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Mis esquinas neoyorkinas:
Instituto Cervantes —Amster Yard— & Grand Central Plaza —622 Third Avenue—.

por Nacho Toro





En la Tercera Avenida, los ejércitos de gigantes que mojan los tobillos en las aguas calmas del Parque del Centro apretados entre el Camino Ancho y la Avenida Quinta visten corazas de cobre y camuflaje de tierra de esa que brilla en la noche. Detrás de los comandantes marcha la primera soldada, la más robusta, la más lustrosa, la de lorigas que relucen con un baile de lentejuelas colgantes. A esta altura, los comandantes ya caminan a lo lejos. Solo se escucha el aullar de la tropa de cabeza, la más gallarda, la más orgullosa, la que se saca solo para los desfiles y luego se esfuma para dejar su sitio a la turba que se alista en busca de papeles, el Village oscuro en lontananza, ahora. Aquí las tropas se deslizan, tal vez en patineta, y aúllan, no se escuchan pasos. Nunca dejan de avanzar pero nunca alcanzarán el parque, por algún misterioso designio. Puede que sí lo alcancen pero se hundan en esa especie de terra nullius moventis que oscurecen con el eco de sus aullidos, la alejan, y queda ajena, orilla engullida por una marea de arena.

Aquí, hombro con hombro con los colosos que inadvertidos silban su Margarita estruendosamente antes de la caída, han puesto el Cervantes, soldadito español de otros días, José Luis Ozores entre marines semovientes.

Espera uno un Cervantes poderoso, un hito de orgullo patrio en la Nueva Ámsterdam y al encontrárselo se le representa oportuno, representativo del estado actual de ese orgullo, actually. El Cervantes ocupa un edificio pequeño, antiguo para los usos del momento, de ladrillo rojo. Su mayor tesoro es un jardincillo afrancesado donde solían parar los coches de línea del que sin embargo no puede disponer con total libertad por las presiones y la fuerza de sus chochos vecinos, atrincherados en el aburrimiento, la terquedad reaccionaria y la degeneración. Amparándose en pasados nebulosamente memorables, con el ridículo afán conservador neoyorquino, tan pronto les molesta una bandera de más en la fachada como una teta vestida de menos en el interior. Eso me cuentan los jefes, porque ahora trabajo aquí casi a diario. No hablaré del Cervantes, por tres motivos, y el segundo es que en España no lee nadie y a nadie puedo pues molestar; el tercero es que historias más emocionantes ocurren al otro lado, donde los marines, en la Tercera. Mi prosa, ya se sabe, es toda emoción, como emocionada es mi poesía. Para qué hablar del Cervantes si Cervantes nunca habló de mí; lo hubiera hecho Quijano de saber mis desventuras con la china pequeña de los ojos grandes como escarpias. No es que los ojos fueran grandes como escarpias, que sí, como escarpias de las grandes, pero no era eso, los ojos eran como escarpias, bien que como escarpias grandes, por lo penetrantes porque te sujetaban y no te dejaban caer, por lo acerado de su brío, por el color blanco predominante. El resto de los ojos de la china pequeña era negro, como su cabello, liso, grueso, brillante. Todo esto no me hubiera resultado tan significativo de no ser porque además la china pequeña era guapísima. Hay un gorila en el zoo de Madrid con una mirada inefable y manos como escarpias, no por el tamaño, de nuevo, que sí, como escarpias descomunales sí, pero como escarpias porque te sustentan y no te dejan caer, y por el color, negro como escarpias descomunales negras. El gorila también tiene los ojos blancos y el resto negro, y pelaje oscuro y grueso como escarpias (no por el tamaño, que sí, sino por lo penetrante y su tersura) y sin embargo, no hablo de él. Hablé de él, pero se acabó ya; porque la china era bella. Subí al Gran Central Plaza atraído por los escalones que se aventuran en la noche oscura hacia un "arriba" indeterminado. Desde que leí aquel delicioso relato de Urmuni Slot sobre la escalera que no permitía que la subieran pero adoraba que la bajaran1 no puedo resistirme a la llamada de unos escalones que se pierden en la noche sin rumbo conocido. Hace tiempo que había decidido que la ganancia de quilos se debía por completo a la dieta bárbara que me administro desde mi llegada a América; las escaleras del Gran Central Plaza me hicieron ampliar mi visión al respecto. Casi desfallecido por cuarenta empinados escalones, llegué "arriba". "Arriba" es un concepto muerto en cuanto se conforma el "abajo", no son nada el uno con el otro. Son una ilusión. Convertir "arriba" en "abajo" es convenir una desilusión.

