oro en el libro de grandes verdugos de la
Humanidad.
Pero ¿cómo era la inmigración en el siglo XIX en los
Estados Unidos? Para empezar, los emigrantes debían
pasar un período de prueba de 5 años antes de adquirir
la ciudadanía. Tan pronto como se manifestaba el deseo
de convertirse en ciudadanos estadounidenses, se
recibían múltiples ventajas, como las establecidas en
el Homestead Act de 1862, ley federal que otorgaba 65
hectáreas de tierra virgen gratuitamente a todo cabeza
de familia o persona mayor de 21 años, siempre que
viviera en su parcela durante 5 años, y construyera
una casa de 3,6 por 4, 3 metros. En caso de que las
condiciones no fueran cumplidas, el cabeza de familia
podía comprar, después de 6 meses, el terreno por
medio dólar la hectarea. Con tan beneficiosas
condiciones, hoy en día, el 90% de la población
europea emigraría a los Estados Unidos. Vemos que la
regulación gubernativa era esencial en el
favorecimiento de las masas de trabajadores necesarias
para la construcción y el desarrollo del país. Sin
embargo, la regulación gubernamental no actuó con el
mismo fervor para impedir que grandes capitales de la
metrópolis londinense compraran de manera fraudulenta
por medio de hombres de paja, enormes latifundios en
el medio oeste americano, chantajeando a muchos
pequeños agricultores para que les vendieran las
tierras. Estados Unidos era ya un país vendido al gran
capital. Para mayor información sobre el tema se
recomienda la lectura de The Johnson County War y
la historia de Nate Champion, ambos disponibles en la
enciclopedia gratuita Wikipedia. Hoy en día, los EUA
no necesitan granjeros, carpinteros ni mineros, sino
jornaleros, camareros, pinches, soldados,
informáticos, chachas, enfermeros y otros trabajos mal
remunerados. Friedman omite que la tierra la pudieron
ocupar expulsando de ella a los indígenas autóctonos,
con lo que les salió gratis. Esta gratuidad, producto
del exterminio o del despojo, ya sea de indios o de
trabajadores, no cuenta nunca para Friedman, y sin
embargo, se encuentra en el origen del proceso de
creación del capital. Lo que Friedman propone es una
vuelta al siglo XVIII, la época del liberalismo puro,
de la mano invisible de Adam Smith y del
laissez-faire, en definitiva, una vuelta al Antiguo
Régimen autocrático anterior a la Revolución Francesa.
Los nazis y los fascistas italianos y españoles
soñaban con un revival del imperio romano. Finalmente
hemos avanzado unos XIV siglos en las fantasías
retrógradas.
El inmigrante que llega ahora a los Estados Unidos ya
no aspira a la propiedad, sino a la venta de sí mismo.
En el siglo XVIII, el período delimitado por el
desembarco, la ocupación de la tierra y la
fructificación de la misma, requería de unos pocos
años. Hoy, el inmigrante puede aspirar a trabajar,
pedir un crédito y habitar en una casa que con suerte
le pertenecerá dentro de 30 años. Con salarios bajos
como los que pedía Friedman, nunca llegará a la
propiedad. El ataque de Friedman sobre los salarios
sigue perfectamente vigente en las políticas de
emisión e interés de la Reserva Federal de los Estados
Unidos y del Banco Central Europeo, la primera
dependiente del Presidente de los Estados Unidos y la
segunda del ejecutivo franco-aleman. Para los
economistas smithnianos, escuela a la que pertenece
Friedman, el trabajo es un coste de producción de
mercaderías y servicios al igual que la energía, las
materias primas, los impuestos o el transporte. Como
cualquier coste, es necesario reducirlo para maximizar
el beneficio. En segundo lugar, es necesario que los
costes sean lo más previsibles posible, idealmente
fijos. En un sistema de competencia perfecta, los
beneficios de los intervinientes en el mercado se
reducen cada vez que un nuevo competidor entra en el
juego. Alcanzado un punto de equilibrio, la entrada de
un nuevo competidor resulta imposible y los actores en
liza tienden necesariamente a llegar a acuerdos de
precios y a repartirse las parcelas con el objetivo
final de aumentar sus beneficios. De esta suerte, el
equilibrio económico desaparece. La mano invisible es
una falacia. Si por el contrario, una regulación
gubernamental fija un nivel mínimo de salario, de
impuestos, unos requisitos razonables sobre la
seguridad del transporte y las condiciones
medioambientales de producción, para todos los actores
en liza, los costes de producción aumentan
necesariamente, pero aumentan para todos, por lo que
en principio, las condiciones de competencia se
mantienen intactas. El precio final de los productos,
así como el poder adquisitivo de los consumidores,
tiende a subir, con el consiguiente riesgo
inflacionista, justificación última de la congelación
salarial, pero no de la acumulación exhorbitada de los
beneficios. Sin embargo, el aumento de los salarios, y
por consiguiente de la capacidad de compra y ahorro de
trabajadores y consumidores, estimula la economía, a
través de un aumento de la demanda y de la inversión.
