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Mis esquinas neoyorkinas:

por Nacho Toro



19th y 10 Av










En medio de un barrio industrial en pleno Manhattan levanta el obispo cachondo su nueva casa de Dios.

En este extremo del anodino e inconmensurable barrio de Chelsea se levanta ya, como avanza el gran cartel en la foto, una iglesia. Nada especial, una más de la larga serie de templos, casi ninguno reseñable de no ser por ciertas incrustaciones en vecindarios de homogéneo cemento acristalado que dotan de cierta belleza a la singular foto resultante. Podría ser el caso, de haber Desmond Tutu decidido, o podido, levantar este ¨Education Center¨ unas manzanas más al norte, o unos pasos al oeste. Porque este retrato maravilloso del Premio Nobel de la Paz, que se gana con él, pese a (y cabal y nada sorprendentemente, sin embargo) su egregia biografía en pro de los derechos humanos y la apertura de mentes, el título de "tío cachondo", no es sino la puerta de entrada, el preludio de uno de los más recomendables vecindarios de Manhattan, por lo demás apenas transitado por las agencias turísticas y que, por tanto y por desgracia, suele quedar inédito a la mirada del visitante, si no es curioso en extremo o se pierde. El espacio oeste del bajo midtown de Manhattan, también, hasta donde me llega el recuerdo, pendiente de visita autorizada en el tan prolijamente exegeta de esta isla capital de la ciudad cinematógrafo, es un espantoso polígono suburbial industrializado repleto de garajes polvorientos, camiones, hormigón y óxido a granel, donde uno, de entrar en coche, no cesa de vigilar a los conductores de los pequeños autos de carga que pululan por el barrio, no sea que alguno sea un Mel Gibson travestido de Jolly Jumper capaz de llevarse tu vida por delante para hacerse con tu preciado depósito de gasolina. Hace falta mantener la mirada en el noreste para que la antena gigantesca del Empire State Building te permita recordar en qué isla te encuentras. Después de unos meses en la ciudad, los rascacielos se empequeñecen hasta el punto de desaparecer ese imponente "cielo" de su concepción, y quedarse en inocentes "rascadores" que apenas arañan. El espectador de la vida, que vino a esta ciudad de leyenda en busca de lecturas de atmósferas, de espacios nuevos, de nuevas impresiones para la mirada, se aburre pronto de la simpleza del cristal elevado sobre cristal y potenciado por la cuadrícula del piso; necesita, anhela, nuevos jardines donde continuar su búsqueda, nuevos huecos para la sugerencia; el Nobel cachondo, un tipo que sabe lo que es huir del aburrimiento vital, preside la que yo he inaugurado con estas letras como puerta de la nueva Meca manjateña: las calles que todo nuevo visitante en Nueva York debería pisar con premura. Por suerte, pocos serán los clarividentes que seguirán estas palabras, y el nuevo paraíso no será profanado tan pronto por las masas... siempre que Scores, mi destino en la caminata que abrió mi mente al edén del oeste, no se convierta a su vez en lugar de peregrinación de las masas mitómanas...