Arriba hay unas cuantas mesas, que tardé en ver por lo acelerado del pulso, sombrillitas y poco más. Arriba había unas mesas, sombrillitas, quizás, y una china preciosa que daba la espalda al vacío entre ella y yo, inclinada hacia la luz de la Tercera. Avancé reduciendo el vacío que ella de alguna manera rechazaba con su gesto, ocupándolo yo. En realidad, yo parecía estar absorbiendo ese vacío que dejaba de separarnos, porque según me aproximaba a su espalda sentía que el vacío se hacía hueco en mí. Desentrañado, estaba a dos pasos de ella. Si se giraba, me vería inerme, absurdo tentetieso sin entrañas, Obélix ante el proscenio del teatro romano. No sabía por qué ni cómo un vacío me había atraído y se había hecho conmigo siendo absorbido, en un a modo de anti-agujero negro; no sabía qué hacía ahí, pinchando la burbuja personal de una americana en la noche, para qué, con qué objetivo, qué había hecho eso posible. Sería la conciencia de la previa inconsciencia: se me abrieron los ojos, acostumbrados a la penumbra, y miré. No tenía mayor interés en mirarla a ella, pero ella era lo que tenía frente a mi mirada. Vi que era una mujer. Vi que era frágil. Percibí que era asiática, por el cabello. Tenía un pelo negro como escarpias, liso, grueso, fuerte. Tenía los ojos enormes, y los vi al momento, porque se giró. Podría uno esperar que lo hiciera intimidada por la presencia inesperada de un extraño de pronto en su refugio, asustada por lo mismo, agresiva por ello y por no desentonar en el paisaje, pero no. No. Se volvió suavemente hacia mí. Parecía estar esperándome. Desde luego, no se sorprendió de verme, y no se alteró. Había estado llorando. Tenía los ojos bañándose en las últimas lágrimas, y así los dejé antes de hablar, porque era obvio que hacía tiempo que no veía el mar, su mar al menos. Con lágrimas se hacen los mejores castillos pequeñitos de arena, con una almena sin vigía. Es una técnica compleja.

Cuando dejaron de bañarse sus ojos los miré de lleno. Me quedé de pronto sin vacío, me lo arrancaron. Eran redondos, grandes como escarpias, blancos como el deseo del negro, negros como el deseo del blanco. Me sonrieron. Logré no hablar un instante más. Los ojos no tienen nombre, y es absurdo preguntárselo. La china pequeña se lo preguntó a los míos. Era absurdo, y reí. Ella se rió también. Supongo que comprendió.

Comenzamos a mirar la calle. Demasiado rato. Se hacía difícil girarse. Mil taxis lanzaban sus luces a la de las farolas y a veces conseguían algún baile fuera de la cartilla. Los taxis no tienen nombre, pero se lo pregunté. "¿Cómo te llamas?" Ella recogió la pregunta y me respondió "Wei Gang" Significa "Reglas Estrictas". ¡Qué ridículo lo del significado de los nombres ¿verdad?! ¡No! ¡Wei Gang significa brillo, brillo en la noche, significa el mar de China vertiéndose en un cuenco de arroz, significa el horizonte en un círculo y la mañana en un círculo, y el atardecer en un círculo, y mi rostro antiguo en un círculo, uno dentro de otro, blanco como el deseo de negro, negro como el deseo de blanco! ¡Wei Gang significa tú, como nunca antes había siquiera habido tú, y significa entonces yo! Por eso no pude ya decirle mi nombre. Wei Gang era mi nombre ahora. La miré. Estábamos cerquísima. No hubo tensión. Navegamos uno en la mirada del otro sin miedo a los riscos, demasiado próximos. Iba a hablar yo; no lo hice. Seguí la curva de sus párpados cuantas veces pude, borrosa de tan cercana.