Se beneficia a una mayoría microcapitalista eficiente
en perjuicio de una minoria macrocapitalista
ineficiente, que como esta demostrado, no dedica las
grandes sumas ganadas mediante la presión sobre los
costes a la inversión, sino a la especulación
financiera, a la compra de valores inmobiliarios, de
oro, de divisas... un círculo vicioso carroñero de
consecuencias mucho peores que la inflación. Las
teorías de Friedman son propaganda pirática al
servicio de intereses conspirativos.
Pero volvamos al programa de Friedman. El siguiente
segmento que se nos ofrece lo dedican a la ciudad de
Spartanburg, en Carolina del Sur. Según Friedman, con
la nueva desregulación que eliminaba restricciones
laborales, y bajaba los impuestos al mínimo, se logró
atraer a empresas de todo el mundo. Los trabajadores
se benefician, pues la oferta de trabajo ha crecido
(pero ¿qué trabajos? ¿Pagados cómo? ¿Cuantas horas al
día?) y la ciudad prosperó. Ya no se encuentran
obreros y trabajadores provinientes de otras partes
del país acudieron a Spantarburg atraídos por la
oferta de empleo. A continuación, pasamos a un sketch
de propaganda en el que, una vez más se nos repite la
martingala del sueño americano. Un miembro de la
minoría india de Uganda, expulsado del país por Idi
Amin, llega a los Estados Unidos con mujer, dos niños,
cuatro maletas y 150 dolares en el bolsillo. Se pone a
trabajar en una panadería por 2,49 dólares a la hora.
Al cabo de siete años, ocupa el puesto de contable, se
ha comprado una casa, su mujer tiene un trabajo y
poseen tres coches. Conclusión: los Estados Unidos
ofrecen muchas oportunidades a quien quiera trabajar.
La pregunta que nos hacemos es: ¿De qué manera influye
la política de la villa de Spartanburg sobre el hecho
de que este señor ugandés se haya asentado allí? No lo
sabemos. Evidentemente, si la ciudad disponía de una
amplia oferta de empleo, es bien posible que el
ugandés se haya instalado allí mejor que en una ciudad
podrida por el paro. Pero también podemos pensar que
este señor podía haberse instalado igual de bien en
Tampa, New Jersey o Mineapolis, y que el hecho de que
viva en Spartanburg, suponiendo que las aseveraciones
del documental sean más que un puro montaje
propagandístico, es pura casualidad. Un ejemplo
cuidadosamente buscado para justificar ciertas
políticas, una pieza seleccionada entre miles para que
se ajuste a un molde predeterminado. Se presenta la
historia como un nexo causal cuando no lo es. Además,
hoy un contable en los Estados Unidos no se compra una
casa en menos de 30 años. El señor ugandés tiene una
casa, cierto, posee la escritura y las llaves,
correcto, pero también tiene una hipoteca y la casa no
le pertenece realmente, sino que pertenece a un banco.