Fue la casualidad, cual suele ser ella, tú, amada mía, la que me llevó al barrio que ahora ocupa los sueños de todos los lectores de esta primera Esquina Neoyorkina. En realidad, yo no buscaba naves industriales y chatarrerías mastodónticas, yo iba en busca de Bollywood. La industria del cine de Mumbay (ex-Bombay) está de moda, qué duda cabe, y los indios están dispuestos a aprovecharlo ampliando su mercado, que ya cubre extensas zonas de Asia y África, al Tercer Mundo del Norte. Para ello, han desembarcado de nuevo en Estados Unidos para rodar Janeman, una "indiada" que promete continuar la estela de La Boda del Monzón, si no marcar la suya propia. Necesitaban extras para sus bailes en la discoteca Scores. La discoteca Scores, a modo de Costita Polvoranca combina sus noches de ´máquina´ con los días de máquinas de la chatarrería de al lado, si se me permite la tontería. Tenía el día libre y se me hizo curioso conocer cómo se trabaja en Bollywood, así que me puse el disfraz de noche para esas escenas de clubbing en las que precisaban 200 chicuelos y chicuelitas para dar ambiente al Scores. El día, como viene siendo todo el verano, era muy caluroso, pero me calcé mi traje chino oscuro para resultar irresistible, como sucedió después, a la cámara, y apreté el paso Quinta Avenida arriba hasta la 28 con la undécima, el Scores. En fin; iba a dramatizarlo, a usar todos los recursos disponibles de mi pobre narrativa para capturar al lector más generoso, pero verdaderamente sería levantar falsas expectativas, lanzarme de lleno a la aventura literaria, jugar con quienes esperan de esta Esquinas lo que venía siendo, un remanso de periodismo de viajes informativo y no especulativo, un servicio, deliciosamente estético, mas un servicio en todo caso, para aquellos infelices que no tuvieron la oportunidad de visitar esos paraísos en los que yo estuve y que viven en la ingenua esperanza de poder hacerlo algún día y además saber disfrutarlos con eficiente alegría, como yo narro en mis experiencias esquineras en la segunda parte del artículo; por consiguiente, resumiré las diez horas de Janeman en un más de lo mismo. Cualquiera que conozca un mínimo la realidad del extravío, del negocio de la figuración, sabrá lo que encontré en aquella discoteca aquella mañana: dos horas de cola a cuarenta grados para entrar en el local, trato inhumano, trampas con los pagos y su —mezquina y sin embargo siempre en el aire— cuantía, tedio, desorganización, terrible comida —pero india, en este caso, anos colorados saludó la noche—, un buen montón de tarados, parados, estudiantes, ilusos y lumpen mañanero, que el vespertino es más extravagante y menos anodino, pues. La diferencia aquí también era de esperar: sobreabundancia de mastodontes en tísert, pieles oscuras e hispanohablantes. En la variedad está el gusto y fue precisamente esa diferencia la que hizo el día provechoso; sólo una negra neoyorquina podría llevar semejante volumen poliédrico en el peinado y combinarlo con un minikimono en tonos colorados también arrancado de una subasta de retales de la serie de Shaft y unas piernas que brillaban como la noche de una siesta a las cuatro. Se llama Zía, es modelo y la protagonista quizás de nuestra próxima Esquina Neoyorquina, menos desolada que esta, según reza esta promesa.


Bobst 70 Washington Square South






La biblioteca Bobst, levantada en honor al controvertido plutócrata, está pidiendo una foto de A. Gursky.

EEs algo ya casi olvidado, pero no hace mucho se clamaba por las calles por una internacional de los pobres, una famélica legión en pie, arriba. Pocas legiones habitan más arriba que los ciudadanos de Manhattan, cuanto menos en lo que al suelo y su distancia respecta, pero no sería del todo justo adjetivarlos "famélica legión". Sí se puede, sin embargo, con propiedad hablar del triunfo por fin de una Internacional; si no en toda Manhattan, que no es suficientemente pequeña, sí en el barrio, en el barrio mío, o en la porción amplia de él poblada por residencias universitarias, la mayoría de NYU [1], y por pisos con alumnos de sus "colleges".

Mi universidad, donde sólo la matrícula de un curso académico se va bien por encima de los 30.000€, es, sí, la culminación del sueño, la auténtica Internacional, una legión con más arias que parias, pero también centurias de chinos, indios y algunos negros; hay hasta hispanos, pero se ocultan tras vocales difusas y erres velares.

Unidos en armonía por el sabor del dinero y sus idiomas, este saco de ricos hace realidad sueños decimonónicos al fin alcanzados en la era de la Globalización; la auténtica Primera Internacional (PI en sus siglas en inglés, o "Posh Internacional") se ha formado en Manhattan, y yo he sido testigo, y mis afortunados —aunque no tanto como yo— lectores, bien que subsidiariamente, también; Arriba la Internacional Pija.

