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La gran pantalla: en torno a la película de Philip Gröning "El Gran Silencio"

por Aurelio del Portillo


"La meditación consiste en ser consciente de cada pensamiento, de cada sentimiento; en no juzgarlos como buenos o malos, en observarlos y moverse con ellos. En ese estado de observación se empieza a comprender todo el movimiento del pensamiento y de los sentimientos. De esa lucidez nace el silencio".
Jiddu Krishnamurti

Una técnica zen de meditación consiste en sentarse frente a una pared blanca y mirarla en silencio. Al no disponer de ningún tipo de distracción, la mente puede descubrir su propia naturaleza contemplándose a sí misma. En lugar de esa superficie blanca podemos simplemente cerrar los ojos y mirar en nuestro espacio interior, o contemplar las imágenes que aparecen en la pantalla de la mente a través de los sentidos sin asociarlas con ningún tipo de reacción, juicio, palabra o emoción. Es decir, también en silencio. La sucesión de pensamientos se hace visible como la verborrea mental que es y podemos observar su mecanismo. Habitualmente nos pasa tan desapercibido que llegamos a considerarlo directamente como nuestra propia identidad, siguiendo la masiva complicidad con el gigantesco despiste que concretó Descartes en su desafortunada afirmación "cogito ergo sum" (pienso, luego existo) en la que se apoyó el racionalismo occidental y también los innumerables errores que han surgido, surgen y surgirán de esa prevalencia del raciocinio sobre las inmensas potencias de la mente que no le pertenecen. Parece, según esto, que antes o después del pensamiento, en los espacios de vacío en los que habitan las profundidades de la mente silenciosa, no hubiera ninguna razón de ser, cuando resulta exactamente lo contrario: "El silencio es una gran bendición, purifica el cerebro, le da vitalidad. Ese silencio acumula una gran energía, que no es la del pensamiento o la de las máquinas; su esencia es tan pura que el pensamiento no la puede captar" (Jiddu Krishnamurti). La llamada "primera certeza", a la que sin duda se refería el filósofo francés, es la certeza de ser: "soy". Pero esa certeza no depende del pensar, ni muchísimo menos. Más bien al contrario, el pensamiento parece limitar, por no decir aniquilar, esa experiencia directa del ser al darle forma. Mucho más clarificadoras me parecen las enseñanzas de Sri Nisargadatta Maharaj y de Ramana Maharshi en ese sentido. Cualquiera de los textos que recogen su sabiduría se refieren a esa misma búsqueda a partir del sentimiento "soy", quizás más cercano al corazón que a la maquinaria del pensar.

Cuando asistimos a la proyección de una película estamos en realidad participando de un rito mágico que nos ofrece como metáfora el espectáculo de nuestra propia mente como ante la pared blanca de la meditación zen: formas transitorias y cambiantes que parecen obtener de nuestra atención y de nuestra reacción emocional un cierto hálito de realidad, en un fenómeno semejante al de las experiencias oníricas. Por esta razón hemos definido poéticamente a la cinematografía como "soñar despiertos". ¿Qué hay antes y después de la película? Nada. La pantalla en blanco. ¿Qué hay antes y después de las construcciones del pensamiento? Nada. La mente en blanco. El espacio sin forma ni límites del silencio. ¿Qué hay en el silencio?.............. No lo puedo nombrar porque si es palabra ya no es silencio. Mire usted con atención, sin juicio, sin tiempo... Mire la pantalla en blanco, la gran pantalla de su mente, y entre pensamiento y pensamiento, préstele un poco de atención afectuosa al silencio... Hay mucho que comprender, pero nada que razonar... Mire usted bien, sin miedo... ¿Será el miedo a no ser lo que nos hace aferrarnos a los mecanismos del pensar?... Atrévase...

"- ¿No debo hacer esfuerzo para detener los movimientos de la mente?
- No tiene nada que ver con el esfuerzo. Sólo apártese, mire al espacio entre los pensamientos en lugar de a los pensamientos. Cuando usted anda entre la multitud, no lucha con cada hombre con el que topa, sencillamente pasa entre ellos."
("Yo soy eso", de Sri Nisargadatta Maharaj, Ed. Sirio, Málaga, pg. 566).

Sin embargo somos muy reacios a lo vacío y llenamos nuestra mente con "cosas" igual que hacemos con todo espacio vital en el que nos movemos. Cuando la situación nos mantiene junto a otra persona tendemos a cubrir el momento con acrobáticos intentos de conversación casi siempre rotundamente innecesaria. Y sufrimos auténticas alteraciones de nuestra serenidad cuando se nos impone compartir espacio y tiempo con alguien con quien carecería de sentido emprender ningún tipo de charla. Miramos el suelo o el techo en el ascensor para escapar de la incómoda presencia silenciosa del otro. En otros casos hablamos de fútbol, de televisión, de temas supuestamente comunes que recorren los más diversos niveles de la banalidad. Se trata siempre de huir del silencio. ¿Por qué? Seguramente todos podemos responder a esta pregunta en nuestro fuero interno si somos honestos con nosotros mismos. Y es posible que esa honestidad nos ofrezca una ocasión maravillosa de descubrir algo más de nuestra auténtica naturaleza humana, esa que la literatura y el cine persiguen hasta acorralarla contra la pared. Contra la pared blanca de la página o de la pantalla, contra la gran pantalla de la mente...

