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Del elevado vuelo del cóndor

por Pedro Sevylla


Cruza Brice el ágora con mirada y ánimo de visitante ocasional, atento al entorno, ávido de sorpresas. Le llama la atención, sin embargo, la existencia de soportales afines a los que acaba de abandonar en la cercana calle Mayor, tal vez porque le parece que el techo de estos está situado más bajo. Se coloca el hombre frente al edificio del Ayuntamiento, y retrocede marcha atrás unos cuantos pasos, los necesarios para que su vista domine lo primordial de la superficie. Llegado a ese punto crítico, nada le impide la visión casi completa de la armónica plaza; ni siquiera el monumento al insigne paredeño Alonso Berruguete, uno de los imagineros más importantes del Renacimiento español, digno hijo de su padre, excelso pintor, recreador de la luz y adelantado a su tiempo. Colocado Brice bajo el pórtico que va desde la Bocaplaza al Mercado de Abastos, nada se interpone entre él y el equilibrado espacio; ni siquiera el ya señalado conjunto escultórico —bronce entregado a la piedra— obra de Victorio Macho, imaginero palentino y universal de mucho nervio como puede verse; pues la belleza de la composición —erigida en el centro mismo del cuadrado— y su esbeltez, satisfacen la exigencia de la integradora mirada.

El americano Brice se observa en el espejo que compone sin pretenderlo una vitrina expositora —virtud esta de la reflexión añadida a la principal de la transparencia— y entre sombreros de diferentes materias y anchura de ala, nota la ausencia de uno de los ejemplares que los artesanos de Catacaos tejen en paja con un acabado finísimo. En los huecos dejados por las boinas, Brice se ve alto y fuerte aunque algo desmañado, cargado de hombros como su padre y su abuelo, cosa de familia al parecer. Se descubre extremadamente calvo, piel liberada de cabello añadida a un rostro de por sí abundante, acogedor de inexpresivas facciones, un gesto ambiguo que se ha ido labrando junto a la nariz chata, los labios gruesos, las orejas grandes y el mentón pronunciado. En resumen: una cabeza casi olmeca en un cuerpo más que andino.

Hase citado Brice en un parquecito cercano a la estación. Lo piensa en diminutivo, persuadido de que ha de ocupar el jardín una superficie breve, pues así lo sugiere el nombre de "Los Jardinillos", dado al espacio donde ha comprometido su encuentro con un escritor muy valorado en los ambientes literarios del país. Se trata nada menos que de Cesáreo Gutiérrez Cortés, viajero recién llegado a su villa natal, un pueblo de los alrededores. Va a pedir al autor de la soberbia novela "Del elevado vuelo del halcón", un salvoconducto o carta de acceso para una editorial castellano-leonesa. Anduvo enterándose en las oficinas, y conoce por ello que desde sus ventanas se domina el terreno arbolado y florecido llamado "Salón de Isabel II". Le dijeron, porque así lo inquirió, que los talleres se encuentran algo alejados para ir a pie, en el extremo sur del polígono industrial de "Pan y Guindas". Sucede que siendo extranjero Brice escribe cuentitos desarrollados en los lugares de arribo, y acaba de concluir un libro de narraciones que hablan de este paisaje árido, de esta gente recia, tópicos que apreció a las claras en cuanto llegó hace un mes. Vio una llanura no muy extensa, una vega fértil de tierra cereal y hortelana regada por el río Carrión, viejo río -si puede llamarse viejo a algo en cuya esencia la permanente renovación ocupa un lugar descollante- viejo cauce al menos, corriente cachazuda. Vio una llanura bordeada de inclinaciones suaves, monte bajo y parameras, y una ciudad que se extiende a lo largo de la corriente por el lado izquierdo.

Alfredo Briceño Gómez no es español, y su acento iberoamericano lo pone de manifiesto al instante. Da a las palabras una entonación indefinida que no las relaciona fácilmente con ningún país concreto. Vino desde Francia en cuanto terminó de ver en el país vecino las ciudades de más fuste; aquellas que elogian los folletos turísticos. A la tierra gala llegó procedente de Gran Bretaña, tras un recorrido incompleto que soslayaba visitas, tan importantes para él, como las Westminster Abbey, Windsor Castle, Minack Theatre, los megalitos de Stonehenge o Saffron Park. Fue precisamente en Londres, donde comenzó su periplo europeo, y allí volverá tras pasar unos días entre Sintra, Cascais, Estoril y Lisboa, y recorrer Italia de cabo a rabo, pues desde la capital inglesa, regresará, vía Nueva York, al punto de partida, el centro del mundo, su querida ciudad de más de medio millón de habitantes, situada al borde del Océano Pacifico, en el Norte de Perú.