Como veremos más tarde durante el debate, en boca del
dirigente sindical Lynn Williams, el caso de
Spartanburg respondió a la estrategia de los
reaccionarios del sur conservador, interesados en
atraer empresas desde el norte de los Estados Unidos,
donde la fuerza de los sindicatos era mucho mayor que
en un sur de tradición esclavista. Las compañías
multinacionales alemanas, francesas y suizas acudieron
en efecto, pero no desde Europa, como se deja entrever
en el documental, sino que se desplazaron desde el
norte del país, donde hacía tiempo que estaban
asentadas. Una vez más, toda la argumentación del
Premio Nobel de la calumnia, es una falacia.
En conclusión, Friedman afirma por una parte que el
gobierno paga mucho a los funcionarios, pero que son
todos los contribuyentes quienes pagan demasiado a una
clase administrativa ineficiente y parásita. En
segundo lugar, Friedman sostiene que los trabajadores
obtienen mejores sueldos y condiciones de trabajo más
civilizadas a través del mercado libre. Sin embargo,
la realidad de la deslocalización, es decir, de la
desindustrialización desinversora que experimenta hoy
el occidente cristiano, nos demuestra lo contrario. Es
evidente que Friedman no trabajó en su vida ni sabe lo
que es el trabajo. Segun él, las empresas compiten
entre sí, lo que presiona hacia abajo los costes
laborales. Una competencia perfecta no supone mayores
beneficios, sino menos, ya que mas bocas se reparten
el mismo pastel. El libre mercado no supone un aumento
de la contratación, sino que la presión sobre los
costes laborales implica que menos trabajadores tengan
que realizar el trabajo que antes realizaban más
trabajadores. Baste comprobar que a cada nueva fusión,
el plan de restructuración, con su cortejo de despidos
y prejubilaciones, hace inmediatamente subir el precio
de la acción en la bolsa. El beneficio capitalista
depende necesariamente de la explotación del factor
trabajo. Nos encontramos ante un sistema generalizado
de esclavismo, parasitario y vampírico. Y Friedman
titula su espectáculo: La edad del obrero. !Qué
escándalo! !Qué afrenta!
Duración del acto de propaganda: 28 minutos.
A continuación, pasamos a la segunda parte del
espectáculo: el debate. En él participan, aparte del
propio Friedman, Lynn Williams, presidente del
sindicato de trabajadores del acero, Ernest Green,
alto funcionario del Ministerio de Trabajo, Walter
Williams, Profesor de economía de la Universidad de
Temple, y William H. Brady, industrial, presidente de
la Brady Corporation y de la Fundación Brady.
Lynn Williams es un hombre íntegro, casi un héroe.
Durante sus intervenciones en el debate desmontará con
vehemencia las patrañas y embustes de Friedman, punto
por punto. Presten atención a sus argumentos, los
únicos honestos, junto con los de Ernest Green, entre
tanto fariseo. Su razonamiento fundamental es que lo
político va antes que lo económico, y que toda
sociedad democrática ha de reconocer el derecho de los
trabajadores a asociarse para defender sus intereses.
Pero los Estados Unidos distan mucho de ser una
sociedad democrática. Más bien son un totalitarismo de
caracter espectacular dirigido entre bambalinas por el
gran capital. Según la definición de Guy Debord, el
modelo de totalitarismo yanqui corresponde a lo que él
llamaba " espectáculo difuso ", en el que la mentira y
la inversión espectacular de la realidad se extienden
de manera no evidente sobre todos los ámbitos de la
sociedad. Lynn Williams, nacido en 1924, de
nacionalidad canadiense, fue el primer extranjero que
presidió un sindicato importante de los Estados
Unidos, lo cual, dado el nacionalismo feroz que reina
en el país, dice mucho a su favor. Igualmente,
participó en grandes huelgas y en la sindicación de
gran número de trabajadores del gran norte
estadounidense. Mencionaremos especialmente la gran
huelga, contestada por un cierre patronal, de la
refineria de la petrolera Hess en las Islas Virgenes
Estadounidenses, donde los trabajadores, incluso
estadounidenses eran tratados como infrahombres.
