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Películas y directores olvidados de Hispanoamérica (IV):
Julio comienza en Julio (Silvio Caiozzi, Chile, 1976)

por Rafael Nieto


En esta serie de "los olvidados" hispanoamericanos del cine quizá alguien discutiera la inclusión de Silvio Caiozzi. Hace pocos años su película Julio comienza en julio fue elegida por votación popular la mejor película chilena de todos los tiempos, y no son pocos los premios obtenidos por su corta filmografía en múltiples festivales internacionales. Sin embargo, desde la perspectiva, quizá deformada, de un espectador del otro lado del Atlántico, su notoriedad no se ha visto refrendada por un amplio público fuera de su país, más que nada por la imposibilidad de acceso a la obra de Caiozzi en un ámbito comercial normalizado. Sólo sus dos últimas películas, Coronación (2000) y Cachimba (2004), lograron estrenarse en España, pasando totalmente desapercibidas. Sin duda, ha corrido peor fortuna que otros ilustres compatriotas suyos como Raoul Ruiz o Miguel Littín, que, aún así, son también mal conocidos.

Aunque lamentamos continuamente en esta serie la escasa circulación de estos cineastas en las pantallas cinematográficas, es esperanzador ver cómo el mercado del DVD les está abriendo las puertas, como en general a todo tipo de autores y cinematografías, dándoles nueva vida a sus obras, aunque el lugar más idóneo para valorarlas no sea la pequeña pantalla. Es el caso de la presente película.


Julio comienza en Julio (Silvio Caiozzi, Chile, 1976)


La fecha de realización de este film, que en realidad se terminó en 1979, nos trae en seguida a la memoria la dictadura iniciada en 1973 por el recientemente fallecido Augusto Pinochet. El golpe de estado del 11 de septiembre no sólo fue una ruptura política, sino que también acabó con la pequeña industria cinematográfica chilena, derogando las leyes de protección del cine, cerrando la productora más importante del país, la empresa pública Chile Films, y obligando al exilio a la mayor parte de los cineastas.

Precisamente Julio comienza en julio significa la resurrección de la cinematográfica chilena, ya sin el paraguas estatal, de manera totalmente independiente, gracias al empeño de Alberto Célèry, Nelson Fuentes y el propio Silvio Caiozzi, que arriesgaba el dinero ganado con sus trabajos en publicidad. Esta otra actividad, que ya le había facilitado el dinero suficiente para debutar en 1974 con A la sombra del sol, le ha permitido seguir trabajando en el cine a lo largo de los años. Porque el éxito de público en su país no garantiza la continuidad de la carrera de un cineasta.

En cuanto al film, asombra que una película como esta pudiera estrenarse y además obtener el beneplácito de las instancias oficiales en forma de premios. La visión que da de la alta sociedad de terratenientes todopoderosos no es nada edificante. Si bien está ambientada a finales de los años 10, el retrato perfectamente podría haber herido susceptibilidades entre la clase gobernante.

En el seno de una adinerada familia beneficiada por la guerra europea, asistimos a la pérdida de la inocencia del único vástago de Don Julio (Felipe Rabat), viudo cuya madre (Elsa Alarcón) agoniza interminablemente en la cama. El hijo, también llamado Julio (Juan Cristobal Meza), cumple 15 años y su padre le prepara una fiesta para celebrarlo con sus cómplices amigos, entre ellos un abogado corrupto (Jaime Vadell) que tiene la misión de anular la última voluntad de la madre, que consistía en donar los mejores terrenos a una orden religiosa. Inesperadamente, el conflicto entre la aristocracia y la Iglesia se resuelve mediante una transacción pacífica, pues no en vano tienen intereses comunes que defender. La virtud y el poder van de la misma mano.

Pero lo que hace particularmente intensa la narración es la brutalidad con que el hijo es empujado a la realidad de la vida, a la edad adulta. Los valores machistas que rigen la vida del padre y sus amigos, agravado por la orfandad de madre desde que nació, y la presencia de una abuela prácticamente catatónica a la que llama madre, no impiden, cuando el adolescente es arrastrado por su padre a perder la virginidad con una prostituta, que vea con romanticismo su relación con la meretriz. En la orgía que organizan para celebrar su cumpleaños, se refleja el cariz moral de esta clase alta sin valores, que, como el abogado dice, han creado la ley y el derecho a su medida.

En la misma fiesta se procede a la cruel vejación del maestro particular (José Manuel Salcedo) de Julito, en una evidente metáfora del desprecio que sienten hacia la cultura de carácter liberal. Este cobarde personaje sólo se atreve a despreciar la vanidad de los poderosos en privado, comparando la pequeñez de un terreno en propiedad con la inmensidad de la Creación. Sólo al final del film se atreverá a abandonar su puesto de trabajo, cuando el hijo ya no le haga caso, más pendiente de los encantos femeninos que del estudio.

Los valores tradicionales también parecen ser arrumbados, pues los ancestros presentes en los cuadros de la casa son maltratados, literalmente empapados de vino. Significativamente, el hijo se preocupa de volver a colocar los cuadros en su sitio al día siguiente.

Lo único positivo de la orgía, es el despertar de la ternura y el amor en el adolescente, fruto de su inocencia. Inocencia que no puede dejar de sufrir cuando descubre la realidad de la vida, primero no pudiendo satisfacer sus deseos si no es con dinero; luego, sabiendo conquistar a la prostituta (Shlomit Baytelman), incluso regalándole el rosario que su abuela le dió para su futura esposa, pero sabiendo que este amor está prohibido. Su padre no puede permitirlo y le arranca sus ilusiones a la fuerza, no prohibiendo los encuentros, sino más cruelmente, mostrándose él mismo ante Julito copulando con María, y afirmando a gritos que "está es la realidad, Julito". La desesperación del quinceañero final, cabalgando por el campo, podría recordar el final de los 400 golpes, pero aquí la imagen se congela en la mueca de dolor del joven. Un joven que, inevitablemente, ha madurado y que ha apuntado los primeros síntomas de rebeldía contra su progenitor.

Película repleta de sugerencias e insinuaciones, cada visionado la enriquece con nuevos descubrimientos, algunos sobrecogedores, como esa mirada de la monja que cuida a la abuela ante el desnudo del adolescente, o la lúbrica limpieza del rifle mientras Julito observa los pechos de una de las criadas.

En los aspectos técnicos e interpretativos es difícil encontrar una objeción. La fotografía de un tono terroso, casi bicolor, es sin embargo, de gran belleza. El propio Caiozzi se había encargado de la fotografía en películas de Raoul Ruiz y Helvio Soto, pero aquí cede la responsabilidad a su socio Nelson Fuentes.

Y el reparto, compuesto de grandes figuras de la escena chilena, están ajustados y contribuyeron significativamente al éxito del film ante un público que bien les conocía.




Texto, Copyright © 2006 Rafael Nieto.
Todos los derechos reservados.


 


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Última actualización: agosto 2007

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