Ha de proceder de gente de dinero; al menos eso es lo que parece desprenderse de su particular modo de vida: se alberga en una suntuosa residencia, frecuenta los mejores restaurantes —come lechazo casi a diario con un gran placer, porque le recuerda al "seco de cabrito" de su tierra, dice; pero qué va, el corderillo de aquí tiene un sabor más delicado— y viste ropas caras. Formaba parte de un grupo excursionista que recorre Europa, pero tanto se salió Briceño del guión definido por la agencia de viajes, que terminaron los guías por abandonarlo a su suerte. Así llegó a Palencia y va prolongando una estancia que iba a ser de dos días. En las horas que llenan el hueco existente entre la media noche y el amanecer, da forma a historias vislumbradas en el transcurso de espontáneas pláticas sostenidas con cualquiera que acepte su palique.

Por Brice, apócope de Briceño, le conocen los muchos amigos que su carácter abierto facilita, o los pocos que la inconstancia le permite conservar. Permanece célibe sin intención consciente y sigue, mundo adelante, un discurrir errático que a nada ni a nadie conduce; y lo hace, según parece, para ocupar el tiempo, para entretenerlo, propagando el apelativo apocopado en detrimento del íntegro. Pedirá al juez la muda del uno por el otro en cuanto vuelva a su ciudad, pues la duplicidad le plantea problemas de discordancia entre lo dicho y lo escrito, entre lo bien entendido en familia y lo estimado correcto por las autoridades.

Piensa prometer al editor de sus cuentos una marca acreditada, consolidada, de escritor de prestigio: se firmará Bryce, con y griega, lo que añadido al nombre de Alfredo, le dará nada menos que Alfredo Bryce, induciendo a un favorable equívoco, pues existe un escritor así llamado cuyo segundo apellido es muy otro —Echenique, o algo que así suena; lo ha visto también escrito en vasco y no sabe— un autor hecho y derecho que redacta como vive —a impulsos de su mutable corazón— con excelente resultado. Confía en que la firma, al ser conocida, le facilite las ventas; y luego, como la calidad es buena, ya no importará que se haga la luz sobre lo cierto y lo incierto.

Se hospeda Brice en lo que fue un convento de monjas de clausura tapiado al exterior. Una celda ahora dotada de las mayores comodidades y adelantos es su alcoba. La primitiva fábrica pasa por ser una joya arquitectónica del siglo XVIII, toda ella de piedra; el añadido moderno que la convierte en hospedería combina el ladrillo cocido y el vidrio. La monacal circunstancia trastoca el pensamiento nocturno del hombre, de por sí dado a la fantasía y al relajo. Su mente, reprimida desde la niñez, se libera del rígido justillo trocando a las novicias en mujeres de la vida. Recorre con ellas la gama toda de los pecados de la carne, y por la mañana la activa conciencia restituye a su prístino estado de doncellas a hembras tan experimentadas. De día visita los pueblos de la provincia ricos en arte románico, la parte del camino de Santiago que la cruza, el Museo Diocesano, la Fundación Díaz Caneja, el Museo Arqueológico, hasta el archivo provincial que irá al castillo de Valdepero de donde Cesáreo, el escritor de fama con el que ha quedado en verse, procede.

Un dolor abdominal manifestado de improviso, acompañado de nauseas, le puso en camino del Hospital Río Carrión. En sus salas y galerías descubre Brice un nuevo aspecto de la existencia: la lucha por recobrar la salud perdida. Ignoraba tal orientación del comportamiento humano, pues siempre gozó de una lozanía inexplicable en quien no la busca. Cercenaron la superflua tripita, porque el obstruido lumen amenazaba con males mayores. Brice tiene presente este episodio, después de todo, con cariño; porque la aventura originó dos cuentos que despliegan su argumento en el sanatorio.