Y ahora un pequeño paréntesis que me parece necesario
en aras de la candente actualidad y de los años
turbulentos que se nos vienen encima. Documentándome
para escribir este artículo, llegué al sitio web de la
compañía petrolera Hess, que si bien es una compañía
de segundo orden dentro de este mercado, tuvo en el
2005 unas ventas de 22.747 millones de dólares, con un
beneficio neto de 1.242 millones de dólares. Pues
bien, estudiando los números de esta compañía, llegué
a las cifras de producción de petroleo y gas,
expresadas en barriles por día. Resulta que, por
primera vez en la historia, la producción de petroleo
bajó entre el 2004 al 2005 en un total de 735.000
barriles, unos 2.000 barriles al día. De manera
análoga, la producción de gas pasó de 575.000 barriles
al día en el 2004 a 544.000 barriles al día en el
2005. Me pareció que podía ser un dato interesante
para saber si hemos alcanzado o no el controvertido
pico petrolero, es decir, el momento histórico en el
que la producción decaiga inexorablemente hasta que se
abandone la explotación por falta de interés
económico. Acto seguido, penetré en el sitio web del
primer conglomerado mundial, la más grande empresa del
mundo: Exxon Mobil. De manera análoga, su producción
de petroleo cayó para el mismo periodo de 2.571.000
barriles al día en el 2004 a 2.523.000 barriles al día
en el 2005. Para el gas, la bajada fue de 9.864.000
barriles al día en el 2004, a 9.251.000 barriles al
día en el 2005. Todo hace pensar que el pico petrolero
ha sido efectivamente alcanzado entre el año 2004 y el
año 2005. Sin embargo, la producción total de gasolina
y otros productos refinados ha aumentado. ¿Cómo se
explica esto? La razón es el desarrollo progresivo de
gasolinas mixtas que incluyen una parte de ethanol
producido a partir de maiz transgénico en la gran
planicie americana, pero también en Argentina y otros
países de la órbita imperial. Esta es la principal
razón, y no la autonomía alimentaria del planeta, de
que todos los gobiernos del mundo estén siendo
forzados a " liberalizar ", tal y como desearía
Friedman, la producción de organismos transgénicos. La
conexión entre la miseria, el hambre, la apropiación
de los recursos energéticos, la política y la guerra,
me parece evidente.
Volvamos al debate del " show " " Libre para elegir ".
El segundo invitado digno de mención es Ernest G.
Green. Ernest G. Green nació en Little Rock, Arkansas,
en 1941 y fue el primer estudiante negro en ingresar
al Instituto Central de Educación de Little Rock, en
1957, acompañado de una escolta de paracaidistas. En
efecto, el Gobernador Orval Faubus, había situado un
destacamento de la Guardia Nacional en torno al
instituto para impedir la entrada de estudiantes
negros, desafiando así la sentencia del Tribunal
Supremo de Justicia y al propio Gobierno Federal. Si
se hubieran seguido los postulados de Friedman
relativos a la desaparición del gobierno y la
desregulación, los estudiantes negros no hubieran
jamás podido estudiar. Cuando Ernest G. Green recogió
su diploma en la ceremonia de entrega, nadie de entre
los presentes aplaudió. ¡Perros! Entre 1977 y 1981,
Green trabajó como subsecretario del Departamento de
Trabajo, bajo el Gobierno Carter, que fue derribado
por las malas artes de Friedman y su banda. A partir
de entonces, Green trabaja para el sector privado y
desde 1985, lo hace para la firma Lehman Brothers, que
no son ningunos angelitos. Significativamente, Green
fue condenado a dos años de prisión por su implicación
en el escándalo Chinagate por haber recibido la suma
de 30.000 dólares por parte del gobierno chino para
mejorar la imagen de China en el país. Otros
implicados fueron el propio Clinton (450.000 $) y
piezas clave del damero republicano como Henry
Kissinger, George Shultz y el mariscal Brent
Scowcroft. Queda demostrado primero, que el imperio no
acepta en su territorio las ingerencias que promueve
en todo el mundo a través de múltiples organismos como
la NED, USAid, las fundaciones privadas y otros.
Segundo, que el capital no conoce de patrias ni
lealtades.