Es la IP—PI— tan perfecta que, sin eliminar los naturales sentimientos humanos de racismo, xenofobia y odio interreligioso, la supresión de los conflictos de clase al desaparecer el concepto de clase y la propia clase (lo que se muestra nítidamente en la homogeneizada vestimenta, no por la homogeinización, sino por la vestimenta: una paella con ketchup), se cohesiona fuertemente con tuercas de oro y phrasal verbs; así, los negros saldrán solo con negras, las chinas con chinos, mas en inglés, solo en inglés, de modo que esta discriminación aparezca pública también para los otros discriminadores y todos lo llamen sonrientes "espacio privado".

Los protestantes molan. Los católicos, aunque sea por apropiaciones de aquellos, no pueden dejar de ser algo comunistas, manque les pese, y, como aquellos, se han abocado a ver hermandades de pobres en sus utopías internacionalistas. Los pobres no se pueden unir, porque su unión no hace sino reafirmarlos, y reasertar su pobreza, así. Nadie quiere estar unido en la pobreza, ni menos identificarse en ella, y por ella. Romper las cadenas creando una cadena de encadenados. Al contrario, quieren diferenciarse de otros pobres, de los otros pobres, y por ello es por lo que lucharán. Los pobres se pelean para ser diferentes, como si no ser...(pobres) pudiera automáticamente quitarles de SER, pues el pobre es pobre antes de ser y me atrevería a decir que tiene pobreza antes que existencia (divertida paradoja, tener antes que ser, y tener no tener para ser y como ser). Así, extremistas, nacionalistas, racistas (den un paseo por un barrio pobre de Jerusalem para encontrar un racista puro, o esperen a que yo se lo cuente si no pueden viajar) creen que dejando de ser... pueden no ser, sin más.

Arriba la IP. IP, IP, hurra.

Un miembro de la IP fue en su día un renegado. Lo publicaba el periódico gratuito de NYU hace poco. Este estudiante, tal vez en verdad un entusiasta seguidor de ese ideario que tan honestamente exponen las páginas web de "ayuda económica y becas" de la universidad: Aunque la responsabilidad esencial de la financiación de la educación de cada uno recae en el individuo y su familia, es esta también una responsabilidad compartida por NYU y, en menor medida, por los gobiernos local, estatal y federal, estuvo durmiendo durante todo un año en los sótanos de la Biblioteca digamos "central" de la Universidad. No podía pagarse un piso después del gasto de matrícula. Dice que muchos otros estudiantes hacen lo mismo, pero en los despachos a los que tienen acceso como becarios.

La Biblioteca Bobst, así llamada en honor de alguien que dio pesos[2], y no peso, a la universidad, es un ya antiguo, más de 50 años, edificio con unas hermosas vistas interiores, más si cabe de lo que se puede apreciar en estas fotos que nos regala Babab. El recibidor es extensísimo, y lanza su techo a más de treinta metros de altura, en un derroche de "hueco", según está el m2 en la zona. De este modo, dota al conjunto de una innegable belleza que parece pedir a gritos un retrato de Andreas Gursky y a las salas de lectura de una proximidad entre estanterías que proporciona una aparente sobreabundancia de libros, e ideas, por qué no, en el edificio. No niego con ellos que los fondos de Bobst sean encomiables, y el lugar, en buena medida por ello y las vistas que ven mis fotos, una de mis Esquinas Neoyorkinas.