En la primera de las narraciones, las enfermeras, tiranizadas por una jefa estéril a quien sólo conmueve el milagro de la procreación —parturientas y recién nacidos— son obligadas a trabajar hasta el agotamiento, doblando tres días por semana los turnos naturales. La queja se evidencia inútil, el director protege a quien nombró para el puesto por su capacidad de conseguir ahorros. Sintiéndose oprimidas, jóvenes esposas casi todas, acuerdan, entre manifestación de protesta y válvula de escape, quedarse preñadas a un tiempo. Cuando treinta y ocho embarazos ponen a prueba la capacidad de emoción de la jefa, un cambio se produce en su actitud. En adelante hubo una compañera más y una déspota menos.

En la segunda historia describe Brice el avance y desarticulación de una camada de monstruos, empeñada en preservar recursos presupuestarios eliminando a los ancianos. Se movían sus integrantes por todo el país reclutando prosélitos entre el personal clínico, y mediante una teoría económica perversa, pretendían conquistar voluntades de manera gradual, hasta lograr que, unos activamente y otros de manera pasiva, atacaran la debilitada resistencia a las enfermedades de los más añosos; clase pasiva que no aportando nada al erario público representa una carga creciente. María, enfermera alegre y audaz, ciertamente linda, comprometida con el servicio al paciente en el difícil trance de la convalecencia, descubre y denuncia las actuaciones de los confabulados y salva al sistema hospitalario de la barbarie y el descrédito. Estaba la joven pesarosa porque, encabezando la protesta de las gestantes, no pudo predicar con el ejemplo al impedírselo su soltería; pero se ha resarcido con creces.

Subyace en los relatos el hecho cierto de la peligrosa disminución de recursos -sufrida en propia carne por el enfermo Brice- nacida de los dispendios que los administradores realizan en áreas menos vinculadas a la generalidad de los contribuyentes. Protagoniza ambas narraciones la enfermera María, ya que a Brice le atrae su delicada belleza. Ignora, sin embargo, el hombre, que de haber dado la cara, la muchacha hubiera consentido; pues el deje meloso contrapuesto a sus facciones rudas, a más de su origen incaico y su buen pasar, le presentan como el macho conquistador que las hembras desean.

Se trataba de una apendicetomía, nada serio. "Permanecerá hospitalizado cuarenta y ocho horas, salvo contratiempos" -le dijeron- y debieron complicar lo suyo enfermedades conexas, porque gracias a ellas o porque los gestores encontraron en él momio económico, su estancia en el hospital se prolongó hasta la semana, ocho días por ser sábado, nueve hasta la llegada del activo lunes, regresada la normalidad sanitaria a las postergadas tareas, salida del letargo de los días festivos, de la latencia mínima, momento en que le dieron el alta. Y si no le importó el retraso se debió más que nada al hecho de estar la enfermera María de guardia ese fin de semana.

Aprendió en la clínica las costumbres, nuevas para él -hijas del reglamento y de la ley del mínimo esfuerzo- correspondientes a una actividad, en cierto modo, inescrutable. Conoció los horarios de las comidas; e indagando la composición de los platillos quedó en ayunas de los ingredientes, entre fármacos y alimentos que, en la cocina, a medias laboratorio, preparaban. Supo, valiéndose de indicios, el momento exacto en que le tomarían la temperatura o le pondrían inyecciones, el día fijo de los análisis, de la extracción de fluidos, de la práctica de radiografías.

Ocupaba la mitad izquierda en una habitación de dos camas, la suya, y la perteneciente a un anciano que, segundo a segundo, parecía recibir el hálito directamente de la técnica. Lo acechaba él con prevención, pues aparecía el hombre rodeado de elementos extraños dedicados a prolongar su existencia. Seguían los ojos de Brice el recorrido de las gotas de suero, caídas de invertidos frascos con la lentitud o presteza deseadas por la enfermera, que no decide asuntos tan nimios sin consultar previamente las instrucciones del médico. Con detenimiento miraba el vecino los cordones umbilicales por los que la química se iba incorporando al flujo sanguíneo del viejito, los cables conductores de impulsos eléctricos, alentadores de sístoles y diástoles en un corazón cansado; la mascarilla donante del oxígeno encargado de ventilar los pulmones.