El tercer invitado es Walter Williams, Profesor de
Economía de la Universidad de Temple por aquellas
fechas. William es un declarado libertariano, es decir
un fascista. Como otros negros buenos, fue utilizado
por los cristianos racistas blancos para hacer pasar
su veneno entre las minorías explotadas. Otro sicario
de la especie, Thomas Sowell, aparecerá reiteradamente
en el show de Friedman. Ambos trabajan en la
actualidad para el Instituto Hoover, un nido de
víboras, y escriben regularmente en el faccioso sitio
web Libertad Digital y para revistas sionistas.
Walter Williams sufre del síndrome de Michael Jackson.
Es negro, pero quiere ser blanco. Por eso es un
beligerante crítico del salario mínimo y de la acción
afirmativa en favor de las minorías. Igualmente,
Williams sostiene que la esclavitud y el racismo son
problemas sobredimensionados y no explican la
situación de los negros de hoy. Como sus compinches
libertarianos fascistas, está en contra de la
limitación de armas y defiende el derecho de cada
estado a la segregación, lo cual nos llena de júbilo,
porque un artefacto financiado e ideado de cabo a rabo
por los imperialistas blancos cristianos del país,
parece habérseles escapado de las manos y amenzar con
desatar una nueva guerra civil segregacionista. Bravo.
Al menos los que tenemos que sufrir bajo la bota
imperial podremos respirar durante unos años.
El último invitado es William H. Brady. Si Friedman
puede ser calificado como "demonio menor" o "sacristán necromante", con Brady nos topamos con un
sumo sacerdote infernal, un príncipe del averno.
William H. Brady fue uno de los fundadores del
movimiento intelectual conservador de los años 50,
participando en sus concilios hasta su muerte en 1988.
W.H. Brady era un industrial de Milwaukee, actor
principal en la toma de poder reaccionario sobre el
medio académico como reacción a Martin Luther King, el
movimiento de derechos civiles, la protesta contra la
guerra de Vietnam. Muchas universidades americanas
eran vistas como foros de protesta, y lo fueron,
contra el régimen de apartheid instaurado en los EUA.
Recordamos que en aquella época, el país ya hablaba de
sí mismo como de "la tierra de la libertad", pero no
para los negros. Dentro de esta ofensiva, el ISI
(Instituto de Estudios Intercolegiales) fue el
organismo que inició el movimiento, subvencionando e
invitando a Milton Friedman a charlas y debates, para
que su mensaje homicida y racista fuera escuchado e
integrado por un público cada vez más numeroso. W.H.
Brady se encuentra en el origen de la creación de este
instituto ISI, al que financió con 6.000 dólares.
Actualmente, el ISI sigue editando propaganda relativa
al gulag, Solienitsin, etc. Igualmente, Brady estuvo
implicado en la creacion del AEI (American Entreprise
Institute) institución que alberga The Brady Programme
on Culture and Freedom, auténtica guarida de autores
ominosos y criadero de ratas, fascistas entre los
fascistas, como, Leon R. Kass, ¡¡¡Lynne Cheney!!!
¡¡¡La prójima del mismo!!! Hillel Fradkin o las
psiquiatras Christine Hoff Sommes y Sally Satel. Se
recomienda el artículo de ésta última titulado Measuring the Psychic Pain of War, disponible en el
sitio web del AEI, en el que se expone
la tesis de que el daño psicológico de los veteranos
de la guerra de Vietnam es menor de lo que se creía.
Para la nueva generación de veteranos de la guerra de
Irak enfermos mentales, podríamos empeorar sus
problemas si sobrepatologizamos el daño psíquico de la
guerra. O mejor aún, su artículo Órganos a la venta, donde defiende la venta de órganos humanos.
Adelante si tienen hígado, pero advertimos que se
trata de material altamente escatológico.
Se preguntarán como construyó Brady su fortuna. Pues
lo hizo con una impresa manufacturera de... Etiquetas.
¿Cómo es posible que una empresa que fabrica etiquetas
—y otras soluciones de identificación, utilizando su
jerga— pueda tener 4.700 empleados, con ventas en lo
que va de 2006 por valor de 1.018 millones de dólares,
con 11 nuevas adquisiciones en Turquia, Eslovenia,
India y China? La respuesta la dan los estrechos lazos
entre los políticos y los capitalistas americanos.
