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El espíritu de la contradicción, la novela sin autor

Publicamos el capítulo LV


Presentación

Una de las primeras madrugadas de este siglo, Luis Miguel Madrid vio en su ventana un objeto cuadrado en el que destacaba lo que parecía ser y era un título. Se trataba de una novela, se llamaba El espíritu de la contradicción y no aparecía nombre del autor ni dato editorial alguno. Tampoco tenía un texto definido pero sí esquemas y pautas concretas para su desarrollo. Aunque su experiencia como poeta o dramaturgo podría resultarle escasa, decidió apropiarse de la visión, trasladarla a su pecé y ponerla al descubierto.

Después de estos años y ciento y pico capítulos recuperados, Luis Miguel Madrid se ha planteado aclarar la autoría del texto. Dice no tener claro cuánto de lo escrito es transcripción y cuánto invención. Por ello, ha decidido abrir un plazo para que su primigenio autor o quien se considere propietario lo reclame aportando cualquier tipo de prueba que lo pueda demostrar. Para facilitar la identificación del texto, Luis Miguel Madrid nos ha facilitado como muestra, el botón 55 de El espíritu de la contradicción —que mostramos a continuación—, esperando la aparición y reconocimiento del autor, si es que lo hubiera. En caso contrario, Madrid apelaría al derecho romano sobre el hallazgo de cosa sin dueño conocido o incluso a los beneficios que le ampara el usufructo de la novela durante los años que la misma ha obrado en su poder. Incluso, según nos aclara el depositario, existe la posibilidad de que él mismo hubiera incorporado detalles estilísticos, añadido situaciones o modificado, para bien o para mal el curso de la misma, por lo que su propia autoría, en todo o en parte, no debiera descartarse.

En cualquier caso, Madrid ha decidido no finiquitar su trabajo, ya sea ficción, reproducción o batiburrillo mientras no se desvele el enigma y se sepa quien es quien en este qué. Para ello y por no privar a El espíritu de la contradicción de un apropiado punto final, reclamamos la atención de nuestros lectores y que con la ayuda de los dioses de la casualidad, acertemos con el fin de la búsqueda.
En definitiva, esperamos que pronto podamos ver un nombre —o varios— bajo el título y a continuación, El espíritu de la contradicción al completo, como libro verdadero y no simple mancha en la ventana.


El espíritu de la contradicción

CAPÍTULO CINCUENTA y 5

Un mensaje cofrade hizo salir a Joao de su casa disfrazado de irrisión, montarse en el taxi que le esperaba en la esquina, bajarse después de cuatro giros absurdos por la Plaza de la Paja para subirse en una moto que alguien le dejó arrancada tras el palacio de Anglona y salir culebreando hacia el norte de Madrid para girar en la tercera de la M-30 y enganchar la carretera de la Coruña. Esa era una de las dos indicaciones que habían dejado en un trozo de mapa sobre el depósito de la gasolina de la Honda mil. La otra era un círculo sobre el kilómetro 223 que resultó coincidir con el área de servicio de Tordesillas.

Fue directo a llenar el depósito, compró chicles, pagó, miró, aparcó, volvió a la tienda, miró, compró chocolatinas, miró.
Miró.

Había un bar al lado, pidió cerveza y se sentó, luego un montado y otra cerveza y otro montado y otra cerveza. Pensó que no había mirado en el baño. Fue. Miró. Como en los servicios no había nada que le llamara la atención decidió preocuparse. Repasó las indicaciones, el kilómetro exacto y cada posibilidad de error o catástrofe que pudiera haber sucedido para que estuviera bebiéndose la cuarta botella de Mahou en medio de la nada vallisoletana. Como no encontraba qué se levantó de nuevo y pidió un café para la cosa del sueño que le estaba entrando. Volvió con él y un donut de chocolate a su mesa de esperador anónimo y mientras lo movía se fijó en un mapa de carreteras que antes no estaba allí. No había nadie cerca, el resto estaba tal cual, "será mío", se susurró.
Sí, lo era.

Y era mucho más. Inclinó la cabeza y lo observó como si lo estuviera estudiando, con esa misma postura se comió el Donut, dando tiempo a que quien lo trajo se pudiera ir con el mismo anonimato. Cogió la moto con ganas y disfrutó del atardecer curveando por las carreteras de Zamora, León y Asturias, parando en cada pueblo subrayado hasta que a las doce en punto llamó a una de las trece casuchas de la playa de la Cueva. Abrió Luis en camiseta de tirantes y le acompañó a otra con nombre de cachondeo: "El albatros viajero". Joao dio las gracias y se encerró con la idea de dormir diez días y quizás, alguna noche.




Texto, Copyright © 2007 Luis Miguel Madrid.
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Última actualización: agosto 2007

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