"¿Qué quieres, taxis o turismos?" Ella eligió taxis. Hay una concepción engañosa en la sobreabundancia de taxis en Nueva York. Que no se te olvide. Hay muchos, pero nunca superan a los turismos. Los autobuses cuentan como dos taxis, para ella. Las bicicletas, como medio, porque las consideramos delivery, aunque no lo sean. No pasó ninguna moto, no hubo discusión. Los camiones son para mí, como dos turismos. Pasó uno. "El que cuente cien gana, le dije". "Cuando crucen el semáforo empiezan a contar".



Los taxis no tienen nombre, pero se lo pregunté.


Los autobuses cuentan como dos taxis, para ella.

Llegamos empatados a cincuenta. La aventajaba en tres, inesperadamente para ella. Pensó que era una extraña racha. Habíamos apostado un dólar. "Está bien/ si quieres/ subamos la apuesta" le dije; "si ganan los taxis, te daré todo el dinero que llevo en la cartera2/ pero si ganan los turismos, me llevaré un beso tuyo3". Sonrió. Bajó la mirada, y la cabeza. Interrumpió mi intento de explicación: "Si ganan los turismos me llevaré todo tu dinero, si ganan los taxis, te llevaré a ti". Wei Gang tiene la voz grave y dulce. Wei Gang tiene el cuello frágil pero muy terso.



Los camiones son para mí, como dos turismos.

Sonrió para sí y dijo "Ya". Había hecho trampas, porque toda una caravana blanca acababa de pasar incontada y ahora un batallón de caps esperaba el verde (blanco, en este caso) del semáforo al frente. De nada sirvió. 100- 83. Los camiones deberían contar para ella también. Y las limusinas, triple, en vez de doble. Hay limusinas enormes en Manhattan. No me preocupé. Me había bañado en sus lágrimas y bronceado en su sonrisa. Había adoptado su nombre. Era el ser más delicioso de la Tierra e iba a ser para mí. Me equivoqué. Cogió mi dinero y se marchó. Dijo "hasta la vista", en español, como el Terminador, o no, pero lo dijo, creó un nuevo vacío, no infinito, porque el vacío lógicamente no puede ser infinito, a sus espaldas y se marchó. Movía las caderas con cadencia de olas. Gané con suficiencia y se marchó. Esa noche los neoyorquinos optaron por no dejarse el coche en casa, y yo por seguir infalible. Mi sino.

Al poco bajé la escalera para recrear el "arriba". Recordé de nuevo el cuento de Slot y un júbilo repentino me atrapó. La escalera gozaba sobremodo cuando la bajaban. Me estaría esperando abajo con una sonrisa cómplice y el taxi abierto venciendo mi aturdimiento.

No estaba allí. La Tercera me recibió más amarilla que nunca, con los gigantes levantando hogueras de faroles y taxis por doquier. Cegado, apreté los ojos. Me recuperé al tanto. Icé la mirada buscando la barandilla. La distinguí en las tinieblas, arriba. Volví a subir, queriéndome convencer de que la había imaginado. Volví a descubrir que me hago viejo. Volví a cegarme al descender. Volví a volver cada día, camino del trabajo y a volver cada día de vuelta a casa. Me había bañado en sus lágrimas y bronceado en su sonrisa. Había adoptado su nombre. Era el ser más delicioso de la Tierra e iba a ser para mí. Me equivoqué.

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Notas:

1. Creo recordar que se titulaba "El tenar de las hormigas". No recuerdo quién la editó. Yo la encontré en un compendio de cuentos en un volumen azul que titularon Madarosis por ignota razón, pues ningún cuento respondía a tal nombre, en una librería de viejo en Tananarivo. La contraportada resumía en francés la vida del autor pero misteriosamente todos los cuentos aparecían en el original español sin traducción alguna. Tan pronto me vino como se me fue, el Índico devoró lo que el índigo me trujo.

2. Fantasmada para hacerla más efectiva, en verdad. Aunque la cantidad de dinero, cerca de cien dólares, no era despreciable, nunca llevé cartera, se trata de un monedero de cuero falso que me dieron en Madrid a cambio de probar unas patatas fritas y calificarlas una mañana en una calle del barrio de Salamanca.

3. En español en el original: If plain cars win, me llevaré un beso tuyo. Lo comprendió, como hace obvio su contestación.




Texto y fotografías, Copyright © 2006 Nacho Toro.
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Última actualización: julio 2006

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