Supongamos que es usted el heredero de una rica
familia, que conoce a la mayor parte de los que son
alguien en su ciudad, que forma parte de los mismos
clubs, que acudió a la misma univervidad. Por supuesto
está al tanto de todo nuevo desarrollo legislativo,
sobre todo en materia de normas de seguridad de
edificios, industrial o alimentaria. Digamos que monta
una empresa que fabrique las etiquetas necesarias para
el señalamiento reglamentario de las salidas de
emergencia, de las áreas de seguridad reforzada.
Supongamos que el negocio funciona y que es su empresa
la que empieza a proponer nuevos standares de
seguridad. Sus ingresos son estables y seguros,
protegidos como están por la regulación pública.
Supongamos que decide lanzar una oferta pública de
acciones, multiplicando así el capital de su empresa.
Supongamos que con el nuevo capital extiende su
influencia y actividades a otros estados, comprando o
sitiando a políticos según convenga. Supongamos que el
capital de la empresa sigue creciendo y que una oferta
pública de acciones sucede a otra. Para finalizar,
supongamos que se desmorona el enemigo mayor que
impedía su expansión en el extranjero, y que sus
contactos en el gobierno federal y en otros gobiernos
vasallos del imperio le permiten influir decisivamente
sobre los requisitos de seguridad de los edificios y
zonas industriales. Las ventas de sus etiquetas se
multiplican. Este es el mecanismo que hace funcionar
al capitalismo, siempre que se utilice la influencia,
la extorsión y la guerra para obtener sus fines.
Resulta que uno de los mayores enemigos de la
regulación gubernamental, debe su fortuna a la propia
regulación gubernamental. Pero realmente, su fortuna
la debe a la agresión, la hipocresía y el crimen. Otro
prominente liberal, Frank Carlucci, que fue Secretario
de Estado y compañero de habitación de Donald "Abu
Gahib" Rumsfeld durante los años de universidad,
construyó su fortuna utilizando los mismos métodos,
pero se trata de un fenómeno generalizado entre los
neocons.
Otras organizaciones de corte fascista financiadas por
W.H. Brady son el Instituto Hoover, donde por
casualidad trabajan como profesores nuestros amigos
Thomas Sowell y Walter Williams, que escriben a la vez
en prensa sionista y fascista como la española
Libertad Digital, la John M. Olin Foundation, el
Instituto George C. Marshall, negacionista del cambio
climatico, la Heritage Foundation —fuente de
documentos fundamentales sobre el recorte
presupuestario o del plan militar Guerra de las
Galaxias, bajo la administracion Reagan— El Cato
Institute y la Harry and Lynde Bradley Foundation, la
más grande e influyente fundación fascista de los
Estados Unidos, con sede en Milwaukee, la ciudad de
proveniencia de W.H. Brady. El objetivo declarado de
la Fundación Bradley es "el comunismo mundial y el
gobierno federal de los Estados Unidos", no
necesariamente en este orden. Los hermanos Lynde y
Harry Bradley eran propietarios de una empresa de
componentes electrónicos fundada en 1904. Esta empresa
fue comprada por la multinacional Rockwell
International, que fabrica diversos aviones para la
Air Force estadounidense. De los 1.651 millones
recaudados por los hermanos Bradley, 280 fueron
destinados al financiamiento de su fundación. La
empresa de los Bradley era conocida por su caracter
ultra-reaccionario. Le pagaban menos a las mujeres que
a los hombres hasta que perdieron un juicio en 1966.
De igual manera, en 1968, de 7.000 trabajadores en
nómina, sólo 32 eran negros y 14 latinos. En 1970, una
huelga de 76 días les obligó a flexibilizar estas
políticas. No nos extrañemos pues de la ira furiosa
con la que estos caníbales odiaban a los sindicatos,
ni de su oposición a la política de acción positiva
respecto a las minorias raciales, de igualdad de las
trabajadoras y trabajadores y su oposición a la
intervención de un gobierno federal que al final no
tiene más remedio que actuar para evitar linchamientos
y atentados paramilitares contra los trabajadores.