Se ha dicho y escrito mucho sobre el silencio, sobre todo en los ámbitos filosóficos o artísticos más cercanos a la espiritualidad. De hecho es parte integrante fundamental de todo texto y de toda forma. No hay música sin silencio. O, dicho de otro modo, el silencio es el alma de la música, lo que le da sentido, del mismo modo que es el espacio vacío el que muestra las formas, el escenario donde se representan todas las posibles realidades. Las ventanas están en el muro, pero ¿son muro? Pocas cosas me han parecido tan mágicas en el proceso de aprendizaje de mi vida como aquel día en que mi profesora, Lola de Cea, me enseñó cómo se escribía el silencio en un pentagrama.


Algunos compositores han ido más allá de lo que parecía delimitar su oficio y han creado interesantísimos espacios de reflexión, como es el caso de John Cage.

También en el cine el silencio es tema y materia. Como todas las artes del tiempo necesita del silencio. Para respirar, para sentir, para comprender, para profundizar, para descansar, para ser, para alargar, para hipnotizar... Y se habla de él como si supiéramos que nos ayuda a vestir de mágico lo que decimos: "El silencio del agua" (Sabiha Sumar; 2003), "Un mundo de silencio" (Roberto Maiocco; 2005), "La hora del silencio" (Eric Barbier; 2000), "El silencio" (Jamie Barbit; 2005), "El silencio de los corderos" (Jonathan Demme; 1991), "La ley del silencio" (Elia Kazan; 1954), "Silencio roto" (Montxo Armendáriz; 2001), "El día que murió el silencio" (Paolo Agazzi; 1998),...

Pero, de repente, como si no se hubiera gestado durante más de dos décadas, aparece en las pantallas "El Gran Silencio" (Philip Gröning; 2006). Y la gran pantalla de la mente se conmueve ante su presencia. Y el silencio traspasa los ámbitos translúcidos de la poesía y se encarna en una realidad desnuda y contundente.

Me recomendó ir a ver esta película mi amigo Jesús. Llegué a los alrededores del cine con suficiente antelación como para dar un paseo, y lo hice. Después de un rato deambulando por las proximidades de la Plaza de España de Madrid, un simple miércoles de invierno por la noche, volví a pasar por la puerta del cine y vi, casi de reojo, un indicador luminoso anaranjado encendido sobre el cartel de una sala, de ésos que anuncian que quedan pocas entradas antes de encenderse la luz roja correspondiente al aforo completo. Casi ni le di importancia... "El Gran Silencio" es una película de 2'45 horas, sin diálogos, sin trama, sin acción basada en tensiones por aliviar,... Es la vida cotidiana, extraordinariamente sencilla y rutinaria, de unos monjes de la legendaria orden de los cartujos en el monasterio de "La Grande Chartreuse", un impresionante conjunto de edificios del siglo XII situado en las proximidades de Voiron, entre Lyon y Grenoble, en los Alpes franceses... Un monasterio que no visitan los turistas, un lugar fuera del mundo... Seguramente, pensaba yo, íbamos a ver la película unos cuantos espectadores de los que casi nos vanagloriamos de ver casi de todo... Algo para minorías... Pues, demostrando una vez más lo absurdo de cualquier tipo de prejuicio, la sala que estaba a punto de llenarse en esa noche laborable del diciembre gris madrileño era la que exhibía esta extraña película imposible de calificar. Pagué en la taquilla casi con premura y entré.