Llegó a distinguir variados sonidos: desde el muy cargante producido por el chorro de gas al atravesar el agua que lo humedece, hasta el originado por la respiración desacompasada de la compañía, más llevadero. Ruidos tan diversos como el derivado del sistema de respiración asistida, cuando añadían los aerosoles —circunstancia que se daba durante diez minutos cada doce horas— más atropellado; o el de la cisterna, corto al vaciarse —catarata caída de golpe— alargado al irse llenando lentamente hasta donde la boya acepta. Sones que si se producen próximos son claros, nítidos; pero si nacen en otras habitaciones, situadas al principio del largo pasillo —él ocupaba una del final— precisan al experto que Brice se hizo. Algunos, no obstante, resultaban útiles en algún sentido: la disonancia de los carros portadores de alimento, los chirridos de sus ruedas metálicas, estimulaban un hambre por lo regular remisa. Logró diferenciar los pasos del personal —médicos, enfermeras y subalternos— de los correspondientes a los enfermos y a sus visitas. Los doctores nunca van solos, llevan una cohorte de ayudantes, aprendices, y escribanos que caminan en tropel y su avance es inconfundible; enfermeras y auxiliares se mueven con la agilidad de sus pasos decididos, dados por alguien que sabe adonde va, gente hecha a la economía en el gasto; Brice llegó a separarlos entre sí por el leve matiz de su cadencia, a identificar a quien los producía, a añadirles rostro. Las señoras de la limpieza y los camilleros resultan ser pesados como elefantes, y arrastran consigo, sin ningún miramiento, portaútiles o camas que al golpear en puertas y esquinas producen gran aparato sonoro. Los pacientes caminan suavemente sin dirección fija, carentes de objetivo; van y vienen al albur, dibujando un sendero zigzagueante. Por último, Brice acertaba al señalar a las visitas, porque llegan raudas y al poco se detienen, dudan, toman otra dirección y finalmente ceden velocidad al llegar ante la puerta exacta. Llenando parte de la noche, los rumores venidos del pasillo, de la habitación de al lado, del área restringida, proporcionan una cierta sensación de calma, y sucede como si alguien de peso dijera: "Aquí, por ahora, no pasa nada". Frase de cierta importancia, porque a intervalos irregulares, más bien de madrugada, a la del alba acaso; se oye el arrastrar del trágico biombo, frontera entre la vida y la muerte, colocada para que el vecino vivo no perciba la marcha del compañero muerto, su agonía. Se suceden en esos instantes de alteración los cuchicheos y las carreras provocados por el nerviosismo de quienes, por más que el hecho sea cotidiano, no terminan de acostumbrarse. Suelen añadirse a lo enumerado los contenidos lamentos de los parientes, y algún grito proferido por los más allegados, generalmente mujeres muy próximas. Complejo mundo que el oído de Brice percibe y su mente separa.

Dos días salvo complicaciones, le dijeron; e iba por el sexto sin recibir explicación alguna que lo justificase, y sin esperanza sólida de recibirla porque ya iba conociendo los modos que se gastan en el hospital. Allí estaba Brice en su octavo día de internamiento, total para una apendicetomía producida por una oclusión intestinal de coprolitos —siempre sufrió estreñimiento— acostado en una cama articulada que sube y baja a voluntad como las atracciones de feria. Allí estaba Brice, sabedor de que al otro lado del biombo yacía un cadáver junto a un crucifijo tiède encore de son dernier soupir!, recordando los versos de Lamartine. Fueron intensos los días de su estancia en la clínica, y de todas sus impresiones y aprendizajes se beneficiaron los dos cuentos allí escritos y arraigados, unidos por María, la linda enfermera de Villamartín de Campos que lo enamoró.

Briceño, Brice para todo el mundo, sin distingos que diferencien, que discriminen entre amigos y desconocidos; Alfredo Briceño, Bryce como el escritor paisano, deseaba venir a España desde chiquito; cuando cursaba los primeros estudios de geografía y alcanzó a ver el mapa también chiquito de Europa y, la más chiquita aún, Península Ibérica. Deseaba venir a España desde que los estudios de historia le dieron a conocer la época de los conquistadores sanguinarios; guerreros ávidos de oro y tierras, y clérigos empeñados en salvar las almas; todos ellos decididos a someter los cuerpos sirviéndose de espejuelos y abalorios para el trueque de tontos; españoles regresados a su solar patrio cargados de riquezas innúmeras con que sufragar sus guerras imperiales.

Algo tardo de entendederas resultaba Brice en la escuela para los números; su memoria no retenía la tabla de multiplicar y se le resistían los quebrados. Así, no más, andaba en dibujo: se sentía obligado a escribir al pie una descripción completa para que se entendieran sus garabatos. En cambio progresaba en historia: de los españoles lo sabía todo y conocía las andanzas de muchos caciques. Y en literatura: autores hubo de su agrado, de los que se aprendió enteritas las biografías.