Pues bien, esta fundación regó copiosamente de fondos
a Milton Friedman y sus Chicago boys, al inicio de su
carrera, facilitándole el acceso a los media
mercenarios. Milton Friedman sólo es un peon en un
acuerdo manifiesto de los grandes capitalistas
americanos por perseguir a muerte el comunismo y toda
idea de colectivismo contraria al dios que sirven: la
propiedad privada. El origen de estos grupúsculos
conspirativos hay que buscarlo en la política de la
camarilla que dirige desde la sombra los EUA: los
Harriman, los Dulles, los Rockefeller. Como colofón
recordamos las palabras del gran satanás, John Foster
Dulles: "Sólo reconocemos dos categorías: los
cristianos respetuosos de la propiedad privada y los
demás". Esta gente ganó la Tercera Guerra Mundial,
llamada Guerra Fría. En España, comprendemos el
interés del presidente saliente, José Maria Aznar, por
aprobar la ley de fundaciones y mecenazgo, calcada del
modelo americano, que permita doblemente la exención
fiscal y la evasión de impuestos por parte de las
grandes fortunas del país, así como la financiación de
actividades encubiertas y la instauración de un
gobierno en la sombra en manos del capital.
Conclusión.
Cabe preguntarse por qué las mentiras de Friedman
adquirieron la divulgación que tuvieron y que llega
hasta nuestros días. En el debate, hemos visto como
Lynn Williams, a pesar de encontrarse sólo, rodeado de
criaturas de ultratumba, desmonta una por una los
sofismas de Friedman. La razón es que una mentira
puede convertirse en verdad si se la repite mil veces
desde medios de comunicación uniformes y mercenarios.
Además, en los programas se utilizan técnicas de
manipulación de la percepción propias del ámbito
primero militar y luego publicitario. Lo cierto es que
los fascistas del gran capital, los Thyssen y los
Krupps del imperio gringo, virtieron una diluvio de
billetes sobre todo aquel lo suficientemente estúpido,
ambicioso o malvado como para repetir como un loro sus
pestilentes ideas. El resto de los diez capitulos de Libre para Elegir, repiten en lo esencial la misma
estructura. En primera parte una sarta de mentiras
caprichosamente hilvanadas destinadas a crear
confusión y distorsión; y una segunda en la que se
invita tanto a personas honestas, sinceras y valiosas
como Lynn Williams, Helen Bohen O'Bannen, Frances Fox
Piven (cuando Friedman habla de "libertad" quiere
decir "licencia económica para el capital" en el
capítulo "¿Creados iguales?"), o Michael Harrington
("el poder corporativo es el problema fundamental
contra la libertad de empresa"), representantes de
una izquierda combativa y real, como a cipayos como
Thomas Sowell o Walter Williams, a vampiros como W.H.
Brady, ogros como Donald Rumsfeld o gorilas como
Richard Deason, presidente de Motorola. Pero lo cierto
es que la aparente libertad de palabra y expresión de
poco sirve cuando una de las partes es alimentada
copiosamente y colocada en cátedras y Premios Nobel, y
a la otra se la somete a un sitio informativo y
financiero. La libertad de prensa, de reunión, y de
expresión en el occidente cristiano, son de naturaleza
espectacular, un mito. Incluso la libertad económica
pregonada por los criminales friedmanianos es un mito.
Son los bancos los que otorgan los créditos y de ellos
dependen los márgenes que deberán aplicar los pequeños
empresarios. Son los bancos los que acumulan hipoteca
tras hipoteca a la vez que amasan cantidades cada vez
mayores de oro. Cuando un particular pide un crédito,
ya sea de consumo o de inversión, es el banco el que
aprueba las draconianas condiciones de usura de las
que el particular deberá responder. El sistema que
rige el occidente cristiano y que ataca de nuestros
días en plena fase imperialista se llama dictadura
financiera. Poco importa que el 90% de la poblacion
esté contra la guerra de Iraq y contra Bush. Los
propietarios de los medios de producción lo siguen
apoyando. La casta patricia imperial nada teme de la
plebe.