Como siempre en este país, para estar contento con algo hay que hacerse el ciego con ciertas realidades, sus habitantes, principalmente, y sonreír a las cataratas que nos ponemos en los ojos, hacerlas Iguazú , ya que nosotros mismos nos las ponemos, y seguir feliz. Los que no hayan visto Iguazú[3] pueden imaginar esas duchar largas de cuando no había sequía, y, por descontado, envidiarme. En efecto, los americanos, los asiáticoamericanos, los africanoamericanos, los exyugoslavoamericanos, los exceilanesesesrilanquianoamericanos... pululan por los pasillos de Bobst, por suerte no en manada, pero solo va el tiburón y lo pone todo perdido de sangre, como en una película porno alemana. Por cierto, que esas mamparas que a mi entender embellecen la foto con sus reflejos, de unos dos metros que cubren alvarezdelmanzanianamente[4] los pasillos de los pisos 2-12 de Bobst vieron la luz muy recientemente porque los tiburones literalmente dejaban el Hall de la Biblioteca perdidito de sangre al estrellar sus bambas y su gorra de béisbol contra el encerado del suelo blanquinegro angustiados por la presión de los estudios o porque habían quitado el helado de manteca de cacahuete del menú de la cafetería. Otro día hablaremos de las cafeterías. Se acaba de estrenar una película, no muy bien recibida en NYU, que se siente blanco de las críticas de mucho




Las cruces y el piso de dibujo escheriano no detuvieron las ganas de pupa de los volátiles.

resentido que no pudo acceder a sus aulas y no para de querellarse con periodistas que la ponen a parir (ups, esto me da qué pensar), una película, digo, que documenta esta costumbre ahora cercenada por el alma máter de la PI de hacer volar las ideas en la Biblioteca. Parece ser que el parque de Washington Square, justo enfrente de Bobst, donde Henry James situara uno de sus insulsos cuentecillos de PI de la época de la Primera Internacional Socialista (PIS), podría tener algo que ver en la fiebre suicida: bajo sus árboles llenos de ardillas, bajo sus senderos llenos de ratas, un enorme cementerio de ajusticiados vela armas, y dicen que no descansa...

Leo un anuncio de trabajo; la directora de ese clásico de Cine Kursal, Cementerio de Animales[5], busca trabajadores para su nueva producción, una historia de terror en un ático con hermanas gemelas y un guionista de Los Sopranos al libreto; en verdad, busca becarios. La próxima Internacional. ¿Pondrán también sus pies descalzos sobre los pupitres?¿Dormirán en los sótanos de las bibliotecas?¿Llevarán el "café" en enormes vasos de cartón con tope de plástico?¿Tendrán alergia a llevar puestos los zapatos en público?

El chaval que vivía en la planta A de Bobst, ahora LL1, es en la actualidad becario. Vive en una habitación compartida y a cambio trabaja para la Universidad. Seguramente salga con otra becaria. No pasa nada, porque hablan inglés tienen carné de la Universidad, pueden entrar donde todos los miembros de PI. Filemón también era PI, si se me permite la idiotez. ¿O sí pasa algo?¿Y si el becario deja de ser famoso, la única condición posible de acceso a IP aparte de el $?¿Y si alguien descubre que ya no es famoso?¿Será uno más de esos dominicanos que sirven los burritos de mostaza y manteca de boniato en la cafetería?¿Reirá los chistes de sus nuevos compañeros falsamente, pues no entiende español?¿Será canjeable su carnet de Internacional por el de nacional?¿Necesitan, acaso, carnet los nacionales? En Estados Unidos, que son más avanzados y entienden mejor la realidad porque la crean, no.

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Notas:

1. New York University.

2. Existe una costumbre bastante extendida entre los hispanos en Nueva Cork de llamar pesos a los dólares USA.

3. ¡Preciosas!

4. Se tomó esta medida, a imitación de la del gran urbanista madrileño, una vez que la primera (VER DETALLE EN FOTO 3), heredera de la "modernidad" del pensamiento estadounidense, diseñada con previsión ya de que la biblioteca diera alas —de ángel— a los universitarios más inconformistas, no surtiera todo el efecto deseado... será la interculturalidad, pero el detalle de las cruces y el supuestamente incómodo y amenazante lecho escheriano de apariencia puntiaguda con geometrías que asemejan pinchos afilados allá en el mármol del recibidor no detuvieron, y quien sabe si, por el contrario, estimularon, las ganas de pupa de los volátiles.

5. Y de ese clásico de videoclub Roxi: Cementerio de Animales 2.




Texto, Copyright © 2005 Nacho Toro.
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Última actualización: enero 2006

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