Atraviesa Brice una época que por henchida no aprecia en todo su valor; pues, confundiendo lo ancho con lo largo, de puro llena le parece que no tendrá fin. Posiblemente sea mejor de ese modo, pues un leve temor la disminuiría. Ahora pasea haciendo tiempo, y del callejeo por esta capital antigua que resulta de lo más moderna, saca un placer que no sentía hace años; muchos, demasiados años. No son los alrededores de la Iglesia de San Francisco, en su ciudad de origen, los que cruza; templo donde los suyos proclamaron la Independencia un día que su memoria guarda indeleble desde los tiempos escolares, el cuatro de enero de 1.821. No resulta lo mismo seguir, parsimoniosamente, las calles de Los Gatos, Portal de Belén, Santo San Pedro o El Árbol del Paraíso, que ir, sin prisa alguna, del jirón de Lima al de Callao, o recorrer la orilla del río Piura en época de lluvias, cuando viene bravo. No es lo mismo, por supuesto, pero transitar por este rincón palentino se le acerca mucho.

Espera la hora de entrevistarse con un escritor nacido y crecido a menos de una legua, calle Mayor de Valdepero, línea de unión de la Tierra de Campos y El Cerrato, límite exacto de León y Castilla, de donde estima el peruano que puede arrancar parte de su sangre, la procedente de este lado del charco. De manera que Alfredo Brice Gómez se imagina unido a Cesáreo Gutiérrez Cortés por algo más que una simple inquietud escritora, por algo distinto al afán de ser notario de la vida; se juzga unido al palentino por la carne y el espíritu, raíces del habla y las ideas que intentan atarle a estos pagos. Vienen ambos de una tribu cazadora de la edad de piedra —aspecto este que desconoce Brice si se dio en su país, que se daría, pero de otra manera: más desaforada, seguro; pues así es su tierra, enorme y sin meter en cintura— vienen ambos de una tribu que se fue mezclando con cuanta tribu antigua —invasora o conquistada— se topó. Ha oído hablar de la cultura Vicús, pero sucedió anteayer como quien dice. Por eso su esforzado saber llega a los Tallanes, cuya civilización pudo acoger a su antecesor más antiguo, habitante de una tribu costera próxima a donde hoy está la casa de sus padres. De Asia, de África viene, de Europa, eso es lo sabido; pero desea dar con un vestigio anterior a todo lo encontrado, para oponerlo a las antiquísimas huellas del hombre en España.

En cuanto llegue a Roma y recorra las catacumbas para impregnarse del sentir primero, piensa ver al Santo Padre. Ha solicitado audiencia exclusiva, y espera de la embajada noticias de su gestión. No es que sea devoto, pero se lo debe a su madre, que siempre deseó esa entrevista. La mamá de Brice, una chola de color prieto que murió de cien enfermedades juntas, mostraba inconfundibles rasgos religiosos desde niña. Mas el abuelo era un descreído y torció el filial deseo de profesar de monja. No recibió Brice en herencia más que el perfil inca mostrado por la mujer desde la distancia, un perfil al que cree tener derecho inalienable, pues encopetado inca se piensa y se quiere el hombre. Si no nació tan pálido como la harina de mijo, tampoco resulta del todo morocho, por lo que no resalta entre los labradores llegados a Palencia a diario, a merced ellos de una intemperie que insiste en ennegrecer rostros y en atemperar espíritus. Hasta completar una frase mediana, en Palencia no le atribuyen un origen extraño, una procedencia lejana; y cuando lo hace despierta una ternura que le cautiva: hijo o hermano ido hace tiempo, tornado de una tierra un tanto suya, desconocida, sospechada, imaginada con detalles exóticos; reintegrado de un terreno agreste y de una vegetación desarrollada en exceso, a este jardín inculto, poblado de insectes bourdonnants; papilions; fleurs ailées; expresado en poéticas palabras tomadas de Lamartine.