Friedman no era el nombre de este judío ucraniano,
sino que como muchos otros, lo adoptó como expresión
de su esperanza en la nueva tierra prometida, que
nadie discute, era probablemente mucho mejor que el
progrom ucraniano zarista. Friedman viene de "Freed
man", hombre liberado, imagen de la fe en la libertad
y de la potencia del mito americano, hoy ya marchito y
en fase de descomposición. Friedman es un maestro en
el arte del sofismo, de la trampa dialéctica. Friedman
practica el "areté" griego, la técnica de convertir
en sólidos y fuertes los argumentos mas débiles, segun
Protágoras. Es Gorgias quien dice que con las palabras
se puede envenenar y embelesar. Se trata pues de
adquirir el dominio de razonamientos engañosos. Un
sofisma es una refutación o silogismo aparente, con
objeto de defender algo falso confundiendo al oyente o
interlocutor mediante una argucia en la argumentación,
que puede consistir, o bien en exponer premisas falsas
como verdaderas, o bien en deducir de premisas
verdaderas, conclusiones que no se siguen realmente de
dichas premisas. Estos argumentos falsos, pero en
apariencia verdaderos, pueden ser lingüisticos o
extralingüisticos, es decir, simbolicos y
audiovisuales.
Friedman era hijo de emigrantes judíos pobres. La
mayor parte de los trabajos de su padre concluyeron en
fracaso y si lograron sobrevivir no fue gracias al
egoismo individualista que durante toda su vida
predicó, sino mediante la solidaridad entre los
distintos miembros de la familia y la puesta en común
de las ganancias y los bienes. Guiados por la moral
pequeño burguesa tal y como fue definida por Margaret
Thatcher: trabajo duro, austeridad, ahorro y
colaboración con la policía, los Friedman eligieron
adaptarse a las circunstancias. No vemos en su propia
historia la tierra de leche y miel ni los dias de vino
y rosas de los que nos habla en sus trabajos. Más bien
vemos un país de obreros, de albañiles, de pequeños
comerciantes, pobres, precarios y explotados, que
ciertamente pudieron salir adelante, salvo los que no
lo hicieron, pero a coste de enormes sacrificios,
sufrimientos y humillaciones. No encontramos en
Friedman ni una palabra, ni un gesto de solidaridad
respecto de la lucha política de los inmigrantes
judíos en Nueva York y otras ciudades, tal y como nos
la describen Emma Goldman, Alexander Bernstein y
otros. Friedman es el ejemplo del buen criado, del
esclavo bueno, que se somete al amo y odia con todas
sus fuerzas a aquellos que no lo hacen, precisamente
porque le recuerdan su condición de esclavo. Friedman
luchó con vehemencia contra los comunistas, su odiado
enemigo. En su obstinación encontrará finalmente el
reconocimiento, tan ansiado, de sus amos cristianos
blancos y sus peones universitarios. Friedman no era
mas que un sofista, un zelote pequeño burgués hijo de
una mantequera de extrarradio. Sus ideas han
demostrado ser muy útiles para los depredadores y
calamitosas para las hormiguitas trabajadoras. En
Friedman, casi todo es detrito excremencial, sofisma y
hez. Haríamos bien desterrándolo a la basura de la
historia, condenándolo al olvido eterno. Es
precisamente lo que no quieren sus protectores
universitarios, financieros y políticos, responsables
de uno de los capítulos más oscuros de la historia de
la humanidad.
Para finalizar, citaremos al profesor Paul Douglas,
contemporaneo de Friedman durante su período de
Chicago: "La consecuencia de la desregulación fue
desbrozar el camino de las empresas más grandes. Las
desigualdades económicas, en los ingresos, en la
separación entre pobres y ricos, la realidad del
monopolio o cuasi-monopolio, o de la competencia
imperfecta, eran tratadas por Friedman como algo
anecdótico o inexistente".
Texto, Copyright © 2006 Reinon Muñoz.
Todos los derechos reservados.
|
Opina sobre este artículo
|
|
|
|