"Quien quiera que seas, a quien los azares del Internet han conducido hasta aquí, sé bienvenido. Aquí no encontrarás nada o poco de lo que el mundo actual aprecia. Tampoco la preocupación de ser diferente". Así reza la bienvenida que dan en su web los monjes cartujos. Así debería rezar la cartelera de las salas que exhiban "El Gran Silencio". Debo reconocer que tras la primera sorpresa me alegró de forma serena y profunda que esta visión sobre otras dimensiones de la vida fuera aceptada con cierto éxito en las salas comerciales... Me costaba creerlo, pero me parecía un síntoma de rara lucidez en un mundo desquiciado. Sin embargo, más allá de toda valoración, fue la experiencia de vivir esas casi tres horas de contemplación sobre la pared blanca del silencio la que me sacudió algunas esquinas polvorientas del cerebro. Porque una cosa es enfrentarse a las dificultades psicológicas de mirar con serenidad el silencio en tu propia mente y otra muy distinta contemplar durante horas el silencio de otros. ¿Por qué puede llegar a fascinarnos ver durante varios minutos a un monje que reza en su celda escuchando tan sólo el crujido de la madera y el crepitar de una pequeña estufa de leña? ¿O a otro que trabaja en un huerto? ¿O al que corta tela para hacer un hábito? Escenas extraordinariamente simples en las que el tiempo pasa sin pasar porque nadie le presta atención. Nieva... se hace de noche... sale el sol... resuenan los roces de telas adustas en los espacios del claustro cuando los monjes se dirigen a sus oraciones... La ausencia radical de la palabra en el cine ya ha sido propuesta en algunas otras películas, entre las que destaca Baraka de forma muy especial. Allí podemos contemplar una sucesión de silencios en la naturaleza, en las ciudades, en los templos, en lo cotidiano, en lo sencillo, en lo magnífico y en lo sagrado. Pero hay algo de majestuoso y grandilocuente en todo ello. Por ello se rodó en 70 milímetros, el formato utilizado en los grandes espectáculos cinematográficos, recorriendo veinticuatro países. Sin embargo, en El Gran Silencio hay imágenes rodadas incluso en súper-8, sin que parezca haber importado mucho la calidad técnica para dejar que se exprese, de la forma más desnuda que uno pueda imaginar, la sencillez de una realidad apartada del, nunca mejor dicho, mundanal ruido. Según parece, esta película en Alemania ha superado con creces a Harry Potter en media de espectadores por proyección... Francamente me parece algo insólito, un auténtico 'milagro', "suceso o cosa rara, extraordinaria y maravillosa", según el diccionario de la R.A.E.

Philip Gröning quería hacer una película sobre el tiempo. Después surgió la idea de un monasterio. Y después "El Gran Silencio". Como él mismo explica en la hoja de sala de los cines Renoir:

"Una película se basa en el lenguaje y el lenguaje se basa en el tiempo. Creo que la experiencia más profunda que un espectador puede tener al ver la película es la sensación de tiempo. Normalmente esta experiencia está enmascarada por la historia. En una película sobre el silencio, experimentar el tiempo es algo que queda en la superficie. Nada se aleja de ese silencio".

En el año 1984 habló con los monjes cartujos de La Grande Chartreuse para pedirles permiso para rodar allí. Le dijeron que era "demasiado pronto" para eso, que habría que esperar un tiempo... Le llamaron dieciséis años después para decirle que ya estaban dispuestos... Dieciséis años... ¿Para quién transcurrieron? ¿Es real esa forma de medir la vida? ¿Si la mente está en silencio, existe realmente el tiempo? Por estos ámbitos transcurren las sorprendentes presencias y ausencias que retrata la película. "El tiempo es lo que pasa cuando no pasa nada más", como dijo el físico Richard Feynman. Pero es que en este caso, en esta inefable narración cinematográfica, ni siquiera podemos afirmar con propiedad que pasa el tiempo, y desde luego no pasa nada, en el sentido de pasar al que nos tiene acostumbrados el juego de representaciones con el que intentamos torpemente definir la vida. Sabemos que dura dos horas cuarenta y cinco minutos porque existen los relojes, aunque no entendamos realmente lo que miden. En realidad es imposible contarla, definirla... Tienes que enfrentarte a la gran pantalla para comprobar que hay algo esencial que aprender más allá del lenguaje, más allá de "la forma lógica de la realidad", como decía Wittgenstein.

En los minutos finales un anciano monje ciego habla... Utiliza palabras para expresar su pensamiento sobre la vida, la muerte,... Tras un prolongado silencio en el que se ha podido vislumbrar el ámbito real de la lucidez, incluso esas palabras entrevistas parecen una profanación... De hecho limitan y nublan de algún modo las gigantescas dimensiones del mensaje universal que transmite en su gran silencio la película, lo particularizan convirtiéndolo en visión personal, en opinión. Y de eso ya tenemos demasiado... Asistimos en nuestro "tiempo" a un grotesco espectáculo de estulticia y mediocridad apenas camufladas en un ropaje de palabras que se dicen y amplifican desde las más profundas miserias del ego. La mentira y la zafiedad han hecho tambalearse el sentido y valor de la palabra haciendo cada vez más necesaria la poesía y el silencio. Esta película es ambas cosas. Quizás resulte atractiva como documental sobre una rareza y despierte simplemente nuestra curiosidad. O quizás esté descubriendo de forma incipiente una urgencia de la humanidad que el ruido de los pensamientos había enmascarado. No estoy seguro de que ni siquiera el arte sirva para hacernos mejores personas, pero lo que podemos aprender de "El Gran Silencio" está en otro nivel, en otro lugar de nuestra maltrecha mente. Y visto lo que hay parece obvio que tenemos que explorar esos nuevos territorios.




Texto, Copyright © 2007 Aurelio del Portillo.
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Última actualización: agosto 2007

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