Palencia le parece a Brice una ciudad recién edificada, a falta aún de algunos retoques que la dejen lista para la inauguración. Si algo se encuentra de tiempos idos es porque los monumentos son realmente vetustos, piedra labrada con maestría que el tiempo ha pintado de color antiguo. Todo lo percibe Brice con los ojos de ver grandote, y lo encuentra pequeño —río, vega y oteros— comparados con los que en su América se entreveran —estado de Piura, Perú oriental, serrano o costero— confundiéndose y confundiendo: montañas que son columnas del cielo, ríos inacabables, inabarcables; llanuras de verdad en las que uno puede perderse, tormentas infernales, lluvias que son casi diluvios, y sequías que duran lo suyo porque el hombre resiste la escasez hasta que su piel, cuarteada, se quiebra. Piensa que la naturaleza, acaso por no comprometerse de manera definitiva, desarrolló el mundo tras un ensayo previo, prueba de la que resultó una Europa manejable. Visto lo cual, envalentonada, tomaría un enorme pedazo de materia, quizá el resto guardado en la alacena, y tras pasar semanas amasando, bregando, dio forma a lo que iba a ser su verdadera obra: el mundo integro que conocemos por los viajeros que paran a descansar.

La calle mayor de Palencia, humanizada hasta más no poder por los soportales, por el uso exclusivamente peatonal dado a la calzada, le parece a Brice un largo corredor, un mirador cubierto de visillos que fisgan curiosos el trasiego, y reciben tímidas miradas compensadoras. Desde esa calle se eleva, cóndor de alas extendidas, y explora el vasto mundo en busca de su esencia, pues la intuye formando parte de los cuatro horizontes de un planeta que se ve azul desde la luna. Viajero incansable, trata asimismo de comprobar la esfericidad de la tierra, pues aunque desde arriba se percibe claramente, aquí abajo precisa un acto de fe o un recto caminar que llegue al punto de partida.

Se sitúa el cóndor Brice, mentalmente, en el París de los suramericanos, de los latinos llegados de América siguiendo una costumbre inveterada; un París hormigueante de escritores en ciernes o ya hechos, arribados desde un lado o de otro de los Andes, columna vertebral de un cuerpo colosal; del centro ístmico, o del sur norteño. París era una fiesta lastrada por la nostalgia, aguijoneada por la saudade, cuando Brice cambiaba sus soles por francos, sus pesos por francos, sus dólares por francos, y sus francos por un amor mentido y por aburrimiento; mientras se hacía escritor a martillazos sobre un yunque que, a veces, era un vientre de mujer varada en el Quartier Latin, entre los bulevares Raspail y Saint Michel. De aquella época romántica sacó Brice una rara afición a un poeta profundamente melancólico: Alphonse de Lamartine, cuyas Meditations aprendió de memoria. A mayores, el naturalismo hizo presa en él, y en esos días se convirtió en defensor acérrimo de Èmile Zola; de "La bestia humana", de "Nana", de "Germinal", de "La taberna".

Desea Brice convencerse de que en Cesáreo Gutiérrez Cortés, con quien se va encontrar en menos de media hora, escritor que promete llegar a lo más alto y a lo más profundo, confluyen las culturas europea y africana, que se mezclaron con la fuerza de los caballos al galope, de las lanzas y de las adargas; culturas europeas y africanas que se hicieron una con la cultura india de todas las indiadas cultivadas e industriosas, y de las contemplativas; cien generaciones americanas dimanantes de Asia que en el propio Brice parecen converger; y así, cuando dentro de unos minutos se entrevisten, Asia, Europa, África y América tendrán en ellos su plática, vieja deuda de más de cinco siglos.

Se cree Brice hombre de raíces profundas, pues las hinca en el mismísimo centro de la tierra, ya que en épocas pretéritas fue minero. Aún niño y ya retiraba el mineral que el picador arrebataba al extremo más avanzado de la galería. En cuanto pudo, cargó vagones transportados por mulas. Fue entibador de galerías; fue picador, y dispuso de un ayudante: un niño que empezaba la carrera hacia la silicosis, hacia la incapacidad permanente y la pensión escasa. Lo sabía él y lo sabían todos; el niño, a su edad temprana, lo sabía; secreto abierto en la letra pequeña del trato.

Andando el tiempo llegó a ayudante de dinamitero, y cuando aprendió lo imprescindible acerca de las cargas y de las masas desplazadas, pasó a colocar los explosivos. Había de calcular el peso de la dinamita, el largo de la mecha, el lugar idóneo de ubicación y el número exacto de barrenos. ¡Qué hormiguillo le recorría el cuerpo durante la espera de la explosión! Cargaba de aire los pulmones, oprimía los oídos sirviéndose de los pulgares y, agachado en lugar protegido, esperaba impaciente a que todo saltara por los aires. Un placer físico iba tomando su cuerpo, célula a célula hasta dejarle en la boca un sabor acre a dinamita. Bombero fue y la visión del fuego le envalentonaba, le engrandecía. Gozaba sí, en su lucha cuerpo a cuerpo con una de las fuerzas más devastadoras de la naturaleza. Gozaba cuando las llamaradas altas le cortaban el paso y manguera en ristre las rendía. Tenía las cualidades de un buen soldado al que un error mínimo y la medalla póstuma transforman en héroe.

Brice fue cantante de opera y bailarín de ballet en el teatro Bolshoi de Moscú, aviador aliado en la segunda guerra mundial, y cazador furtivo en Tanganika. Brice imagina vidas como otros sueñan vuelos a media altura, rozando las bardas, las tapias de los corrales, los arbustos; o la repentina pérdida de los dientes, el caminar desnudos por la calle, o la interminable caída barranco abajo sin llegar nunca al fondo. Pescador de altura se soñó, y otras seis profesiones repetidas sin orden con variantes que las renuevan.

Llega al lugar de la cita con Cesáreo Gutiérrez Cortés, el parque de los Jardinillos, frente a la estación de ferrocarril, con dieciocho minutos de adelanto, así que le sobra tiempo para recorrer el recinto y adentrarse en el mundo del ir y venir, vías y dependencias anexas: sala de espera, ventanillas de expedición de billetes, librería, cantina y oficina de atención al viajero. De esta última no da fe, pero la intuye necesaria y la sitúa por ello en algún espacio cercano a los lavabos. Acaba el recorrido y se sienta en un banco, porque el regional procedente de León destinado a Madrid llega en ese instante, y un rebullir de viajeros llama su atención. Entra en coloquio con los que descienden de los coches, por el sencillo procedimiento de prestarles la ayuda precisa en el traslado de maletas. Un matrimonio mayor ha de descansar tras el esfuerzo, y Brice pega con ellos la hebra. Tanto, que cuando quiere darse cuenta la hora de la cita ha pasado y treinta minutos le distancian de Cesáreo Gutiérrez Cortés, el escritor autóctono que iba a aleccionarle acerca de la región, y redactarle unas líneas destinadas al editor a quien pueden interesar sus cuentos.

Las gotas del frasco de suero glucosado siguen cayendo pausadamente, carentes de prisa, sobre el cúmulo cerrado en el vasito transparente y estanco, situado a dos centímetros largos de la fuente. Amanece mucho, un sol enorme llena el este de luz, impidiendo que la mirada de Brice se dirija en esa dirección. La mirada de Alfredo Briceño Gómez es —y ya es hora de decirlo— la mirada huera de quien no está en sí mismo.

Nació en Piura, estado, provincia, ciudad y río. Tal vez el río fue primero, y al río le dieron nombre los españoles. Pedro Pizarro —hermano del célebre Francisco, el que murió trazando una cruz con su sangre— informa en un escrito que han llegado a Pirú; lo mismo dice la Crónica Anónima. De Pirúa, Piura; de Pirú, Perú: dicen los entendidos. Nació Brice en la ciudad de Piura, y de las varias etimologías existentes del nombre, se queda con la palabra que en quechua significa troje o granero, porque el quiere provenir de los incas y no de otros indios cualesquiera.

Brice no ha salido jamás de Piura; ni se le terció, ni quiso. Nació donde su madre, en pleno trajín de lavandera, se puso de parto, a la orilla misma del río. En lo poco que fue a la escuela le enseñaron a leer, a escribir y a sacar cuentas sencillas; luego estuvo en la calle haciendo mandados hasta que, ya guambra, medio cari —un mocoso con ínfulas, en realidad— empezó a vivir a su aire. Lo aceptaron como aprendiz en la portería de un edificio de la Avenida Grau, próximo a la Catedral. Tenía catorce años a los que su envergadura sumaba varios más. Un lustro después, como resulta que los muertos requieren sustituto, alto y fuerte, vistió el uniforme que tanto había ambicionado. Entonces tuvo un ayudante al que hizo cómplice de sus fechorías. Consistían éstas en hurtos llevados a cabo dentro de las casas, de las que guardaba las llaves para subir el correo y regar las plantitas.

Visitaba en aquel período la catedral, pues oyó decir que una capa de pan de oro cubría el altar mayor; y de hallarse el tesoro fuera de la iglesia o ser él menos supersticioso, lo hubiera descascarillado para llevárselo. Cruzaba a diario la Plaza de Armas, adornada de tamarindos que dan fresca sombra, y del monumento a la Libertad, llamado "La Pola"; de modo que descubrió la casa museo de Miguel Grau, sus cuatro salas y la biblioteca. En la pieza reservada a la lectura, devoró libros de temas muy variados que le permitieron viajar sin moverse.

De aquel empleo salió por la puerta falsa para no dar escándalo; y sirviéndose de su propia maña ingresó en la poderosa Administración de Fincas Urbanas. Al principio cobró recibos apoyado en su rostro fiero y su cara de pocos amigos, en su cuerpo desarrollado y en sus descomunales fuerzas. Cumplió los veinticinco en un puesto que no era el suyo, y con los ahorros depositados en la alcancía durante esos años, y el procedente de las rapiñas llevadas a cabo antes de expulsarle de la Avenida Grau, puso un negocio propio del que conocía las enormes posibilidades. Imitó los diplomas que la Administración otorga a quienes pasan los exámenes de Administrador, y situado en el puesto de máximo responsable, contando con su innata deshonestidad, cobró comisiones a los contratistas de obras y a los proveedores de útiles hasta acumular el capital que ahora lo sustenta.

Brice no ha estado jamás en Lima, y menos aún en Europa, España y Palencia. No ha esperado novia, amigo o pariente en toda su vida, cuanto menos a un escritor consagrado como Cesáreo Gutiérrez Cortés. Brice no ha salido jamás de Piura, ni falta que hace; él es un cholo piurano que supo ganarse la vida. Se hizo de sol y de verdes algarrobos; de chicha, de alfajor y de gofio; de tondero y cumanana. Se formó en la calle y en el río, en las picanterías y chicherías; y resultó alegre y burlón. Ya de niño bailaba el tondero como nadie, y de muchacho enamoró con su ritmo a cuantas chinas formaron pareja con él. Se unió a dos comparsas que vio actuar en fiestas, y no hubieron de echarle por desmerecer del conjunto. Una de ellas tenía por nombre "Los diablicos de Huancabamba", y la otra, esa ya de la Costa, el de"Ño Carnavalón".

Brice es un enfermo al que doctores, muy entendidos en lo suyo, tratan sin demasiado éxito en la Clínica de Investigaciones Médicas, un hospital piurano. Lleva tres años postrado en el lecho en estado de coma. Inconsciencia que se prolonga hasta el punto de ignorar que se le murieron los padres, y que los hermanos dejaron de visitarlo hace tiempo, pues no tiene sentido pagar el billete del ómnibus para contemplar a una planta que no se sabe contemplada. Puede que jamás vuelva en sí, y si vuelve, la diferencia no será tanta porque quedará lastrado. Dicen los investigadores que vive una vida interior muy rica, que los granos sembrados con las lecturas pueden estar dando fruto. Dicen y dicen, pero las visitas se van de vacío.

Suele ocurrir al amanecer. En su estado le ilumina el alba, y comprende la incapacidad de comunicación a que está sometido. Se le viene abajo el universo donde se entrevista con personajes admirados, a los que ayuda o de los que recibe apoyo. Al clarear el día intuye que su rica vida interna es solamente fruto de la imaginación, ensanchada de niño por la lectura de enjundiosos libros como el ya nombrado "Del elevado vuelo del halcón", escrito por Cesáreo Gutiérrez Cortés. En esos momentos lúcidos le anegan por dentro unas lágrimas que han de aflorar a fuer de profusas; y pone la cara muy triste para que, quienes observan su evolución, tomen buena nota e informen al doctor que lleva su caso e investiga con él. Pero a esa hora temprana las enfermeras comienzan su inacabable tarea, circular o elíptica si se quiere, y ya están a lo suyo; de modo y manera que las lágrimas de Brice, portadoras de su angustiado mensaje, se vierten una vez más sin ningún resultado práctico.

Del libro "En torno a Valdepero"
Huerga y Fierro Editores Madrid, 2003
Autor: Pedro Sevylla de Juana




Texto, Copyright © 2007 Pedro Sevylla de Juana.
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Última actualización: agosto 2007

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